- ¿Ves? Te lo advertí. ¿No me escuchas cuando te hablo o es que tu memoria tiene muy poca retención?
Amiss lo observó con inquina desde lo alto del árbol, pero aquello sólo hizo que la sonrisa del Ángel se hiciera todavía más amplia.
- ¿Estás seguro de que eres un Ángel?- le preguntó con acritud.
Ael se miró las blancas alas extendidas fingiéndose pensativo. Las agitó, como si quisiera cerciorarse de que eran reales.
- Sí, creo que sí. Al menos lo parezco, ¿no crees?
Amiss gruñó como única respuesta. Los Sabios no sólo la habían castigado imponiéndole la tarea imposible de los Mediadores sino que además se habían reído de ella dándole como guía a un ángel malicioso y burlón. Ael, que la contemplaba desde el aire, dejó escapar una carcajada al sentir su indignación.
Sí, la transformación al estado de alma etérea le otorgaba un maravilloso equilibrio, el don de la invisibilidad y el sigilo e incluso la dotaba de habilidades tales como la rapidez, la fluidez y sinuosidad..., pero eso no la curaba del todo de su torpeza ni tampoco suprimía sus despistes. Era cierto que Ael le había advertido que debía de controlar el tiempo que le quedaba de transformación y tenerlo presente en todo momento, pero... se le había olvidado completamente. El misterio acerca de la posible identidad de la persona a quien Sara dedicaba sus oraciones la había hecho pensar y reflexionar. Tan profundamente que, ensimismada en sus cavilaciones, no se había acordado para nada del reloj.
Había trepado al árbol que crecía frente a la ventana de Sara sin ningún tipo de dificultad. Agarrándose a una rama, luego a otra, y así sucesivamente, apoyando los pies en el tronco áspero de olor a resina, entre el follaje verde. Se había acomodado entre dos gruesas ramas con forma de tirachinas y se había dejado acariciar por las hojas que se agitaban juguetonas por el aire. Y así había perdido la cuenta de los minutos. Ahora se sentía pesada y torpe. Si le había resultado fácil subir, tal vez no fuera tan difícil bajar... Con demasiada confianza en sí misma, Amiss había repetido el proceso de ascenso a la inversa, olvidándose de que ya no era un alma etérea y ligera.
Un crujido, una rama partida y un traspié que la hizo caer le volvieron a recordar que aquel tipo de peripecias nunca se le habían dado bien. Había gritado sin poder evitarlo y se había aferrado al tronco del árbol muerta de miedo y sintiendo que las manos le ardían. Ael, obviamente, no había acudido en su ayuda. Entre risas y bromas se limitaba a volar a su alrededor señalando uno a uno sus defectos y escatimando en consejos.
Estaba atardeciendo y el pequeño parque que había detrás del edificio de Sara empezaba a llenarse de gente. Personas que sacaban de paseo a sus perros, parejas abrazadas que reían, niños que correteaban con su pandilla de amigos ideando travesuras... Pronto alguien se acercaría al árbol del que colgaba y la vería. Puso un pie en el tronco e hizo fuerza para sujetarse, pero se resbaló y la rama de la que pendía crujió y se dobló amenazadoramente bajo su peso.
- Yo que tú me dejaría caer. No estás tan lejos del suelo y además, al final quieras o no, te vas a terminar cayendo.
- Gracias por los ánimos.- masculló Amiss.
Comenzó a balancearse levemente, con la intención de saltar y aferrarse al tronco para dejarse caer lentamente. Sabía que no sentiría daño, o al menos no un daño real: sólo una sombra de dolor, apenas una caricia ardiente. Pero aún así... Calculó la distancia y se terminó de dar impulso. Se meció una última vez, se soltó, y...
- ¿Lara?- la llamó desde abajo una voz conocida, extrañada.
jueves, mayo 27
miércoles, mayo 26
IASADE -12-
Lara Pena Rivas.
Los apellidos los había sacado del periódico que un señor mayor, fumando en pipa, leía en la pequeña terraza de una cafetería mientras bebía con parsimonia un té verde de olor penetrante, enfundado en un caro traje de color café claro. Después de demorarse unos segundos observándolo con atención, voló por encima de los edificios saltando de chimenea en chimenea con la envidiable agilidad que le concedía aquel privilegiado estado etéreo e ingrávido.
Ael la retó a una carrera de regreso al colegio de Sara y Amiss aceptó, deseosa de poner sus recién adquiridas habilidades a prueba. El Ángel era sublime; con las alas recogidas para incrementar el dinamismo de sus movimientos, parecía un leve rayo de luz blanca deslizándose con elegancia y sigilo, apenas un rumor de plumas al cortar el aire como una daga afilada. Amiss estuvo a punto de igualarlo en una recta en la que ambos forzaron su velocidad al máximo, mientras que el mundo no era más que una mancha sin color ni forma definida a ambos lados de su visión. Pero Ael era demasiado escurridizo y ella perdía cualquier clase de ventaja que pudiera tener cuando viraba, saltaba o descendía en una hermosa y arriesgada pirueta.
El reloj de la farmacia vecina marcaba las dos y treinta y un minuto cuando la sirena tocó por última vez para anunciar la finalización de las clases. A la puerta del colegio aguardaban padres, hermanos mayores, abuelos y tíos, y en la carretera los coches se pitaban unos a otros, peleándose a toque de bocina por un hueco más próximo a la entrada. El portón se abrió y niños y niñas salieron entre gritos jubilosos, atropellándose y adelantándose para ser de los primeros en escapar del edificio. Amiss, de pie sobre el punto más alto de la puerta, vigilaba atentamente a la espera de localizar a Sara.
