La falta de luz lo cambia todo, y a pesar de haber viajado decenas de veces por aquella carretera, la noche parecía haber alterado su recorrido y el paisaje que lo acompañaba. El aire acondicionado del autobús me ponía la piel de gallina, la música que sonaba a través de los auriculares me erizaba el vello de todo el cuerpo y los sobresaltos al no reconocer algunas curvas del asfalto hacían que mi corazón latiera más deprisa durante unos segundos. El reflejo de lo que se veía por el cristal del lado contrario se mezclaba con las imágenes que desfilaban detrás de mi propia ventana, fundiéndose las montañas de un lado con las del otro y creando relieves híbridos entre lo fantasmagórico y lo real. Los puentes, que nunca me habían inspirado el más leve temor, se me antojaban poco más que finas cuerdas interminables sobre pozos de oscuridad abisal que aguardaban silenciosamente a capturar víctimas despistadas con mandíbulas gigantes. El cielo no tenía luna que lo iluminara; el agua de la presa no brillaba como un espejo para el sol, sino que permanecía inmóvil y gris, desposeída de toda su vitalidad. Las montañas negras parecían enormes monstruos dormidos, y los picos de los montes dibujaban perfiles de caras inexistentes contemplando el cielo en soledad, buscando las estrellas perdidas de aquella noche que había transmutado el familiar trayecto en una travesía por tierras desconocidas. Las luces de casas y farolas se agrupaban unas cercas de otras aunando las edificaciones que conformaban pueblos y ciudades. En el negro reinante más allá de la tenue iluminación del autobús, parecían cambiar de tamaño y delataban los hogares remotos entre la vegetación y la piedra que pasaban desapercibidos a plena luz del día, resplandeciendo como fulgores extraviados.
La ausencia de luz también cambiaba el paso del tiempo, ya que cuando pensé, asustada, que el autobús se desviaba de su camino, me di cuenta de que había llegado a su destino antes de lo que mi reloj interno había calculado. Otro reloj, situado en mi pecho y ligeramente a la izquierda, contaba las horas de forma completamente diferente y totalmente ajena a la luz que le faltaba a la noche. Aunque habían pasado menos de tres desde que nos despedimos en la estación, mi corazón te echaba de menos como si hubieran pasado más de mil.
miércoles, agosto 24
lunes, agosto 15
IASADE -80-
El desahogo del que había sido capaz de disfrutar desde que llegara a Anakage empezaba a disiparse rápidamente sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido, sustituyendo el alivio por una inquietud rayante en la histeria, por una estranguladora sensación que se le había instalado en el estómago atosigándola día y noche, impidiéndole desconectar ni un segundo. La presencia del miedo no le era desconocida: había padecido sus efectos devastadores en ciertos momentos durante su existencia, muy puntuales y siempre pasajeros. Ahora, sin embargo, la horrible emoción había extendido su influencia a través de su cuerpo, expandiéndose como un veneno incurable hasta llegar a su mente y a su corazón fantasma.
Se descubría a sí misma retorciéndose las manos presa de la impaciencia, olfateando el aire en busca de alguna señal que anunciara la inminente llegada de Satzsa, mirando constantemente el calendario y contando los días, reprimiendo las ganas de escapar. No sentía las caricias de Luxor, ni podía prestar atención al sabor de los besos o de la sangre, ni de apreciar el delicioso crujido de huesos o el desgarro de los músculos. Huía de los asesinatos y del placer sexual, y acababa dirigiéndose inconscientemente al taller de Isagi Mio para observar, hipnotizada, cómo el japonés plegaba y doblegaba el acero sobre sí mismo, una y otras vez, forjando la fortaleza de la katana. El hombre no intercambiaba palabra alguna con ella, pero Cassia lo prefería así. Cansada del incesante parloteo del Diablo y de los gritos de sus víctimas, agradecía el silencio roto de aquel lugar oscuro y caliente, el rítmico sonido del martillo contra el metal. Era los únicos instantes en los que lograba encontrar algo de paz.
