martes, marzo 30

Para Rubén

Muchas personas se han preguntado cómo es estar realmente solo y muchas más han pensado, en cierto momento de sus vidas, que lo están. Han creído que nada merece ya la pena y se han dejado llevar por el derrotismo, se han jurado no volver a necesitar nada de nadie y le han dado la espalda a la esperanza, deseando ser completamente independientes, completamente individuales… tan independientes e individuales que, movidos por la locura y la ignorancia, han anhelado que todo lo demás dejara de existir. Han soñado, de forma ilusa, que así los problemas desaparecerían. Pero lo que todas esas personas desconocen es que… precisamente cuando por fin uno se queda a solas con su propia conciencia es cuando es imposible desoírla y sus gritos al oído son imposibles de acallar…, puesto que ya no queda ningún otro sonido capaz de ahogarlos.

Dos años y siete meses me había llevado el fabricar aquel sucedáneo de ser humano movido únicamente por una desesperación hasta el momento desconocida para mí y atormentado por la culpabilidad que me robaba el sueño noche tras noche, induciéndome a pensar que hubiera sido mejor atreverme a morir. Aun así, mis manos y mi cerebro habían trabajado febrilmente y sin descanso para crear aquel… ¿qué? ¿Qué era en realidad? Se había convertido en mi obsesión. Estaba cansado de hablar conmigo mismo día sí y día también, estaba harto de buscar en mi interior y encontrar a mi alma muda y sorda, sin nada que decir para aliviar mi sufrimiento. Mi delirio y la insoportable soledad que me acosaba finalmente habían dado sus frutos.

Tenía los párpados cerrados, pero el iris de sus ojos era verde. Del mismo verde que el mar con resaca, pero un poco más oscuro. La nariz era recta y sencilla, y los labios casi escuálidos. El rostro ovalado, de carcasa metálica, reposaba apoyado sobre la pared. El cuerpo, incompleto, yacía inerte en el suelo, como el de una marioneta a la que han dejado sin cuerdas. Mi obra, sin embargo, aún no estaba completa del todo ni lo estaría nunca. Había zonas desnudas que mostraban la vulnerabilidad de circuitos y conexiones, cables de distintos colores que como venas transportaban la energía desde un punto de recepción a otro. La anatomía tecnológica quedaba a la vista, exponiendo la fragilidad de mi criatura. Al contemplarla me sentí poderoso, cercano a la divinidad de los dioses ya extintos. Había tardado casi tres años lo que en otras circunstancias y con recursos hubiera tardado tres meses en construir, pero milagrosamente allí estaba: listo para despertar con sólo apretar un botón.

Lo pulsé. La energía fluyó activando los chips y el corazón artificial, haciéndole abrir los ojos mientras su pupila negra se ajustaba automáticamente a la escasa luz de la habitación. Me miró, y yo le sonreí.

- Hola. Me llamo Kew. ¿Cómo me llamo?
- Kew.- respondió el robot.
- Exacto. Tú te llamas Alma. ¿Cómo te llamas?
- Alma.
- Muy bien. Quiero que veas esto, Alma. Y que no dejes de verlo hasta que lo hayas acabado y aprendido todo.

Y dicho aquello, le coloqué delante mi ordenador portátil con el programa Diccionario encendido. Alma obedeció sin decir nada y clavó los ojos en la pantalla con algo muy semejante a curiosidad. Volví a sonreír y salí de allí.


Alma fue evolucionando según mis predicciones. Lo había dotado de la capacidad de aprender y su mente química y electrónica era como una esponja que todo lo absorbía, ávida de conocimientos. En dos días su edad mental pasó de tres años a treinta con plena madurez. Me hacía compañía y me preguntaba constantemente sobre cualquier cosa que le llamaba la atención… y se sentía atraído por todo. Yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz. Era una emoción extraña a la que no estaba acostumbrado y que me impidió conciliar el sueño la primera noche. Tenía a “alguien” y de momento dejé de sentirme solo. Era maravilloso y me sentía eufórico. Le hablé a Alma de… de infinidad de cosas. De todo lo que se me ocurría. Era el oyente perfecto y todo le parecía interesante, su atención era absolutamente incondicional. Pero había algo de lo que Alma carecía. Era incapaz de sentir. A excepción de la vista y el oído, no tenía ningún otro sentido: ni tacto, si gusto ni olfato. Tampoco tenía sentimientos, aunque había aprendido sobre ellos y era capaz de fingirlos en una reproducción perfecta totalmente convincente. No me interesaba que pudiera sentir; yo me conformaba con aquel preciso engaño del que tan orgulloso me sentía.
Alma, sin embargo, no cesaba de hacer preguntas respecto a los sentimientos y las emociones. Transcurridas las primeras semanas de su existencia aquel asunto se convirtió en una obsesión para él.