La niña fue de las últimas en salir, arrastrando los pies y con su desteñida mochila, más gris que azul, colgando de sus hombros por sólo una asa. Amiss la observó bajar las escaleras de la puerta principal y dirigirse al paso de peatones de la calle a la izquierda, sola, con ambas manos escondidas en los anchos bolsillos del pantalón. Cruzó cuando el semáforo se hubo puesto en verde y siguió caminando, a la sombra de los edificios, hasta llegar a una esquina donde giró a la derecha. Se paró en el portal de un bloque de apartamentos de color ocre pálido y sucio, abrió la mochila y sacó un llavero. Abrió la puerta, que chirrió un poco, y entró. Amiss se coló dentro a través de la pequeña rendija existente antes de que la puerta se cerrara, como una nube de humo. La siguió escaleras arriba hasta llegar a la segunda planta y entró con ella en el piso.
- Ten cuidado.- dijo entonces Ael, detrás de su oreja.- Tienes que vigilar cuánto tiempo te queda en estado de alma. Si no lo controlas puedes verte metida en un buen lío. Di tú que te queden dos minutos... y cuando vuelvas de nuevo al estado de apariencia humana te encuentras en la habitación de tu usuario justo en frente de él.
- Vale.- asintió ella, tras comprobar el tiempo que le quedaba.
Sara había gritado un hola al entrar en la casa que nadie le contestó. La niña dejó la mochila arrumbada en el sofá del comedor y atravesó el pasillo directa al cuarto de baño. Se lavó las manos bajo el grifo, convirtiendo el agua limpia en líquido de color marrón al limpiarse la suciedad. Después de secárselas se dirigió a la cocina. Era una habitación estrecha y llena de humo, en la que un hombre bajito y ligeramente encorvado freía unos filetes de lomo en una sartén. Sara se acercó al hombre y le dio un beso en la mejilla. Éste sonrió al verla.
- Avísame cuando esté lista la comida, ¿vale, papá?- le dijo ella, casi a gritos.
El hombre asintió mansamente y le dio la espalda para proseguir con su tarea. Sara lo dejó a solas y se metió en su cuarto, una habitación pequeña y cuadrada con las paredes escondidas tras estanterías llenas de libros. Había una cama muy cerca de la ventana y un escritorio donde se amontonaban las libretas y los papeles. Justo bajo la ventana había una urna de cerámica verde, sobre un altar de madera desvencijada que tenía una vela blanca.
La niña sacó una bolsita de canicas del bolsillo del pantalón y la colocó junto a la urna. Cogió una caja de cerillas y encendió una con la que prendió la mecha de la vela, tras lo que se sentó en la silla frente al altar y apoyó los codos sobre la mesa con las manos juntas en posición de oración.
- Ya te las he traído de vuelta.- susurró.
Los apellidos los había sacado del periódico que un señor mayor, fumando en pipa, leía en la pequeña terraza de una cafetería mientras bebía con parsimonia un té verde de olor penetrante, enfundado en un caro traje de color café claro. Después de demorarse unos segundos observándolo con atención, voló por encima de los edificios saltando de chimenea en chimenea con la envidiable agilidad que le concedía aquel privilegiado estado etéreo e ingrávido.
Ael la retó a una carrera de regreso al colegio de Sara y Amiss aceptó, deseosa de poner sus recién adquiridas habilidades a prueba. El Ángel era sublime; con las alas recogidas para incrementar el dinamismo de sus movimientos, parecía un leve rayo de luz blanca deslizándose con elegancia y sigilo, apenas un rumor de plumas al cortar el aire como una daga afilada. Amiss estuvo a punto de igualarlo en una recta en la que ambos forzaron su velocidad al máximo, mientras que el mundo no era más que una mancha sin color ni forma definida a ambos lados de su visión. Pero Ael era demasiado escurridizo y ella perdía cualquier clase de ventaja que pudiera tener cuando viraba, saltaba o descendía en una hermosa y arriesgada pirueta.
El reloj de la farmacia vecina marcaba las dos y treinta y un minuto cuando la sirena tocó por última vez para anunciar la finalización de las clases. A la puerta del colegio aguardaban padres, hermanos mayores, abuelos y tíos, y en la carretera los coches se pitaban unos a otros, peleándose a toque de bocina por un hueco más próximo a la entrada. El portón se abrió y niños y niñas salieron entre gritos jubilosos, atropellándose y adelantándose para ser de los primeros en escapar del edificio. Amiss, de pie sobre el punto más alto de la puerta, vigilaba atentamente a la espera de localizar a Sara.
La niña fue de las últimas en salir, arrastrando los pies y con su desteñida mochila, más gris que azul, colgando de sus hombros por sólo una asa. Amiss la observó bajar las escaleras de la puerta principal y dirigirse al paso de peatones de la calle a la izquierda, sola, con ambas manos escondidas en los anchos bolsillos del pantalón. Cruzó cuando el semáforo se hubo puesto en verde y siguió caminando, a la sombra de los edificios, hasta llegar a una esquina donde giró a la derecha. Se paró en el portal de un bloque de apartamentos de color ocre pálido y sucio, abrió la mochila y sacó un llavero. Abrió la puerta, que chirrió un poco, y entró. Amiss se coló dentro a través de la pequeña rendija existente antes de que la puerta se cerrara, como una nube de humo. La siguió escaleras arriba hasta llegar a la segunda planta y entró con ella en el piso.
- Ten cuidado.- dijo entonces Ael, detrás de su oreja.- Tienes que vigilar cuánto tiempo te queda en estado de alma. Si no lo controlas puedes verte metida en un buen lío. Di tú que te queden dos minutos... y cuando vuelvas de nuevo al estado de apariencia humana te encuentras en la habitación de tu usuario justo en frente de él.
- Vale.- asintió ella, tras comprobar el tiempo que le quedaba.
Sara había gritado un hola al entrar en la casa que nadie le contestó. La niña dejó la mochila arrumbada en el sofá del comedor y atravesó el pasillo directa al cuarto de baño. Se lavó las manos bajo el grifo, convirtiendo el agua limpia en líquido de color marrón al limpiarse la suciedad. Después de secárselas se dirigió a la cocina. Era una habitación estrecha y llena de humo, en la que un hombre bajito y ligeramente encorvado freía unos filetes de lomo en una sartén. Sara se acercó al hombre y le dio un beso en la mejilla. Éste sonrió al verla.
