Allí de pie frente a ella, con las falsas alas agachadas con aire alicaído sobre su espalda, el rostro de Mikäh estaba nublado como un cielo de tormenta. Amiss escondió una sonrisa maliciosa cuando le abrió la puerta y se lo encontró gimoteando como un cachorrillo perdido.
- No encuentro a Izel.- confesó, postrándose de rodillas delante de ella.- La he buscado, he preguntado y sondeado a todos los que conozco, y ni rastro de...
- No te preocupes, tu ego se recuperará pronto.- comentó ella con despreocupación.
Mikäh parpadeó sorprendido y descolocado por sus palabras, sin comprender. Después frunció las cejas, incorporándose, furioso. Las nubes de pesadumbre habían sido borradas por un huracán de rabia.
- ¿Mi ego? ¿Mi ego? ¿Eres idiota o te entrenas para ello? ¡Al diablo con mi ego, lo he hecho para ayudarte! ¡Estúpida!
Amiss no pudo hacer otra cosa que mirarlo con los ojos de par en par, completamente perpleja. Su rabia e indignación eran de verdad y no una farsa ni exageración.
- Lo... lo siento.- balbuceó, torpemente.- No... no pensaba que te lo habías tomado tan en serio.
- Te lo dije.- siseó él, enfadado.- Te dije que haría todo lo posible por ayudarte, ¿o es que no me escuchaste?
- Sí te oí, pero...
- ¿Pensabas que no lo decía en serio, eh? Pues te diré una cosa, Mediadora de pacotilla: yo todo lo que digo, lo digo en serio. Acuérdate la próxima vez.
- Perdóname.- volvió a clavar la mirada en sus pies. Empezaba a tenerlos muy vistos.- Yo...
- ¿Es que acaso te estás disculpando con las uñas de tus pies?
- ¿Qué?- preguntó ella, alzando la cabeza.
- Digo que si me pides perdón, al menos ten la decencia de mirarme a la cara cuando lo haces.
- Vale.- repuso ella, empezando a mosquearse. Lo miró directamente a los ojos y sintió que el aire apenas le pasaba por la garganta.- Perdona. No estoy acostumbrada a que traten de ayudarme de forma desinteresada, ni a que hablen conmigo por el simple hecho de mantener una conversación agradable, ni que me lleven de paseo a lugares bonitos, ni a llevarme bien con nadie, excepto con Ael. Y mucho menos a que me digan que huelo bien, ¿vale? Todo esto es muy raro para mí, ¡y no lo entiendo!
Aquellas palabras barrieron también el creciente huracán, dejando las aguas de mar en calma. Tras unos segundos de silencio en los que Amiss apenas consiguió mantener firme la mirada, Mikäh se acercó a ella y la abrazó, inspirando con fuerza.
- Perdóname tú a mí, no he sido muy comprensivo. Pero me ha dolido que no confiaras en mí. Quiero que sepas algo.
Amiss, rígida y mareada debido a las vertiginosas vueltas y vueltas que le daba la cabeza en aquel instante, tardó en ser capaz de articular palabra y responder.
- Di.
- Tú no lo entiendes... y ya te he dicho que yo tampoco. Sin embargo, estoy determinado a ser tu primer amigo. Voy a ayudarte en todo lo que pueda, voy a confiar en ti. No quiero que vuelvas a dudar de eso.
- Vale.
- También me gustaría... que fuera recíproco.
- ¿Cómo?
Mikäh se separó de ella para observarla.
- Quiero que confíes en mí. Si tienes algún problema o preocupación, siéntete libre de contármelo.
- Lo intentaré.
- Me vale. Lamento no haber encontrado a Izel.
- Ah, por eso no te preocupes.- dijo Amiss, contenta de poder cambiar de tema.- Ella me convocó y ya sé lo que necesito saber.
- ¿Dónde estaba?
- No lo sé, pero es muy probable que ya haya abandonado La Capital.
- Ya veo. Entonces... ¿has terminado aquí?
- Sí, eso creo.
- ¿Te llevo de vuelta?
- Sí... ya no tengo nada más que hacer aquí.
martes, septiembre 28
lunes, septiembre 27
IASADE -51-
- Izel nació en Belmopán, la capital de Belice. Era una chica alegre y risueña a la que le encantaba cantar y bailar, que desde pequeña estuvo enamorada de un chico que vivía en una casa cerca de la playa. Su nombre era Olli, era hijo de una familia humilde y tenía buen porte y corazón. Él correspondió a su amor con más a amor y ambos se amaron durante la última etapa de su infancia y su total adolescencia. Pero la familia de Izel era adinerada y sus padres, ambiciosos. Abandonaron Belmopán y se fueron a vivir a California, más concretamente a Santa Ana, donde Izel, debido a su belleza y rasgos poco comunes, pronto fue contratada como modelo y bailarina. El amor entre Izel y Olli no murió, pero se fue haciendo cada vez más difícil de soportar. Dos años después de su partida, Olli viajó hasta Santa Ana y se fugó con Izel sin el consentimiento de sus padres, fueron a Las Vegas y se casaron en secreto. Pero su felicidad no duró mucho... porque los padres de Izel dieron con ella y obligaron a Olli a volver a Belmopán bajo amenaza de denuncia y encarcelamiento.
- Pero...- musitó Amiss, sin comprender.- Yo pensaba que...
- Izel se quedó embarazada después de la noche de bodas. Su familia no aprobó aquello y la presionaron para abortar, pero ella se negó y escapó de casa. Sin dinero... apenas se las arregló para cuidar de sí misma hasta que nació el bebé. Fue entonces cuando regresó a casa, pero sus padres la repudiaron y se quedó sola.
- ¿Cómo...?
- Yendo de un lado a otro. Mendigando, acudiendo a comedores sociales y a hospitales. Finalmente consiguió un trabajo y pudo alquilar un apartamento. Se decidió a escribirle a Olli y contarle que tenía un hijo, un niño, el más precioso que había visto jamás porque se parecía a él, pero... tres meses después, Izel murió. Se había sacrificado para que su hijo tuviera que comer y calor para dormir y seguir viviendo, privándose ella de todo eso y más, y su débil cuerpo no lo soportó más.