- ¿Qué haces, Alma?- le pregunté.

Alma había escalado hasta el alto ventanal de la habitación, por el que se colaba el sol, y se sujetaba con sus brazos metálicos a los bordes de la pared. No se dio la vuelta cuando lo llamé.

- Estaba pensando.
- ¿Sobre qué?
- ¿Si me arrojara al vacío, sería capaz de sentir algo, Kew?
- No. No puedes sentir nada, ya te lo he dicho.
- ¿Y no podrías arreglarlo?
- No.
- Quiero sentir. ¿No es este deseo una emoción?
- No es un deseo. Estás programado para almacenar conocimientos, nada más.
- ¿No hay ninguna solución?

Vacilé. Sí que la había, pero era arriesgado. Alma estaba próximo a un bloqueo de su sistema operativo al no encontrar datos que recabar sobre algo que no podía experimentar ni comprender y aquello también formaba parte de mis previsiones.

- Sí la hay.

Alma se giró para observarme con sus ojos verdes y expresión inmutable en su rostro de facciones fijas.

- ¿Lo dices en serio?
- Sí. Pero debo advertirte. Puede… ocasionar graves daños a tu funcionamiento.
- No me importa.

Claro que no. Suspiré. A mí sí me importaba.
Alma bajó de un ágil salto y aterrizó en el suelo justo a mi lado. Se sentó de piernas cruzadas, como siempre que se disponía a escuchar alguna de mis explicaciones, pero negué con la cabeza y le dije que se pusiera en pie.

- Espera aquí.

No había podido darle a Alma la capacidad de sentir, pero al construirlo le había instalado unos puertos de conexión química que traducía la energía humana a un lenguaje comprensible para él. Los abrí y conecté mi cuerpo al suyo mediante cables y un generador eléctrico de alta potencia. Detuve mi dedo a un segundo de pulsar el botón, asaltado por las dudas. ¿Lo soportaría?

La energía comenzó a fluir. Los sentimientos y emociones diluidos y transformados en el idioma matemático y numérico de las máquinas iban de un extremo a otro del cable, penetrando en la coraza metálica de Alma. Éste se estremeció y al principio, rió. Con un sonido artificial que había copiado después de oírme a mí hacerlo. Pero después agachó el cuello y se sujetó la cabeza con las manos, balanceándose hacia adelante y hacia atrás.

- No, no… ¡Kew!- aulló.- ¡Páralo, detenlo! ¡No! ¡Es horrible, monstruoso, insoportable! ¡NO!

Antes de que pudiera pararlo, Alma se arrancó las conexiones desactivando los puertos con brusquedad, tirando de los cables con ira. Y saltó, trepando por las paredes como un insecto asustado hasta alcanzar la ventana. Allí se detuvo apenas un instante antes de arrojarse al vacío sin un solo grito y tras unos segundos escuché cómo mi creación se hacía añicos contra el asfalto.

Pasaron los minutos sin que mi cuerpo fuera capaz de reaccionar. Alma había sido un recipiente de las peores experiencias de mi vida, de todos mis anhelos y miedos, de todos mis deseos y esperanzas, de toda mi desesperación. El hecho de compartirlos no los había hecho menguar ni desaparecer, pero… ahora parecían menos pesados que antes. Levanté la mirada y observé el retazo de cielo azul que se observaba a través del alto ventanal.