El humo del tabaco salía por la boca de la botella de whisky vacía, desprendiéndose del cigarro a medio fumar que Luxor había tirado dentro con desgana. Cassia, desnuda e inmóvil sobre el colchón, observaba de forma ausente cómo se consumía lentamente. Hasta quedar reducido a cenizas. ¿Eran también las cenizas su destino...?
- Kinzoku te está buscando.
- ¿Por qué?- preguntó ella, con indiferencia.
- Tus entradas y salidas del taller de Mio le ponen nervioso. Teme que no respetes el trato.
La Nocturna se encogió de hombros. Luxor extendió un brazo hacia ella y le acarició el cuello con las uñas. Cassia cerró los ojos.
- Podrías matarle.- susurró.
- No entra en mis planes.
- Venga ya.- bufó, bajando la mano y pellizcándole un pezón con suavidad.- No me engañas, sé que te tienta.
- Estoy aquí por la espada. Mi objetivo es conseguirla y marcharme, y matar a Kinzoku sólo retrasaría las cosas.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo que por qué? Los Kusari me impedirían ver a Isagi, cancelarían el encargo.
Luxor se echó a reír con desprecio, mirándola como si no diera crédito a lo que estaba escuchando.
- ¿Impedir, cancelar el encargo? Pues mátalos. Nadie puede impedirte nada, estás por encima de ellos, no tienes limitaciones. Tortura a Mio para hacerle cambiar de idea en caso de que se niegue a cooperar, y mátalo también su continúa en sus trece de no hacerlo. No es el único fabricante de espadas ni en este país ni en otros, puedes conseguir un arma en cualquier otra parte.
- No lo haré.
El Diablo apartó su mano de ella como si hubiera sufrido un chispazo eléctrico. A través de sus ojos la observaba con mezcla de incomprensión y asco.
- Cualquiera podría pensar que no deseas hacerlo.
- ¡Di mi palabra de no interferir!
- ¡Eres una condenada!- le gritó él, furioso de repente.- Eres hija del Mal, de la Oscuridad, no tienes alma. La perdiste en tu vida pasada, debido a tus pecados. Pecados sin redención posible que te han condenado a no poder reencarnarte jamás. ¿Y ahora te preocupa el honor? Nosotros no guardamos nuestra palabra ni siquiera entre los nuestros, ¡es impensable tener esa deferencia hacia un mísero humano!
Cassia no contestó. Sabía que Luxor tenía razón, que estaba actuando como una demente, que estaba buscándose ella misma su perdición. Se levantó y se vistió, tensa y lista para salir corriendo. El miedo amenazó con paralizarla mientras pensaba a toda velocidad qué hacer. ¿Luxor se limitaría a repudiarla? ¿Querría eliminarla? ¿Mataría a Mio para evitar que consiguiera la espada? ¿Sería capaz de sobrevivir a una lucha... sin un arma con la que defenderse? El Diablo entrecerró los ojos, mirándola con absoluta repulsión, quieto.
- Me hubiera gustado mantenerte a mi lado, pero no sirves de nada. Te has echado a perder... eres demasiado humana. Es una lástima... pero eres penosa. Sospecho tu debilidad desde hace una semana, así que hice unas cuantas indagaciones... Asztas es un nombre muy poco original para intentar ocultar la verdadera identidad de tu Diablesa, quién por cierto... está de camino hacia aquí. Me he divertido contigo, y aunque me encantaría deshacerme de ti personalmente, creo que prefiero que tu amiguita me deba un favor. Así que mantendré las manos quietas y me limitaré a observar la cacería. Espero que acabe contigo, eres una vergüenza y mereces desaparecer. Lárgate. Ya.
jueves, agosto 11
Apuntes
Soy así de rara, y siento ternura al padecer esta nostalgia crónica que no deja de mover las manecillas de mi reloj interno a su azaroso antojo, reviviendo para mí momentos pasados por los que no puedo evitar sentir una alegre melancolía sin distinción entre buenos o malos recuerdos.