- Lo lamento.- dijo Amiss, apenada.
- Yo ya no. Pero Izel lo seguirá lamentando para siempre, aunque ya no exista.
- ¿Qué pasó después?
- Desde aquí observé que Olli acudía a California para hacerse cargo de su hijo y volver a Belmopán con él, pero la familia de Izel intervino y se apropió de la custodia del niño. Desde entonces Olli vive en guerra continua con el mundo y su hijo ni siquiera sabe que existe. Eso es todo, espero que te sirva de ayuda.
- Me sirve de mucho. Sé... que a ti, Zeul, ya no te importa, pero... haré todo lo posible para cumplir la Aspiración de Olli de despedirse de su hijo antes de morir.
- Ojalá pudiera alegrarme.- dijo el alma, poniéndose de pie y mirándola fijamente.- Izel se alegraría, y eso me basta.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?- inquirió con curiosidad, levantándose ella también.
- Intentaré responderla.
- ¿Cómo te encontró Mikäh?
- ¿Mikäh? No he oído nunca ese nombre. Acudí a ti al saber que Olli era el usuario de un Mediador.
- Oh, vaya, qué casualidad. Yo también te estaba buscando a ti.
Entonces Zeul sonrió.
- Buena suerte, Amiss.
- Buena suerte a ti también Zeul, en tu nueva vida.
- Pero...- musitó Amiss, sin comprender.- Yo pensaba que...
- Izel se quedó embarazada después de la noche de bodas. Su familia no aprobó aquello y la presionaron para abortar, pero ella se negó y escapó de casa. Sin dinero... apenas se las arregló para cuidar de sí misma hasta que nació el bebé. Fue entonces cuando regresó a casa, pero sus padres la repudiaron y se quedó sola.
- ¿Cómo...?
- Yendo de un lado a otro. Mendigando, acudiendo a comedores sociales y a hospitales. Finalmente consiguió un trabajo y pudo alquilar un apartamento. Se decidió a escribirle a Olli y contarle que tenía un hijo, un niño, el más precioso que había visto jamás porque se parecía a él, pero... tres meses después, Izel murió. Se había sacrificado para que su hijo tuviera que comer y calor para dormir y seguir viviendo, privándose ella de todo eso y más, y su débil cuerpo no lo soportó más.
- Lo lamento.- dijo Amiss, apenada.
- Yo ya no. Pero Izel lo seguirá lamentando para siempre, aunque ya no exista.
- ¿Qué pasó después?
- Desde aquí observé que Olli acudía a California para hacerse cargo de su hijo y volver a Belmopán con él, pero la familia de Izel intervino y se apropió de la custodia del niño. Desde entonces Olli vive en guerra continua con el mundo y su hijo ni siquiera sabe que existe. Eso es todo, espero que te sirva de ayuda.
- Me sirve de mucho. Sé... que a ti, Zeul, ya no te importa, pero... haré todo lo posible para cumplir la Aspiración de Olli de despedirse de su hijo antes de morir.
- Ojalá pudiera alegrarme.- dijo el alma, poniéndose de pie y mirándola fijamente.- Izel se alegraría, y eso me basta.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?- inquirió con curiosidad, levantándose ella también.
- Intentaré responderla.
- ¿Cómo te encontró Mikäh?
- ¿Mikäh? No he oído nunca ese nombre. Acudí a ti al saber que Olli era el usuario de un Mediador.
- Oh, vaya, qué casualidad. Yo también te estaba buscando a ti.
Entonces Zeul sonrió.
- Buena suerte, Amiss.
- Buena suerte a ti también Zeul, en tu nueva vida.
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IASADE
sábado, septiembre 25
IASADE -50-
La Cima era una gigantesca urna de cristal, de camino a lo más alto de lo más alto. Desde allí se divisaba toda La Capital, se podían observar la formación de las tormentas, los vientos y huracanes, el amanecer del mismísimo sol. La Biblioteca Astronómica tenía allí su sede; un inmenso templo de conocimiento sustentado por sólidas columnas de nubes y paredes de luz, que se encendían como una llamarada cuando eran acariciadas por el resplandor del astro solar. Cuando Amiss llegó a sus puertas, el edificio parecía construido en plata debido al brillo que la luna proyectaba sobre él. La Mediadora se paseó frente a la grandiosa escalinata, estudiando con atención a los Ángeles y almas blancas que salían y entraban a través de sus puertas.
Clavó la mirada en la bóveda celeste, inundada de estrellas palpitantes; allí arriba, observándolas, el concepto de "infinito" era muy fácil de comprender. Amiss se preguntó si los Sabios sabrían qué había más allá de los límites de aquella galaxia o si eso era algo que tan sólo Dios entendía.
- ¿Intentando desentrañar los misterios del Universo?
Se dio la vuelta y se topó con una pequeña alma blanca que la miraba fijamente de forma inexpresiva. Era baja y menuda, su apariencia era completamente asexuada e incluso los irises habían perdido ya su color. Ladeó la cabeza en un gesto muy similar al de un animal.
- ¿Eres Amiss?
- ¿Quién eres tú?
El alma sonrió ligeramente.
- Aquí respondo al nombre de Zeul, pero en mi existencia pasada era una humana llamada Izel.
- Pero si estás a punto de renacer.- objetó.
- Sí.
- ¿Y aún así recuerdas quién fuiste?- preguntó, esperanzada.
- No lo recuerdo. Pero cuando llegué aquí, me escribí una carta a mí misma con algunas cosas de mi existencia anterior que no quería perder en el olvido. Por eso sé quién fui y cómo fue mi vida. Ven, acompáñame.
Zeul la llevó a un pequeño balcón-mirador de la plaza semicircular donde se ubicaba la Biblioteca, se sentó en un banco de cristal y también levantó la cabeza al firmamento.