- Avísame cuando esté lista la comida, ¿vale, papá?- le dijo ella, casi a gritos.
El hombre asintió mansamente y le dio la espalda para proseguir con su tarea. Sara lo dejó a solas y se metió en su cuarto, una habitación pequeña y cuadrada con las paredes escondidas tras estanterías llenas de libros. Había una cama muy cerca de la ventana y un escritorio donde se amontonaban las libretas y los papeles. Justo bajo la ventana había una urna de cerámica verde, sobre un altar de madera desvencijada que tenía una vela blanca.
La niña sacó una bolsita de canicas del bolsillo del pantalón y la colocó junto a la urna. Cogió una caja de cerillas y encendió una con la que prendió la mecha de la vela, tras lo que se sentó en la silla frente al altar y apoyó los codos sobre la mesa con las manos juntas en posición de oración.
- Ya te las he traído de vuelta.- susurró.
domingo, mayo 23
IASADE -11-
Cuando la sirena que indicaba el final del recreo tocó, Sara se levantó del suelo y se sacudió el trasero del pantalón con torpeza. Hizo una pelota con la bolsa de plástico, ya vacía sin las magdalenas, y la lanzó hábilmente a una papelera un tanto alejada, colándola dentro. Miró a Amiss una vez más con aquellos ojos de animal receloso que no le había quitado de encima en ningún momento.
- Bueno... pues adiós.
- Hasta mañana.- le dijo ella, sonriéndole y despidiéndola también con un gesto de la mano.
Sara le dio la espalda y se mezcló con los demás niños que, como un torrente desordenado, entraron de nuevo en el colegio para proseguir las clases. Amiss los observó sin saber si debía unirse a ellos o no, pero finalmente y con un paso vacilante se adelantó cuando uno de los profesores, que llevaba un silbato entorno al cuello, la señaló y le hizo un gesto con la mano. Fue entonces cuando Ael la cogió de la mano y la abrazó repentinamente, envolviéndola con sus alas blancas. Demasiado sorprendida como para reaccionar, cuando se apartó del ángel apenas si se dio cuenta de que ya no estaba dentro del patio del colegio, sino en una callejuela lateral, desierta.
- Tengo que explicarte otra cosa.- dijo Ael.- El distintivo que te di y que sirve para comunicarte conmigo y para advertir a otros Mediadores de quién eres, tiene otro tipo de utilidad. Puede transformarte de nuevo en un alma invisible a ojos de los vivos.
- ¿Cómo la primera vez que estuve aquí?
- Sí. Pero atención... no es algo de lo que se deba abusar. Las transiciones duran dos horas y son limitadas. Dispones únicamente de cuatro al día, así que elige bien cuando te conviene hacer uso de ellas y cuando no. Por ejemplo, yo te recomendaría transformarte cuando tu usuario abandone el colegio y se dirija a su casa, para averiguar donde vive sin ser vista.
- Entiendo.- asintió Amiss, acariciando el borde frío del broche con los dedos.
- No lo has hecho del todo mal, para ser tu primer contacto con un ser humano.- observó el Ángel.- Pero no te confíes. Tienes que construir una historia sólida sobre la identidad que te has forjado, y seguirla tanto como te sea posible sin levantar sospechas.
Amiss volvió a asentir. Recostó la espalda en la pared del edificio que tenía detrás y se llevó las manos al estómago. Le estaba empezando a doler y se sentía desagradablemente extraña. Ael sonrió de forma perversa y Amiss se preguntó si realmente sería cierto aquello de que sólo las almas más puras y libres de maldad podían convertirse en Ángeles.
- Te advertí. Aunque tu aspecto para ellos sea el de un ser vivo, no lo eres. Eres un alma. No necesitas alimentarte ni descansar. Si ingieres algún tipo de comida... tu sistema lo rechazará. Y eso te hará sentir mal.
- Me podrías haber advertido antes de no tener más remedio que comerme aquella cosa.- le espetó ella, con reproche.- ¿Cuánto tarda en desaparecer?
- Una hora aproximadamente.
- Genial.
El Ángel rió y le dio la mano. Eso, en cierto modo, la hizo sentir un poco mejor sin saber muy bien porqué.
- Mientras, ¿qué tal si me vas contando quién es Lara? Necesitas un apellido también. ¿Se te ocurre alguna cosa?
- Bueno... pues adiós.
- Hasta mañana.- le dijo ella, sonriéndole y despidiéndola también con un gesto de la mano.
Sara le dio la espalda y se mezcló con los demás niños que, como un torrente desordenado, entraron de nuevo en el colegio para proseguir las clases. Amiss los observó sin saber si debía unirse a ellos o no, pero finalmente y con un paso vacilante se adelantó cuando uno de los profesores, que llevaba un silbato entorno al cuello, la señaló y le hizo un gesto con la mano. Fue entonces cuando Ael la cogió de la mano y la abrazó repentinamente, envolviéndola con sus alas blancas. Demasiado sorprendida como para reaccionar, cuando se apartó del ángel apenas si se dio cuenta de que ya no estaba dentro del patio del colegio, sino en una callejuela lateral, desierta.
- Tengo que explicarte otra cosa.- dijo Ael.- El distintivo que te di y que sirve para comunicarte conmigo y para advertir a otros Mediadores de quién eres, tiene otro tipo de utilidad. Puede transformarte de nuevo en un alma invisible a ojos de los vivos.
- ¿Cómo la primera vez que estuve aquí?
- Sí. Pero atención... no es algo de lo que se deba abusar. Las transiciones duran dos horas y son limitadas. Dispones únicamente de cuatro al día, así que elige bien cuando te conviene hacer uso de ellas y cuando no. Por ejemplo, yo te recomendaría transformarte cuando tu usuario abandone el colegio y se dirija a su casa, para averiguar donde vive sin ser vista.
- Entiendo.- asintió Amiss, acariciando el borde frío del broche con los dedos.
