martes, marzo 23

Nueva Nadia: Capítulo 12, parte 3

Les llevó tres días llegar al valle. Tal como Iluna les había advertido, el camino fue duro y difícil. El lecho del Synn discurría por una zanja pronunciada que discurría entre las colinas, punteadas de altos abetos que les sirvieron como encondrijo y refugio para dormir. El hecho de que algunas ciudades estuvieran ubicadas muy próximas al río les obligó a esperar a la caída de la noche para bordearlas, pero aparte de aquel pequeño inconveniente no sufrieron ningún retraso ni se toparon con nadie. A pesar de que la remontada del Synn le costó sudores a Nadia, el bonito paisaje, el musical ruido del río y el cantar de las numerosas bandadas de pájaros que sobrevolaban sus cabezas o se posaban en las ramas lo hicieron llevadero y entretenido.

Durante el viaje se llevó a cabo un significativo cambio que no pasó desapercibido para nadie: Iluna y Garue parecían haber enterrado por fin el hacha de guerra. Seguían insultándose de vez en cuando, por supuesto, pero aquellas palabras hirientes no eran más que un reflejo automático y no algo con lo que pretendieran hacerse daño verdaderamente. Aunque ninguno de los dos lo reconociera jamás, ambos formaban un equipo formidable con el que Nadia estaba muy agradecida de poder contar.

En la noche de la última jornada alcazaron por fin el valle, una profunda hondonada en la tierra cercada por hileras de puntiagudas montañas aún coronadas de nieve. El Lago Espejo, del que Mielle le había hablado, se divisaba en el centro del valle. Y un único vistazo le bastó a Nadia para comprender porqué lo llamaban así. A pesar del viento frío que soplaba, la superficie del lago se mantenía lisa e inmutable, reflejado con tanta precisión cada una de las estrellas del cielo que parecía estar hecho de cristal y no de agua. Era una visión tan maravillosa que sin advertirlo, Nadia contuvo la respiración. Iluna se acercó a ella y le dijo en un murmullo:

- Bonito, ¿verdad?
- Ojalá tuviera mi cámara de fotos.- suspiró ella.

Llevaron a sus cansados animales hasta un caserón que había a la orilla del lago, que tenía las ventanas iluminadas y de cuya chimenea escapaba una delgada columna de humo que se disipaba lentamente. El hogar del profeta era enorme. Contaba, además de con el edificio principal, con un gran huerto cubierto y un granero que hacía las veces de establo y almacén. Se apearon de los caballos y los ataron a un poste que había junto a la entrada, bajo un saliente del tejado, y subieron los escalones. Iluna llamó a la puerta seguidamente y aguardaron.

No tardaron apenas tres segundos en ser recibidos, y la puerta se abrió con ímpetu mostrando a un anciano de corta estatura, delgado, con poco pelo en su redonda cabeza y una barba veteada de plata. Sus ojos estaban hundidos y eran casi negros, y entre ellos sobresalía una nariz afilada que no hacía juego con la barbilla prominente. Los estudió atentamente a cada uno de ellos con una mirada desconfiada y expresión de profundo disgusto bajo sus pobladas cejas. Señaló a Iluna con un dedo acusador.

- Llegáis tarde, muy, muy tarde. ¿Se puede saber qué diablos habéis estado haciendo?
- ¿Llegamos acaso en mal momento?- preguntó la rastreadora, haciéndose la inocente.- Porque si es así, podemos volver mañana.
- Deja tus comentarios ingeniosos para otro, Xisel. A mí no me divierten.
- Claro, Hiru.
- ¡Y no te atrevas a ser condescendiente conmigo!
- Vale, vale. ¿Nos dejas pasar o no?

Sin parar de maldecir en al menos una docena de idiomas distintos e incomprensibles, Hiru se hizo a un lado para dejarles entrar.

La primera impresión que Nadia tuvo sobre el profeta no fue muy halagadora para éste. Había escuchado que todo el mundo lo tomaba por un viejo loco chiflado y lo cierto era que interpretaba el papel a las mil maravillas. Sólo el respeto que Iluna sentía hacia él hizo que la muchacha no se apresurara a menospreciar al hombrecillo. A través de un pasillo llegaron a un amplio salón con varios sofás y butacas alrededor de una mesa baja. El suelo de madera estaba cubierto por una gruesa alfombra azul y en un extremo, dentro de una gran chimenea de piedra, chisporroteaba un cálido fuego. El grupo se arrimó y todos extendieron las manos para calentárselas.

- ¿No tienes algo de beber a mano?- preguntó Iluna.- Fuera hace mucho frío y agradecería un trago para entrar en calor.
- ¿Aún no has dejado de beber, Xisel?- replicó Hiru con acritud.- No es un vicio recomendable en una dama... aunque tú no te esfuerces demasiado por demostrar que lo eres.
- ¿Otro de tus ataques de senilidad, viejo?- inquirió ella con frialdad.- Anda, sé bueno y dame una jarra de cerveza. O de vino, me da igual.
- Prefiero no hacerlo. Tengo el sueño ligero y difícilmente podré dormir si estás cantando a voz en grito. Las letras no son malas, pero desafinas mucho cuando estás borracha.
- Pues creo recordar que fuiste tú quien me enseñó tanto las letras como la entonación.- contraatacó ella.- Gracias a los dioses que yo no adquirí el deplorable hábito de pervertir a muchachas inocentes.- Hiru palideció por unos segundos antes de ruborizarse ligeramente.- ¿Quieres seguir jugando, Hiru? Estás perdiendo ingenio.
- Cierra el pico, Xisel, y preséntame a mis invitados.

1 comentario:

Carlos dijo...

Menuda pieza el profeta, sí que tiene pinta de loco. Yo, por lo menos, no me lo tomaría en serio, así que entiendo que no lo hiciesen los otros antes xD
Aunque bueno, ya veremos si realmente se merece el respeto que le tiene Iluna ^^
Un beso!