- Cuando morí y vine aquí, estaba rota de pena. Mi vida había sido difícil y había dejado atrás a muchos de mis seres queridos, cuyas vidas también habían sido complicadas. Desde aquí arriba no podía ayudarles y sabía que tarde o temprano, me olvidaría de ellos. Cuando me enteré de la existencia de los Mediadores, pensé... que quizá alguno eligiera a una de esas personas importantes para mí como su usuario. Y escribí algunas cosas para conservar esa valiosa información. Supongo que querrás saber de qué se trata.
- Por favor.- asintió Amiss.
Clavó la mirada en la bóveda celeste, inundada de estrellas palpitantes; allí arriba, observándolas, el concepto de "infinito" era muy fácil de comprender. Amiss se preguntó si los Sabios sabrían qué había más allá de los límites de aquella galaxia o si eso era algo que tan sólo Dios entendía.
- ¿Intentando desentrañar los misterios del Universo?
Se dio la vuelta y se topó con una pequeña alma blanca que la miraba fijamente de forma inexpresiva. Era baja y menuda, su apariencia era completamente asexuada e incluso los irises habían perdido ya su color. Ladeó la cabeza en un gesto muy similar al de un animal.
- ¿Eres Amiss?
- ¿Quién eres tú?
El alma sonrió ligeramente.
- Aquí respondo al nombre de Zeul, pero en mi existencia pasada era una humana llamada Izel.
- Pero si estás a punto de renacer.- objetó.
- Sí.
- ¿Y aún así recuerdas quién fuiste?- preguntó, esperanzada.
- No lo recuerdo. Pero cuando llegué aquí, me escribí una carta a mí misma con algunas cosas de mi existencia anterior que no quería perder en el olvido. Por eso sé quién fui y cómo fue mi vida. Ven, acompáñame.
Zeul la llevó a un pequeño balcón-mirador de la plaza semicircular donde se ubicaba la Biblioteca, se sentó en un banco de cristal y también levantó la cabeza al firmamento.
- Cuando morí y vine aquí, estaba rota de pena. Mi vida había sido difícil y había dejado atrás a muchos de mis seres queridos, cuyas vidas también habían sido complicadas. Desde aquí arriba no podía ayudarles y sabía que tarde o temprano, me olvidaría de ellos. Cuando me enteré de la existencia de los Mediadores, pensé... que quizá alguno eligiera a una de esas personas importantes para mí como su usuario. Y escribí algunas cosas para conservar esa valiosa información. Supongo que querrás saber de qué se trata.
- Por favor.- asintió Amiss.
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viernes, septiembre 24
IASADE -49-
Eran demasiados interrogantes.
Demasiadas preguntas, demasiados hechos para los que no tenía ninguna explicación, demasiadas preocupaciones y demasiados miedos y sentimientos que ni siquiera recordaba haber experimentado alguna vez.
Daban vueltas sin parar dentro de su cabeza, acosándola con el misterio que encerraban, nublándole el juicio. Debería estar centrada en Olli y sin embargo, el anciano y su Aspiración eran lo único en lo que no pensaba en aquel momento. Se suponía que su viaje a La Capital cada dos semanas era para desconectar y descansar, no para saturarse de estúpidas preocupaciones para las que ni siquiera tenía una solución. Se sujetó la cabeza con las manos y cerró los ojos, masajeándose suavemente las sienes con los dedos. Suspiró pesadamente.
Como número uno en su lista, estaba la señora Gwen, la estremecedora probabilidad de que estuviera relacionada con su vida anterior y el hecho de que había mentido deliberadamente a los Sabios, ofreciéndoles razones legítimas para castigarla.
En segundo lugar... ¿dónde estaba Ael? ¿Qué tarea le había sido encomendada? ¿Tendría algún tipo de relación con ella? ¿Se encontraba bien? ¿Cuándo volvería? Más preguntas que nadie podía contestarle.
El tercer puesto llevaba el nombre de Cassia. El simple recuerdo de sus ojos verdes le produjo un escalofrío. ¿Qué estaría planeando la Nocturna? ¿La había olvidado o permanecía escondida urdiendo un golpe maestro para eliminarla definitivamente? ¿Sería capaz de defenderse por sí misma si la atacaba? ¿Volvería a salvarla Ael o... Mikäh?
¡¡Mikäh!! Amiss bufó exasperada. Sí, el descubrimiento de que el camino a la reencarnación consistía en olvidar las vidas pasadas y no en recordarlas, y el propio Mikäh, ocupaban el número cinco y seis respectivamente. ¿Acaso los Sabios la odiaban y estaban empeñados en no verla renacer? ¿O es que el sufrimiento al que la sometían era parte de su penitencia? Esos sueños que tenía después de ayudar a sus usuarios... ¿eran realmente recuerdos, tal y como sospechaba? Quizá estaba reaccionando de forma exagerada ante todo aquello, pero las palabras de Mikäh habían sembrado en ella la semilla de la duda.
Mikäh... Se sentía muy confusa respecto a él. ¿Qué había hecho para merecer unas alas falsas? ¿Era tan sólo el sustituto de Ael o lo empujaba otra motivación oculta? ¿Su interés y ayuda eran realmente desinteresados? No entendía porqué se sentía tan turbada y feliz en su presencia, tan nerviosa como si su corazón volviera a latir de nuevo. ¡¿Y qué rayos era eso de que olía deliciosamente bien?!
Le dolía la cabeza, eran demasiadas preguntas. Llamaron a la puerta.
Dio un salto y abrió ansiosa, esperando a Mikäh... para llevarse una desilusión al encontrar de nuevo a otro Mensajero de ojos transparentes que le tendió dos sobres blancos y se marchó volando de allí sin mediar palabra. Antes de cerrar la puerta, Amiss pensó convencida que los Mensajeros eran incapaces de hablar.
Ninguno de los sobres estaba escrito, por lo que abrió impaciente el primero de ellos y leyó con una sonrisa en los labios.
