martes, marzo 30

Para Rubén

Muchas personas se han preguntado cómo es estar realmente solo y muchas más han pensado, en cierto momento de sus vidas, que lo están. Han creído que nada merece ya la pena y se han dejado llevar por el derrotismo, se han jurado no volver a necesitar nada de nadie y le han dado la espalda a la esperanza, deseando ser completamente independientes, completamente individuales… tan independientes e individuales que, movidos por la locura y la ignorancia, han anhelado que todo lo demás dejara de existir. Han soñado, de forma ilusa, que así los problemas desaparecerían. Pero lo que todas esas personas desconocen es que… precisamente cuando por fin uno se queda a solas con su propia conciencia es cuando es imposible desoírla y sus gritos al oído son imposibles de acallar…, puesto que ya no queda ningún otro sonido capaz de ahogarlos.

Dos años y siete meses me había llevado el fabricar aquel sucedáneo de ser humano movido únicamente por una desesperación hasta el momento desconocida para mí y atormentado por la culpabilidad que me robaba el sueño noche tras noche, induciéndome a pensar que hubiera sido mejor atreverme a morir. Aun así, mis manos y mi cerebro habían trabajado febrilmente y sin descanso para crear aquel… ¿qué? ¿Qué era en realidad? Se había convertido en mi obsesión. Estaba cansado de hablar conmigo mismo día sí y día también, estaba harto de buscar en mi interior y encontrar a mi alma muda y sorda, sin nada que decir para aliviar mi sufrimiento. Mi delirio y la insoportable soledad que me acosaba finalmente habían dado sus frutos.

Tenía los párpados cerrados, pero el iris de sus ojos era verde. Del mismo verde que el mar con resaca, pero un poco más oscuro. La nariz era recta y sencilla, y los labios casi escuálidos. El rostro ovalado, de carcasa metálica, reposaba apoyado sobre la pared. El cuerpo, incompleto, yacía inerte en el suelo, como el de una marioneta a la que han dejado sin cuerdas. Mi obra, sin embargo, aún no estaba completa del todo ni lo estaría nunca. Había zonas desnudas que mostraban la vulnerabilidad de circuitos y conexiones, cables de distintos colores que como venas transportaban la energía desde un punto de recepción a otro. La anatomía tecnológica quedaba a la vista, exponiendo la fragilidad de mi criatura. Al contemplarla me sentí poderoso, cercano a la divinidad de los dioses ya extintos. Había tardado casi tres años lo que en otras circunstancias y con recursos hubiera tardado tres meses en construir, pero milagrosamente allí estaba: listo para despertar con sólo apretar un botón.

Lo pulsé. La energía fluyó activando los chips y el corazón artificial, haciéndole abrir los ojos mientras su pupila negra se ajustaba automáticamente a la escasa luz de la habitación. Me miró, y yo le sonreí.

- Hola. Me llamo Kew. ¿Cómo me llamo?
- Kew.- respondió el robot.
- Exacto. Tú te llamas Alma. ¿Cómo te llamas?
- Alma.
- Muy bien. Quiero que veas esto, Alma. Y que no dejes de verlo hasta que lo hayas acabado y aprendido todo.

Y dicho aquello, le coloqué delante mi ordenador portátil con el programa Diccionario encendido. Alma obedeció sin decir nada y clavó los ojos en la pantalla con algo muy semejante a curiosidad. Volví a sonreír y salí de allí.


Alma fue evolucionando según mis predicciones. Lo había dotado de la capacidad de aprender y su mente química y electrónica era como una esponja que todo lo absorbía, ávida de conocimientos. En dos días su edad mental pasó de tres años a treinta con plena madurez. Me hacía compañía y me preguntaba constantemente sobre cualquier cosa que le llamaba la atención… y se sentía atraído por todo. Yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz. Era una emoción extraña a la que no estaba acostumbrado y que me impidió conciliar el sueño la primera noche. Tenía a “alguien” y de momento dejé de sentirme solo. Era maravilloso y me sentía eufórico. Le hablé a Alma de… de infinidad de cosas. De todo lo que se me ocurría. Era el oyente perfecto y todo le parecía interesante, su atención era absolutamente incondicional. Pero había algo de lo que Alma carecía. Era incapaz de sentir. A excepción de la vista y el oído, no tenía ningún otro sentido: ni tacto, si gusto ni olfato. Tampoco tenía sentimientos, aunque había aprendido sobre ellos y era capaz de fingirlos en una reproducción perfecta totalmente convincente. No me interesaba que pudiera sentir; yo me conformaba con aquel preciso engaño del que tan orgulloso me sentía.
Alma, sin embargo, no cesaba de hacer preguntas respecto a los sentimientos y las emociones. Transcurridas las primeras semanas de su existencia aquel asunto se convirtió en una obsesión para él.

