La bombilla de la mesita zumbaba, y la luz vibraba al mismo tiempo que ella. Era un sonido persistente y molesto al que se ya se habían acostumbrado, aunque su desagradable brillo ínfimamente epiléptico todavía inducía al ojo a un tic muscular de vez en cuando y a migrañas con algo más de probabilidad.
La chica apartó la vista del programa de televisión al que no estaba prestando atención para echarle otro vistazo inútil a la pantalla de su teléfono móvil. Suspiró con resignación.
Su hermana mayor, cómodamente hundida en su hueco del sofá y comiéndose un plato de canelones pre-cocinados, la miró de reojo con los carrillos llenos.
- ¿Qué te pasa?
- Me duele la cabeza por culpa de esa mierda de lámpara. A ver cuándo la cambias.
- Espérate a que cobre. Y si no puedes, cámbiala tú.
Ella se limitó a gruñir.
- ¿No vas a cenar?
- No tengo hambre. Este calor me cierra el estómago.
- Ya.
El televisor siguió emitiendo sonido e imágenes delante de ellas sin ninguna de las dos le hiciera mucho caso. A través de las puertas abiertas del balcón, se coló el estallido de un petardo que algún niñato del barrio había lanzado no muy lejos del portal.
- ¿Y tu chaval?
- ¿Qué chaval?
- Que me haga la tonta no significa que lo sea, Silvia, y llevas todo el día mirando el móvil. Además, ayer me dijiste que pasarías la tarde y la noche fuera, y ya son las diez y no pareces tener intención de largarte.
Silvia le dio vueltas al teléfono en la mano, distraída, como si no la hubiera escuchado y volvió a suspirar.
- No va a venir al final.
- ¿Por qué?
- Se le ha pinchado una rueda al coche.
Su hermana se rió, con una carcajada explosiva que amenazó con expulsar de su boca los canelones masticados y que sonó más fuerte que el petardo de minutos atrás. Silvia frunció el ceño, irritada.
- Yo no le veo la gracia.
- Oh, cariño... pues la tiene, de verdad...
- ¿Y me podrías decir dónde?
- En ti.- contestó, y puso el plato de canelones en la mesa baja que se interponía entre ellas y la televisión. Se giró para observarla, todavía sonriendo.- Eres tan ilusa que no sé si me resultas adorable o... - dejó la frase inacabada, apoyando el codo en la rodilla y la barbilla en la palma abierta de su mano. No dejaba de sonreír.- ¿Realmente te has creído esa mentira?
- ¿Mentira? ¿Y por qué debería de ser una mentira?- Silvia empezó a sentir que se acaloraba de más, que el rubor subía por sus costillas contando los peldaños hasta llegar a sus mejillas.
- Es una de las mentiras más patéticas que he escuchado nunca. Vamos, cariño... ¿se le ha pinchado una rueda? ¿No tenía recambio?
- Se le ha pinchado la otra también.
Su hermana se carcajeó de nuevo, con más fuerza. Silvia, indignada, se puso de pie dispuesta a marcharse de allí.
- Por Dios bendito... ¿acaso viene desde la zona norte de Portugal?
- Pues casi. Viene de Galicia.
- ¡Peor me lo pones! ¿ Y con un viaje así de largo por delante crees que no ha revisado el coche antes de salir?
- Los accidentes ocurren, Miriam.
- En serio... ¿qué probabilidad hay de que se le pinchen dos ruedas en el mismo día?
- Cuestión de mala suerte.
Miriam dejó de sonreír, abriendo los ojos de par en par. Casi con miedo.
- ¿Hablas en serio?
- ¡Claro que sí! ¿Qué puñetas te pasa?
- Por Dios santo... sigues creyendo en el ser humano... -meneó la cabeza, tristemente.- Silvia, la gente es mala.
- Hay gente mala y gente buena. ¿A qué viene eso?
- A que ese tío se está riendo de ti y está jugando contigo como le da la gana y tú te niegas a darte cuenta. Las personas son crueles y muchas veces se aprovechan de los demás, o simplemente se divierten manipulando a otros y viéndolos sufrir.
- Y también hay gente buena. Tú, yo...
- No, cielo. Yo no soy una buena persona.
- Claro que lo eres, no digas chorradas.
- Si le intercambio el correo a María, la del primero, con el vecino del cuarto no es por error o descuido, sino porque me divierte ver la alarma de esa viuda cuando el señor del piso de arriba ve su correspondencia del servicio de contactos. Si pongo la radio tan sumamente alta en esa emisora de mierda no es porque me guste la música, sino porque sé que al de al lado le gusta todavía menos que a mí. Y si lo hago por venganza es porque él, primeramente, aprovecha la mínima oportunidad de saludarme para decirme entre líneas que soy una zorra. Hace dos noches, en el bar, la otra camarera se quemó parte del pelo sin querer tratando de hacer una queimada. Y yo me reí y me alegré de su desgracia porque odio que la muy puta me quite a los pocos clientes guapos que tenemos, metiéndose por delante y apoyando las tetas sobre la barra.- suspiró, avanzó hasta su hermana pequeña y le dio un abrazo.- No te engañes, cariño. Muy pocas personas tienen esa bondad en la que crees.
- Tú no eres mala persona.- insistió Silvia con terquedad.- Eres buena conmigo, aunque a veces te comportes como una cabrona sin corazón.
Miriam volvió a reír, y le dio un beso en la frente.
- Y ese tío sólo busca tenerte en la palma de su mano. Deberías dejar de leer cuentos de hadas y de buenas personas y abrir los ojos a la asquerosa realidad que tenemos delante.
[Imagen por NegativeFeedback]
Nerume
lunes, febrero 6
sábado, febrero 4
IASADE -97-
AMISS
Se encontraba en mitad de una multitud aglomerada, que inundaba la calle en un cauce continuo hacia arriba y abajo. A su lado había una muchacha que ya era tan familiar para ella como su propio reflejo, y frente a ambas había un escaparate. Detrás del cristal, la ropa de bebé permanecía expuesta como un arco iris de colores, como una hilera de golosinas: pequeñas y apetecibles. Botitas, gorros de lana, abrigos y jerseys de aspecto achuchable. La chica se giró al sentir que le apretaban la mano, para observar al joven que la miraba entre curioso y sonriente.
