lunes, mayo 17

IASADE -10-

Se escondió a medias detrás del tronco del pino y esperó, vigilando atentamente a cada niño que salía del edificio.

Eran muchos, y se reunían en grupos antes de dispersarse por el patio para tomar posiciones junto a sus lugares preferidos, en actitud desafiante frente aquellos que pretendían invadir un territorio ya ocupado. Charlaban animadamente mientras empezaban a devorar sus aperitivos de media mañana o se dedicaban a jugar al pilla-pilla, al baloncesto o al fútbol, entre otras cosas. Sara fue de las últimas en hacer acto de presencia. La chiquilla iba sola, arrastrando los pies y con la cabeza gacha. Pese a que llevaba un vestido naranja, conservaba las zapatillas de deporte, que sin embargo ya no estaban manchadas de barro. Unas pequeñas vendas le tapaban las heridas de las rodillas. Se cobijó bajo la sombra de un pino, tan solitario como ella misma, y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el tronco, en una pose muy poco digna y femenina. De la bolsa que llevaba en la mano sacó una magdalena a la que pegó un mordisco antes de dirigir una mirada hosca a su alrededor. En ese instante Amiss se arrepintió de haberla elegido como usuario; la niña, sin duda, también parecía problemática. Ael sonrió con suficiencia.

Con el ceño fruncido y tras coger aire, Amiss abandonó su propio pino y se adentró en la caótica multitud de niños y niñas, más adolescentes revolucionados. Aunque nadie le prestó atención, tuvo ciertas dificultades para llegar hasta Sara: un chaval de unos quince años le pisó un pie y ni siquiera se disculpó, una pelota le pasó peligrosamente cerca de la cabeza raspándole una oreja y una bola de papel de aluminio, a cuyo lanzador no consiguió localizar, le golpeó en la nuca. Pero tras empujar sin miramientos a un chico un par de años mayor que ella (o mayor de la edad que aparentaba tener), logró abrirse paso y llegar hasta el árbol bajo el que Sara, cabizbaja, se terminaba su magdalena.

Ael no dejaba de sonreír a sus espaldas y eso la ponía nerviosa. Se giró para dedicarle una mirada de reproche, pero el Ángel se limitó a carraspear y a señalar hacia delante. Al volverse descubrió que Sara la estaba observando con la desconfianza claramente reflejada en sus ojos marrones. Amiss intentó que la voz no le temblara al hablar.

- Hola.- dijo, con un tono que pretendía ser amistoso.
- ¿Quién eres?- preguntó la niña, secamente.

La hostilidad de Sara no la descolocó, pues ya había contado con ello. Frunció el ceño.

- Me llamo Lara. Pero podrías ser un poco más simpática y decir hola tú también, ¿no? ¿Estás enfadada? Aunque lo estés no deberías pagarlo así con alguien que no te ha hecho nada.

Pero si esperaba hacerla sentir culpable, se equivocó completamente. Sara endureció los ojos y apretó los labios.

- A ti no te importa si estoy enfadada o no. ¿Qué quieres?
- Eres un poco borde, por lo que veo.- repuso Amiss, sentándose en el suelo frente a la niña.- No quiero nada. Te vi sola, y como yo lo estoy también, pensé que podíamos ser amigas. No me has dicho cómo te llamas tú.
- Me llamo Sara.
- Vaya.- Amiss intentó una sonrisa.- Nuestros nombres se parecen. Lara y Sara. Tal vez eso sea una señal de que podemos llevarnos bien.
- No me suelo llevar bien con los demás.- repuso ella, apartando la vista.
- Tal vez...
- ¿Has dicho que tú también estás sola?- la interrumpió Sara, sin mirarla.
- Sí.
- ¿Por qué?
- Soy nueva en el colegio y no conozco a nadie.

Entonces la niña la miró, y Amiss observó con satisfacción que parte del rechazo que anidaba en sus ojos se había suavizado un tanto.

- ¿En qué clase estás?

Amiss había hecho sus deberes y sabía que Sara estaba en quinto curso. Así que mintió.

- Estoy en sexto.
- Entonces eres un año mayor que yo.
- Eso parece.

Ambas se quedaron en silencio y durante ese tiempo, Amiss se sintió desnuda bajo el escrutinio visual que Sara le dedicó. Lo aguantó estoicamente y sin decir una sola palabra, mientras se retorcía las manos con disimulo. Necesitaba ganarse su aprobación si quería llegar hasta la niña y conocerla bien para poder cumplir alguna de sus Ilusiones. Tras unos minutos que se le hicieron eternos, Sara volvió a hablar.

- ¿No tienes merienda?
- No... me la dejé en casa.
- ¿Quieres una magdalena?
- ¿Me darías una?- se sorprendió.

Sin decir nada, Sara cogió una magdalena de la bolsa y se la tendió. Amiss la cogió, vacilante. No sabía si podía ingerir alimentos o no, o cuales serían las consecuencias. A su lado, Ael se carcajeó.

- Come. Quedarías muy mal si no lo hicieras. Aunque... luego es posible que te sientas un poco extraña. En futuras ocasiones, evita este tipo de situación. Te advierto que no será agradable.

4 comentarios:

Carlos dijo...

Ains, pero qué encanto es Sara. Vale, sí, será una borde en ocasiones y parece más bruta que un arado, pero la verdad es que tiene buen corazón. Luego, ¿va a quinto? Entonces tiene... entre diez y once años, ¿no? Pues no sé cuando tú los tenías, pero hoy en día nadie tiene canicas xP
Un beso (:

Carlos dijo...

Sí, reconozco que era algo triste (tampoco es que comúnmente sea todo sonrisas, pero este lo era en concreto). Supongo que, cuanto mejor me siento, más torturo a los personajes que invento para mis textos xD Será que no me gusta compartir la felicidad con mis bichejos.
¿Te vas de viaje? ¿Adónde? Me alegro de que tú puedas hacer esas cosas, yo no tengo tanta suerte -_-'
¿A los once tenías canicas? Bueno... Canicas, GameBoys... A última instancia, es lo mismo :P Pero no vale decirme que no son suyas y no decirme de quién son >.<
Un beso

Héctor Paúl dijo...

¡Que no prohíban las magdalenas, que no son tan malas! ¿Cómo pueden sentar mal?

"cuanto mejor me siento, más torturo a los personajes que invento" <- Debes sentirte estupenda entonces.

Energeia dijo...

Estoy de acuerdo en que las magdalenas están genial xD
Pero Paul, yo no torturo a mis personajes xDD