Tal vez fuera hora de dejar de darle la espalda al resto del mundo.

jueves, marzo 25

Nueva Nadia: Capítulo 12, parte 4

Iluna esbozó una sonrisa maliciosa y tras una reverencia burlona, procedió a las presentaciones. Señaló a Nadia con un movimiento de cabeza.

- Supongo que ya sabrás quién es ella, y si no lo sabes es que tu senilidad se agrava a una velocidad alarmante.

Hiru clavó su aguda mirada en la joven, que se removió incómoda bajo el intenso escrutinio del anciano. Éste acabó por sonreír.

- Aún eres joven, pero está claro que Ärale tiene buen gusto.- comentó, y Nadia se sonrojó.- Me recuerdas a alguien...- añadió, con los ojos entrecerrados. Su sonrisa se trocó en un gesto malévolo.- Claro. Supongo que tiene sentido.
- ¿El qué?- preguntó Nadia, armándose de valor.
- Nada, nada... no me hagas caso.
- Estás más raro de lo normal, Hiru.- observó Iluna.
- Claro que estoy raro. Si no lo estuviera, me sentiría incompleto.- miró a Mielle con picardía.- ¿Y quién es esta otra muchacha tan encantadora?
- No la espantes, por favor.- pidió la rastreadora.- Se llama Mielle, y es una joven que trabajaba en el castillo del hechicero Irio, que posee avanzados conocimientos médicos. El chico es Aldren, aprendiz de Irio, y el yumeko que encontró a Nadia. Y... éste es Garue.

Una chispa de incredulidad brilló en los hundidos ojos del profeta, que rompió a reír en atronadoras carcajadas. Iluna endureció pétreamente su mirada y lo fulminó con ella, retando a Hiru a decir algo al respecto. Puede que el anciano estuviera loco... pero desde luego no era tan estúpido como para atreverse a hacer ningún comentario. Terminó de reír con un ataque de tos y suspiró exageradamente.

- Yo también tengo alguien a quien presentaros.- anunció. Iluna parpadeó asombrada.- Contacté con ella hace unos meses, antes de que Nadia llegara a Nerume y antes, obviamente, de que las ninfas del mar protegieran la isla.
- ¿Has dicho... ella?

La puerta del salón se abrió y alguien envuelto en una larga capa blanca entró en la habitación, sacudiéndose los bajos manchados de barro.

- Había cinco caballos en la puerta, Hiru. Los he metido en el establo... espero que no te importe.

La mujer se dio la vuelta y se bajó la capucha, descubriendo su identidad. Era muy joven y tenía un rostro hermoso de expresión ligeramente soñadora. Su cabello largo y de color castaño rojizo enmarcaba una cara de rasgos delicados y ojos verdiazules. En su frente tenía una tiara plateada coronada por una brillante piedra azul. Sonrió ligeramente.

- Ah. Ya entiendo.- comentó, casi para sí misma.
- Sí.- asintió Iluna.- Hola, Eneise.
- Bienvenidos.- dijo ella, con un gesto de cabeza.- Siempre me dicen que me conservo estupendamente, pero tú tampoco lo haces mal... Xisel.
- Me alivia saber que cuento con la aprobación de los dioses, ya que los reyes no quieren darme la suya.- rió, y abrazó a la mujer de la capa blanca afectuosamente.

Nadia, que no entendía absolutamente nada, se dio la vuelta y vio que tanto Aldren, Mielle como Garue observaban a la recién llegada con perplejidad.

- Creo que alguien desconoce la identidad de Eneise.- comentó Hiru, entonces.
- Eneise es la suma sacerdotisa de la diosa Kuana de Banule.- informó la rastreadora.- Una de los diez ninpous que invocaron a Oryen, el dragón.

Nadia, con la boca abierta y los ojos como platos, no pudo evitar contemplar a aquella mujer con veneración. En aquel instante, la fabulosa historia que Iluna le había contado en Noorod dejó de ser ficción para convertirse en una realidad tangible. Delante de ella tenía una prueba física, una testigo de que todo aquello sucedió de verdad, una persona de carne y hueso que había sobrevivido al mito y a la leyenda. Ella lo había visto todo, y podía contárselo. Podría darle un sólido testimonio de lo sucedido hace trescientos años. Hiru se puso en pie.