Hay veces en las que, si permanezco lo suficientemente silenciosa durante el tiempo suficiente, y con mi consciente actividad cerebral suficientemente inmóvil, me da la sensación de conocer los secretos del universo. Siento que mente y cuerpo se desdoblan dejándome atrás en un cuerpo orgánico, que empequeñezco a la velocidad de la luz retornando a la verdadera insignificancia de mi ser comparada con las infinitas posibilidades, opciones, casualidades, coincidencias, errores, cálculos, suposiciones, metáforas y alegorías, etcéteras de la existencia más allá de los límites físicos de mi piel y mis percepciones parciales. Pero tal comprensión trascendental dura menos de un ínfimo segundo, y después vuelvo mi prisión biológica y a mi categoría como ser humano más en este planeta con ego monumental.
Soy una indiscutible hija de la Madre Tierra, mi credo es la voluntad de la Naturaleza, me reconozco a merced de los elementos, de los huracanes, de las tormentas y tsunamis, de los terremotos, las erupciones de los volcanes y la voracidad de los incendios. Agradezco al sol su aparición con un saludo y lo despido cada ocaso con la esperanza de que venza al mal y nos regale un nuevo amanecer. Cuento las estrellas, pido deseos a los dioses y dibujo formas inventándome constelaciones. Canto y adoro a la lluvia, y celebro los solsticios con ritos y plegarias. Soy de esas que opinan que el mundo iba mucho mejor allá en los días del politeísmo. Y sin embargo, me niego a creer que el fin básico de todo se reduce sólo a la supervivencia.
Me considero creyente dividida. Creo en el alma de cada persona, en la pureza de espíritu, en la dualidad y el equilibrio. Mi religión es un agnosticismo que raya el ateísmo. No desecho la posible existencia de un ente superior, pero lo que no me convence es su participación en nuestras vidas; o no participa, o tiene un curioso y morboso sentido del humor. Soy partidaria de la reencarnación, aunque no podría ni decir porqué ni podría dar argumentos razonables a su favor. Desde que era pequeña, siempre he "sentido" que al morir y cerrar los ojos los abriríamos en cualquier otro lugar. Y no me refiero a un lugar divino, idealizado e utópico como el Cielo o el Más allá, sino a volver a nacer con otra identidad distinta. Supongo que si lo he creído es porque me parece una tontería pensar que, con lo grande que es el Universo, sólo podamos vivir una vez. Sería injusto perderse todo lo demás.
[Imagen por Billyunderscorebwa]
Hay veces en las que, si permanezco lo suficientemente silenciosa durante el tiempo suficiente, y con mi consciente actividad cerebral suficientemente inmóvil, me da la sensación de conocer los secretos del universo. Siento que mente y cuerpo se desdoblan dejándome atrás en un cuerpo orgánico, que empequeñezco a la velocidad de la luz retornando a la verdadera insignificancia de mi ser comparada con las infinitas posibilidades, opciones, casualidades, coincidencias, errores, cálculos, suposiciones, metáforas y alegorías, etcéteras de la existencia más allá de los límites físicos de mi piel y mis percepciones parciales. Pero tal comprensión trascendental dura menos de un ínfimo segundo, y después vuelvo mi prisión biológica y a mi categoría como ser humano más en este planeta con ego monumental.
Soy una indiscutible hija de la Madre Tierra, mi credo es la voluntad de la Naturaleza, me reconozco a merced de los elementos, de los huracanes, de las tormentas y tsunamis, de los terremotos, las erupciones de los volcanes y la voracidad de los incendios. Agradezco al sol su aparición con un saludo y lo despido cada ocaso con la esperanza de que venza al mal y nos regale un nuevo amanecer. Cuento las estrellas, pido deseos a los dioses y dibujo formas inventándome constelaciones. Canto y adoro a la lluvia, y celebro los solsticios con ritos y plegarias. Soy de esas que opinan que el mundo iba mucho mejor allá en los días del politeísmo. Y sin embargo, me niego a creer que el fin básico de todo se reduce sólo a la supervivencia.