- ¿Sientes la llamada de la maternidad?
- No te rías de mí.
- No me río.
- Ya sabes que siempre he soñado con ser madre... Aparte de ser precioso, siento bastante curiosidad acerca de cómo sería una mezcla entre tú y yo.- dijo, dándole un codazo. Tras un momento de duda, preguntó.- ¿A ti no te hace ilusión?
- ¿Qué pregunta absurda es esa? Sabes de sobra que sí.
- Ya... pero me refiero a un futuro próximo. Muy próximo.
Amiss, al lado de la muchacha, contuvo la respiración mientras él se pensaba la respuesta, mirándola con seriedad.
- Venga, quítate la ropa ahora mismo y empecemos.
- ¡Idiota!- rió ella, pegándole en el brazo. Le dio un beso en el cuello y ambos siguieron caminando a través de la multitud.- Supongo que eso significa que estás de acuerdo conmigo.
- ¿Y ahora quién es la idiota? ¡Claro que sí!
La Mediadora sonrió de oreja a oreja, sincronizada con la chica y contagiada de su euforia.
La sonrisa se le quedó congelada en los labios después de abrir los ojos, tumbada encima de la cama.
Amiss suspiró, emergiendo con cierta dificultad de aquel extraño trance en el que se sumía cuando llegaban aquellas visiones. Observó muda el techo azul y se tapó la cara con las manos, llorando por dentro. Su alma se estremecía con el fantasma de las lágrimas humanas, vetadas para ella como otras muchas cosas. Se repetía a sí misma que se había acostumbrado, que lo había asumido de una vez... Pero no era del todo cierto y no merecía la pena seguir malgastando el tiempo el convencerse de ello.
Aquellas imágenes, que al principio por desconocimiento e ingenuidad había creído sueños no eran tales sino recuerdos. Recuerdos de su existencia pasada, de la vida de Cassidy, y de eso estaba más que segura. La amarga incertidumbre surgía de otras cuestiones, como el por qué para ella el proceso transcurría a la inversa o qué pecado había cometido para merecer penitencia así. La duda de si lograría renacer o no la acosaba en todo momento, enturbiándole el humor e interfiriendo en su labor como Mediadora. Y tenía miedo, un miedo atroz a recordarlo todo, a descubrir el final de su historia, a no renacer y a seguir existiendo con todo el peso de esas experiencias sobre ella. Ese miedo crecía y se intensificada cada vez más, porque los sueños aumentaban y Amiss presentía que el final no quedaba demasiado lejos.
Se ahogaba, y a pesar de haber encontrado refugio en la Capital para sus inquietudes veces atrás, en aquella ocasión no sentía paz alguna; no se sentía parte de un todo universal y equilibrado, sino prisionera y esclava de una verdad que se le escapaba por completo.
Para terminar su tarea como Mediadora ya le quedaba muy poco. Había cumplido el Sueño de Claudia y sólo le quedaban las Ambiciones y las Esperanzas. Y eso ya no la entusiasmaba tanto como antes, sino todo lo contrario. Se incorporó y permaneció de pie, inmóvil, antes de decidirse a salir de la celda.
Recordó el parto de Claudia. Nunca antes había presenciando algo más sorprendente, más mágico e increíble que aquello; el cómo una vida surge de otra, de las propias entrañas, de la propia materia física. Había sido niño, y se había llamado Pedro. No pudo evitar preguntarse qué alma había encarnado aquel bebé, nacido otra vez en el mundo corpóreo como un alma totalmente nueva. Como una hoja de papel en blanco sin una sola mácula de tinta. Al verlo, colorado, manchado y llorando mientras agitaba los brazos, Amiss le envidió.
Volvió a suspirar y abrió la puerta.
Se encontraba en mitad de una multitud aglomerada, que inundaba la calle en un cauce continuo hacia arriba y abajo. A su lado había una muchacha que ya era tan familiar para ella como su propio reflejo, y frente a ambas había un escaparate. Detrás del cristal, la ropa de bebé permanecía expuesta como un arco iris de colores, como una hilera de golosinas: pequeñas y apetecibles. Botitas, gorros de lana, abrigos y jerseys de aspecto achuchable. La chica se giró al sentir que le apretaban la mano, para observar al joven que la miraba entre curioso y sonriente.
- ¿Sientes la llamada de la maternidad?
- No te rías de mí.
- No me río.
- Ya sabes que siempre he soñado con ser madre... Aparte de ser precioso, siento bastante curiosidad acerca de cómo sería una mezcla entre tú y yo.- dijo, dándole un codazo. Tras un momento de duda, preguntó.- ¿A ti no te hace ilusión?
- ¿Qué pregunta absurda es esa? Sabes de sobra que sí.
- Ya... pero me refiero a un futuro próximo. Muy próximo.
Amiss, al lado de la muchacha, contuvo la respiración mientras él se pensaba la respuesta, mirándola con seriedad.
- Venga, quítate la ropa ahora mismo y empecemos.
- ¡Idiota!- rió ella, pegándole en el brazo. Le dio un beso en el cuello y ambos siguieron caminando a través de la multitud.- Supongo que eso significa que estás de acuerdo conmigo.
- ¿Y ahora quién es la idiota? ¡Claro que sí!
La Mediadora sonrió de oreja a oreja, sincronizada con la chica y contagiada de su euforia.
La sonrisa se le quedó congelada en los labios después de abrir los ojos, tumbada encima de la cama.
Amiss suspiró, emergiendo con cierta dificultad de aquel extraño trance en el que se sumía cuando llegaban aquellas visiones. Observó muda el techo azul y se tapó la cara con las manos, llorando por dentro. Su alma se estremecía con el fantasma de las lágrimas humanas, vetadas para ella como otras muchas cosas. Se repetía a sí misma que se había acostumbrado, que lo había asumido de una vez... Pero no era del todo cierto y no merecía la pena seguir malgastando el tiempo el convencerse de ello.