Amiss, no te preocupes por mí. Los Sabios me ofrecieron una tarea que no pude rechazar y por eso me encuentro ausente. Me garantizaron que enviarían a alguien digno de confianza y apropiado para ti mientras estoy fuera, espero que hayan cumplido con su palabra. No puedo extenderme demasiado, pero antes de dejar de escribir te diré unas cuántas cosas. Dedícate por completo a Olli y no pierdas el tiempo en tonterías, sigue entrenándote con la espada (pídele a mi sustituto que te ayude) y ni se te ocurra malgastar tus pensamientos en mí; estaré bien porque yo, al contrario que otrAs, sé cuidarme solo. Te quiero existiendo y de una pieza cuando vuelva.
Mucho más animada, Amiss rasgó el papel del otro sobre para abrirlo. La breve frase que leyó terminó de alegrarle el día.
Reúnete conmigo en la Cima para hablar de Olli. Izel.
Sí que se había dado prisa Mikäh.
Demasiadas preguntas, demasiados hechos para los que no tenía ninguna explicación, demasiadas preocupaciones y demasiados miedos y sentimientos que ni siquiera recordaba haber experimentado alguna vez.
Daban vueltas sin parar dentro de su cabeza, acosándola con el misterio que encerraban, nublándole el juicio. Debería estar centrada en Olli y sin embargo, el anciano y su Aspiración eran lo único en lo que no pensaba en aquel momento. Se suponía que su viaje a La Capital cada dos semanas era para desconectar y descansar, no para saturarse de estúpidas preocupaciones para las que ni siquiera tenía una solución. Se sujetó la cabeza con las manos y cerró los ojos, masajeándose suavemente las sienes con los dedos. Suspiró pesadamente.
Como número uno en su lista, estaba la señora Gwen, la estremecedora probabilidad de que estuviera relacionada con su vida anterior y el hecho de que había mentido deliberadamente a los Sabios, ofreciéndoles razones legítimas para castigarla.
En segundo lugar... ¿dónde estaba Ael? ¿Qué tarea le había sido encomendada? ¿Tendría algún tipo de relación con ella? ¿Se encontraba bien? ¿Cuándo volvería? Más preguntas que nadie podía contestarle.
El tercer puesto llevaba el nombre de Cassia. El simple recuerdo de sus ojos verdes le produjo un escalofrío. ¿Qué estaría planeando la Nocturna? ¿La había olvidado o permanecía escondida urdiendo un golpe maestro para eliminarla definitivamente? ¿Sería capaz de defenderse por sí misma si la atacaba? ¿Volvería a salvarla Ael o... Mikäh?
¡¡Mikäh!! Amiss bufó exasperada. Sí, el descubrimiento de que el camino a la reencarnación consistía en olvidar las vidas pasadas y no en recordarlas, y el propio Mikäh, ocupaban el número cinco y seis respectivamente. ¿Acaso los Sabios la odiaban y estaban empeñados en no verla renacer? ¿O es que el sufrimiento al que la sometían era parte de su penitencia? Esos sueños que tenía después de ayudar a sus usuarios... ¿eran realmente recuerdos, tal y como sospechaba? Quizá estaba reaccionando de forma exagerada ante todo aquello, pero las palabras de Mikäh habían sembrado en ella la semilla de la duda.
Mikäh... Se sentía muy confusa respecto a él. ¿Qué había hecho para merecer unas alas falsas? ¿Era tan sólo el sustituto de Ael o lo empujaba otra motivación oculta? ¿Su interés y ayuda eran realmente desinteresados? No entendía porqué se sentía tan turbada y feliz en su presencia, tan nerviosa como si su corazón volviera a latir de nuevo. ¡¿Y qué rayos era eso de que olía deliciosamente bien?!
Le dolía la cabeza, eran demasiadas preguntas. Llamaron a la puerta.
Dio un salto y abrió ansiosa, esperando a Mikäh... para llevarse una desilusión al encontrar de nuevo a otro Mensajero de ojos transparentes que le tendió dos sobres blancos y se marchó volando de allí sin mediar palabra. Antes de cerrar la puerta, Amiss pensó convencida que los Mensajeros eran incapaces de hablar.
Ninguno de los sobres estaba escrito, por lo que abrió impaciente el primero de ellos y leyó con una sonrisa en los labios.
Amiss, no te preocupes por mí. Los Sabios me ofrecieron una tarea que no pude rechazar y por eso me encuentro ausente. Me garantizaron que enviarían a alguien digno de confianza y apropiado para ti mientras estoy fuera, espero que hayan cumplido con su palabra. No puedo extenderme demasiado, pero antes de dejar de escribir te diré unas cuántas cosas. Dedícate por completo a Olli y no pierdas el tiempo en tonterías, sigue entrenándote con la espada (pídele a mi sustituto que te ayude) y ni se te ocurra malgastar tus pensamientos en mí; estaré bien porque yo, al contrario que otrAs, sé cuidarme solo. Te quiero existiendo y de una pieza cuando vuelva.
Mucho más animada, Amiss rasgó el papel del otro sobre para abrirlo. La breve frase que leyó terminó de alegrarle el día.
Reúnete conmigo en la Cima para hablar de Olli. Izel.
Sí que se había dado prisa Mikäh.
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jueves, septiembre 23
Sólo lloro de verdad cuando me caen lágrimas de los dos ojos
Aquella mañana me desperté llorando, con un charco de lágrimas de mar empapando la almohada. Sorprendida y descalza caminé hasta el cuarto de baño y me miré atónita al espejo, con los dedos sobre la mejilla húmeda y roja la punta de la nariz. Intenté recordar si había soñado algo triste, o quizá una pesadilla, pero no acudió nada a mi mente.Por la mañana me entretuve adecentando un poco la casa, a pesar del profundo desagrado que me inspiraba esa tarea. Puse la música con el volumen alto, me armé de trapo y limpiacristales y me dispuse a ser una enemiga resistente contra el desorden. Algo, sin embargo, no estaba bien: todas las canciones me parecían melancólicas y despertaban en mí un intenso sentimiento de nostalgia inexplicable, que se presentaba solo sin ir acompañado de ningún recuerdo. Me lloraban los ojos sin cesar.