Me considero creyente dividida. Creo en el alma de cada persona, en la pureza de espíritu, en la dualidad y el equilibrio. Mi religión es un agnosticismo que raya el ateísmo. No desecho la posible existencia de un ente superior, pero lo que no me convence es su participación en nuestras vidas; o no participa, o tiene un curioso y morboso sentido del humor. Soy partidaria de la reencarnación, aunque no podría ni decir porqué ni podría dar argumentos razonables a su favor. Desde que era pequeña, siempre he "sentido" que al morir y cerrar los ojos los abriríamos en cualquier otro lugar. Y no me refiero a un lugar divino, idealizado e utópico como el Cielo o el Más allá, sino a volver a nacer con otra identidad distinta. Supongo que si lo he creído es porque me parece una tontería pensar que, con lo grande que es el Universo, sólo podamos vivir una vez. Sería injusto perderse todo lo demás.
[Imagen por Billyunderscorebwa]
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Destellos brillantes en el cielo azul
Muchas gracias Anaid por el premio ^^ Ha sido un detalle que me tengas en cuenta.
Aunque siempre que recibo un premio me da la sensación de que lo echo a perder, porque nunca tengo a quien pasárselo xD
Se lo debo a: Anaid, una de esas pocas personas con las que mantengo un vínculo bloggero constante, y a la que aprecio un montón y siempre estoy encantadísima de leer.
Imagen colocada ya.
Dárselo a seis personas: todo aquel que lo quiera, libre es de adjudicárselo.
Y mi sueño... pues yo también tengo dos. Coincido con Anaid en el primero, publicar. Y como segundo... la verdad es que me conformo con seguir tan feliz como me siento ahora mismo.
miércoles, agosto 3
IASADE -79-
La sala era un auténtico museo. Sus paredes estaban forradas de vitrinas acristaladas que guardaban pequeñas reliquias de la antigüedad, tesoros rescatados del olvido que a ojos de muchos no eran más que piedras y trozos de metal desgastados por el tiempo. Viejas estatuas de animales mitológicos y héroes de la guerra miraban a los visitantes a través de irises vacíos que lejos de parecer exentos de vida, observaban en silencio y susurraban con voces milenarias. Una puerta abierta daba paso a un porche de madera y a unos escalones que llevaban al jardín exterior, donde Isagi Mio descansaba sentado bajo las ramas de un cerezo.
Los cuarenta y siete años transcurridos en la vida del japonés desde su nacimiento, en vez de hacerle mella en el cuerpo, lo habían revigorizado y hecho más fuerte. Los músculos, que se veían claramente en sus brazos y se adivinaban debajo de la fina camisa de seda que asomaba detrás del corte del kimono, parecían tallados por el mayor genio de la escultura. Su porte era resistente, como la digna pose de un árbol que resiste los intensos vientos de una tormenta, y su mirada inspiraba respeto. Un respeto que se había ganado merecidamente al conseguir dar alma sus obras.
Isagi se levantó sin apartar un segundo sus ojos de ella.
- Son muy escasos los días en los que recibo visitas, pero más extraños son aquellos en los que viene a verme un ser sobrenatural.
- Vaya... Yo siempre he pensado que mi... "estirpe" era discreta e invisible, pero estoy pudiendo comprobar que no en todos sitios es así.
- No depende tanto de la gente sino de las personas con las que se trata. La gente que se dedica al negocio de la corrupción y el terror no huye ante la maldad que emanáis... más bien se siente atraída por ella. Es mutuo, y casi una simbiosis, de no ser por la abismal diferencia entre unos y otros. Al final, los humanos acaban por comprender que vuestro mundo les queda demasiado grande, y se van escarmentados.
- Algo así me insinuó Kinzoku, sí.
- Y sin embargo te ha permitido llegar hasta aquí.
- No le quedaba más remedio.