Aquellas imágenes, que al principio por desconocimiento e ingenuidad había creído sueños no eran tales sino recuerdos. Recuerdos de su existencia pasada, de la vida de Cassidy, y de eso estaba más que segura. La amarga incertidumbre surgía de otras cuestiones, como el por qué para ella el proceso transcurría a la inversa o qué pecado había cometido para merecer penitencia así. La duda de si lograría renacer o no la acosaba en todo momento, enturbiándole el humor e interfiriendo en su labor como Mediadora. Y tenía miedo, un miedo atroz a recordarlo todo, a descubrir el final de su historia, a no renacer y a seguir existiendo con todo el peso de esas experiencias sobre ella. Ese miedo crecía y se intensificada cada vez más, porque los sueños aumentaban y Amiss presentía que el final no quedaba demasiado lejos.
Se ahogaba, y a pesar de haber encontrado refugio en la Capital para sus inquietudes veces atrás, en aquella ocasión no sentía paz alguna; no se sentía parte de un todo universal y equilibrado, sino prisionera y esclava de una verdad que se le escapaba por completo.
Para terminar su tarea como Mediadora ya le quedaba muy poco. Había cumplido el Sueño de Claudia y sólo le quedaban las Ambiciones y las Esperanzas. Y eso ya no la entusiasmaba tanto como antes, sino todo lo contrario. Se incorporó y permaneció de pie, inmóvil, antes de decidirse a salir de la celda.
Recordó el parto de Claudia. Nunca antes había presenciando algo más sorprendente, más mágico e increíble que aquello; el cómo una vida surge de otra, de las propias entrañas, de la propia materia física. Había sido niño, y se había llamado Pedro. No pudo evitar preguntarse qué alma había encarnado aquel bebé, nacido otra vez en el mundo corpóreo como un alma totalmente nueva. Como una hoja de papel en blanco sin una sola mácula de tinta. Al verlo, colorado, manchado y llorando mientras agitaba los brazos, Amiss le envidió.
Volvió a suspirar y abrió la puerta.
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IASADE
Gotas de color en blanco y negro
Al otro lado de los barrotes metálicos, la puerta permanecía cerrada. Un zumbido, constante e inquieto, bullía y la atravesaba como si estuviera hecha de papel, metiéndose dentro de las venas de los presos y envenenando su ritmo cardíaco con tensión y miedo. La luz marchita que se conseguía colar a través de las pequeñas ventanas superiores de la habitación se derramaba a gotas y desaparecía antes de tocar el suelo, dejando la sala gris igual de gris. Sólo dos prisioneros hablaban en murmullos y el resto no se atrevía ni a levantar los ojos del suelo, temerosos de ver algo inesperado en ojos de aquellos con los que compartían celda desde hace años. Todos sentían que algo se les retorcía y moría lentamente en su interior... sintiéndose también víctimas de una extraña y dolorosa impotencia al no saber reconocer qué era aquello que perdían. Ni siquiera la consternación de los propios guardias, apostados uno a cada lado de la puerta, servía como consuelo para su angustia.
Ninguno de ellos conocía la identidad del reo al que habían ocultado en la habitación. Tampoco los policías a los que habían dejado custodiando la entrada. La figura a la que había acompañado todo un escuadrón de soldados había sido cubierta por una sábana de los pies a la cabeza, como si ya estuviera muerto a pesar de andar y moverse por sí mismo.
De repente, se escucharon gritos. Unos gritos de espanto, de terror, frenéticos, seguidos del ruido de sillas al caer, de más gritos, farfullos sin sentido y coronados por un disparo que sumió la prisión entera en un silencio absoluto que no llegó a durar ni una milésima de segundo antes de que los gritos se reanudaran. Los presos se encogieron como niños asustados y las manos de los policías temblaron al sacar sus pistolas y empuñarlas con fuerza. La puerta se abrió de un golpe brusco, revelando la escena que se desarrollaba en su interior.
Tres de las cuatro sillas que rodeaban la mesa metálica habían caído de espaldas. Encima de la mesa había un rifle y a su alrededor cinco hombres. Tres de ellos estaban de pie, uno se agarraba la cara con las manos clavándose, sin darse cuenta, las uñas en la piel. El más alejado se mantenía completamente pegado a la pared intentando poner desesperadamente la máxima distancia entre él y el bulto que yacía desplomado sobre la mesa, frente al revólver, y el más entero señalaba el cadáver con un dedo. Otro permanecía sentado en el suelo, al lado de la puerta, tapándose los ojos, y el último se apresuró a levantarse y salir corriendo horrorizado de la habitación.
Los prisioneros se incorporaron, sin preocuparse que nadie pudiera prohibírselo, y se acercaron con pasos vacilantes para examinar mejor el bulto sobre la mesa. Estaba envuelto, parcialmente, por una sábana blanca.
- ¡¿Qué cojones es eso?! ¡¿Qué cojones es ese color?! ¡¡Que alguien me explique qué está pasando aquí!!
Pero por mucho que señalara, nadie era capaz de responderle.
La sábana ya no era del todo blanca. El hombre, pues era un hombre, se había desplomado sobre la mesa tras recibir un certero disparo en la frente. Y su sangre, en vez de manchar la sábana de negro, la había empapado de...
Los prisioneros retrocedieron, acobardados ante lo que veían. A más de uno se le escapó un grito y más de dos se giraron para apartar aquella imagen de su vista. Menos uno de ellos, que morbosamente fascinado dio un paso más hacia delante.
La sangre de aquel hombre era de un color nuevo. Un color intenso, brillante, caliente. Un color asombroso.
- ¡¡Tapen esa cosa!!- gritó el hombre señalador, apuntando con su dedo a uno de los policías.
El pobre desgraciado tragó saliva y elevó quedamente una plegaria al cielo antes de aproximarse para cubrir por completo el rostro del hombre muerto y la herida redonda de su frente, que no dejaba de manar aquella sangre tan vivaz.
