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viernes, junio 27

Nuestro rastro en el camino

Nunca dejábamos de viajar. No importaba que el tiempo se presentara inclemente, que las carreteras estuvieran intransitables o que los caballos estuvieran agotados. El hechicero, que a veces usaba el nombre que llevaba puesto el desafortunado día que le conocí y otras veces se hacía llamar Martius, apenas abandonaba el carromato que era su hogar, y este siempre se mantenía en movimiento sobre el camino yendo de un lugar a otro sin detenerse. Sólo parábamos cuando él recibía algún encargo o tenía que preparar alguna pócima de delicada elaboración, y sólo se dedicaba al ocio después de hacer cobrado por algún trabajo: se dirigía directamente al primer burdel de carretera con el que nos topábamos dispuesto a desembolsar el dinero que fuera menester para que que la chica accediera soportar el tenerme a mí de espectador mientras él disfrutaba de ella.
En aquella ocasión nos detuvimos junto a un circo ambulante que había acampado a las afueras de un pueblo. ¿Cuál? Yo no tenía ni idea ni tampoco me importaba. Era un pueblo como cualquier otro, ni más pequeño o más grande de lo habitual, ni especialmente bonito o feo. Casuchas marrones y grises que se levantaban unas al lado de otras y rodeadas de tierras de cultivo. Era primavera y llovía un día sí y otro también, por lo que los campos estaban anegados. Las caras de la gente que se había reunido alrededor del campamento circense estaban tan nubladas como el cielo. El hechicero aparcó el carromato cerca de los maltrechos establos donde se amparaban las monturas de los acróbatas, se bajó de él y soltó mis cadenas para arrastrarme tras de sí.
A pesar del tiempo que llevaba encadenado a él, el hechicero seguía siendo una gran incógnita para mí. El cómo era capaz de recibir encargos y localizar clientes sin apartarse del camino ni abandonar su carromato seguía me seguía pareciendo un misterio, y cómo hacía funcionar aquella magia que me impedía romper sus cadenas para huir de él me resultaba absolutamente inexplicable. Pero Martius sabía siempre lo que tenía que hacer y hacia dónde tenía que dirigirse; jamás vi una sombra de duda en sus ojos ni un temblor de vacilación en sus manos. Supongo que eso fue lo único que llegué a respetar de él.
Sentado en un taburete a la entrada de una tienda de lona, había un hombre afilando cuchillos. Exceptuando el color rubio de su pelo no se diferenciaba en nada de los demás miembros de la compañía ambulante, que iban y venían afanados en sus tareas, fueran cuales fuesen. Era delgado pero fibroso y tenía una ceja partida semioculta por el flequillo largo y sucio que le cubría la frente. Los ojos bien podían haber sido azules, grises o marrones, aunque su mirada me llamó la atención: en mitad de aquella decadente atmósfera gris, refulgía con inusitada fuerza. Martius se plantó delante de él sin ningún tipo de ceremonia y esperó, no sé si con paciencia, a que el individuo reparara en él.
- Aquí no.- se limitó a decir.- Pasa.
Dejó los cuchillos sobre el taburete y entró en la tienda. Martius dio un tirón a mis cadenas para obligarme a seguirlo al interior, donde el hombre rubio le esperaba sentado en una silla. No había nada de valor en aquella tienda. Unas mantas enrolladas sobre una estera de esparto, un abrigo mugriento y un baúl deslustrado eran los únicos objetos a la vista.
- Quiero deshacerme de una persona.- dijo el rubio.
- Hay muchas formas de deshacerse de alguien.- observó Martius.
- Quiero que muera.
- ¿De quién se trata?
- Se llama Parell, el mayor de los hermanos equilibristas. Quiero que parezca un accidente.
- No hay ningún problema.
- ¿Cuánto me va a costar?
Yo ya sabía el precio que Martius tenía para aquel tipo de trabajos.
- Cien monedas de oro.
El hombre rubio torció el gesto.Quien le recomendara los servicios del hechicero había debido de informarle mal acerca del coste que tenían. Pero se repuso rápido de la impresión y asintió con la cabeza. Me pregunté cómo habría conseguido tal cantidad de dinero, teniendo en cuenta que su profesión no estaba demasiado bien remunerada.
- Será esta noche. Te espero en mi carromato después de la función.
El rubio dirigió la mirada hacia mí por primera vez, y al contrario de lo que solía pasar no fui objeto de una mirada desdeñosa, asombrada o temerosa. Me evaluó como quien observa bien una mercancía que está interesado en comprar.
- En nuestra compañía te pagarían muy bien por esta cosa de aquí.
- No está en venta. Adiós.
Y nos marchamos de allí bajo la fina y fría llovizna que había empezado a caer.