- Sí... es humano, al fin y al cabo, y aprecia la vida que tiene lo suficiente como para arriesgarla lo menos posible.
Cassia sonrió ligeramente al escuchar aquellas palabras.
- Habla como si no perteneciera a la raza humana.
- A efectos prácticos... apenas lo hago. Vio usted el pájaro de Kinzoku.- afirmó, sin vacilación.- Esa ave y yo tenemos bastante en común... ambos vivimos enjaulados sin poder acceder al mundo que nos rodea excepto en controladas situaciones. De todas formas, no me quejo demasiado. Mi vida la he dedicado al arte de la forja, y aquí puedo ejercerlo sin problemas. No formo parte de nada más aparte de mis creaciones.
- Precisamente por ellas estoy aquí. Necesito que me fabrique una espada y... cuanto antes sea, mejor.
El hombre permaneció mirándola sin decir nada durante lo que a la Nocturna le pareció una eternidad, estudiándola como si fuera una piedra a tallar, un simple material.
- Lo haré.- dijo finalmente.- Tendrá que volver mañana de nuevo para que le tome las medidas pertinentes.
- De acuerdo. ¿Sobre alguna hora en particular?
- Ha dicho que cuanto antes sea, mejor, ¿no?
- Entonces espero que sea bastante madrugador, no me gustaría despertarle con mi llegada. Hasta mañana.
- Adiós.
Fuera de la enorme casa de Mio, Luxor la aguardaba apoyado en el tronco de un árbol y sonriendo divertido.
- Sí, no me equivocaba al pensar que lo tuyo es la diplomacia. Incluso pareces buena persona y todo, es conmovedor.
- Vete a la mierda, gilipollas. A veces es más importante el hecho de conseguir algo que lo bien que te lo pasas mientras lo consigues, y para mí ahora conseguir esa arma es más urgente que lo mucho que podría disfrutar torturando a todos los japoneses de esta asquerosa ciudad.
"Pero claro, tú no lo entiendes... porque lo único que te interesa es la gratificación momentánea. Sin embargo, eso es lo que me ha salvado de ti", añadió para sí misma.
- Sí, sí... pero un trato es un trato. Yo he dejado que te ocupes de tus asuntos a tu manera y tú ahora te vas a divertir conmigo a la mía.
- ¿Y realmente te piensas que tengo alguna objeción?- preguntó Cassia, con una carcajada macabra.- Soy toda tuya... guíame.
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martes, agosto 2
Empapada
La cuerda se rompe, y el peso se suelta y cae indefinidamente. Los pies se despegan del suelo y el corazón vuela aleteando deprisa en un universo libre de las cadenas gravitatorias. El movimiento es lento, fluido y armonioso, como un baile interminable que permanece detenido en los tres últimos pasos finales.
El tiempo se queda suspendido en un salto de fe, tan repentino como increíble. Siempre he intentado imaginar (e incluso recordar, aunque sin éxito) ese punto en el que, inexplicablemente, sucede ese cambio tan importante. Pero nunca había creído que fuera así de inesperado, extraño y rápido. "Cuando menos te lo esperas", dice la gente. Pero una cosa es no esperárselo, y otra es caer bajo su influencia antes de que puedas darte cuenta o reaccionar.
Los rayos de luz atraviesan el agua y el sol explora sus profundidades mecido por las olas, a merced de las corrientes, distorsionado por las ondas. Soy yo la luz y tú el agua. He vuelto aquí conducida por unos pies que han actuado por voluntad propia y a los que doy gracias.
[Imagen por Sylphielmetallium]
El tiempo se queda suspendido en un salto de fe, tan repentino como increíble. Siempre he intentado imaginar (e incluso recordar, aunque sin éxito) ese punto en el que, inexplicablemente, sucede ese cambio tan importante. Pero nunca había creído que fuera así de inesperado, extraño y rápido. "Cuando menos te lo esperas", dice la gente. Pero una cosa es no esperárselo, y otra es caer bajo su influencia antes de que puedas darte cuenta o reaccionar.