Pero justo antes de que lo hiciera, el prisionero llegó a ver otra cosa mucho más increíble que el color extraño de la sangre. En el hombro del cadáver había un dibujo. Pero no un tatuaje en blanco y negro, o grises, como los que llevaba todo el mundo. No... el tatuaje de aquel infeliz era de colores nuevos. De muchos colores nuevos.
Se le puso la piel de gallina.
Ninguno de ellos conocía la identidad del reo al que habían ocultado en la habitación. Tampoco los policías a los que habían dejado custodiando la entrada. La figura a la que había acompañado todo un escuadrón de soldados había sido cubierta por una sábana de los pies a la cabeza, como si ya estuviera muerto a pesar de andar y moverse por sí mismo.
De repente, se escucharon gritos. Unos gritos de espanto, de terror, frenéticos, seguidos del ruido de sillas al caer, de más gritos, farfullos sin sentido y coronados por un disparo que sumió la prisión entera en un silencio absoluto que no llegó a durar ni una milésima de segundo antes de que los gritos se reanudaran. Los presos se encogieron como niños asustados y las manos de los policías temblaron al sacar sus pistolas y empuñarlas con fuerza. La puerta se abrió de un golpe brusco, revelando la escena que se desarrollaba en su interior.
Tres de las cuatro sillas que rodeaban la mesa metálica habían caído de espaldas. Encima de la mesa había un rifle y a su alrededor cinco hombres. Tres de ellos estaban de pie, uno se agarraba la cara con las manos clavándose, sin darse cuenta, las uñas en la piel. El más alejado se mantenía completamente pegado a la pared intentando poner desesperadamente la máxima distancia entre él y el bulto que yacía desplomado sobre la mesa, frente al revólver, y el más entero señalaba el cadáver con un dedo. Otro permanecía sentado en el suelo, al lado de la puerta, tapándose los ojos, y el último se apresuró a levantarse y salir corriendo horrorizado de la habitación.
Los prisioneros se incorporaron, sin preocuparse que nadie pudiera prohibírselo, y se acercaron con pasos vacilantes para examinar mejor el bulto sobre la mesa. Estaba envuelto, parcialmente, por una sábana blanca.
- ¡¿Qué cojones es eso?! ¡¿Qué cojones es ese color?! ¡¡Que alguien me explique qué está pasando aquí!!
Pero por mucho que señalara, nadie era capaz de responderle.
La sábana ya no era del todo blanca. El hombre, pues era un hombre, se había desplomado sobre la mesa tras recibir un certero disparo en la frente. Y su sangre, en vez de manchar la sábana de negro, la había empapado de...
Los prisioneros retrocedieron, acobardados ante lo que veían. A más de uno se le escapó un grito y más de dos se giraron para apartar aquella imagen de su vista. Menos uno de ellos, que morbosamente fascinado dio un paso más hacia delante.
La sangre de aquel hombre era de un color nuevo. Un color intenso, brillante, caliente. Un color asombroso.
- ¡¡Tapen esa cosa!!- gritó el hombre señalador, apuntando con su dedo a uno de los policías.
El pobre desgraciado tragó saliva y elevó quedamente una plegaria al cielo antes de aproximarse para cubrir por completo el rostro del hombre muerto y la herida redonda de su frente, que no dejaba de manar aquella sangre tan vivaz.
Pero justo antes de que lo hiciera, el prisionero llegó a ver otra cosa mucho más increíble que el color extraño de la sangre. En el hombro del cadáver había un dibujo. Pero no un tatuaje en blanco y negro, o grises, como los que llevaba todo el mundo. No... el tatuaje de aquel infeliz era de colores nuevos. De muchos colores nuevos.
Se le puso la piel de gallina.
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domingo, enero 22
IASADE -96-
Eran las cuatro menos veinte de la madrugada cuando Claudia rompió aguas. Todas las luces del dúplex se encendieron mientras Gabriel, casi histérico, corría de un lado para otro preparándolo todo antes de meter a su compañera en el coche y llevársela rápidamente al hospital. Era martes, y la ciudad dormía bajo un cielo nublado que apenas dejaba ver una estrella y que amenazaba con llover de un minuto a otro. El Volkswagen beatle cruzó las avenidas como un rayo silencioso, seguido de cerca por una estela brillante, blanca e invisible para cualquier ojo humano; un pálido haz de luz que se coló en el ascensor para acompañar a la mujer hacia la sala de partos.
Cassia, sin embargo, no tuvo más remedio que esperar fuera, en el ático del edificio vecino que se había convertido en su atalaya habitual. Envidiaba a Amiss, éterea y presente junto a la camilla de Claudia presenciando en directo el milagro de la vida. Ella también sentía curiosidad, pero sólo podía satisfacerla a distancia, imaginándose la escena a partir de los latidos de corazón, estruendosos, que escuchaba desde fuera.
Se le ocurrió, de repente, que si los tocados por la luz se esforzaban tanto en proteger a los vivos era porque anhelaban volver a vivir, mientras que los condenados se esforzaban en sembrar la muerte porque a ellos se les había negado aquella posibilidad.
Una gota de agua le cayó sobre la frente, y tres segundos después de la cuarta un relámpago iluminó el abultado relieve de las nubes. Se preguntó si, arriba en el Cielo, se podría oír el tambor de los truenos y el tintineo de la lluvia. A sus oídos llegó un grito de mujer, desgarrador y lleno de fuerza.
Un poco más de media hora después llegó Mikäh. Cassia había advertido que durante la noche la piel del falso ángel resplandecía de forma especial, muy tenue y suavemente. Casi imperceptible. Y siempre se quedaba asombrada por lo bello que le parecía.
- ¿Cómo va?
- De momento no hay ninguna complicación, pero Amiss está muy nerviosa. Teme que algo se tuerza.
- Debería tener más fe. Esa es una de vuestras virtudes, ¿no?
- ¿Tú nunca has tenido fe?