- No lo has hecho del todo mal, para ser tu primer contacto con un ser humano.- observó el Ángel.- Pero no te confíes. Tienes que construir una historia sólida sobre la identidad que te has forjado, y seguirla tanto como te sea posible sin levantar sospechas.
Amiss volvió a asentir. Recostó la espalda en la pared del edificio que tenía detrás y se llevó las manos al estómago. Le estaba empezando a doler y se sentía desagradablemente extraña. Ael sonrió de forma perversa y Amiss se preguntó si realmente sería cierto aquello de que sólo las almas más puras y libres de maldad podían convertirse en Ángeles.
- Te advertí. Aunque tu aspecto para ellos sea el de un ser vivo, no lo eres. Eres un alma. No necesitas alimentarte ni descansar. Si ingieres algún tipo de comida... tu sistema lo rechazará. Y eso te hará sentir mal.
- Me podrías haber advertido antes de no tener más remedio que comerme aquella cosa.- le espetó ella, con reproche.- ¿Cuánto tarda en desaparecer?
- Una hora aproximadamente.
- Genial.
El Ángel rió y le dio la mano. Eso, en cierto modo, la hizo sentir un poco mejor sin saber muy bien porqué.
- Mientras, ¿qué tal si me vas contando quién es Lara? Necesitas un apellido también. ¿Se te ocurre alguna cosa?
viernes, mayo 21
Nueva Nadia: Capítulo 12, parte 5
El sueño parecía no querer dejarla escapar de sus garras, pues se aferraba a ella con uñas y dientes, hundiéndola en las tinieblas. Le resultó tremendamente difícil despegar los párpados y al lograrlo, por unos minutos se sintió completamente en blanco, sin saber quién era ni dónde se encontraba.
Estaba sola en la amplia cama que había compartido con Mielle, cuyas sábanas estaban aún calientes. Un rayo de luz solar atravesaba la alta ventana, iluminando las volátiles motas de polvo que inundaban la desvencijada habitación y encendiéndolas con una llamarada de luz. El polvo danzaba, se movía, desapareciendo en las sombras. Se sentía inquieta, emocionada, a la espera de que algo importante sucediera y al mismo tiempo, también un tanto triste sin saber exactamente el motivo. Un crujido hizo que levantara la cabeza y a través de la rendija entreabierta de la puerta distinguió unos inconfundibles ojos dorados.
- Te he visto.- dijo en voz alta, sentándose en la cama.
Mielle entró en la habitación con una sonrisita culpable y cerró la puerta a sus espaldas. Llevaba un vestido de color crema, llevaba el cabello suelto sobre los hombros y parecía de un inmejorable buen humor.
- Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
- Bien, ¿pero a ti qué te pasa? ¿Por qué estás tan contenta?- preguntó, recelosa.
- Hoy es el Día del Descendimiento, el Paso del Año. Se celebra el primer día de anel y es la festividad más importante del año.
- ¿El primer día de anel?
- Sí, es el primer mes de la primavera. Toma, éste es mi regalo para ti. Lo he hecho yo misma.
Mielle le entregó una tabla circular de madera pintada a mano. Se asemejaba a una diana, pues tenía un círculo concéntrico del que partían trece líneas que la dividían en trece triángulos idénticos. En cada uno de ellos había un nombre escrito en tinta negra sobre un dibujo correspondiente a diferentes épocas del año. Eran bastante precisos, de collores vivos. Buscó anel, sobre la imagen de un árbol con brotes nuevos y observó con atención el resto de los meses del año. Empezando por la derecha, tras anel estaban prinea y miira, que completaban la primavera. El verano estaba compuesto por reho, fuime, aele, judhem e ivrit, el otoño por cabril, trereo y diral y el invierno por senibre e inure. Nadia levantó la cabeza para encontrarse con los expectantes ojos de su amiga.
- Muchas gracias, Mielle... me gusta mucho. Pero yo no tengo nada para ti... si me hubierais dicho que...
- No tienes que relagarme nada.- repuso ella, negando con un gesto.- Y si no te dijimos nada fue porque pretendíamos darte una sorpresa... Todos se han levantado temprano para prepararlo.
- ¿En serio?
Mielle asintió, satisfecha.
- Vístete y baja. No tardes.
Nada más abandonar Mielle la habitación, Nadia se puso en pie de un salto, repentinamente feliz. Se puso un vestido de lana suave y azul que le llegaba a las rodillas y se calzó las botas de piel, tras lo cual se miró en un espejo viejo y sucio arrinconado en una esquina para arreglarse el pelo con los dedos. Sin embargo se detuvo en seco al fijarse con atención en la imagen que el espejo agrietado le devolvía. Por un segundo apenas si se reconoció; aquella no era la misma Nadia atolondrada e irresponsable que había llegado a Nerume ya tiempo atrás, muerta de miedo. En sus ojos había anidado una seriedad y resolución que antes no estaban allí, y le pareció también que aparentaba un par de años más. Inevitablemente recordó a la familia y amigos que había dejado atrás, su hogar y su vida, y se sintió asaltada por una profunda tristeza que le provocó un nudo ardiente en la garganta. Apartó la vista con brusquedad y salió rápidamente de la estancia.
Estaba sola en la amplia cama que había compartido con Mielle, cuyas sábanas estaban aún calientes. Un rayo de luz solar atravesaba la alta ventana, iluminando las volátiles motas de polvo que inundaban la desvencijada habitación y encendiéndolas con una llamarada de luz. El polvo danzaba, se movía, desapareciendo en las sombras. Se sentía inquieta, emocionada, a la espera de que algo importante sucediera y al mismo tiempo, también un tanto triste sin saber exactamente el motivo. Un crujido hizo que levantara la cabeza y a través de la rendija entreabierta de la puerta distinguió unos inconfundibles ojos dorados.
- Te he visto.- dijo en voz alta, sentándose en la cama.
Mielle entró en la habitación con una sonrisita culpable y cerró la puerta a sus espaldas. Llevaba un vestido de color crema, llevaba el cabello suelto sobre los hombros y parecía de un inmejorable buen humor.
- Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
- Bien, ¿pero a ti qué te pasa? ¿Por qué estás tan contenta?- preguntó, recelosa.
- Hoy es el Día del Descendimiento, el Paso del Año. Se celebra el primer día de anel y es la festividad más importante del año.
- ¿El primer día de anel?
- Sí, es el primer mes de la primavera. Toma, éste es mi regalo para ti. Lo he hecho yo misma.
Mielle le entregó una tabla circular de madera pintada a mano. Se asemejaba a una diana, pues tenía un círculo concéntrico del que partían trece líneas que la dividían en trece triángulos idénticos. En cada uno de ellos había un nombre escrito en tinta negra sobre un dibujo correspondiente a diferentes épocas del año. Eran bastante precisos, de collores vivos. Buscó anel, sobre la imagen de un árbol con brotes nuevos y observó con atención el resto de los meses del año. Empezando por la derecha, tras anel estaban prinea y miira, que completaban la primavera. El verano estaba compuesto por reho, fuime, aele, judhem e ivrit, el otoño por cabril, trereo y diral y el invierno por senibre e inure. Nadia levantó la cabeza para encontrarse con los expectantes ojos de su amiga.
- Muchas gracias, Mielle... me gusta mucho. Pero yo no tengo nada para ti... si me hubierais dicho que...
- No tienes que relagarme nada.- repuso ella, negando con un gesto.- Y si no te dijimos nada fue porque pretendíamos darte una sorpresa... Todos se han levantado temprano para prepararlo.
- ¿En serio?
Mielle asintió, satisfecha.
- Vístete y baja. No tardes.
Nada más abandonar Mielle la habitación, Nadia se puso en pie de un salto, repentinamente feliz. Se puso un vestido de lana suave y azul que le llegaba a las rodillas y se calzó las botas de piel, tras lo cual se miró en un espejo viejo y sucio arrinconado en una esquina para arreglarse el pelo con los dedos. Sin embargo se detuvo en seco al fijarse con atención en la imagen que el espejo agrietado le devolvía. Por un segundo apenas si se reconoció; aquella no era la misma Nadia atolondrada e irresponsable que había llegado a Nerume ya tiempo atrás, muerta de miedo. En sus ojos había anidado una seriedad y resolución que antes no estaban allí, y le pareció también que aparentaba un par de años más. Inevitablemente recordó a la familia y amigos que había dejado atrás, su hogar y su vida, y se sintió asaltada por una profunda tristeza que le provocó un nudo ardiente en la garganta. Apartó la vista con brusquedad y salió rápidamente de la estancia.
lunes, mayo 17
IASADE -10-
Se escondió a medias detrás del tronco del pino y esperó, vigilando atentamente a cada niño que salía del edificio.
Eran muchos, y se reunían en grupos antes de dispersarse por el patio para tomar posiciones junto a sus lugares preferidos, en actitud desafiante frente aquellos que pretendían invadir un territorio ya ocupado. Charlaban animadamente mientras empezaban a devorar sus aperitivos de media mañana o se dedicaban a jugar al pilla-pilla, al baloncesto o al fútbol, entre otras cosas. Sara fue de las últimas en hacer acto de presencia. La chiquilla iba sola, arrastrando los pies y con la cabeza gacha. Pese a que llevaba un vestido naranja, conservaba las zapatillas de deporte, que sin embargo ya no estaban manchadas de barro. Unas pequeñas vendas le tapaban las heridas de las rodillas. Se cobijó bajo la sombra de un pino, tan solitario como ella misma, y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el tronco, en una pose muy poco digna y femenina. De la bolsa que llevaba en la mano sacó una magdalena a la que pegó un mordisco antes de dirigir una mirada hosca a su alrededor. En ese instante Amiss se arrepintió de haberla elegido como usuario; la niña, sin duda, también parecía problemática. Ael sonrió con suficiencia.
Con el ceño fruncido y tras coger aire, Amiss abandonó su propio pino y se adentró en la caótica multitud de niños y niñas, más adolescentes revolucionados. Aunque nadie le prestó atención, tuvo ciertas dificultades para llegar hasta Sara: un chaval de unos quince años le pisó un pie y ni siquiera se disculpó, una pelota le pasó peligrosamente cerca de la cabeza raspándole una oreja y una bola de papel de aluminio, a cuyo lanzador no consiguió localizar, le golpeó en la nuca. Pero tras empujar sin miramientos a un chico un par de años mayor que ella (o mayor de la edad que aparentaba tener), logró abrirse paso y llegar hasta el árbol bajo el que Sara, cabizbaja, se terminaba su magdalena.
Ael no dejaba de sonreír a sus espaldas y eso la ponía nerviosa. Se giró para dedicarle una mirada de reproche, pero el Ángel se limitó a carraspear y a señalar hacia delante. Al volverse descubrió que Sara la estaba observando con la desconfianza claramente reflejada en sus ojos marrones. Amiss intentó que la voz no le temblara al hablar.
- Hola.- dijo, con un tono que pretendía ser amistoso.
- ¿Quién eres?- preguntó la niña, secamente.
La hostilidad de Sara no la descolocó, pues ya había contado con ello. Frunció el ceño.
- Me llamo Lara. Pero podrías ser un poco más simpática y decir hola tú también, ¿no? ¿Estás enfadada? Aunque lo estés no deberías pagarlo así con alguien que no te ha hecho nada.
Pero si esperaba hacerla sentir culpable, se equivocó completamente. Sara endureció los ojos y apretó los labios.
- A ti no te importa si estoy enfadada o no. ¿Qué quieres?
- Eres un poco borde, por lo que veo.- repuso Amiss, sentándose en el suelo frente a la niña.- No quiero nada. Te vi sola, y como yo lo estoy también, pensé que podíamos ser amigas. No me has dicho cómo te llamas tú.
- Me llamo Sara.
- Vaya.- Amiss intentó una sonrisa.- Nuestros nombres se parecen. Lara y Sara. Tal vez eso sea una señal de que podemos llevarnos bien.
