jueves, septiembre 23

Sólo lloro de verdad cuando me caen lágrimas de los dos ojos

Aquella mañana me desperté llorando, con un charco de lágrimas de mar empapando la almohada. Sorprendida y descalza caminé hasta el cuarto de baño y me miré atónita al espejo, con los dedos sobre la mejilla húmeda y roja la punta de la nariz. Intenté recordar si había soñado algo triste, o quizá una pesadilla, pero no acudió nada a mi mente.

Por la mañana me entretuve adecentando un poco la casa, a pesar del profundo desagrado que me inspiraba esa tarea. Puse la música con el volumen alto, me armé de trapo y limpiacristales y me dispuse a ser una enemiga resistente contra el desorden. Algo, sin embargo, no estaba bien: todas las canciones me parecían melancólicas y despertaban en mí un intenso sentimiento de nostalgia inexplicable, que se presentaba solo sin ir acompañado de ningún recuerdo. Me lloraban los ojos sin cesar.

Pensando que tal vez se debiera al polvo, abandoné la habitación de mi compañera de mi piso y me trasladé a la mía, que ya estaba limpia. Me senté sobre el escritorio, abrí la ventana y saqué la cabeza a través de ella, aspirando con fuerza el perfume otoñal de la brisa matutina. Pero al contrario de lo que esperaba, eso no me proporcionó alivio alguno. Sentí una dolorosa opresión en el pecho y desde lo más profundo de mi alma se me escapó un sollozo desgarrado que hizo eco en el patio interior del edificio. La vecina del cuarto, que en ese momento estaba tendiendo las sábanas, me miró de hito en hito desde arriba. Yo, muerta de verguenza y con el llanto desatado, me aparté de la ventana y me tiré en la cama.

Parecía una fuente. Las lágrimas me manaban a borbotones de los ojos como si fueran dos pozos que, inundados de tristeza, se desbordaban dejando escapar toda la amargura que contenían. Lloraba por los dos ojos, es decir, lloraba de verdad. No sólo por el de lágrima fácil que desde pequeña tenía entrenado por si la situación requería uno o dos pucheros convincentes, sino por los dos; como sólo me sucedía cuando me lloraba el corazón. Rabiosa, enfadada conmigo misma, intenté pensar en un motivo que explicara aquella estúpida llantera.
Pero no se me ocurría nada.

El resto del día transcurrió de la misma forma. Cambié de ubicación un par de veces porque llorar todo el rato en el mismo sitio era bastante aburrido: de la cama pasé al sofá, del sofá al interior de la bañera, de la bañera a debajo de la mesa del comedor y de allí hasta la cocina, alrededor de las cinco de la tarde, cuando mi estómago pedía su ración de alimento a gritos.

Los ojos me dolían, y estaban ya tan colorados que me daba miedo mirarme en el espejo. Mi aspecto era horroroso: tenía las mejillas encarnadas y saladas, la nariz casi despellejada de tanto sonarme los mocos. El último ataque de sollozos había sido tan violento que ahora tenía hipo, me molestaba la garganta y la respiración tan desigual que a veces me quedaba sin aliento y me daba la sensación de que me iba a ahogar. Plantada delante de la hornilla, entre hipido e hipido, encendí una cerilla para poner agua a calentar. Como era mi costumbre, al apagarla de un soplido me la acerqué para oler el humo, cuya fragancia a madera quemada me encantaba. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea descabellada.

Recorrí todo el piso de cabo a rabo reuniendo todas las velas y quemadores de inciensos que había en todas las habitaciones, revolviendo incluso en los cajones de mis compañeras. No eran tantos como yo esperaba, pero me servirían. Los coloqué en diferentes lugares de mi habitación, a mi alrededor en el centro, eché la persiana, cerré la ventana, la puerta y apagué la luz. Acto seguido encendí mi mechero y una a una fui prendiendo cada vela y cada barilla de incienso, creando un círculo de llamas a mi alrededor. Una vez todas estuvieron iluminadas, me senté en el suelo y me crucé de piernas imitando una postura de yoga que probablemente yo misma me acababa de inventar en aquel momento.

Pronto la habitación se llenó de humo. Un humo aromático de por lo menos cuatro fragancias distintas, un humo denso que me robaba oxígeno y creaba remolinos en el aire. Yo seguía llorando. Sí, seguía llorando, pero ahora al menos lo hacía debido a la irritación que el humo producía en mis ojos y no a la pena absurda salida de ninguna parte que me había acosado sin descanso desde mi despertar. O probablemente lloraba debido a las dos cosas, pero era más feliz pensando que al menos ahora tenía un motivo legítimo para derramar lágrimas.

Eso era lo que yo quería conseguir, el lado bueno de mi tonta idea. El lado malo, por el contrario, era que empezaba a asfixiarme y a toser sin parar. La nariz tapada dificultaba mucho más el hecho de seguir respirando para mantenerme con vida. Pero mi cabeza no fucionaba muy bien; tanto llorar me había dejado el cerebro un poco seco, y lo único que me mantenía clavada en el suelo era pura cabezonería.

Escuché entonces unos puños aporreando mi puerta antes de abrirla de golpe y de par en par. El humo se estremeció antes de empezar a dispersarse, expandiéndose, escapándose de mi habitación. Clara, con cara de espanto delante de mí, me miraba como si estuviera contemplando un fantasma.

- ¡¿Se puede saber qué haces, majara?!- me gritó, enfadada.- ¿Estás loca o es que sólo eres gilipollas? ¿Qué coño pretendías?
- Dejar de llorar.- le contesté, poniéndome en pie torpemente y acercándome a ella para lanzarme a sus brazos.- ¡Pero no puedo!
- ¿Dejar de llorar, con todo ese humo? ¡Imposible! ¿O es que acaso intentabas matarte para dejar de llorar?
- ¡No!
- ¡Pues lo parecía, chalada! ¿Por qué lloras, si puede saberse?

Me aparté de ella y escondí la cara enrojecida entre mis manos.

- ¡¡No lo sé!!- grité, con desesperación.

4 comentarios:

InfusionDeLotoNegro dijo...

La verdad es que a veces se lloran océanos de lagrimas y no sabemos porque…
(Le solemos echar la culpa a las emociones, a una película triste, a una conversación dura, a incidencias en la vida cotidiana)

Pero también es cierto, que hay momentos en los que se llora sin sentido, muy pocos son, pero el misterio existe.

Aunque yo soy de los que piensan que llorar puede ser precioso, no somos más frágiles porque lloremos. (Nadie debería tener miedo a exteriorizar sus sensibilidades, NADIE)

Me ha gustado esta entrada, sinceramente… (Aunque trate sobre lágrimas misteriosas)

Carlos dijo...

Llorar sin razón... No sé qué decir. Supongo que es una sensación horrible, sentir una tristeza honda y no saber de dónde procede.
Así que, al final, le acabamos encontrando un origen. O lo creamos. Cualquier cosa para consolarnos, tratando de apoyarnos en la lógica.

Lo único bueno de ese tipo de tristeza es que, según viene, se va. Nos deja un mal recuerdo, pero nada más.

Sí que es coincidencia, sí xD Y lo de llorar solo o en compañía... Ni idea. Hace... no sé, varios años que no lloro :P

Un beso

.A dijo...

quiero saber porque a veces solo me salen lagrimas de mi ojo izquierdo..

Smily dijo...

Me encanta el relato, además es muy original. A veces no sabemos el verdadero motivo de nuestro llanto, pero suele ser por algo que está ahí en lo más hondo de nuestro corazón, haciendo mella aunque no sepamos verlo.
¡Un besazo!