miércoles, mayo 26

IASADE -12-

Lara Pena Rivas.

Los apellidos los había sacado del periódico que un señor mayor, fumando en pipa, leía en la pequeña terraza de una cafetería mientras bebía con parsimonia un té verde de olor penetrante, enfundado en un caro traje de color café claro. Después de demorarse unos segundos observándolo con atención, voló por encima de los edificios saltando de chimenea en chimenea con la envidiable agilidad que le concedía aquel privilegiado estado etéreo e ingrávido.

Ael la retó a una carrera de regreso al colegio de Sara y Amiss aceptó, deseosa de poner sus recién adquiridas habilidades a prueba. El Ángel era sublime; con las alas recogidas para incrementar el dinamismo de sus movimientos, parecía un leve rayo de luz blanca deslizándose con elegancia y sigilo, apenas un rumor de plumas al cortar el aire como una daga afilada. Amiss estuvo a punto de igualarlo en una recta en la que ambos forzaron su velocidad al máximo, mientras que el mundo no era más que una mancha sin color ni forma definida a ambos lados de su visión. Pero Ael era demasiado escurridizo y ella perdía cualquier clase de ventaja que pudiera tener cuando viraba, saltaba o descendía en una hermosa y arriesgada pirueta.

El reloj de la farmacia vecina marcaba las dos y treinta y un minuto cuando la sirena tocó por última vez para anunciar la finalización de las clases. A la puerta del colegio aguardaban padres, hermanos mayores, abuelos y tíos, y en la carretera los coches se pitaban unos a otros, peleándose a toque de bocina por un hueco más próximo a la entrada. El portón se abrió y niños y niñas salieron entre gritos jubilosos, atropellándose y adelantándose para ser de los primeros en escapar del edificio. Amiss, de pie sobre el punto más alto de la puerta, vigilaba atentamente a la espera de localizar a Sara.

La niña fue de las últimas en salir, arrastrando los pies y con su desteñida mochila, más gris que azul, colgando de sus hombros por sólo una asa. Amiss la observó bajar las escaleras de la puerta principal y dirigirse al paso de peatones de la calle a la izquierda, sola, con ambas manos escondidas en los anchos bolsillos del pantalón. Cruzó cuando el semáforo se hubo puesto en verde y siguió caminando, a la sombra de los edificios, hasta llegar a una esquina donde giró a la derecha. Se paró en el portal de un bloque de apartamentos de color ocre pálido y sucio, abrió la mochila y sacó un llavero. Abrió la puerta, que chirrió un poco, y entró. Amiss se coló dentro a través de la pequeña rendija existente antes de que la puerta se cerrara, como una nube de humo. La siguió escaleras arriba hasta llegar a la segunda planta y entró con ella en el piso.

- Ten cuidado.- dijo entonces Ael, detrás de su oreja.- Tienes que vigilar cuánto tiempo te queda en estado de alma. Si no lo controlas puedes verte metida en un buen lío. Di tú que te queden dos minutos... y cuando vuelvas de nuevo al estado de apariencia humana te encuentras en la habitación de tu usuario justo en frente de él.
- Vale.- asintió ella, tras comprobar el tiempo que le quedaba.

Sara había gritado un hola al entrar en la casa que nadie le contestó. La niña dejó la mochila arrumbada en el sofá del comedor y atravesó el pasillo directa al cuarto de baño. Se lavó las manos bajo el grifo, convirtiendo el agua limpia en líquido de color marrón al limpiarse la suciedad. Después de secárselas se dirigió a la cocina. Era una habitación estrecha y llena de humo, en la que un hombre bajito y ligeramente encorvado freía unos filetes de lomo en una sartén. Sara se acercó al hombre y le dio un beso en la mejilla. Éste sonrió al verla.

- Avísame cuando esté lista la comida, ¿vale, papá?- le dijo ella, casi a gritos.

El hombre asintió mansamente y le dio la espalda para proseguir con su tarea. Sara lo dejó a solas y se metió en su cuarto, una habitación pequeña y cuadrada con las paredes escondidas tras estanterías llenas de libros. Había una cama muy cerca de la ventana y un escritorio donde se amontonaban las libretas y los papeles. Justo bajo la ventana había una urna de cerámica verde, sobre un altar de madera desvencijada que tenía una vela blanca.

La niña sacó una bolsita de canicas del bolsillo del pantalón y la colocó junto a la urna. Cogió una caja de cerillas y encendió una con la que prendió la mecha de la vela, tras lo que se sentó en la silla frente al altar y apoyó los codos sobre la mesa con las manos juntas en posición de oración.

- Ya te las he traído de vuelta.- susurró.

1 comentario:

Carlos dijo...

OH, las velas eran de su madre... Jo, ahora me da más penita que antes, y la verdad es que comprendo que se pelease con aquella otra niña por ellas. Aunque sigo diciendo que estan pasadas, y que los gráficos del pinball se podrían aplicar a ese tipo de juegos x'D
Y Ael se hace más humano por momentos: sonrisas pícaras, carreras...
Un beso (;