- Me alegra tenerte aquí por fin sana y salva, Nadia.- dijo.- Y a todos los demás, que sois también bienvenidos. Mañana, con las mentes y los cuerpos descansados, hablaremos de cosas más serias. Xisel os dirá donde alojaros. No tengo muchas habitaciones libres, así que tendréis que conformaros con lo que hay. Buenas noches.

Antes de que pudiera oponerse, Iluna la empujó escaleras arriba. Tenía muchos interrogantes y la cabeza atestada de datos inconexos.

- Iluna...
- No, Nadia, ahora no. Las preguntas mañana. Ahora descansa, ¿me has oído?

martes, marzo 23

Vuelve a vivir

Kinàh supo, nada más ver el nuevo sol de aquel otro día, que pasaría algo importante.

El simple hecho de tener aquel presentimiento asentado en sus entrañas era una primera e irrefutable señal. Como una mancha, o una semilla, que empezaba a hundir sus raíces en lo que quedaba de su alma insensible y adormecida.

Abandonó los tejados mientras la pálida luz del sol invernal disipaba el rastro de las estrellas y se derramaba por los canalones hasta el suelo, salpicando a las ventanas. En su descenso se cruzó con varios rostros familiares a los que ignoró deliberadamente, de camino a las vacías avenidas que no tardarían en empezar a llenarse de gente.

Aquel cosquilleo inquieto la preocupaba. Se retorció las manos, nerviosa, y se maldijo a sí misma. ¿Por qué estaba nerviosa e inquieta? ¿Cómo podía ser posible? Tampoco comprendía el impulso que la había llevado a dejar las alturas de la ciudad para adentrarse en las calles. Pronto aparecerían los humanos, atosigándola con sus siluetas grises y sus frenéticos y parpadeantes corazones. Era absurdo. ¿Por qué no se escapaba de allí antes de que eso ocurriera? Miró con añoranza los tejados, pero siguió con los pies clavados en el suelo. Sacudió la cabeza, enfadada. ¿Añoranza? ¿Por qué le daba la sensación de que jamás iba a pisar uno de ellos de nuevo?

La estúpida idea de que tal vez estaba enferma se le pasó por la cabeza, pero eso también era completamente imposible. Una extraña calidez le ardía en las yemas de los dedos, normalmente tan fríos como el hielo. Miedo. Sentía el miedo trepándole desde el estómago, a través de la garganta, hasta las mejillas y los ojos, que le picaban. Se los rascó con las manos, notando una desconocida (¿u olvidada?) presión en el pecho. Miró desesperadamente a su alrededor en busca de ayuda, pero estaba absolutamente sola.

Le dolía; aquella presión en el pecho era muy dolorosa. Se abrasaba por dentro. Gritó... pero de su boca no salió ningún sonido. Su garganta se estrechaba, cada vez más, asfixiándola. ¡Pero aquello no tenía sentido! ¿Cómo iba a asfixiarse, si no tenía ninguna necesidad de respirar? Todos los miembros de su cuerpo ardían, y las emociones, poderosas e hirientes, se agolpaban en su interior, ahogándola con su intensidad. Se llevó las manos al cuello, apretándolo. Quería que parase, quería dejar de sentir. Una sombra gris salió del portal de un edificio. Kinàh sabía que debía escapar rápidamente, pero le era imposible moverse y tan sólo pudo observar, aterrada, a la difuminada figura que se detuvo junto a los escalones. Parecía que la estaba mirando.

Kinàh se miró las manos y vio que estaban perdiendo trasparencia. Su cuerpo, su esencia, se estaba solidificando de nuevo. Su alma era una llama. Una llama que en aquel cúlmen del dolor explotó, devolviéndole el aliento. Algo estalló dentro de su pecho . Las lágrimas acariciaron sus ardientes mejillas, su corazón latía a toda velocidad, el mundo hasta ahora invisible para ella se hizo visible súbitamente, incluyéndola a ella también como algo más que un espectro gris y solitario. Alzó los ojos y vio a un joven que la miraba con los ojos abiertos de par en par.