- No me suelo llevar bien con los demás.- repuso ella, apartando la vista.
- Tal vez...
- ¿Has dicho que tú también estás sola?- la interrumpió Sara, sin mirarla.
- Sí.
- ¿Por qué?
- Soy nueva en el colegio y no conozco a nadie.
Entonces la niña la miró, y Amiss observó con satisfacción que parte del rechazo que anidaba en sus ojos se había suavizado un tanto.
- ¿En qué clase estás?
Amiss había hecho sus deberes y sabía que Sara estaba en quinto curso. Así que mintió.
- Estoy en sexto.
- Entonces eres un año mayor que yo.
- Eso parece.
Ambas se quedaron en silencio y durante ese tiempo, Amiss se sintió desnuda bajo el escrutinio visual que Sara le dedicó. Lo aguantó estoicamente y sin decir una sola palabra, mientras se retorcía las manos con disimulo. Necesitaba ganarse su aprobación si quería llegar hasta la niña y conocerla bien para poder cumplir alguna de sus Ilusiones. Tras unos minutos que se le hicieron eternos, Sara volvió a hablar.
- ¿No tienes merienda?
- No... me la dejé en casa.
- ¿Quieres una magdalena?
- ¿Me darías una?- se sorprendió.
Sin decir nada, Sara cogió una magdalena de la bolsa y se la tendió. Amiss la cogió, vacilante. No sabía si podía ingerir alimentos o no, o cuales serían las consecuencias. A su lado, Ael se carcajeó.
- Come. Quedarías muy mal si no lo hicieras. Aunque... luego es posible que te sientas un poco extraña. En futuras ocasiones, evita este tipo de situación. Te advierto que no será agradable.
Eran muchos, y se reunían en grupos antes de dispersarse por el patio para tomar posiciones junto a sus lugares preferidos, en actitud desafiante frente aquellos que pretendían invadir un territorio ya ocupado. Charlaban animadamente mientras empezaban a devorar sus aperitivos de media mañana o se dedicaban a jugar al pilla-pilla, al baloncesto o al fútbol, entre otras cosas. Sara fue de las últimas en hacer acto de presencia. La chiquilla iba sola, arrastrando los pies y con la cabeza gacha. Pese a que llevaba un vestido naranja, conservaba las zapatillas de deporte, que sin embargo ya no estaban manchadas de barro. Unas pequeñas vendas le tapaban las heridas de las rodillas. Se cobijó bajo la sombra de un pino, tan solitario como ella misma, y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el tronco, en una pose muy poco digna y femenina. De la bolsa que llevaba en la mano sacó una magdalena a la que pegó un mordisco antes de dirigir una mirada hosca a su alrededor. En ese instante Amiss se arrepintió de haberla elegido como usuario; la niña, sin duda, también parecía problemática. Ael sonrió con suficiencia.
Con el ceño fruncido y tras coger aire, Amiss abandonó su propio pino y se adentró en la caótica multitud de niños y niñas, más adolescentes revolucionados. Aunque nadie le prestó atención, tuvo ciertas dificultades para llegar hasta Sara: un chaval de unos quince años le pisó un pie y ni siquiera se disculpó, una pelota le pasó peligrosamente cerca de la cabeza raspándole una oreja y una bola de papel de aluminio, a cuyo lanzador no consiguió localizar, le golpeó en la nuca. Pero tras empujar sin miramientos a un chico un par de años mayor que ella (o mayor de la edad que aparentaba tener), logró abrirse paso y llegar hasta el árbol bajo el que Sara, cabizbaja, se terminaba su magdalena.
Ael no dejaba de sonreír a sus espaldas y eso la ponía nerviosa. Se giró para dedicarle una mirada de reproche, pero el Ángel se limitó a carraspear y a señalar hacia delante. Al volverse descubrió que Sara la estaba observando con la desconfianza claramente reflejada en sus ojos marrones. Amiss intentó que la voz no le temblara al hablar.
- Hola.- dijo, con un tono que pretendía ser amistoso.
- ¿Quién eres?- preguntó la niña, secamente.
La hostilidad de Sara no la descolocó, pues ya había contado con ello. Frunció el ceño.
- Me llamo Lara. Pero podrías ser un poco más simpática y decir hola tú también, ¿no? ¿Estás enfadada? Aunque lo estés no deberías pagarlo así con alguien que no te ha hecho nada.
Pero si esperaba hacerla sentir culpable, se equivocó completamente. Sara endureció los ojos y apretó los labios.
- A ti no te importa si estoy enfadada o no. ¿Qué quieres?
- Eres un poco borde, por lo que veo.- repuso Amiss, sentándose en el suelo frente a la niña.- No quiero nada. Te vi sola, y como yo lo estoy también, pensé que podíamos ser amigas. No me has dicho cómo te llamas tú.
- Me llamo Sara.
- Vaya.- Amiss intentó una sonrisa.- Nuestros nombres se parecen. Lara y Sara. Tal vez eso sea una señal de que podemos llevarnos bien.
- No me suelo llevar bien con los demás.- repuso ella, apartando la vista.
- Tal vez...
- ¿Has dicho que tú también estás sola?- la interrumpió Sara, sin mirarla.
- Sí.
- ¿Por qué?
- Soy nueva en el colegio y no conozco a nadie.
Entonces la niña la miró, y Amiss observó con satisfacción que parte del rechazo que anidaba en sus ojos se había suavizado un tanto.
- ¿En qué clase estás?
Amiss había hecho sus deberes y sabía que Sara estaba en quinto curso. Así que mintió.
- Estoy en sexto.
- Entonces eres un año mayor que yo.
- Eso parece.
Ambas se quedaron en silencio y durante ese tiempo, Amiss se sintió desnuda bajo el escrutinio visual que Sara le dedicó. Lo aguantó estoicamente y sin decir una sola palabra, mientras se retorcía las manos con disimulo. Necesitaba ganarse su aprobación si quería llegar hasta la niña y conocerla bien para poder cumplir alguna de sus Ilusiones. Tras unos minutos que se le hicieron eternos, Sara volvió a hablar.