Los rayos de luz atraviesan el agua y el sol explora sus profundidades mecido por las olas, a merced de las corrientes, distorsionado por las ondas. Soy yo la luz y tú el agua. He vuelto aquí conducida por unos pies que han actuado por voluntad propia y a los que doy gracias.
[Imagen por Sylphielmetallium]
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lunes, agosto 1
IASADE -78-
- Para empezar... ¿qué asuntos tan urgentes son esos?
- Tengo que hacerle un encargo a Isagi Mio. Kinzoku Kusari me ha dado su dirección, y pensaba ir a verlo cuando me has interceptado.
- Mio... el fabricante de katanas.
- El mismo.
- Un encargo, ¿eh?
- Eso he dicho.
- ¿Has perdido tu Espada Negra, Nocturna?
- No la he perdido.- replicó ella, quitándole la botella de ron y dándole un par de tragos.- Me la robaron.
- Eso no habla muy bien de ti.
- Se trataba de un adversario peligroso.
- ¿Cuál?
- Un Ángel.
Luxor entrecerró los ojos de forma casi imperceptible, inclinándose hacia ella despacio hasta rozar levemente su nariz con la de ella. El hedor a sangre, a podredumbre, a maldad, lascivia, a pecado... el corazón se le habría acelerado, de haberlo tenido.
- Vaya, vaya. Te gusta meterte en juegos de mayores, por lo que veo.- El Diablo la besó en los labios de forma lenta y desesperante, haciéndola arañar la rasgada tela del puf con las uñas.- Mmm... ¿por qué no me cuentas la historia completa, eh? Quiero saber... de donde procede este apetitoso olor a humanidad... y quién es la Diablesa que estaba a tu cargo. Su aroma sigue en ti, y no me resulta familiar...
Cassia abrió los ojos de golpe, así como las pupilas, viendo repentinamente la habitación mucho más iluminada que antes. Luxor estaba intentando someter su autocontrol para descubrir la verdad: desconfiaba de ella. Se llevó el cigarro a la boca para alejarlo un poco.
- Fue todo culpa de una luciérnaga que se cruzó en mi camino.
- ¿Un alma blanca?
- Sí, una Mediadora. Digamos que... me entretenía bastante fastidiarle su labor. El Ángel la acompañaba.
- Los Ángeles no suelen hacer de niñeras.
- Esta era una gota de leche muy, pero que muy torpe. La ayudaba más de la cuenta.
- Sigue...
- El juego... se acabó convirtiendo en algo más. Quería hundirla, quería eliminarla a toda costa, se convirtió en mi objetivo. Y hubiera sido pan comido de no ser por el maldito palomo, que siempre la quitaba de en medio en el último momento, cuando estaba al alcance de mis dedos. Asztas, mi Diablesa, me prometió que se ocuparía de él para que yo tuviera camino libre hasta la luciérnaga.
- Hmm... ¿no es algo exagerado? ¿Todo por un alma blanca?
- Sí, lo reconozco. No entiendo muy bien qué es lo que sucedió... creo que me contagió parte de su humanidad, de su piedad. Y quería desintegrarla a ella y a los sentimientos que me había inspirado inexplicablemente. Quería ser libre.
- Continua.
- El Ángel, de nombre Ael, nos tendió una emboscada. Asztas... pereció en la lucha, y yo apenas si conseguí huir. Me despojaron de mi arma.
- Y viniste aquí a por una nueva.
- No sólo para eso.- dijo Cassia, sonriendo.- También he venido a curarme de la apestosa humanidad que todavía me corroe. Y... creo... que tú en eso puedes ayudarme.
Luxor la observó en silencio mientras ella se ponía en pie y se desnudaba sin prisas. Cuando la Nocturna se abalanzó sobre él, apretándose con urgencia, ansiosa, pudo ver en los ojos del Diablo la necesidad y el hambre. Un hambre demasiado grande e impaciente que jugaba plenamente a su favor.
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