Pensando que tal vez se debiera al polvo, abandoné la habitación de mi compañera de mi piso y me trasladé a la mía, que ya estaba limpia. Me senté sobre el escritorio, abrí la ventana y saqué la cabeza a través de ella, aspirando con fuerza el perfume otoñal de la brisa matutina. Pero al contrario de lo que esperaba, eso no me proporcionó alivio alguno. Sentí una dolorosa opresión en el pecho y desde lo más profundo de mi alma se me escapó un sollozo desgarrado que hizo eco en el patio interior del edificio. La vecina del cuarto, que en ese momento estaba tendiendo las sábanas, me miró de hito en hito desde arriba. Yo, muerta de verguenza y con el llanto desatado, me aparté de la ventana y me tiré en la cama.
Parecía una fuente. Las lágrimas me manaban a borbotones de los ojos como si fueran dos pozos que, inundados de tristeza, se desbordaban dejando escapar toda la amargura que contenían. Lloraba por los dos ojos, es decir, lloraba de verdad. No sólo por el de lágrima fácil que desde pequeña tenía entrenado por si la situación requería uno o dos pucheros convincentes, sino por los dos; como sólo me sucedía cuando me lloraba el corazón. Rabiosa, enfadada conmigo misma, intenté pensar en un motivo que explicara aquella estúpida llantera.
Pero no se me ocurría nada.
El resto del día transcurrió de la misma forma. Cambié de ubicación un par de veces porque llorar todo el rato en el mismo sitio era bastante aburrido: de la cama pasé al sofá, del sofá al interior de la bañera, de la bañera a debajo de la mesa del comedor y de allí hasta la cocina, alrededor de las cinco de la tarde, cuando mi estómago pedía su ración de alimento a gritos.
Los ojos me dolían, y estaban ya tan colorados que me daba miedo mirarme en el espejo. Mi aspecto era horroroso: tenía las mejillas encarnadas y saladas, la nariz casi despellejada de tanto sonarme los mocos. El último ataque de sollozos había sido tan violento que ahora tenía hipo, me molestaba la garganta y la respiración tan desigual que a veces me quedaba sin aliento y me daba la sensación de que me iba a ahogar. Plantada delante de la hornilla, entre hipido e hipido, encendí una cerilla para poner agua a calentar. Como era mi costumbre, al apagarla de un soplido me la acerqué para oler el humo, cuya fragancia a madera quemada me encantaba. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea descabellada.
Recorrí todo el piso de cabo a rabo reuniendo todas las velas y quemadores de inciensos que había en todas las habitaciones, revolviendo incluso en los cajones de mis compañeras. No eran tantos como yo esperaba, pero me servirían. Los coloqué en diferentes lugares de mi habitación, a mi alrededor en el centro, eché la persiana, cerré la ventana, la puerta y apagué la luz. Acto seguido encendí mi mechero y una a una fui prendiendo cada vela y cada barilla de incienso, creando un círculo de llamas a mi alrededor. Una vez todas estuvieron iluminadas, me senté en el suelo y me crucé de piernas imitando una postura de yoga que probablemente yo misma me acababa de inventar en aquel momento.
Pronto la habitación se llenó de humo. Un humo aromático de por lo menos cuatro fragancias distintas, un humo denso que me robaba oxígeno y creaba remolinos en el aire. Yo seguía llorando. Sí, seguía llorando, pero ahora al menos lo hacía debido a la irritación que el humo producía en mis ojos y no a la pena absurda salida de ninguna parte que me había acosado sin descanso desde mi despertar. O probablemente lloraba debido a las dos cosas, pero era más feliz pensando que al menos ahora tenía un motivo legítimo para derramar lágrimas.
Eso era lo que yo quería conseguir, el lado bueno de mi tonta idea. El lado malo, por el contrario, era que empezaba a asfixiarme y a toser sin parar. La nariz tapada dificultaba mucho más el hecho de seguir respirando para mantenerme con vida. Pero mi cabeza no fucionaba muy bien; tanto llorar me había dejado el cerebro un poco seco, y lo único que me mantenía clavada en el suelo era pura cabezonería.
Escuché entonces unos puños aporreando mi puerta antes de abrirla de golpe y de par en par. El humo se estremeció antes de empezar a dispersarse, expandiéndose, escapándose de mi habitación. Clara, con cara de espanto delante de mí, me miraba como si estuviera contemplando un fantasma.
- ¡¿Se puede saber qué haces, majara?!- me gritó, enfadada.- ¿Estás loca o es que sólo eres gilipollas? ¿Qué coño pretendías?
- Dejar de llorar.- le contesté, poniéndome en pie torpemente y acercándome a ella para lanzarme a sus brazos.- ¡Pero no puedo!
- ¿Dejar de llorar, con todo ese humo? ¡Imposible! ¿O es que acaso intentabas matarte para dejar de llorar?
- ¡No!
- ¡Pues lo parecía, chalada! ¿Por qué lloras, si puede saberse?
Me aparté de ella y escondí la cara enrojecida entre mis manos.
- ¡¡No lo sé!!- grité, con desesperación.
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Relatos sin ton ni son
lunes, septiembre 20
IASADE -48-
- Me alegro de que te hayan gustado los Jardines. Si quieres, puedo enseñarte...
- No, aunque muchas gracias.- lo interrumpió Amiss.- No puedo darme el lujo de perder el tiempo paseando. Debería buscar algo útil que me sirva para ayudar a mi usuario.
Y era cierto, le vendría bien encontrar alguna pista para saber más acerca del hijo sobre el que Olli se negaba a hablar. Pero aparte de eso, Amiss estaba deseando marcharse de allí. Mikäh la hacía sentir muy rara y el descubrimiento que acababa de hacer sobre sus recuerdos le había trastocado el ánimo; quería estar sola.