Había vuelto a la vida.





Nueva Nadia: Capítulo 12, parte 3

Les llevó tres días llegar al valle. Tal como Iluna les había advertido, el camino fue duro y difícil. El lecho del Synn discurría por una zanja pronunciada que discurría entre las colinas, punteadas de altos abetos que les sirvieron como encondrijo y refugio para dormir. El hecho de que algunas ciudades estuvieran ubicadas muy próximas al río les obligó a esperar a la caída de la noche para bordearlas, pero aparte de aquel pequeño inconveniente no sufrieron ningún retraso ni se toparon con nadie. A pesar de que la remontada del Synn le costó sudores a Nadia, el bonito paisaje, el musical ruido del río y el cantar de las numerosas bandadas de pájaros que sobrevolaban sus cabezas o se posaban en las ramas lo hicieron llevadero y entretenido.

Durante el viaje se llevó a cabo un significativo cambio que no pasó desapercibido para nadie: Iluna y Garue parecían haber enterrado por fin el hacha de guerra. Seguían insultándose de vez en cuando, por supuesto, pero aquellas palabras hirientes no eran más que un reflejo automático y no algo con lo que pretendieran hacerse daño verdaderamente. Aunque ninguno de los dos lo reconociera jamás, ambos formaban un equipo formidable con el que Nadia estaba muy agradecida de poder contar.

En la noche de la última jornada alcazaron por fin el valle, una profunda hondonada en la tierra cercada por hileras de puntiagudas montañas aún coronadas de nieve. El Lago Espejo, del que Mielle le había hablado, se divisaba en el centro del valle. Y un único vistazo le bastó a Nadia para comprender porqué lo llamaban así. A pesar del viento frío que soplaba, la superficie del lago se mantenía lisa e inmutable, reflejado con tanta precisión cada una de las estrellas del cielo que parecía estar hecho de cristal y no de agua. Era una visión tan maravillosa que sin advertirlo, Nadia contuvo la respiración. Iluna se acercó a ella y le dijo en un murmullo:

- Bonito, ¿verdad?
- Ojalá tuviera mi cámara de fotos.- suspiró ella.

Llevaron a sus cansados animales hasta un caserón que había a la orilla del lago, que tenía las ventanas iluminadas y de cuya chimenea escapaba una delgada columna de humo que se disipaba lentamente. El hogar del profeta era enorme. Contaba, además de con el edificio principal, con un gran huerto cubierto y un granero que hacía las veces de establo y almacén. Se apearon de los caballos y los ataron a un poste que había junto a la entrada, bajo un saliente del tejado, y subieron los escalones. Iluna llamó a la puerta seguidamente y aguardaron.

No tardaron apenas tres segundos en ser recibidos, y la puerta se abrió con ímpetu mostrando a un anciano de corta estatura, delgado, con poco pelo en su redonda cabeza y una barba veteada de plata. Sus ojos estaban hundidos y eran casi negros, y entre ellos sobresalía una nariz afilada que no hacía juego con la barbilla prominente. Los estudió atentamente a cada uno de ellos con una mirada desconfiada y expresión de profundo disgusto bajo sus pobladas cejas. Señaló a Iluna con un dedo acusador.

- Llegáis tarde, muy, muy tarde. ¿Se puede saber qué diablos habéis estado haciendo?
- ¿Llegamos acaso en mal momento?- preguntó la rastreadora, haciéndose la inocente.- Porque si es así, podemos volver mañana.
- Deja tus comentarios ingeniosos para otro, Xisel. A mí no me divierten.
- Claro, Hiru.
- ¡Y no te atrevas a ser condescendiente conmigo!
- Vale, vale. ¿Nos dejas pasar o no?

Sin parar de maldecir en al menos una docena de idiomas distintos e incomprensibles, Hiru se hizo a un lado para dejarles entrar.