Martius pasó toda la tarde metido en el carromato, elaborando la sentencia de muerte que ya pesaba sobre Parell, el mayor de los hermanos equilibristas. Yo, como de costumbre, me quedé fuera sentado en el suelo enfangado, empapado y siendo estudiado por todos los que pasaban cerca. Los habitantes del campamento circense me miraban con curiosidad y ojo crítico, mientras que los pueblerinos con esa mezcla de terror, sorpresa y asco que yo tan bien conocía. Al caer la noche, todo el mundo se congregó delante del escenario para disfrutar del espectáculo. La música comenzó a sonar como preludio a la entrada de los acróbatas, que desfilaron entre volteretas, saltos imposibles y peligrosas piruetas. Les siguieron unas cuantas bailarinas vestidas con poca ropa, con sonrisas pintadas en los labios y contoneos llamativos. Los monstruos, animales raros y tullidos con extrañas y horribles deformaciones, posaron tristemente ante el público, que les silbó y los abucheó con crueldad. Un par de magos aficionados encandiló a la gente con hábiles juegos de manos antes de que efectuaran su aparición los hermanos equilibristas. Ambos eran atléticos y fuertes, más o menos de la misma estatura, tenían el torso desnudo y los pies descalzos. Uno de ellos era pelirrojo y el otro moreno. Rápidamente introdujeron en el escenario dos torres de unos siete u otro metros de altura, con soportes de ruedas y unidas en la parte superior por una cuerda. El primero en llevar acabo su número fue el pelirrojo, que trepó como una ardilla a lo alto de la primera torre y cruzó la distancia entre ellas caminando lentamente sobre la cuerda, desafiando a la muerte y coreado por los chillidos del público, que estalló en aplausos cuando aterrizó en el suelo tras descender por la segunda torre. Cuando Parell subió, repitiendo los gestos de su hermano pequeño, no pude evitar estremecerme. Me giré para observar a Martius, que estaba asomado a la ventana del carromato y vi cómo el hechicero encendía una vela y quemaba con ella un trozo de papel escrito que se desmenuzó rápidamente en cenizas, dejando en el aire un humo rojizo de extraño brillo sobrenatural. Al ver que el mayor de los hermanos equilibristas se vendaba los ojos con un pañuelo para conferir un mayor riesgo a su actuación, sonrió para sí. Parell dio el primer paso con decisión. El segundo también. Pero al dar el tercero, los brazos que mantenía extendidos a ambos lados para guardar mejor el equilibrio oscilaron peligrosamente, haciendo que sus pies oscilaran también. Al cuarto paso le siguió un grito del propio Parell que fue ahogado por los del público, y el quinto paso hizo que la cuerda se balanceara funestamente. El mayor de los hermanos equilibristas se precipitó al suelo y al caer, se rompió el cuello.
De entre todos los alaridos hubo uno que resonó por encima de los demás. Una chica, una de las bailarinas semidesnudas que momentos antes se había ganado unos cuantos piropos del público, atravesó el escenario corriendo con los ojos llenos de lágrimas y se arrojó sobre el cuerpo sin vida del trapecista. El hermano menor, el pelirrojo, también se arrodilló a su lado, con la venta de la frente palpitándole con violencia y los dientes apretados por la rabia. La compañía no tardó mucho en echar de allí a los pueblerinos y recoger todo el tinglado. Taparon el cadáver de Parell con una sábana y se lo llevaron a otro sitio. Minutos después apareció alguien para decirnos que nos marcháramos, un encapuchado que aparte de darnos el mensaje también le entregó a Martius una bolsa de tela que sonaba a dinero.
- Creo que, antes o después, ese equilibrista
tan valiente se habría matado él solo. Aunque a mí me viene mucho mejor así.- susurró el hechicero al tener entre sus manos el pago acordado.
Martius no se demoró en despertar a los caballos y en poner en marcha de nuevo el carromato. Mientras dejábamos atrás aquel pueblo sin nombre y aquella tragedia que no me era tan ajena como me habría gustado, el hechicero tarareaba entre dientes, feliz, sabiendo tan bien como yo cual sería nuestra próxima parada.