- Puedo ayudarte.
- No, no es necesario.
- Me acababas de decir que eres torpe, despistada y que metes la pata a menudo. Creo que sí que lo necesitas.
Amiss le miró con cara de pocos amigos: eso era verdad.
- Ael...
- Ael no está. ¿También tienes mala memoria? Con más razón, me necesitas.
La Mediadora se cruzó de brazos, apretando los labios. Mikäh la imitó.
- ¿Acaso quieres echarme?- preguntó él.
- Y si es así, ¿qué?
- Pues que me debes una explicación.
- ¿Y si no quiero dártela?
- No me tomes por idiota, Amiss.- replicó, severamente.- ¿Te crees que ha colado la patética mentira de antes? Eres pésima mintiendo. Pero respeto tu decisión de no querer decirme nada.
- Entonces respeta también el hecho de que quiera que te vayas.- repuso ella, levantando la barbilla en un gesto desafiante.
- No.
- ¿Por qué no?- inquirió exasperada.
- Me apetece estar contigo. Y pienso quedarme revoloteando a tu alrededor te guste o no.
- ¿Y por qué?- preguntó, casi gritando.
- La verdad es que no lo sé.- respondió, encogiéndose de hombros.- Me apetece. Hueles... muy bien.
Amiss soltó un bufido y le dio la espalda. Inmediatamente Mikäh se plantó delante de ella otra vez, sonriéndole. Y pese a su enfado, por un segundo, estuvo tentada de corresponder a aquella sonrisa. ¡¿A santo de qué?!
- Vale, bien, ven conmigo. Pero más te vale servirme de algo.
- Estoy dispuesto a hacer todo cuando esté en mi mano. Pero espero que al menos tengas una idea de por donde empezar.
- Sí, sí que la tengo.- repuso ella, fulminándole con la mirada.- Tengo que encontrar a alguien.
- Dicho y hecho, dispara.
- ¿Dicho y hecho? Yo pensaba que encontrar a un alma no era tarea fácil.
- Depende de para quién.- contestó Mikäh, encogiéndose de hombros.- Para los Ángeles, aunque parezca contradictorio, es más complicado. Van a su bola, están siempre ocupados con asuntos de vital importancia, y tienen mil cosas que hacer. No conocen al populacho.
- ¿Populacho?- Amiss enarcó las cejas.
- No me hagas caso, es una palabra como otra cualquiera.
- Entonces, ¿para ti sería fácil localizar a... cualquier alma?
- Soy bastante charlatán.- dijo, sonriendo.- Tengo muchos contactos. ¿A quién quieres localizar?
- En su vida pasada se llamaba Izel, y era una chica que nació en Belmopán, probablemente en el año mil novecientos cuarenta y seis. Más o menos. Si no ha renacido, me gustaría hablar con ella.
- Buscaré, pero... no te hagas muchas ilusiones, Amiss. Seguramente haya abandonado ya La Capital, y sino... no creo que recuerde apenas nada de su existencia anterior.
- Por intentarlo...
- Si está aquí, te garantizo que la encontraré.- dijo, con rotundidad.- Me pondré a ello ahora mismo. Iré a verte cuando tenga noticias.
- Muchas gracias, Mikäh. La verdad es que...- ¿por qué le daba la sensación de que le faltaba el aliento?- no entiendo por qué estás haciendo esto por mí.
- Yo tampoco lo sé.- admitió él, sin dejar de sonreír. Tenía una sonrisa preciosa y fácilmente contagiosa.- Me siento bien estando a tu lado. Y creo que es posible que haya algún otro factor aparte de tu perfume delicioso.
- No, aunque muchas gracias.- lo interrumpió Amiss.- No puedo darme el lujo de perder el tiempo paseando. Debería buscar algo útil que me sirva para ayudar a mi usuario.
Y era cierto, le vendría bien encontrar alguna pista para saber más acerca del hijo sobre el que Olli se negaba a hablar. Pero aparte de eso, Amiss estaba deseando marcharse de allí. Mikäh la hacía sentir muy rara y el descubrimiento que acababa de hacer sobre sus recuerdos le había trastocado el ánimo; quería estar sola.
- Puedo ayudarte.
- No, no es necesario.
- Me acababas de decir que eres torpe, despistada y que metes la pata a menudo. Creo que sí que lo necesitas.
Amiss le miró con cara de pocos amigos: eso era verdad.
- Ael...
- Ael no está. ¿También tienes mala memoria? Con más razón, me necesitas.
La Mediadora se cruzó de brazos, apretando los labios. Mikäh la imitó.
- ¿Acaso quieres echarme?- preguntó él.
- Y si es así, ¿qué?
- Pues que me debes una explicación.
- ¿Y si no quiero dártela?
- No me tomes por idiota, Amiss.- replicó, severamente.- ¿Te crees que ha colado la patética mentira de antes? Eres pésima mintiendo. Pero respeto tu decisión de no querer decirme nada.
- Entonces respeta también el hecho de que quiera que te vayas.- repuso ella, levantando la barbilla en un gesto desafiante.
- No.
- ¿Por qué no?- inquirió exasperada.
- Me apetece estar contigo. Y pienso quedarme revoloteando a tu alrededor te guste o no.
- ¿Y por qué?- preguntó, casi gritando.
- La verdad es que no lo sé.- respondió, encogiéndose de hombros.- Me apetece. Hueles... muy bien.
Amiss soltó un bufido y le dio la espalda. Inmediatamente Mikäh se plantó delante de ella otra vez, sonriéndole. Y pese a su enfado, por un segundo, estuvo tentada de corresponder a aquella sonrisa. ¡¿A santo de qué?!
- Vale, bien, ven conmigo. Pero más te vale servirme de algo.
- Estoy dispuesto a hacer todo cuando esté en mi mano. Pero espero que al menos tengas una idea de por donde empezar.