La primera impresión que Nadia tuvo sobre el profeta no fue muy halagadora para éste. Había escuchado que todo el mundo lo tomaba por un viejo loco chiflado y lo cierto era que interpretaba el papel a las mil maravillas. Sólo el respeto que Iluna sentía hacia él hizo que la muchacha no se apresurara a menospreciar al hombrecillo. A través de un pasillo llegaron a un amplio salón con varios sofás y butacas alrededor de una mesa baja. El suelo de madera estaba cubierto por una gruesa alfombra azul y en un extremo, dentro de una gran chimenea de piedra, chisporroteaba un cálido fuego. El grupo se arrimó y todos extendieron las manos para calentárselas.

- ¿No tienes algo de beber a mano?- preguntó Iluna.- Fuera hace mucho frío y agradecería un trago para entrar en calor.
- ¿Aún no has dejado de beber, Xisel?- replicó Hiru con acritud.- No es un vicio recomendable en una dama... aunque tú no te esfuerces demasiado por demostrar que lo eres.
- ¿Otro de tus ataques de senilidad, viejo?- inquirió ella con frialdad.- Anda, sé bueno y dame una jarra de cerveza. O de vino, me da igual.
- Prefiero no hacerlo. Tengo el sueño ligero y difícilmente podré dormir si estás cantando a voz en grito. Las letras no son malas, pero desafinas mucho cuando estás borracha.
- Pues creo recordar que fuiste tú quien me enseñó tanto las letras como la entonación.- contraatacó ella.- Gracias a los dioses que yo no adquirí el deplorable hábito de pervertir a muchachas inocentes.- Hiru palideció por unos segundos antes de ruborizarse ligeramente.- ¿Quieres seguir jugando, Hiru? Estás perdiendo ingenio.
- Cierra el pico, Xisel, y preséntame a mis invitados.

lunes, marzo 22

¿Cómo es la oscuridad?

[Imagen por alicia-chan]

- ¿Cómo es la oscuridad?
- Negra y absoluta.
- No sé qué color es el negro.
- Es oscuro.
- Sí... pero yo no sé lo que es la oscuridad. Siempre estoy rodeada de luz porque yo misma soy luz.

El chico hizo una mueca mientras fruncía el ceño y se llevaba un dedo a los labios, esforzándose en encontrar las palabras adecuadas.

- La oscuridad es... intangible. Aunque a veces parece que tiene textura. Una textura aterciopelada que te envuelve. No tiene profundidad ni límites. Parece que no tiene ni principio ni final. Lo devora todo y se suele asociar a los peligros, a la soledad, a la tristeza y a la muerte.
- Entonces... ¿sabré lo que es la oscuridad el día en que muera?
- Probablemente.
- Pero yo no sé si moriré algún día. Mi único objetivo es seguir brillando.
- Pues brilla.
- Estoy cansada de brillar.- el diminuto espíritu de fuego se miró las palmas de las manos, como si las viera por primera vez. Su cabello incandescente ondeaba sinuosamente.- Quiero hacer algo más.

El muchacho no le contestó; no sabía qué más decirle ni cómo consolarla. Ella levantó su carita anaranjada y le miró suplicante con ojos ardientes.

- Tú... si te lo pidiera... ¿me apagarías?

viernes, marzo 19

Nueva Nadia: Capítulo 12, parte 2

El ruido de cazos y el delicioso olor a salchichas y pan tostado la arrancó del sueño con un brusco tirón. Giró entre las mantas, se desperezó con un quejido ahogado y se sentó, luchando por vencer a la somnolencia que le cerraba los párpados en contra de su voluntad. Estaba sola y las camas de las demás permanecían ya dobladas y apiladas en una esquina de la tienda. Desde fuera, aparte del crepitar del fuego, se oía a alguien cantar una canción. Bostezó, se estiró una vez más, y extendió un brazo para coger la ropa y vestirse.

Junto a la hoguera chisporroteante era Mielle, con el largo cabello castaño y rizado recogido en una alta coleta, la que cocinaba el desayuno mientras canturreaba entre dientes. A su lado, Iluna y Garue daban buena cuenta de varias salchichas, lonchas de panceta y pan, mientras charlaban con un extraño buen humor muy poco habitual en ellos. Nadia se acercó y se sentó cerca del fuego, sobre una piedra un tanto incómoda para su trasero. Buscó a Aldren con la mirada, pero no lo encontró. Las demás tiendas estaban ya recogidas y empaquetadas. Mielle se dio la vuelta y le tendió un plato con salchichas, panceta y un cuenco de gachas de avena.