[Imagen por labyrithworm]

jueves, mayo 22

Renunciando

El calor hacía cantar a las cigarras. Su melodía era un murmullo casi constante que ahogaba cualquier palabra dicha en susurros. Fuera de la casa, el aire temblaba bajo el sol, ondulándose suavemente como si también fuera vulnerable al ruido de los insectos. Siane, sentada junto a la ventana, tenía los ojos fijos en el muchacho que se afanaba cargando los fardos de avena en el remolque. Vangian era su nombre, era el hijo pequeño del comerciante más rico del pueblo y, a su parecer, el chico más apuesto del mundo. Tenía la frente perlada en sudor, la piel morena, el cabello revuelto y no se había quejado por el peso de la carga en ningún momento... a pesar de que no le correspondía a él la tarea de apilar la mercancía. A Vangian le quedaban dos fardos por cargar y Siane todavía se debatía entre la opción de espiar sin ser vista o la de dejarse ver para intentar captar una mirada suya.
El padre de la niña también observaba al muchacho, desde la sombra que ofrecía el porche. No con arrobamiento sino con cierta satisfacción. Con los brazos cruzados sobre el pecho y el ego bien alimentado, asintió secamente cuando Vangian hubo terminado y extendió la mano hacia él para recibir el dinero acordado. Siane se removió inquieta en la silla sin saber si quedarse allí o salir a despedirlo. Con un gesto de la mano, por lo menos. Alargó el brazo para agarrar a su hermana por el delantal.
- ¿Briola, puedes hacerme un favor?
La chiquilla, que estaba barriendo a su lado, hizo un gesto de desagrado.
- ¿Qué quieres?
- Necesito que me preguntes una cosa.
- ¿Para qué? ¿Es que acaso no lo sabes todo?- preguntó, con retintín.
- Yo no sé nada, son las voces.- respondió impaciente. Ya se lo había dicho una y mil veces.- A mí no me hacen caso, por mucho que les pregunte. Las preguntas me las tiene que hacer otra persona.
- ¿Y qué quieres saber?
- Si podría llegar a gustarle a Vangian.- se sonrojó un poco.- Me habla de vez en cuando, en la escuela. Aunque... creo que me tiene un poco de miedo. ¿Me lo preguntas, por favor?
Briola detuvo la escoba y apoyó la barbilla sobre el extremo romo, pensativa. Después de dos segundos, sus ojos infantiles se entrecerraron con malicia.
- No.
- ¿Qué? ¿Por qué no?
Su hermana se encogió de hombros sin decir nada, dejó la escoba en la esquina y salió corriendo de la habitación. Siane, con el preludio de un llanto atascado en la garganta, vio cómo Vangian subía al carromato y se alejaba de allí bajo el sol del medio día.

[Imagen por Philomena-Famulok]

miércoles, noviembre 13

Reducido a cenizas

Cuando estaba despierto me costaba recordar sus rostros, pero en sueños se dibujaban delante de mí con total nitidez. Mi madre solía aparecer llorando y mi padre diciéndome adiós con la mano. La tristeza en sus miradas era como un puñal que se me clavaba en el corazón, tan imposible de soportar que acababa despertándome presa del llanto. Pero nada de aquello había sucedido realmente; la verdad era que yo tenía las manos manchadas de sangre y un arrepentimiento indeleble que me acompañaría durante toda la vida.
El mago roncaba suavemente desde su carromato. El viento había corrido la cortina le daba intimidad y pude verlo a través de mis lágrimas, tapado con dos mantas y durmiendo sobre un colchón de paja. Apreté los dientes con furia y como cada mañana, mi primer deseo fue saltar sobre él y estrangularlo con mis propias manos. Pero aquel deseo, también como cada mañana, hizo que me avergonzara de mí mismo. Esa vergüenza por ansiar venganza provocaba en mí una repulsión inevitable al saberme incapaz de matar al hombre que me retenía en contra de mi voluntad y que había sido, en parte culpable, de la muerte de mis padres. El otro responsable... era yo.
Dormido parecía inofensivo, un don nadie desaseado vestido con ropa andrajosa y poseedor de un maltrecho carromato. Si se le observaba haciendo tratos con la gente se podía pensar que era un vendedor hábil al que se le daba bien engatusar a las personas, pero en realidad se trataba de un hombre despiadado y egoísta sin ningún tipo de escrúpulos a la hora de conseguir su objetivo. Debido a sus engaños y a mi estupidez, yo me había quedado huérfano y él había logrado tenerme a su lado. Apenas me alimentaba, me hacía dormir en el suelo y a la intemperie, no se comunicaba conmigo salvo si era estrictamente necesario, me llevaba siempre encadenado y pagaba conmigo su malhumor, primero con latigazos y después con comentarios hirientes al darse cuenta de que los golpes ni siquiera arañaban mi dura piel. Y aunque su desprecio y sus palabras dolían, lo que realmente me hacía daño era el remordimiento que pesaba sobre mi conciencia.
"Pobre desgraciado. Mírate... la única maldición que pesa sobre ti es la de ser un estúpido ignorante, porque lo que intuyo que posees es un don del que yo voy a sacar provecho y que posiblemente podría haber salvado a tus padres. Puedes culparme de su muerte, pero tú también has sido partícipe en su asesinato."
Eso fue lo que me dijo frente al incendio, con los cadáveres carbonizados de mis padres a sus pies, la misma noche en que decidí fugarme a escondidas para poder curar mi maldición y ser normal, como todos los demás. Y aunque aquellas fueron las palabras que supusieron mi verdadera condena, también fueron mi salvación: yo maté a mis padres por ignorancia, pero no volvería a cometer el mismo error.