- Sí, sí que la tengo.- repuso ella, fulminándole con la mirada.- Tengo que encontrar a alguien.
- Dicho y hecho, dispara.
- ¿Dicho y hecho? Yo pensaba que encontrar a un alma no era tarea fácil.
- Depende de para quién.- contestó Mikäh, encogiéndose de hombros.- Para los Ángeles, aunque parezca contradictorio, es más complicado. Van a su bola, están siempre ocupados con asuntos de vital importancia, y tienen mil cosas que hacer. No conocen al populacho.
- ¿Populacho?- Amiss enarcó las cejas.
- No me hagas caso, es una palabra como otra cualquiera.
- Entonces, ¿para ti sería fácil localizar a... cualquier alma?
- Soy bastante charlatán.- dijo, sonriendo.- Tengo muchos contactos. ¿A quién quieres localizar?
- En su vida pasada se llamaba Izel, y era una chica que nació en Belmopán, probablemente en el año mil novecientos cuarenta y seis. Más o menos. Si no ha renacido, me gustaría hablar con ella.
- Buscaré, pero... no te hagas muchas ilusiones, Amiss. Seguramente haya abandonado ya La Capital, y sino... no creo que recuerde apenas nada de su existencia anterior.
- Por intentarlo...
- Si está aquí, te garantizo que la encontraré.- dijo, con rotundidad.- Me pondré a ello ahora mismo. Iré a verte cuando tenga noticias.
- Muchas gracias, Mikäh. La verdad es que...- ¿por qué le daba la sensación de que le faltaba el aliento?- no entiendo por qué estás haciendo esto por mí.
- Yo tampoco lo sé.- admitió él, sin dejar de sonreír. Tenía una sonrisa preciosa y fácilmente contagiosa.- Me siento bien estando a tu lado. Y creo que es posible que haya algún otro factor aparte de tu perfume delicioso.
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Cosecha propia,
IASADE
sábado, septiembre 18
IASADE -47-
Mikäh la llevó a los Jardines. Pocas veces había salido Amiss de su cubículo por el simple placer de conocer La Capital e ignoraba la gran parte de sus maravillas, por lo que los Jardines la impresionaron profundamente. Ante sus ojos se levantaba un inmenso laberinto cuyas paredes bajas de mármol blanco espejado parecían crear universos paralelos que se repetían hasta el infinito. Las calles eran amplias y se interrumpían a menudo en grandes plazas cuadradas donde crecían árboles enormes, de tonalidades desvaídas que iban del blanco al rosado pasando por el azul pálido y terminando en el naranja propio del tardecer. Hilos de nubes flotaban en el aire, llevadas por el viento que mecía dulcemente las hojas de las copas y arrastraba las conmovedoras melodías arrancadas de los instrumentos que tocaban las almbas blancas, a orillas de estanques cuyas aguas inmóviles reflejaban con absoluta precisión aquello que los rodeaba.
- ¿No habías estado aquí antes?- preguntó Mikäh, al advertir su expresión extasiada.
- No...
- Lo tuyo no es el turismo, por lo que veo.
- Es que no me gusta pasear sola.
Y, sorprendentemente, él lo comprendió y asintió sin decir una palabra más.
- Ahora ya tienes a alguien con quien pasear.- dijo, sonriéndole ampliamente.
Amiss, turbada, bajó la cabeza y se miró los pies mientras caminaba. Mikäh ignoró su incomodidad.
- Eres Mediadora, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Y te gusta? Los Mediadores son casi parte de la élite de La Capital.
- Bueno...- Amiss se llevó una mano al pelo y comenzó a enrollar un mechó negro alrededor de uno de sus dedos.- Es complicado. Es decir... sí, me gusta, pero... no se me da nada bien. Soy bastante problemática.
La Mediadora alzó la mirada para encontrarse con los ojos pardos de Mikäh observándola con sincera curiosidad. Y aquello la animó a explayarse al respecto.
- Soy muy torpe.- dijo, abruptamente.- Mi equilibrio es más bien nulo, soy despistada, me caigo con frecuencia o se me caen las cosas de las manos, meto la pata bastantes veces, y ya de sigilo y discreción ni te cuento... No es que sean las cualidades más buscadas en un Mediador, así que realmente todavía no comprendo por qué los Sabios me encomendaron esta tarea.
- Los Sabios saben lo que hacen.
- Sí, sí, bueno... Yo a veces me lo replanteo seriamente.
- Pero no te va mal, ¿no?
- Eso es muy relativo.- contestó ella, sonriendo tristemente.- Ael me ayuda mucho y gran parte del éxito de mi trabajo se lo debo a él. Y, aparte de eso, está el pequeño inconveniente de que hay una Nocturna que me quiere ver extinguida.
Mikäh abrió los ojos de par en par, completamente atónito por unos segundos, antes de adoptar una expresión seria y casi agresiva.
- ¿Una Nocturna va detrás de ti?
- Sí, ella y su Diablesa. Mataron a mi anterior usuario... y estuvieron a punto de acabar conmigo. Ael me salvó.
- Es un poco extraño.- torciendo el gesto.- Los condenados suelen ignorarnos al igual que nosotros a ellos, aunque siempre hay excepciones. Supongo que no hay que buscar un sentido a sus motivaciones, están corruptos y locos de atar.
- Sí, algo así me dijo Ael. Por suerte, de momento, no se ha presentado en Belmopán, y espero que siga así.
- Yo también.- dijo Mikäh, con énfasis. Amiss sintió que se ruborizaba estúpidamente y siguió dándole vueltas al mechón de pelo, más concentrada.- ¿Y cómo va el asunto de la reencarnación para los Mediadores? ¿Es igual que para los demás? A mí me queda poco tiempo aquí y ya lo he olvidado casi todo de mi vida anterior. Recuerdo vagamente algunas imágenes de mi infancia o de sitios representativos... pero tan borrosamente que no me inspiran ningún tipo de sentimiento. Imagino que vosotros, los Mediadores, olvidaréis partes de vuestra existencia pasada con cada objetivo que cumpláis de vuestros usuarios, ¿no?