- ¿No tienes merienda?
- No... me la dejé en casa.
- ¿Quieres una magdalena?
- ¿Me darías una?- se sorprendió.
Sin decir nada, Sara cogió una magdalena de la bolsa y se la tendió. Amiss la cogió, vacilante. No sabía si podía ingerir alimentos o no, o cuales serían las consecuencias. A su lado, Ael se carcajeó.
- Come. Quedarías muy mal si no lo hicieras. Aunque... luego es posible que te sientas un poco extraña. En futuras ocasiones, evita este tipo de situación. Te advierto que no será agradable.
viernes, mayo 14
Beyond the mirror
Welcome, come in.Are you a lost wanderer? Or an eternal dreamer? Are you possessed by your own imagination? Do you believe in what there is beyond tangible things? Do you trust what your eyes cannot see? If the answer is yes, this is your place.
Please, sit down and let us share our fire with you. I see that you have stories in your lips and invisible ink stains in the palm of your hands. I can feel your beating spirit inside your soul, under that grey jacket. A fairy put that flower behind your ear. Yes, she's just over your shoulder. See? What a pretty little thing you have there. I'm sure her scent is as sweet as this blue rose.
What? Names are not so important here, but if you're asking me, I'm Mirror. We're not going to ask you any payment for accepting you among us... but we thank a good story just as anyone else. I'll give you a cup of hot wine and a slice of honey bread. Look at the stars... they glow stronger this night. I bet they're waiting your tale, too. And can you hear the crickets? They'll sing an appropriate song as accompaniment to your words.
Yeah. Good boy. I'm all ears, kid. Begin now.
***
Bienvenido, pasa.
¿Eres un vagabundo perdido? ¿Un soñador eterno? ¿Estás poseído por tu propia imaginación? ¿Crees en lo que hay más allá de las cosas tangibles? ¿Confías en aquello que tus ojos no pueden ver? Si la respuesta es sí, éste es tu lugar.
Por favor, siéntate y déjanos compartir nuestro fuego contigo. Veo que tienes historias en los labios y manchas de tinta invisible en la palma de tus manos. Puedo sentir el espíriu latiente dentro de tu alma, debajo de esa chaqueta gris. Un hada puso esa flor detrás de tu oreja. Sí, está justo encima de tu hombro. ¿Ves? Vaya cosita preciosa que tienes ahí. Seguro que su aroma es tan dulce como el de esta rosa azul.
¿Qué? Los nombres no son tan importantes aquí, pero si me preguntas, me llamo Espejo. No te vamos a pedir ningún pago por aceptarte entre nosotros... pero agradecemos una buena historia tanto como cualquiera. Te daré una taza de vino caliente y una rebanada de pan de miel. Mira las estrellas... esta noche brillan con más fuerza. Apuesto a que también están esperando tu cuento. ¿Y puedes oír a los grillos? Cantarán una canción apropiada que sirva de acompañamiento a tus palabras.
Sí, buen chico. Soy todo oídos. Empieza ya.
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IASADE -9-
El nerviosismo le pesaba en las piernas, haciéndolas parecer de hierro, rígidas y torpes. A veces tenía que sacudir las manos, porque le daba la sensación de que los dedos se le estaban quedando dormidos, mientras miraba temerosa a su alrededor. Al contrario que la primera vez que había visitado el mundo de los vivos, no era invisible; la gente reparaba en ella, y aunque la mayoría de las personas no le dedicaba un segundo vistazo, más de uno se fijó en ella con atención. Amiss bajó la mirada y agachó a la cabeza, rogando que no le dirigieran la palabra. Ael sonreía, divertido y burlón, ante su miedo. Caminaba a su lado pero se mantenía en silencio, limitándose a observar.
Se detuvo frente al paso de peatones a la espera de que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. Delante de ella los coches pasaban a gran velocidad como manchas de colores borrosos y la multitud se agolpaba junto al paso de cebra, empujándola sin querer y amenazando con pisarla. Amiss se encogió tanto como pudo y aguardó con impaciencia a que el rojo diese el alto a los vehículos. En la siguiente acera, un hombre sentado en un taburete de madera pintaba un cuadro sobre un lienzo del que apenas quedaba ya un trozo del blanco original. Con una mano sostenía una paleta llena de mezclas y con la otra movía delicadamente el pincel, superponiendo unos colores a otros. Era una acuarela del puerto de la ciudad, que mostraba un muelle y unos barcos pequeños meciéndose en el mar oscuro y tranquilo. La luz del dibujo era escasa y clara, lo que hacía pensar que la escena estaba situada en el amanecer. Una neblina difusa flotaba sobre el calmo océano, emborronando sutilmente el paisaje. Era una obra de gran precisión, teniendo en cuenta que el pintor no tenía delante aquello que estaba dibujando. Amiss se quedó embobada mirando cómo el trazado del pincel daba vida a aquella hermosa realidad paralela.
- Recuerda tu objetivo.- le dijo entonces Ael al oído.
A regañadientes, Amiss asintió y se apartó del hombre para seguir con su camino. En el reloj de una farmacia vio que eran ya las once y cinco, por lo que apretó el paso para darse prisa. Dobló una esquina y el colegio apareció ante ella, expuesto al sol temporal que brillaba únicamente cuando las nubes se lo permitían. Se paró y tomó aire sin quitarle los ojos de encima. El Ángel se recostó en el capó de un coche gris metalizado y le sonrió de forma deslumbrante. Amiss masculló algo entre dientes y cruzó a todo correr hacia el edificio.
La parte trasera del colegio era un amplio patio con suelo de hormigón cercado por una alta verja de hierro pintado de negro y rodeado de altos pinos verdes y delgados, a cuyos pies yacían algunas piñas con las escamas rotas. Amiss estudió la verja con resignación y agarró los barrotes con fuerza al mismo tiempo que dejaba escapar un largo suspiro. Imploró a Ael con la mirada, en una muda súplica, pero el Ángel negó con la cabeza.