[Imagen por designani]

martes, noviembre 12

We are broken

We Are Broken

I am outside
Estoy fuera
And I've been waiting for the sun
Y he estado esperando al sol
And with my wide eyes
Y con los ojos bien abiertos
I've seen worlds that don't belong
He visto mundos que no son de aquí
My mouth is dry
Mi boca está seca
With words I cannot verbalize
Con palabras que no puedo pronunciar
Tell me why we live like this
Dime por qué vivimos así

Keep me safe inside
Mantenme segura dentro
Your arms like towers
Tus brazos como torres
Towering over me 
Elevados sobre mí

'Cause we are broken
Porque estamos rotos
What must we do to restore
Qué podemos hacer para restaurar
Our innocence
Nuestra inocencia
And oh, the promise we adored
Y esa promesa que adorábamos
Give us life again
Danos la vida otra vez
'Cause we just wanna be whole
Porque solo queremos estar completos

Lock the doors
Cierra las puertas
'Cause I'd like to capture this voice
Porque me gustaría capturar esta voz
That came to me tonight
Que vino a mí anoche
So everyone will have a choice
Para que todo el mundo tenga una oportunidad
And under red lights
Y bajo luces rojas
I'll show myself it wasn't forged
Me demostraré a mí misma que no es falsa
We're at war, we live like this
Estamos en guerra, vivimos así

Keep me safe inside
Mantenme segura dentro
Your arms like towers
Tus brazos como torres
Tower over me
Me sobrepasan

'Cause we are broken
Porque estamos rotos
What must we do to restore
Qué podemos hacer para restaurar
Our innocence
Nuestra inocencia
And oh, the promise we adored
Y esa promesa que adorábamos
Give us life again
Danos la vida otra vez
'Cause we just wanna be whole
Porque solo queremos estar completos

Tower over me
Me sobrepasan
Tower over me
Me sobrepasan
And I'll take the truth at any cost
Y conseguiré la verdad a cualquier coste

'Cause we are broken
Porque estamos rotos
What must we do to restore
Qué podemos hacer para restaurar
Our innocence
Nuestra inocencia
And oh, the promise we adored
Y esa promesa que adorábamos
Give us life again
Danos la vida otra vez
'Cause we just wanna be whole
Porque solo queremos estar completos

Esta es la canción que me inspiró la idea de la novela sin nombre cuyos protagonistas son Siane y Valier, de ahí que la etiqueta de los relatos que he subido sobre ellos se llame We Are Broken. Espero que os guste la canción y la letra =)

