miércoles, agosto 24

Autobús.0

La falta de luz lo cambia todo, y a pesar de haber viajado decenas de veces por aquella carretera, la noche parecía haber alterado su recorrido y el paisaje que lo acompañaba. El aire acondicionado del autobús me ponía la piel de gallina, la música que sonaba a través de los auriculares me erizaba el vello de todo el cuerpo y los sobresaltos al no reconocer algunas curvas del asfalto hacían que mi corazón latiera más deprisa durante unos segundos. El reflejo de lo que se veía por el cristal del lado contrario se mezclaba con las imágenes que desfilaban detrás de mi propia ventana, fundiéndose las montañas de un lado con las del otro y creando relieves híbridos entre lo fantasmagórico y lo real. Los puentes, que nunca me habían inspirado el más leve temor, se me antojaban poco más que finas cuerdas interminables sobre pozos de oscuridad abisal que aguardaban silenciosamente a capturar víctimas despistadas con mandíbulas gigantes. El cielo no tenía luna que lo iluminara; el agua de la presa no brillaba como un espejo para el sol, sino que permanecía inmóvil y gris, desposeída de toda su vitalidad. Las montañas negras parecían enormes monstruos dormidos, y los picos de los montes dibujaban perfiles de caras inexistentes contemplando el cielo en soledad, buscando las estrellas perdidas de aquella noche que había transmutado el familiar trayecto en una travesía por tierras desconocidas. Las luces de casas y farolas se agrupaban unas cercas de otras aunando las edificaciones que conformaban pueblos y ciudades. En el negro reinante más allá de la tenue iluminación del autobús, parecían cambiar de tamaño y delataban los hogares remotos entre la vegetación y la piedra que pasaban desapercibidos a plena luz del día, resplandeciendo como fulgores extraviados.

La ausencia de luz también cambiaba el paso del tiempo, ya que cuando pensé, asustada, que el autobús se desviaba de su camino, me di cuenta de que había llegado a su destino antes de lo que mi reloj interno había calculado. Otro reloj, situado en mi pecho y ligeramente a la izquierda, contaba las horas de forma completamente diferente y totalmente ajena a la luz que le faltaba a la noche. Aunque habían pasado menos de tres desde que nos despedimos en la estación, mi corazón te echaba de menos como si hubieran pasado más de mil.

2 comentarios:

InfusionDeLotoNegro dijo...

Es increíble como un relato que parece escrito por el mismísimo Lovecraft, se transmuta con la alquimia avanzada de tus recursos, en una tranquilizadora historia de esas que hacen bombear el corazón de nuevo.

La calma tras la tempestad…

Anaid Sobel dijo...

Me vas a dejar sin palabras del diccionario para alabar tus textos.
Sublime, en serio, Superior.
Has pasado de lo tétrico y fantasmagórico a lo dulce y sutilmente romántico con una facilidad envidiable.

Perfecto.



Besos grises, querida amiga mía.