Amiss detuvo sus pasos repentinamente, abandonando el mechón. Confusa, no pudo más que mirar a Mikäh, sin entender. ¿Perder recuerdos? No. Ella no perdía recuerdos, porque nunca había tenido ninguno. Todo lo contrario... desde que era Mediadora, cada vez sabía más cosas de su existencia pasada. Esos sueños que tenía... ya sospechaba que no eran sueños, sino recuerdos. Pero ahora Mikäh acababa de confirmárselo. ¿El camino a la reencarnación consistía en olvidarse de todo? ¿Por qué ella iba en dirección contraria a todos los demás? ¿Eso quería decir que jamás iba a conseguir dejar La Capital? ¿En qué pensaban los Sabios...?
-¿Qué te pasa?- preguntó Mikäh, preocupado.
- Nada.- musitó ella, parpadeando. Señaló con la mano delante de ella.- Me he quedado sorprendida de lo precioso que es ese árbol.
Un árbol de tronco grueso y hojas verdiazules se inclinaba sobre un estanque calmo, donde unos Inocentes cantaban y jugaban a trepar sobre él. Mikäh se giró para mirarlo y luego se volvió a ella con las cejas fruncidas. Amiss no supo si había funcionado la mentira, pero él asintió y siguió caminando sin añadir nada más.
- ¿No habías estado aquí antes?- preguntó Mikäh, al advertir su expresión extasiada.
- No...
- Lo tuyo no es el turismo, por lo que veo.
- Es que no me gusta pasear sola.
Y, sorprendentemente, él lo comprendió y asintió sin decir una palabra más.
- Ahora ya tienes a alguien con quien pasear.- dijo, sonriéndole ampliamente.
Amiss, turbada, bajó la cabeza y se miró los pies mientras caminaba. Mikäh ignoró su incomodidad.
- Eres Mediadora, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Y te gusta? Los Mediadores son casi parte de la élite de La Capital.
- Bueno...- Amiss se llevó una mano al pelo y comenzó a enrollar un mechó negro alrededor de uno de sus dedos.- Es complicado. Es decir... sí, me gusta, pero... no se me da nada bien. Soy bastante problemática.
La Mediadora alzó la mirada para encontrarse con los ojos pardos de Mikäh observándola con sincera curiosidad. Y aquello la animó a explayarse al respecto.
- Soy muy torpe.- dijo, abruptamente.- Mi equilibrio es más bien nulo, soy despistada, me caigo con frecuencia o se me caen las cosas de las manos, meto la pata bastantes veces, y ya de sigilo y discreción ni te cuento... No es que sean las cualidades más buscadas en un Mediador, así que realmente todavía no comprendo por qué los Sabios me encomendaron esta tarea.
- Los Sabios saben lo que hacen.
- Sí, sí, bueno... Yo a veces me lo replanteo seriamente.
- Pero no te va mal, ¿no?
- Eso es muy relativo.- contestó ella, sonriendo tristemente.- Ael me ayuda mucho y gran parte del éxito de mi trabajo se lo debo a él. Y, aparte de eso, está el pequeño inconveniente de que hay una Nocturna que me quiere ver extinguida.
Mikäh abrió los ojos de par en par, completamente atónito por unos segundos, antes de adoptar una expresión seria y casi agresiva.
- ¿Una Nocturna va detrás de ti?
- Sí, ella y su Diablesa. Mataron a mi anterior usuario... y estuvieron a punto de acabar conmigo. Ael me salvó.
- Es un poco extraño.- torciendo el gesto.- Los condenados suelen ignorarnos al igual que nosotros a ellos, aunque siempre hay excepciones. Supongo que no hay que buscar un sentido a sus motivaciones, están corruptos y locos de atar.
- Sí, algo así me dijo Ael. Por suerte, de momento, no se ha presentado en Belmopán, y espero que siga así.
- Yo también.- dijo Mikäh, con énfasis. Amiss sintió que se ruborizaba estúpidamente y siguió dándole vueltas al mechón de pelo, más concentrada.- ¿Y cómo va el asunto de la reencarnación para los Mediadores? ¿Es igual que para los demás? A mí me queda poco tiempo aquí y ya lo he olvidado casi todo de mi vida anterior. Recuerdo vagamente algunas imágenes de mi infancia o de sitios representativos... pero tan borrosamente que no me inspiran ningún tipo de sentimiento. Imagino que vosotros, los Mediadores, olvidaréis partes de vuestra existencia pasada con cada objetivo que cumpláis de vuestros usuarios, ¿no?
Amiss detuvo sus pasos repentinamente, abandonando el mechón. Confusa, no pudo más que mirar a Mikäh, sin entender. ¿Perder recuerdos? No. Ella no perdía recuerdos, porque nunca había tenido ninguno. Todo lo contrario... desde que era Mediadora, cada vez sabía más cosas de su existencia pasada. Esos sueños que tenía... ya sospechaba que no eran sueños, sino recuerdos. Pero ahora Mikäh acababa de confirmárselo. ¿El camino a la reencarnación consistía en olvidarse de todo? ¿Por qué ella iba en dirección contraria a todos los demás? ¿Eso quería decir que jamás iba a conseguir dejar La Capital? ¿En qué pensaban los Sabios...?
-¿Qué te pasa?- preguntó Mikäh, preocupado.
- Nada.- musitó ella, parpadeando. Señaló con la mano delante de ella.- Me he quedado sorprendida de lo precioso que es ese árbol.
Un árbol de tronco grueso y hojas verdiazules se inclinaba sobre un estanque calmo, donde unos Inocentes cantaban y jugaban a trepar sobre él. Mikäh se giró para mirarlo y luego se volvió a ella con las cejas fruncidas. Amiss no supo si había funcionado la mentira, pero él asintió y siguió caminando sin añadir nada más.
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