- ¡Buenos días!
- Buenos días. ¿Y Aldren?
- Ha ido a la ciudad para conseguirnos unos caballos.- respondió Garue, sin dejar de masticar.
- ¿Caballos?
- Tardaríamos bastante si fuéramos a pie. El camino es duro, el lago está en un valle en lo alto del monte.- explicó Iluna.- Y tener caballos siempre es útil, tanto para viajar como para transportar las provisiones.
- El único inconveniente es que Aldren ne destaca precisamente por su habilidad como regateador.- comentó Mielle, despreocupadamente.- Seguramente pagará más por ellos de lo que en realidad valgan.

Garue levantó la mirada con un gemido estrangulado.

Aldren regresó cuando habían terminado de levantar el campamento y apagado la fogata. El muchacho, que sudaba y resoplaba continuamente, llevaba consigo cinco caballos inquietos.

- Menudo camino me han dado.- se quejó, con un bufido, soltándolos.

Garue lo miró con disimulo.

- ¿Y el dinero que ha sobrado?

Aldren sacó la bolsa de cuero y se la lanzó al rastreador, quien tras cogerla al vuelo y mirar en el interior, se alejó maldiciendo entre dientes. Nadia se acercó a Iluna, que cargaba las provisiones y las tiendas sobre los animales, y los examinó a cada uno con atención.

- Yo quiero ese.- dijo al fin, señalando a uno de un precioso color canela.
- Está bien.- sonrió la ninpou.- Pero no te encariñes demasiado con él, ¿vale? No es una mascota.

Una vez que estuvieron listos se pusieron en marcha y salieron del bosquecillo por un sendero de leñadores que los rastreadores habían descubierto la noche anterior. Éste desembocaba en lo alto de una colina cubierta por una extensa alfombra de hierba que comenzaba a verdear, bajo un cielo a franjas azules y blancas. La brisa traía consigo el olor a primavera como una señal de buenos presagios.

- ¿Qué camino deberíamos seguir para llegar al valle lo antes posible?- preguntó Iluna, para sí misma.
- ¿No deberíamos seguir el río?- sugirió Mielle.- El Synn sale del lago.
- Cierto.- asintió Iluna.- Resulta útil tenerte cerca, Mielle.

La joven sonrió ampliamente y fue la primera en espolear su caballo ladera abajo.

jueves, marzo 18

Summer Wars

Summer Wars es la nueva y esperada película del estudio Madhouse, dirigida por Mamoru Hosoda (creador también de "Toki wo kakeru shoujo", la chica que saltaba a través del tiempo). Como colaboradores tenemos a Yoshiyuki Sadamoto, a cargo del diseño de personajes, a Okudera Satoko como guionista y al famoso músico y escritor japonés Tatsurō Yamashita, encargado del tema principal de la producción.

Kenji es un joven genio matemático que, durante las vacaciones de verano se ve envuelto en un lío. Para empezar, su amiga del instituto, Natsuki, le ofrece un trabajo: tiene que acompañarla a Ueda, a su residencia familiar. Su abuela va a cumplir noventa años y van a celebrar una gran fiesta. Sin embargo, al llegar allí, Natsuki lo presenta como su novio delante de toda la familia y le pide por favor que interprete bien el papel.
La misma noche de su llegada, Kenji recibe un extraño mensaje con un código numérico que se apresura a desentrañar. A la mañana siguiente, su cara aparece en las noticias y se le acusa de ser el responsable del hackeo del mundo virtual Oz... lo cual provocará una crisis mundial de graves y serias consecuencias.
¿Cómo se las apañará Kenji para detener la inminente catástrofe?

Me ha gustado mucho la película. La animación, los personajes y el argumento, que es muy original. Dura aproximadamente dos horas, pero no se hace nada larga. De hecho, me ha dado pena que se acabase. Se la recomiendo a todo el mundo sin lugar a dudas.