Cassia meditó un instante antes de responder.
- No lo sé. Puede que sí, si fe la entendemos como esperanza.
- Eso es incluso más atípico.- sonrió él.- Aunque la esperanza es lo último que se pierde, o eso dicen los humanos.
- ¿No te mojas?- preguntó la Nocturna, al advertir que las gotas no le tocaban.
- Por muy tangible que me veas yo también estoy en forma etérea.
- ¿Y puedes corporizarte?
- No, eso es cosa exclusiva de los Mediadores. Voy a volver, no quiero dejarla sola.
Y sin esperar una respuesta por su parte, saltó en picado y planeó hasta alcanzar el hospital. Siempre era así, y aún a pesar de la norma Cassia no podía evitar sentir una punzada de dolor y rabia cada vez que Mikäh la abandonaba para regresar junto a la luciérnaga. Era consciente de que aquel era el lugar que le correspondía, de que así debían ser las cosas y de que debería estar más que satisfecha con el hecho de que él "confiara" en ella. Mikäh le brindaba su ocasional compañía y habían cesado las hostilidades por su parte, pero seguía sin resultarle suficiente. Quería más.
A las cinco menos diez un llanto nuevo se sumó a los gritos y jadeos de Claudia. Era una voz pequeña, vulnerable y frágil. Pero no débil, sino al contrario: estaba llena de energía y se hacía escuchar con firmeza en el mundo de los vivos. Cassia no pudo ver el rostro de Claudia, radiante por la más absoluta felicidad, pero alcanzó a ver el resplandor violáceo del cumplimiento del Sueño de la mujer, procedente del interior de Amiss, y tan intenso que estalló y traspasó las ventanas del hospital.
Cassia, sin embargo, no tuvo más remedio que esperar fuera, en el ático del edificio vecino que se había convertido en su atalaya habitual. Envidiaba a Amiss, éterea y presente junto a la camilla de Claudia presenciando en directo el milagro de la vida. Ella también sentía curiosidad, pero sólo podía satisfacerla a distancia, imaginándose la escena a partir de los latidos de corazón, estruendosos, que escuchaba desde fuera.
Se le ocurrió, de repente, que si los tocados por la luz se esforzaban tanto en proteger a los vivos era porque anhelaban volver a vivir, mientras que los condenados se esforzaban en sembrar la muerte porque a ellos se les había negado aquella posibilidad.
Una gota de agua le cayó sobre la frente, y tres segundos después de la cuarta un relámpago iluminó el abultado relieve de las nubes. Se preguntó si, arriba en el Cielo, se podría oír el tambor de los truenos y el tintineo de la lluvia. A sus oídos llegó un grito de mujer, desgarrador y lleno de fuerza.
Un poco más de media hora después llegó Mikäh. Cassia había advertido que durante la noche la piel del falso ángel resplandecía de forma especial, muy tenue y suavemente. Casi imperceptible. Y siempre se quedaba asombrada por lo bello que le parecía.
- ¿Cómo va?
- De momento no hay ninguna complicación, pero Amiss está muy nerviosa. Teme que algo se tuerza.
- Debería tener más fe. Esa es una de vuestras virtudes, ¿no?
- ¿Tú nunca has tenido fe?
Cassia meditó un instante antes de responder.
- No lo sé. Puede que sí, si fe la entendemos como esperanza.
- Eso es incluso más atípico.- sonrió él.- Aunque la esperanza es lo último que se pierde, o eso dicen los humanos.
- ¿No te mojas?- preguntó la Nocturna, al advertir que las gotas no le tocaban.
- Por muy tangible que me veas yo también estoy en forma etérea.
- ¿Y puedes corporizarte?
- No, eso es cosa exclusiva de los Mediadores. Voy a volver, no quiero dejarla sola.
Y sin esperar una respuesta por su parte, saltó en picado y planeó hasta alcanzar el hospital. Siempre era así, y aún a pesar de la norma Cassia no podía evitar sentir una punzada de dolor y rabia cada vez que Mikäh la abandonaba para regresar junto a la luciérnaga. Era consciente de que aquel era el lugar que le correspondía, de que así debían ser las cosas y de que debería estar más que satisfecha con el hecho de que él "confiara" en ella. Mikäh le brindaba su ocasional compañía y habían cesado las hostilidades por su parte, pero seguía sin resultarle suficiente. Quería más.
A las cinco menos diez un llanto nuevo se sumó a los gritos y jadeos de Claudia. Era una voz pequeña, vulnerable y frágil. Pero no débil, sino al contrario: estaba llena de energía y se hacía escuchar con firmeza en el mundo de los vivos. Cassia no pudo ver el rostro de Claudia, radiante por la más absoluta felicidad, pero alcanzó a ver el resplandor violáceo del cumplimiento del Sueño de la mujer, procedente del interior de Amiss, y tan intenso que estalló y traspasó las ventanas del hospital.
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IASADE
viernes, enero 20
IASADE -95-
Ael y Mikäh la guiaron hasta un almacén marítimo, situado en el puerto de la ciudad. Parecía llevar mucho tiempo en desuso; la madera del suelo, demasiado envenenada por la humedad salina y el descuido, estaba un tanto combada y apenas crujía. Las bombillas estaban fundidas y los maltrechos estantes vacíos y torcidos. No había nada aparte de un par de muebles viejos, una mesa y una jaula enorme de barrotes gruesos y muy juntos que llamó a la memoria de Cassia la cárcel donde Satzsa la había encerrado tiempo atrás. Y una vez que la Diablesa estuvo dentro, por primera vez en toda su existencia, sintió que se hacía justicia.
Satzsa agarró un barrote y chilló, retrocediendo rápidamente para acariciarse la mano herida con la contraria. Una sonrisa fantasma pareció dibujarse en los labios de Mikäh antes de desaparecer sin dejar rastro, como si jamás hubiera estado allí. Ael batió las alas, levantando el polvo que hasta aquel momento dormía silenciosamente.
- No podemos entretenernos mucho contigo, así que te recomiendo que hables por las buenas. Todo será más fácil e indoloro para ti.