miércoles, octubre 9

Hijo de la montaña

Mi padre tenía el semblante cansado. Todavía le quedaba esa arruga en la frente que aparecía cada vez que le dolía la pierna mala y que se hacía más profunda cuando mi madre dejaba de observarlo. Sentado frente a la chimenea, se secaba los pies y calentaba las manos manchadas de barro. Los días de lluvia eran los mas difíciles para su vieja herida: nunca trabajaba cuando hacía mal tiempo y ni siquiera podía caminar sin cojear. Por eso mi madre lo había acompañado a la entrada del bosque y lo había ayudado a tirar del carro hasta casa.
- Cuando el carro se ha quedado encallado en el barro, una rueda se ha roto.- me dijo.- ¿Crees que podremos repararla mañana?
Asentí con entusiasmo y él sonrió.
Mi madre, con la ropa mojada y la melena rubia aun más, dejó un barreño de agua a los pies de mi padre para que se lavara las manos.
- Valier, ayúdame a guardar la comida.
Me levanté de un salto y la seguí hasta la cocina. Me gustaba ayudar y siempre lo hacía con gusto, porque formaba parte de mi naturaleza, ya durante mi infancia, el preocuparme por el prójimo. En aquel momento yo tenía ocho años y mis padres me habían confesado recientemente que me encontraron abandonado en el bosque siendo un bebé, y desde entonces me preguntaban a menudo cómo me sentía. Aquel descubrimiento, sin embargo, no fue un duro golpe para mí. Yo era buena persona, mis padres también y confiaba en la bondad del ser humano. Creía firmemente que si mis verdaderos padres no habían podido hacerse cargo de mí habían debido tener un buen motivo para ello.
La comunicación con mi familia nunca fue un problema. Mis padres inventaron un sencillo lenguaje de signos que se volvía más complejo a medida que yo iba creciendo. Mis necesidades comunicativas no eran las mismas con cinco años que con siete y yo mismo iba creando nuevos gestos conforme los iba precisando. Mis padres siempre se esforzaron por hacerme ver que mi mudez no era algo malo ni tampoco un obstáculo para el entendimiento con otras personas, al igual que el resto de mis peculiaridades.
Tras guardar las provisiones en la despensa, ayudé a mi madre a hacer la cena. Y una vez que estuvo preparado el guiso, los tres nos sentamos a cenar junto al fuego.
- Espero que mañana haya parado de llover.- gruñó mi padre mientras removía la comida en el cuenco.- En tres días tengo que entregarle el cargamento a Tulé y si el tiempo sigue así tendré que contratar al mozo de Raol.
Mi madre frunció los labios al oír aquello. Yo levanté la mano, ofreciéndome voluntario.
- Ya te he dicho muchas veces que todavía eres demasiado pequeño, Valier.- negó él.
Me toqué el brazo y la cabeza.
- Por muy fuerte y grande que seas.
- Pues más te vale rezar esta noche para que mañana amanezca soleado, Gallart, porque si contratas al chico no sé con qué dinero vamos a comer la semana que viene.- replicó mi madre.
Él gruñó otra vez antes de seguir comiendo.
Mi madre suspiró, y al levantar la mirada de su plato la fijó en la ventana. Sus ojos se entrecerraron primero y se abrieron con alarma después.
- Valier, vete a la cocina.
Yo fruncí el ceño, sin comprender por qué.
- Hazme caso, vete ya.
Mi padre se incorporó rápidamente y me hizo un gesto apremiante para que obedeciera. Mientras me marchaba del salón pude atisbar una sombra que se aproximaba por el sendero en dirección al porche, antes de escuchar unos golpes en la puerta. Mi padre preguntó quien era y tras una respuesta que no alcancé a oír, la puerta se abrió y alguien entró.
Mis padres, al contrario que yo, no tenían demasiada fe en el buen corazón de la gente desconocida y me obligaban a esconderme cuando alguien se acercaba o nos visitaba. Yo no era tan ingenuo como para preguntarme la razón: me bastaba con mirarme al espejo para comprenderlo.
- Muchas gracias por cobijarme.- dijo una voz masculina y ronca en el salón.- La tormenta arrecia y me resultaba imposible seguir refugiándome en el bosque.
- Siéntese frente al fuego y caliéntese.- le indicó mi madre.- Deme su capa, la colgaré para que escurra el agua. Siento no poder ofrecerle nada de comer, pero la cena se nos ha acabado ya.
- No importa.
Mi madre entró en la cocina para tender la capa del extraño y me hizo un gesto de silencio antes de regresar junto a mi padre.
- Me llamo Gallart y esta es mi esposa Merine, señor. ¿Cómo se llama?
- Mi nombre es D'arteill, buenos señores. Soy mago de oficio.
Aquellas palabras despertaron mi curiosidad con un cosquilleo. Pegué la espalda a la pared para escuchar mejor.
- Nunca se han visto magos por aquí.- observó mi padre.
- Los de mi profesión no solemos alejarnos de los caminos, señor. Viajamos de ciudad en ciudad ofreciendo nuestros servicios. Si me encuentro hoy aquí es porque hace un par de días, en una posada, me dijeron que en este bosque crecen unas hierbas muy raras y difíciles de encontrar. Dichas plantas brillan durante la noche, pero llevo buscando desde la caída del sol y no he conseguido dar con ellas. Me temo que lo que me dijeron no es más que un bulo.
- La gente en las posadas y en las tabernas tiene la lengua muy larga. Por cada cinco palabras dos son mentiras.
- Tiene usted mucha razón. ¿Quieren saber que otra invención me contaron?
- Las historias siempre son bien recibidas. 
- Un hombre aseguró que en este bosque vive un monstruo. Un engendro que anda sobre dos piernas, como los hombres, y tiene también dos brazos y una cabeza con ojos, nariz y boca. Su tamaño es grande, sus extremidades fuertes y su piel es de roca. Como si se tratase de un hijo de la montaña.
- Una historia magnífica, pero falsa. Le aseguro que en todos los años que llevo cortando leña en este bosque nunca he visto tal criatura.
- Debo reconocer que no me creí semejante cuento, pero una parte de mí se preguntó si realmente podría existir alguien así.
- A mí me suena a leyenda.
- Desde luego. Pero sabe, como mago he visto cosas que usted no creería a menos que las viera con sus propios ojos. Muchas de ellas pasarían como invenciones absurdas, meros entretenimientos, en cualquier posada o taberna. Y sin embargo, existen. No son seres fantasiosos, sino seres humanos que han sido víctimas de maldiciones o magia negra. Es complicado, y a veces imposible, curarlos. Pero yo soy de los que piensan que no se pierde nada por intentarlo.
- Eso le honra.
- Gracias.
- Es tarde, señor D'arteill, y mi esposa y yo tenemos que acostarnos ya. Puede quedarse a pasar la noche aquí. Merine, trae una manta para nuestro invitado.
Mi madre apareció de nuevo en la cocina y me dijo que subiera arriba por la escalera de atrás. De camino al dormitorio, fui incapaz de dejar de pensar en lo que aquel mago había dicho: en que quizá existiera una cura para mí que me permitiría ser una persona normal y corriente que no necesitara esconderse nunca más.