- Apáñatelas tú sola.
Amiss bufó y le dio la espalda. Se giró en derredor para cerciorarse de que nadie se fijaba en ella y después, haciendo fuerza con los brazos, puso un pie en la pared y se impulsó hacia arriba. Pero las manos le resbalaron y cayó, atraída por la fuerza de la gravedad. Rechinó los dientes y lo volvió a intentar de nuevo, con el mismo resultado. Probó a poner las manos más arriba y más abajo, a separar más los pies, incluso a tomar carrerilla antes de intentar trepar por la verja, todo en vano. A la sexta repetición, frustrada, dio una patada rabiosa al muro, atrayendo la mirada sorprendida de una anciana que pasaba por allí. En ese momento sonó la sirena del colegio que indicaba el comienzo del recreo: los niños no tardarían mucho en invadir el patio.
Desesperada, Amiss volvió a aferrarse a los barrotes y una vez más, intentó subir por la verja usando sus brazos y piernas. Pero se cayó de culo sobre la acera y las gafas especiales se deslizaron hasta quedar en precario equilibrio sobre la punta de su nariz. Los primeros chiquillos atravesaron las puertas, en grupos y alborozados. Amiss se puso en pie de un salto, se agarró de nuevo a la verja y...
- Para ya de hacer el ridículo, por favor.- le dijo Ael, desdeñoso, poniéndose a su lado.- Extiende los brazos.
- Pero...
- ¡Obedece!
Amiss le hizo caso. El Ángel la cogió por las muñecas y sin ningún esfuerzo, la elevó en el aire y la depositó al otro lado de la verja, sobre el suelo de hormigón recalentado por el sol, al lado de un pino que proyectaba una pequeña sombra que amparó en cierto modo su repentina y extraordinaria aparición. Ael chasqueó la lengua, molesto.
- Eres mucho más problemática de lo que pensaba.
Se detuvo frente al paso de peatones a la espera de que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. Delante de ella los coches pasaban a gran velocidad como manchas de colores borrosos y la multitud se agolpaba junto al paso de cebra, empujándola sin querer y amenazando con pisarla. Amiss se encogió tanto como pudo y aguardó con impaciencia a que el rojo diese el alto a los vehículos. En la siguiente acera, un hombre sentado en un taburete de madera pintaba un cuadro sobre un lienzo del que apenas quedaba ya un trozo del blanco original. Con una mano sostenía una paleta llena de mezclas y con la otra movía delicadamente el pincel, superponiendo unos colores a otros. Era una acuarela del puerto de la ciudad, que mostraba un muelle y unos barcos pequeños meciéndose en el mar oscuro y tranquilo. La luz del dibujo era escasa y clara, lo que hacía pensar que la escena estaba situada en el amanecer. Una neblina difusa flotaba sobre el calmo océano, emborronando sutilmente el paisaje. Era una obra de gran precisión, teniendo en cuenta que el pintor no tenía delante aquello que estaba dibujando. Amiss se quedó embobada mirando cómo el trazado del pincel daba vida a aquella hermosa realidad paralela.
- Recuerda tu objetivo.- le dijo entonces Ael al oído.
A regañadientes, Amiss asintió y se apartó del hombre para seguir con su camino. En el reloj de una farmacia vio que eran ya las once y cinco, por lo que apretó el paso para darse prisa. Dobló una esquina y el colegio apareció ante ella, expuesto al sol temporal que brillaba únicamente cuando las nubes se lo permitían. Se paró y tomó aire sin quitarle los ojos de encima. El Ángel se recostó en el capó de un coche gris metalizado y le sonrió de forma deslumbrante. Amiss masculló algo entre dientes y cruzó a todo correr hacia el edificio.
La parte trasera del colegio era un amplio patio con suelo de hormigón cercado por una alta verja de hierro pintado de negro y rodeado de altos pinos verdes y delgados, a cuyos pies yacían algunas piñas con las escamas rotas. Amiss estudió la verja con resignación y agarró los barrotes con fuerza al mismo tiempo que dejaba escapar un largo suspiro. Imploró a Ael con la mirada, en una muda súplica, pero el Ángel negó con la cabeza.
- Apáñatelas tú sola.
Amiss bufó y le dio la espalda. Se giró en derredor para cerciorarse de que nadie se fijaba en ella y después, haciendo fuerza con los brazos, puso un pie en la pared y se impulsó hacia arriba. Pero las manos le resbalaron y cayó, atraída por la fuerza de la gravedad. Rechinó los dientes y lo volvió a intentar de nuevo, con el mismo resultado. Probó a poner las manos más arriba y más abajo, a separar más los pies, incluso a tomar carrerilla antes de intentar trepar por la verja, todo en vano. A la sexta repetición, frustrada, dio una patada rabiosa al muro, atrayendo la mirada sorprendida de una anciana que pasaba por allí. En ese momento sonó la sirena del colegio que indicaba el comienzo del recreo: los niños no tardarían mucho en invadir el patio.
Desesperada, Amiss volvió a aferrarse a los barrotes y una vez más, intentó subir por la verja usando sus brazos y piernas. Pero se cayó de culo sobre la acera y las gafas especiales se deslizaron hasta quedar en precario equilibrio sobre la punta de su nariz. Los primeros chiquillos atravesaron las puertas, en grupos y alborozados. Amiss se puso en pie de un salto, se agarró de nuevo a la verja y...
- Para ya de hacer el ridículo, por favor.- le dijo Ael, desdeñoso, poniéndose a su lado.- Extiende los brazos.
- Pero...
- ¡Obedece!
Amiss le hizo caso. El Ángel la cogió por las muñecas y sin ningún esfuerzo, la elevó en el aire y la depositó al otro lado de la verja, sobre el suelo de hormigón recalentado por el sol, al lado de un pino que proyectaba una pequeña sombra que amparó en cierto modo su repentina y extraordinaria aparición. Ael chasqueó la lengua, molesto.
- Eres mucho más problemática de lo que pensaba.
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