viernes, mayo 14

IASADE -9-

El nerviosismo le pesaba en las piernas, haciéndolas parecer de hierro, rígidas y torpes. A veces tenía que sacudir las manos, porque le daba la sensación de que los dedos se le estaban quedando dormidos, mientras miraba temerosa a su alrededor. Al contrario que la primera vez que había visitado el mundo de los vivos, no era invisible; la gente reparaba en ella, y aunque la mayoría de las personas no le dedicaba un segundo vistazo, más de uno se fijó en ella con atención. Amiss bajó la mirada y agachó a la cabeza, rogando que no le dirigieran la palabra. Ael sonreía, divertido y burlón, ante su miedo. Caminaba a su lado pero se mantenía en silencio, limitándose a observar.

Se detuvo frente al paso de peatones a la espera de que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. Delante de ella los coches pasaban a gran velocidad como manchas de colores borrosos y la multitud se agolpaba junto al paso de cebra, empujándola sin querer y amenazando con pisarla. Amiss se encogió tanto como pudo y aguardó con impaciencia a que el rojo diese el alto a los vehículos. En la siguiente acera, un hombre sentado en un taburete de madera pintaba un cuadro sobre un lienzo del que apenas quedaba ya un trozo del blanco original. Con una mano sostenía una paleta llena de mezclas y con la otra movía delicadamente el pincel, superponiendo unos colores a otros. Era una acuarela del puerto de la ciudad, que mostraba un muelle y unos barcos pequeños meciéndose en el mar oscuro y tranquilo. La luz del dibujo era escasa y clara, lo que hacía pensar que la escena estaba situada en el amanecer. Una neblina difusa flotaba sobre el calmo océano, emborronando sutilmente el paisaje. Era una obra de gran precisión, teniendo en cuenta que el pintor no tenía delante aquello que estaba dibujando. Amiss se quedó embobada mirando cómo el trazado del pincel daba vida a aquella hermosa realidad paralela.

- Recuerda tu objetivo.- le dijo entonces Ael al oído.

A regañadientes, Amiss asintió y se apartó del hombre para seguir con su camino. En el reloj de una farmacia vio que eran ya las once y cinco, por lo que apretó el paso para darse prisa. Dobló una esquina y el colegio apareció ante ella, expuesto al sol temporal que brillaba únicamente cuando las nubes se lo permitían. Se paró y tomó aire sin quitarle los ojos de encima. El Ángel se recostó en el capó de un coche gris metalizado y le sonrió de forma deslumbrante. Amiss masculló algo entre dientes y cruzó a todo correr hacia el edificio.

La parte trasera del colegio era un amplio patio con suelo de hormigón cercado por una alta verja de hierro pintado de negro y rodeado de altos pinos verdes y delgados, a cuyos pies yacían algunas piñas con las escamas rotas. Amiss estudió la verja con resignación y agarró los barrotes con fuerza al mismo tiempo que dejaba escapar un largo suspiro. Imploró a Ael con la mirada, en una muda súplica, pero el Ángel negó con la cabeza.

- Apáñatelas tú sola.

Amiss bufó y le dio la espalda. Se giró en derredor para cerciorarse de que nadie se fijaba en ella y después, haciendo fuerza con los brazos, puso un pie en la pared y se impulsó hacia arriba. Pero las manos le resbalaron y cayó, atraída por la fuerza de la gravedad. Rechinó los dientes y lo volvió a intentar de nuevo, con el mismo resultado. Probó a poner las manos más arriba y más abajo, a separar más los pies, incluso a tomar carrerilla antes de intentar trepar por la verja, todo en vano. A la sexta repetición, frustrada, dio una patada rabiosa al muro, atrayendo la mirada sorprendida de una anciana que pasaba por allí. En ese momento sonó la sirena del colegio que indicaba el comienzo del recreo: los niños no tardarían mucho en invadir el patio.

Desesperada, Amiss volvió a aferrarse a los barrotes y una vez más, intentó subir por la verja usando sus brazos y piernas. Pero se cayó de culo sobre la acera y las gafas especiales se deslizaron hasta quedar en precario equilibrio sobre la punta de su nariz. Los primeros chiquillos atravesaron las puertas, en grupos y alborozados. Amiss se puso en pie de un salto, se agarró de nuevo a la verja y...

- Para ya de hacer el ridículo, por favor.- le dijo Ael, desdeñoso, poniéndose a su lado.- Extiende los brazos.
- Pero...
- ¡Obedece!

Amiss le hizo caso. El Ángel la cogió por las muñecas y sin ningún esfuerzo, la elevó en el aire y la depositó al otro lado de la verja, sobre el suelo de hormigón recalentado por el sol, al lado de un pino que proyectaba una pequeña sombra que amparó en cierto modo su repentina y extraordinaria aparición. Ael chasqueó la lengua, molesto.

- Eres mucho más problemática de lo que pensaba.

1 comentario:

Samuel dijo...

Esa torpeza de Amiss me recuerda a alguien, no sé xDDD

Cada vez está mucho más interesante, que será lo siguiente? xD