- La piedad te ha podrido la inteligencia, palomo. No temo al dolor, no tenéis ninguna influencia sobre mí.
- Te vuelves a equivocar, Diablesa. Al igual que vosotros, en la Capital también experimentamos e investigamos vuestra sustancia vital. Hemos... intentado reconvertirla hacia nuestro bando. Sin éxito, desgraciadamente. Pero sí que hemos conseguido anularla.
- ¿Anularla?- repitió la Diablesa, con cierto tono de alarma e inseguridad.
- Eso es. Podemos convertirte en una condenada sin ningún tipo de privilegio, en un alma perdida. Nunca nos ha parecido un descubrimiento de gran utilidad, porque si atrapamos a uno de los tuyos es preferente la destrucción inmediata a llenar el Infierno con un infeliz más. Sin embargo... creo que es un buen método para convencerte de que es mejor que colabores sin crear problemas. Apuesto a que desaparecer te parece mejor idea que toda una existencia infinita de sufrimiento eterno en el submundo, ¿verdad?
- No te creo.- susurró Satzsa entre los dientes apretados.
- A mí eso me da igual. Te inyecto la sustancia y punto, ya lo comprobarás por ti misma. ¿Te arriesgas?
La Diablesa apretó los labios y los puños con fuerza, mientras agitaba la cola con furia de un lado a otro. Cassia observaba desde lejos, confiada: sabía que Satzsa aceptaría contestar.
- De acuerdo.- dijo con fiereza, sin atisbo de derrota en la voz.- Hablaré.
- Sabia decisión. Pero recuerda que sabré cuando mientes y cuando no.
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Cassia? Haz los honores.
La mirada de Satzsa la atravesó cuando se acercó a ella, colocándose cara a cara, buscando en su interior alguna afinidad a la que apelar, una emoción a la que asirse, algún punto de influencia que ejercer. Todo en vano, porque Cassia ya estaba vacía de ella, liberada por completo de su poder. Estaba completamente vacía.
- ¿Desde cuándo me conoces?
- Desde que eras humana. Cultivé la semilla del mal que crecía interior hasta que caíste en mis garras. Yo te abrí las puertas a esta existencia... te di a luz a ella.
- ¿Por qué te convertirte en mi mentora?
- Pensaba que serías un arma infalible. Aunque es obvio que me equivoqué.
- ¿Infalible por qué?
Satzsa sonrió a medias, dirigiendo un fugaz vistazo a Ael antes de contestar.
- Tus circunstancias y características eran atípicas, únicas. Cuando un humano muere y su juicio acaba condenándole, su alma permanece sigue contaminada por algún resquicio de su antigua luz. La experiencia, y sus vivencias nunca se borran. Pero tú eras distinta... porque eras mal puro y no recordabas absolutamente nada de tu vida anterior.
Cassia se mordió el labio inferior, inquieta. Le quedaban sólo dos preguntas... pero aquella respuesta había generado más incógnitas, interrogantes con los que no había contado en su cálculo mental. No sabía qué era lo que prefería saber.
- ¿Por qué querías impedir que me acercara a Amiss?
Satzsa rió desdeñosamente.
- Temía que te perdieras... y ya ves que mi temor no era infundado.
- ¿Por qué?
- Porque ella es todo aquello de lo que tú careces.
Entonces Ael, espada en mano, bordeó la jaula con los ojos fijos en la Diablesa, como un animal acechando a su presa.
- Seguramente ahora agradezcas la piedad que siempre te ha parecido inútil. Despídete, Diablesa.
Y sin concederle ni un segundo para añadir algo más, introdujo hábilmente la espada a través de los barrotes y atravesó a Satzsa con ella. Cassia vio claramente, impasible, cómo los ojos naranjas de la Diablesa se apagaban en negro y su cuerpo, empujado por un viento invisible, se agrietaba, resquebraja y pulverizaba en cenizas.
Satzsa agarró un barrote y chilló, retrocediendo rápidamente para acariciarse la mano herida con la contraria. Una sonrisa fantasma pareció dibujarse en los labios de Mikäh antes de desaparecer sin dejar rastro, como si jamás hubiera estado allí. Ael batió las alas, levantando el polvo que hasta aquel momento dormía silenciosamente.
- No podemos entretenernos mucho contigo, así que te recomiendo que hables por las buenas. Todo será más fácil e indoloro para ti.
- La piedad te ha podrido la inteligencia, palomo. No temo al dolor, no tenéis ninguna influencia sobre mí.
- Te vuelves a equivocar, Diablesa. Al igual que vosotros, en la Capital también experimentamos e investigamos vuestra sustancia vital. Hemos... intentado reconvertirla hacia nuestro bando. Sin éxito, desgraciadamente. Pero sí que hemos conseguido anularla.
- ¿Anularla?- repitió la Diablesa, con cierto tono de alarma e inseguridad.
- Eso es. Podemos convertirte en una condenada sin ningún tipo de privilegio, en un alma perdida. Nunca nos ha parecido un descubrimiento de gran utilidad, porque si atrapamos a uno de los tuyos es preferente la destrucción inmediata a llenar el Infierno con un infeliz más. Sin embargo... creo que es un buen método para convencerte de que es mejor que colabores sin crear problemas. Apuesto a que desaparecer te parece mejor idea que toda una existencia infinita de sufrimiento eterno en el submundo, ¿verdad?
- No te creo.- susurró Satzsa entre los dientes apretados.
- A mí eso me da igual. Te inyecto la sustancia y punto, ya lo comprobarás por ti misma. ¿Te arriesgas?
La Diablesa apretó los labios y los puños con fuerza, mientras agitaba la cola con furia de un lado a otro. Cassia observaba desde lejos, confiada: sabía que Satzsa aceptaría contestar.
- De acuerdo.- dijo con fiereza, sin atisbo de derrota en la voz.- Hablaré.
- Sabia decisión. Pero recuerda que sabré cuando mientes y cuando no.
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Cassia? Haz los honores.
