martes, marzo 23

Vuelve a vivir

Kinàh supo, nada más ver el nuevo sol de aquel otro día, que pasaría algo importante.

El simple hecho de tener aquel presentimiento asentado en sus entrañas era una primera e irrefutable señal. Como una mancha, o una semilla, que empezaba a hundir sus raíces en lo que quedaba de su alma insensible y adormecida.

Abandonó los tejados mientras la pálida luz del sol invernal disipaba el rastro de las estrellas y se derramaba por los canalones hasta el suelo, salpicando a las ventanas. En su descenso se cruzó con varios rostros familiares a los que ignoró deliberadamente, de camino a las vacías avenidas que no tardarían en empezar a llenarse de gente.

Aquel cosquilleo inquieto la preocupaba. Se retorció las manos, nerviosa, y se maldijo a sí misma. ¿Por qué estaba nerviosa e inquieta? ¿Cómo podía ser posible? Tampoco comprendía el impulso que la había llevado a dejar las alturas de la ciudad para adentrarse en las calles. Pronto aparecerían los humanos, atosigándola con sus siluetas grises y sus frenéticos y parpadeantes corazones. Era absurdo. ¿Por qué no se escapaba de allí antes de que eso ocurriera? Miró con añoranza los tejados, pero siguió con los pies clavados en el suelo. Sacudió la cabeza, enfadada. ¿Añoranza? ¿Por qué le daba la sensación de que jamás iba a pisar uno de ellos de nuevo?

La estúpida idea de que tal vez estaba enferma se le pasó por la cabeza, pero eso también era completamente imposible. Una extraña calidez le ardía en las yemas de los dedos, normalmente tan fríos como el hielo. Miedo. Sentía el miedo trepándole desde el estómago, a través de la garganta, hasta las mejillas y los ojos, que le picaban. Se los rascó con las manos, notando una desconocida (¿u olvidada?) presión en el pecho. Miró desesperadamente a su alrededor en busca de ayuda, pero estaba absolutamente sola.

Le dolía; aquella presión en el pecho era muy dolorosa. Se abrasaba por dentro. Gritó... pero de su boca no salió ningún sonido. Su garganta se estrechaba, cada vez más, asfixiándola. ¡Pero aquello no tenía sentido! ¿Cómo iba a asfixiarse, si no tenía ninguna necesidad de respirar? Todos los miembros de su cuerpo ardían, y las emociones, poderosas e hirientes, se agolpaban en su interior, ahogándola con su intensidad. Se llevó las manos al cuello, apretándolo. Quería que parase, quería dejar de sentir. Una sombra gris salió del portal de un edificio. Kinàh sabía que debía escapar rápidamente, pero le era imposible moverse y tan sólo pudo observar, aterrada, a la difuminada figura que se detuvo junto a los escalones. Parecía que la estaba mirando.

Kinàh se miró las manos y vio que estaban perdiendo trasparencia. Su cuerpo, su esencia, se estaba solidificando de nuevo. Su alma era una llama. Una llama que en aquel cúlmen del dolor explotó, devolviéndole el aliento. Algo estalló dentro de su pecho . Las lágrimas acariciaron sus ardientes mejillas, su corazón latía a toda velocidad, el mundo hasta ahora invisible para ella se hizo visible súbitamente, incluyéndola a ella también como algo más que un espectro gris y solitario. Alzó los ojos y vio a un joven que la miraba con los ojos abiertos de par en par.

Había vuelto a la vida.





1 comentario:

Carlos dijo...

¿Quién dijo que volver a la vida era siempre por algo bello y hermoso? El dolor mismo es capaz de hacer despertar un corazón apagado...
Dios, no sé cómo lo haces, pero tienes un modo de mostrar las cosas desde un punto de vista tan particular y poco extendido que me encanta.
Un beso