- ¿Qué haces, Alma?- le pregunté.

Alma había escalado hasta el alto ventanal de la habitación, por el que se colaba el sol, y se sujetaba con sus brazos metálicos a los bordes de la pared. No se dio la vuelta cuando lo llamé.

- Estaba pensando.
- ¿Sobre qué?
- ¿Si me arrojara al vacío, sería capaz de sentir algo, Kew?
- No. No puedes sentir nada, ya te lo he dicho.
- ¿Y no podrías arreglarlo?
- No.
- Quiero sentir. ¿No es este deseo una emoción?
- No es un deseo. Estás programado para almacenar conocimientos, nada más.
- ¿No hay ninguna solución?

Vacilé. Sí que la había, pero era arriesgado. Alma estaba próximo a un bloqueo de su sistema operativo al no encontrar datos que recabar sobre algo que no podía experimentar ni comprender y aquello también formaba parte de mis previsiones.

- Sí la hay.

Alma se giró para observarme con sus ojos verdes y expresión inmutable en su rostro de facciones fijas.

- ¿Lo dices en serio?
- Sí. Pero debo advertirte. Puede… ocasionar graves daños a tu funcionamiento.
- No me importa.

Claro que no. Suspiré. A mí sí me importaba.
Alma bajó de un ágil salto y aterrizó en el suelo justo a mi lado. Se sentó de piernas cruzadas, como siempre que se disponía a escuchar alguna de mis explicaciones, pero negué con la cabeza y le dije que se pusiera en pie.

- Espera aquí.

No había podido darle a Alma la capacidad de sentir, pero al construirlo le había instalado unos puertos de conexión química que traducía la energía humana a un lenguaje comprensible para él. Los abrí y conecté mi cuerpo al suyo mediante cables y un generador eléctrico de alta potencia. Detuve mi dedo a un segundo de pulsar el botón, asaltado por las dudas. ¿Lo soportaría?

La energía comenzó a fluir. Los sentimientos y emociones diluidos y transformados en el idioma matemático y numérico de las máquinas iban de un extremo a otro del cable, penetrando en la coraza metálica de Alma. Éste se estremeció y al principio, rió. Con un sonido artificial que había copiado después de oírme a mí hacerlo. Pero después agachó el cuello y se sujetó la cabeza con las manos, balanceándose hacia adelante y hacia atrás.

- No, no… ¡Kew!- aulló.- ¡Páralo, detenlo! ¡No! ¡Es horrible, monstruoso, insoportable! ¡NO!

Antes de que pudiera pararlo, Alma se arrancó las conexiones desactivando los puertos con brusquedad, tirando de los cables con ira. Y saltó, trepando por las paredes como un insecto asustado hasta alcanzar la ventana. Allí se detuvo apenas un instante antes de arrojarse al vacío sin un solo grito y tras unos segundos escuché cómo mi creación se hacía añicos contra el asfalto.

Pasaron los minutos sin que mi cuerpo fuera capaz de reaccionar. Alma había sido un recipiente de las peores experiencias de mi vida, de todos mis anhelos y miedos, de todos mis deseos y esperanzas, de toda mi desesperación. El hecho de compartirlos no los había hecho menguar ni desaparecer, pero… ahora parecían menos pesados que antes. Levanté la mirada y observé el retazo de cielo azul que se observaba a través del alto ventanal.

Tal vez fuera hora de dejar de darle la espalda al resto del mundo.

2 comentarios:

Rubén Mato dijo...

Todas aquellas personas que han tenido una evolución vital un tanto diferente a la del resto de las personas que les rodean han creado, en algún punto de sus vidas, un bichejo como ese.

Un ser vivo o muerto en el que vertir sus más hondas sensaciones. El sueño febril e irreal de un ente capaz de comprender(le), de ayudar(le), de amar(le). La oportunidad de exteriorizar todo aquello que esconden del resto del mundo por miedo a mostrar su verdadero 'yo'.

Pero como Kew, todas aquellas personas que han tenido una evolución vital un tanto diferente al del resto de las personas que les rodean comprenden; al final, que la solución a su anhelo está situada al alcance de su mano. Puede tomar la forma de un teléfono, de un avión, de un teclado, de una mano, de un beso... o de una Nadia.

Comprenden que no es necesario realizar suntuosos y extravagantes genios de la lámpara para hacer algo tan sencillo como hablar.

Una vez comprenden qué es lo que les hace falta, la vida comienza a ser un paraíso de sueños cumplidos que no parece tener fin...

Carlos dijo...

A pesar de ser tan improbable, es una historia extrañamente realista. No sé cómo lo haces, pero te ha quedado perfecto.
Espero que disfrutes las vacaciones, y que vuelvas con las inspiración al máximo :)
Un besazo