La mirada de Satzsa la atravesó cuando se acercó a ella, colocándose cara a cara, buscando en su interior alguna afinidad a la que apelar, una emoción a la que asirse, algún punto de influencia que ejercer. Todo en vano, porque Cassia ya estaba vacía de ella, liberada por completo de su poder. Estaba completamente vacía.
- ¿Desde cuándo me conoces?
- Desde que eras humana. Cultivé la semilla del mal que crecía interior hasta que caíste en mis garras. Yo te abrí las puertas a esta existencia... te di a luz a ella.
- ¿Por qué te convertirte en mi mentora?
- Pensaba que serías un arma infalible. Aunque es obvio que me equivoqué.
- ¿Infalible por qué?
Satzsa sonrió a medias, dirigiendo un fugaz vistazo a Ael antes de contestar.
- Tus circunstancias y características eran atípicas, únicas. Cuando un humano muere y su juicio acaba condenándole, su alma permanece sigue contaminada por algún resquicio de su antigua luz. La experiencia, y sus vivencias nunca se borran. Pero tú eras distinta... porque eras mal puro y no recordabas absolutamente nada de tu vida anterior.
Cassia se mordió el labio inferior, inquieta. Le quedaban sólo dos preguntas... pero aquella respuesta había generado más incógnitas, interrogantes con los que no había contado en su cálculo mental. No sabía qué era lo que prefería saber.
- ¿Por qué querías impedir que me acercara a Amiss?
Satzsa rió desdeñosamente.
- Temía que te perdieras... y ya ves que mi temor no era infundado.
- ¿Por qué?
- Porque ella es todo aquello de lo que tú careces.
Entonces Ael, espada en mano, bordeó la jaula con los ojos fijos en la Diablesa, como un animal acechando a su presa.
- Seguramente ahora agradezcas la piedad que siempre te ha parecido inútil. Despídete, Diablesa.
Y sin concederle ni un segundo para añadir algo más, introdujo hábilmente la espada a través de los barrotes y atravesó a Satzsa con ella. Cassia vio claramente, impasible, cómo los ojos naranjas de la Diablesa se apagaban en negro y su cuerpo, empujado por un viento invisible, se agrietaba, resquebraja y pulverizaba en cenizas.
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IASADE
lunes, enero 16
Limbo
A algunos se les encallecen los ojos de tanto observar, o la mente de tanto pensar. Se les quedan las pupilas frías y las cejas cansadas mientras buscan eternamente respuestas para las grandes incógnitas y los difíciles misterios. Mis aspiraciones son de estatura media y, excepto en contadas ocasiones, no se han quedado insomnes cavilando sobre los inevitables interrogantes de la existencia.La otra noche, sin embargo, me asaltó, con inusitada fuerza, ese hambre filósofa que todos padecemos de vez en cuando.
Pero... como ya he dicho antes que mis aspiraciones son más bien de modesto alcance, mi misterio es mucho más familiar y cotidiano.
Me fascinan los segundos de tiempo que transcurren desde que nos despertamos hasta que somos conscientes de nosotros mismos, porque son un limbo absoluto. Ya que a pesar de los muchos tipos de despertar existentes, todos tienen en común (en mayor o menor cantidad de partículas temporales) esa inconsciencia plena y maravillosa. No sabemos ni quienes somos ni donde estamos, ni porqué hemos abierto los ojos. Pero sí anhelamos cerrarlos otro ratito más, por muy corto que sea. Es ese momento en el que los sueños todavía permanecen vivos en nuestras cabezas, desorientados y confusos, preguntándose por qué de repente se han quedado desnudos y al descubierto.
Es entonces cuando se asustan y se van.
Todos nuestros pensamientos humanos siguen protestando con los ojos cerrados, bien apretados, en esos segundos de entumecimiento general, regalándonos una fugaz insensibilidad durante la que dejamos de ser personas para asemejarnos más a ordenadores desconectados. Tan anestesiados que ni siquiera somos capaces de recordar en qué postura hemos despertado tumbados sobre la cama. Es un bálsamo que borra momentáneamente el dolor y las preocupaciones, los deseos y las esperanzas. Y aunque, a veces nos despertemos en mitad de la noche, nunca podemos afirmar exactamente cuándo.
¿Tan complejo es el laberinto que recorre el espíritu por las noches que le cuesta encontrar el camino de regreso al cuerpo?
[Imagen por NegativeFeedback]
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Deliberaciones varias
viernes, enero 13
IASADE -94-
Un destello entre las hojas la distrajo inevitablemente, desviando la atención de Satzsa por un segundo que Cassia no dudó en aprovechar para golpearla en el estómago y tirarla de espaldas al suelo. El salto que dio lejos de la Diablesa, en dirección a Corazón que yacía oculta bajo la hojarasca húmeda, fue interrumpido por la cola de Satzsa, que culebreó en el aire y le castigó el tobillo con un latigazo que la hizo caer. Cassia gruñó y levantó la cabeza a tiempo de escuchar un crujido entre las ramas de los árboles y de ver una sombra oscureciendo el cielo sobre su enemiga.
La túnica de Mikäh, normalmente de un blanco puro e inmaculado, estaba manchada de verde sucio, marrón y gris. El alma blanca, aprisionando el cuerpo de la Diablesa entre sus piernas, inclinado sobre ella y rozándole el cuello con el filo de su espada celestial, parecía increíblemente agotado, a duras penas sin una chispa de energía. Y aún así una rabia salvaje y satisfecha hacía resplandecer su rostro, convirtiéndolo en una visión espléndida muy cercana al sentimiento de la pasión sólo propio de los humanos. Cassia se levantó rápidamente, recuperó a Corazón calmando así su ansiedad y apuntó con ella a Satzsa, que permanecía completamente inmóvil.
- Traidora... acabaré contigo. Te arrebataré la existencia que te regalé en su día y te reduciré a la nada.- masculló.
- Con amenazas imposibles sólo te humillas a ti misma, serpiente.- respondió Mikäh, con voz contenida.- No puedes escaparte de esta. Ael habrá terminado ya con tu amigo y no tardará en volver.