[Imagen por NegativeFeedback]

martes, octubre 8

Maldito

Desde el mismo día en que nací estuve marcado por el destino. Mis padres buscaron a los sanadores, curanderos, brujos y adivinos más reputados con el fin de hallar respuestas y soluciones a mi condición, pero sólo consiguieron perder dinero y tiempo viajando en balde de un sitio a otro: mi maldición parecía tan inexplicable como imposible de romper. La superstición y el miedo no tardaron en hacer mella en el resto de aldeanos, que entre piedras y amenazas obligaron a mis padres a marcharse de su hogar y huir como proscritos. Tras meses de camino en busca de un lugar donde no los repudiaran, mi madre no pudo soportar por más tiempo la pena y la vergüenza y acabó quitándose la vida. Mi padre, dolorido y furioso, me culpó a mí de su muerte. Y quizá sea cierto que yo fui el causante de su desgracia. Me abandonó en un bosque y me dio la espalda sin atisbo alguno de arrepentimiento.
El destino me había señalado, sí, pero no me había dejado desprotegido ante su crueldad: una mujer, esposa de un leñador solitario, me encontró y me recogió. Nunca supe por qué lo hicieron, por qué mi aspecto no los asustó o por qué mi mudez no les intimidó. Ya apenas recuerdo sus caras, pero el amor que me hicieron sentir mientras estuve con ellos sigue siendo el único afecto que he sentido a lo largo de mi vida. Supongo que al igual que mi sino era ser temido, el de ellos fue ser compasivos. Cuidaron de mí, me criaron como a un hijo y me pusieron un nombre: Valier.

[Imagen por NegativeFeedback]

lunes, septiembre 23

Gritando

A Siane le gustaban las noches sin luna. La ausencia del astro nocturno y su luz plateada borraban los rastros de las posibles presencias, tanto reales como ilusorias, y la chiquilla apreciaba, en una actitud extraña para su edad, la soledad y el silencio reinantes cuando ya todos se habían ido a dormir. En la total oscuridad de las noches de luna nueva ni siquiera las siluetas de sus hermanas, acurrucadas en las camas vecinas, eran perceptibles, y a Siane le encantaba imaginarse sola. Muchas veces esperaba a escuchar la respiración acompasada de Lilian y Briola para disfrutar de aquella sensación de abandono.
Pero aquella noche en particular Siane no estaba despierta por capricho. Era noche cerrada cuando su madre la levantó con prisas de la cama y la obligó a sentarse en el comedor, delante de una mujer que se retorcía las manos con un nerviosismo rayante en la histeria y los ojos húmedos y enrojecidos. La niña la conocía. Francine era madre de una de sus compañeras en la escuela y estaba casada con un rico comerciante del pueblo. Tanto ella como su marido habían acudido más de una vez a su casa para hacerle preguntas, pero nunca con tanta urgencia ni a aquellas horas. Sin ser demasiado conocedora de la psicología humana, la pequeña pudo notar la desesperación de la que era víctima Francine. Sus gestos espasmódicos y su expresión angustiada la asustaron; nunca se había enfrentado a una emoción tan intensa.
- Cariño, la señora Maude tiene una pregunta muy importante que hacerte.- dijo su madre, sentándose al lado de la visitante y cogiéndole la mano.
Su padre, en una esquina de la habitación y con los brazos cruzados sobre el pecho, esgrimía su semblante habitual: serio y preocupado.
- Adelante, señora Maude.- la animó su madre.
Francine asintió con un suspiro entrecortado. Cogió aire, y al mismo tiempo valor, para formular su pregunta.
- Hace ya tres días que mi marido debería haber regresado a casa, pero no sé nada de él desde que me mandó carta en Ponté. ¿Va a volver Simon?
Las voces de su cabeza respondieron alto y claro y ella se limitó a comunicar la respuesta.
- No.
Un grito desgarrador escapó de labios de la mujer, que se llevó las manos a la cara para esconderse tras ellas. Comenzó a sollozar violentamente, balanceándose de forma precaria sobre la silla.
- ¿Qué le ha pasado al señor Maude, Siane?- preguntó entonces su madre, que abrazaba a la dolorida y desconsolada Francine.
Siane escuchó atentamente durante unos minutos antes de volver a hablar.
- Simon conoció en Ponté a un hombre de negocios con el que cerró un buen trato. Este hombre se ofreció  a compartir con él transporte hasta aquí, ya que tenía cuentas pendientes en el pueblo, para que les saliera a ambos más barato. Pero ese hombre contrató, antes de salir de Ponté, a unos bandidos para que los atracaran en el camino. Los bandidos mataron a Simon y el hombre se quedó con todos los beneficios del trato.
Francine gritó horrorizada y lloró con más fuerza tras escuchar aquello. Siane no pudo evitar levantarse de la silla para retroceder, espantada, ante los chillidos y los gemidos de la señora Maude. Para ella las noticias recibidas no eran tan trágicas; las voces siempre contestaban a todas las preguntas de forma aséptica y desapasionada. Sus padres se miraron: su madre, afligida, sin saber qué hacer. Su padre gruñó y se descruzó de brazos.
- Voy a sacar el carro para llevarla al pueblo. Iré a ver a Dalais para que le de algún calmante.
- Dalais estará dormida...
- Pues la despertaré. ¿Se te ocurre algo mejor?
Su madre negó con la cabeza. Instó a Francine a incorporarse y la ayudó tirando de ella. A la señora Maude le fallaron las piernas cuando por fin estuvo en pie.
- Siane, vete a la cama.
La niña asintió y se encaminó hacia la puerta.
- Espera...- Francine había extendido una mano hacia ella. Su rostro era una máscara temible de dolor y lágrimas.- El cuerpo... de Simon...
- ¿Sí?
- ¿Puedo recuperarlo?
- No.
- ¿Qué ha sido de él?
Antes de que pudiera decir nada, su madre le hizo un gesto brusco y replicó con firmeza.
- ¡Basta ya, Francine! No creo que saber los detalles te haga ningún bien.
La señora Maude gimoteó y protestó débilmente, pero su madre, sin piedad, cargó con ella fuera de casa. Poco después Siane escuchó los relinchos inquietos de los caballos y el ruido del carro al ponerse en movimiento.
Sin embargo, la niña no se fue a la cama sin contestar a la pregunta de Francine. El destino sufrido por el cuerpo del señor Maude fue un susurro que nadie oyó, pero a ella eso no le importaba. Sabía que si callaba alguna respuesta, las palabras murmuradas por las voces crecerían en su cabeza hasta convertirse en gritos insoportables que no se silenciarían jamás. Y ese era el verdadero motivo por el que no podía mentir.