- ¿Y por qué esperas al palomo, falso ángel de mierda? Destrúyeme tú mismo si eres capaz.
- Soy más que capaz y además, me muero por hacerlo. Pero ni yo ni Ael vamos a destruirte aún.
Satzsa giró la cabeza para encontrar sus ojos con los de Cassia. Ojos que ardían como brasas, ahogados en odio y desprecio. La Nocturna apretó la empuñadura desnuda de Corazón en la mano.
- ¿Ah, no? ¿Qué vais a hacer conmigo entonces? ¿Conservarme como mascota, o llevarme al circo del Cielo como atracción mensual?
- No puedo negar que serías un espectáculo interesante. Una Diablesa corrupta... bueno, corruptos estáis todos, pero me refiero a una Diablesa humanizada. Aunque no es ese nuestro objetivo. Te vamos a interrogar.
La Nocturna se agachó junto a ella, acortando físicamente la distancia entre ambas; emocionalmente, donde antes no habían existido limites, ahora había un hondo abismo.
- Me vas a contar la verdad que me has ocultado siempre.
- Y además de traidora te has vuelto imbécil e ingenua del todo. Te has perdido en la confianza y en la fe ajena.
- Ni mucho menos.
Ael apareció sorteando los troncos, pisando silenciosamente las hojas caídas que alfombraban el bosque. Su fría espada celestial, manchada de negro, captaba y reflejaba los infinitos matices relucientes del sol que amanecía.
- No es confianza ni fe ajena sino certeza absoluta lo que me hace capaz de asegurar que acabarás cantando como un ruiseñor. Incluso puede que te salgan alas y todo.
El Ángel envainó la espada y se desabrochó de la muñeca una pequeña cadena plateada y sencilla, que en sus dedos creció y se alargó imposiblemente. Con ella rodeó el cuello de la Diablesa antes de cerrarla en torno a sus muñecas y tobillos. De un tirón, la obligó a levantarse. Su mirada, de orgullo gravemente herido, quemaba tanto que Cassia pensó que derretiría el metal celestial con un simple vistazo.
Caminando detrás de Satzsa, la Nocturna tuvo la impresión de sentir, en alguna parte de sí misma, el aguijonazo de la culpabilidad por un segundo. En algún lugar que ya quedaba vaga y profundamente enterrado en su interior y que no daba espacio al arrepentimiento. También, sin saber porqué, recordó a Amiss y se preguntó si se sentiría sola sin sus dos escoltas habituales.
La túnica de Mikäh, normalmente de un blanco puro e inmaculado, estaba manchada de verde sucio, marrón y gris. El alma blanca, aprisionando el cuerpo de la Diablesa entre sus piernas, inclinado sobre ella y rozándole el cuello con el filo de su espada celestial, parecía increíblemente agotado, a duras penas sin una chispa de energía. Y aún así una rabia salvaje y satisfecha hacía resplandecer su rostro, convirtiéndolo en una visión espléndida muy cercana al sentimiento de la pasión sólo propio de los humanos. Cassia se levantó rápidamente, recuperó a Corazón calmando así su ansiedad y apuntó con ella a Satzsa, que permanecía completamente inmóvil.
- Traidora... acabaré contigo. Te arrebataré la existencia que te regalé en su día y te reduciré a la nada.- masculló.
- Con amenazas imposibles sólo te humillas a ti misma, serpiente.- respondió Mikäh, con voz contenida.- No puedes escaparte de esta. Ael habrá terminado ya con tu amigo y no tardará en volver.
- ¿Y por qué esperas al palomo, falso ángel de mierda? Destrúyeme tú mismo si eres capaz.
- Soy más que capaz y además, me muero por hacerlo. Pero ni yo ni Ael vamos a destruirte aún.
Satzsa giró la cabeza para encontrar sus ojos con los de Cassia. Ojos que ardían como brasas, ahogados en odio y desprecio. La Nocturna apretó la empuñadura desnuda de Corazón en la mano.
- ¿Ah, no? ¿Qué vais a hacer conmigo entonces? ¿Conservarme como mascota, o llevarme al circo del Cielo como atracción mensual?
- No puedo negar que serías un espectáculo interesante. Una Diablesa corrupta... bueno, corruptos estáis todos, pero me refiero a una Diablesa humanizada. Aunque no es ese nuestro objetivo. Te vamos a interrogar.
La Nocturna se agachó junto a ella, acortando físicamente la distancia entre ambas; emocionalmente, donde antes no habían existido limites, ahora había un hondo abismo.
- Me vas a contar la verdad que me has ocultado siempre.
- Y además de traidora te has vuelto imbécil e ingenua del todo. Te has perdido en la confianza y en la fe ajena.
- Ni mucho menos.
Ael apareció sorteando los troncos, pisando silenciosamente las hojas caídas que alfombraban el bosque. Su fría espada celestial, manchada de negro, captaba y reflejaba los infinitos matices relucientes del sol que amanecía.
- No es confianza ni fe ajena sino certeza absoluta lo que me hace capaz de asegurar que acabarás cantando como un ruiseñor. Incluso puede que te salgan alas y todo.
El Ángel envainó la espada y se desabrochó de la muñeca una pequeña cadena plateada y sencilla, que en sus dedos creció y se alargó imposiblemente. Con ella rodeó el cuello de la Diablesa antes de cerrarla en torno a sus muñecas y tobillos. De un tirón, la obligó a levantarse. Su mirada, de orgullo gravemente herido, quemaba tanto que Cassia pensó que derretiría el metal celestial con un simple vistazo.
Caminando detrás de Satzsa, la Nocturna tuvo la impresión de sentir, en alguna parte de sí misma, el aguijonazo de la culpabilidad por un segundo. En algún lugar que ya quedaba vaga y profundamente enterrado en su interior y que no daba espacio al arrepentimiento. También, sin saber porqué, recordó a Amiss y se preguntó si se sentiría sola sin sus dos escoltas habituales.
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