[Imagen por tatasz]

jueves, julio 11

Migrando

El calor había llegado de repente, acompañado de las golondrinas. Como siempre, la primavera apenas había durado un mes; el tiempo justo para que los agricultores plantaran las semillas de la futura cosecha y para que las mujeres guardaran los sayos y sacaran las camisas sin mangas. En el pueblo, el suelo estaba cubierto por el polvo abrasador del verano y la tierra que los carros procedentes del campo dejaban tras de sí. La mayoría de la gente evitaba pisar la calle desde el medio día hasta el ocaso, pero el viejo Timtiel permanecía el día entero en la Plaza Menor, resguardado del sol bajo su tenderete de lona.
Aunque ya era mayor, Timtiel seguía siendo un hombre recio y fuerte. Tenía la piel tostada y arrugada como el papel, las extremidades nervudas y el rostro adusto. El bigote tieso que tenía debajo de la nariz, sin embargo, lo hacía parecer amable, y todo el mundo sabía que se le daba bien escuchar. Timtiel era el confesor del pueblo, y también vendía empanadas, tortas y dulces.
Siane lo observaba sentada en los escalones de un portal cercano. Por mucho que se encogiera sobre sí misma, los dedos de los pies seguían quedando desprotegidos de la sombra del tejado y la suela de las sandalias le quemaba. En la plaza, los chicos de su escuela habían hecho un corro a su alrededor y le suplicaban comida gratis. El viejo Timtiel se hacía el duro, pero tanto los niños como él sabían que al final les daría un bollo a cada uno. La reticencia a abandonar su refugio la mantenía lejos del tenderete, a pesar de que ella también tenía hambre.
Después de unos minutos de lloriqueos, Timtiel cedió y les obsequió con una torta de maíz y mermelada. Los niños gritaron alborozados y saltaron, dándole las gracias. Uno de ellos, un chiquillo rubio y desgarbado, se acercó al portal para darle una dulce a Siane. Se sentó a su lado una vez que ella lo hubo aceptado y ambos comieron en silencio.

- Mi padre ha dicho que te diga que tú y tu familia estáis invitados a cenar mañana por la noche en mi casa.- dijo el niño, de carrerilla. Como si lo hubiera ensayado varias veces.

Ella asintió. Había varias cosas que Siane sabía sin necesidad de preguntar. Una de ellas era que había cosas que cambiaban a lo largo del tiempo dependiendo de las circunstancias y otra que, por por mucho que cambiara la vida, había cosas que permanecían inmutables pese a todo. El viejo Timtiel siempre era bondadoso con todo el mundo y nunca pedía nada a cambio de un favor. Pero había otras personas cuyo interés era migratorio y se cobraban los favores ritualmente. Siane era demasiado pequeña para intuir lo que sucedía en realidad, pero aún así era consciente de que algunas personas se interesaban por su bienestar y el de su familia a cambio de ella contestara a las preguntas que le hacían. Aquellas voces que escuchaba en su cabeza habían estado ahí desde que ella tenía uso de razón, y a pesar de su tierna edad Siane sabía con certeza que nunca mentían.
Lo que ignoraba por completo era que todas las riquezas que sus padres habían acumulado en el último año eran el pago por el don que ella poseía: la respuesta a cualquier pregunta.

El niño se levantó y se marchó sin despedirse. El resto de chiquillos también se dispersó después de la merienda, pero ella se quedó en los escalones hasta que su padre apareció en la plaza subido al carro. Antes de llegar hasta él se detuvo junto al puesto de Timtiel para darle las gracias. El viejo le contestó con un gesto seco de cabeza y la siguió con la mirada mientras se alejaba, resguardado del sol bajo la lona de su tenderete.

[Imagen por theumbrella]

Siane es uno de los personajes clave de un proyecto que tengo entre manos desde que asistí al curso de novela. Aún no tiene título, pero como es posible que suba algún relato más sobre ella o sobre otro de los personajes, lo etiquetaré con el nombre de We Are Broken (canción que me inspiró la idea).