sábado, julio 13

IASADE -116-

Mila entró tímidamente y avanzó unos pasos hasta quedarse frente al caballete ocupado por el boceto a carboncillo. Amiss se metió en la cocina y dejó la bandeja sobre la encimera, dándose cuenta al observar a la muchacha tras el mostrador de que, súbitamente, el silencio indestructible del piso de Ángela había desaparecido… apuñalado por la respiración y el latido del corazón vivo de la humana.

- Pasa, pasa… siéntate donde quieras.
- ¿Estudias Bellas Artes?- preguntó la chica, admirada en la contemplación de su obra a medio terminar, tras sentarse en el sofá.
- Sí, ¿y tú?
- Educación.
- Qué bien.

Mila contemplaba ensimismada el piso, la decoración y la terraza, con la boca medio abierta, y Mikäh, que pululaba curioso a su alrededor, sonrió con cierta ternura.

- Tu apartamento es precioso… y muy grande. ¿Vives sola?
- Deberías preguntarle si le apetece algo de comer, o de beber. Eres una pésima anfitriona.

Por un instante, Amiss no supo a cuál de los dos responder. Clavó la mirada en el alma blanca, que plegó las alas en un mudo gesto de disculpa, y luego rápidamente en la chica rogando que Mila no se hubiera dado cuenta. Meneó la cabeza.

- Perdona, no te he escuchado bien. ¿Qué me habías preguntado?
- Que si vives sola en el piso. Es muy bonito.
- Sí, vivo sola… Oye, ¿quieres tomar algo?
- Mmm… ¡vale! Un té está bien, si tienes. Podemos acompañarlo con una magdalena y así catamos qué tal están.
- ¿Té? No sé si tengo té… voy a mirar. Un momento.

De repente, la cocina le pareció una auténtica jungla inexplorada llena de cajones, muebles y puertas pequeñas. ¿Tendría té? ¿Dónde se guardaba? ¿Y qué hacía si no tenía? Mikäh, viéndola en apuros, abandonó el estudio de la visitante para acudir en su ayuda. Sobrevolando la cocina le fue indicando cajones en los que mirar y muebles que abrir hasta que al final dieron con un paquete de bolsitas de té en un estantería de la despensa, detrás de paquetes de cereales y galletas que Amiss ignoraba que tenía.

- ¡Tengo té!- le dijo a Mila, triunfante.

La chica se limitó a sonreír comedidamente.

 - Genial. ¿Cómo lo preparas tú? A mí me gusta con leche.
 - Sí, con leche.

Y de repente se quedó completamente en blanco. ¿Cómo diantres se preparaba un té? Pero, nuevamente, Mikäh le leyó el gesto de angustia y le dio la información que necesitaba.

- Hay que calentar agua y tener a mano el azúcar. Busca un cazo… no, ahí no caben los cazos. Mira debajo del fregadero. Sí, ese. Bien, échale agua y ponlo en el fuego. Eh… no, Amiss, eso es una vitrocerámica. Elige uno de los círculos y enciéndelo…

 La Mediadora pulsaba enérgicamente sin ningún resultado cada uno de los botones de aquel panel negro, nerviosa.

- ¿Necesitas ayuda?- preguntó entonces la chica, desde el salón.
- ¡No, no! No te preocupes, no me hace falta.
- Sí que te hace. Anda… déjame a mí.

Y el falso ángel, en un santiamén, la encendió con tres movimientos de dedo.

- Busca el azúcar. Seguramente esté en la despensa también. Y coge dos tazas.
- No pienso beber té.- replicó en un susurro apenas audible.
- Te ha traído unas magdalenas que no vas a probar, y aunque tienes excusa para eso probablemente le sentará mal de todas formas. Por muy “llena” que estés, un té entra siempre, así creo que será mejor que te aguantes y te lo tomes.

Con un mohín, pero sabiendo que tenía razón, asintió y colocó dos tazas encima de una bandeja. Siguiendo las instrucciones de Mikäh, puso una bolsita de té y una cucharada de azúcar en cada una de ellas, y una vez que el agua estuvo hirviendo la vertió desde el cazo en las tazas hasta la mitad y las completó con leche hasta arriba. En un plato decorado con una filigrana de hojas otoñales depositó una magdalena especialmente grande, y haciendo verdaderos equilibrismos para no tirar la bandeja de camino al salón, salió de la cocina bastante concentrada en sus propios pasos.

- ¿Tú no las vas a probar?- preguntó Mila, un tanto decepcionada.
- Más tarde sí, pero es que he venido comida de la Facultad y todavía me siento bastante llena. Aunque por la pinta y por el olor, seguro que están riquísimas.
- Eso espero, desde luego.

La chica cogió un pellizco de magdalena y se lo llevó a la boca. Lo saboreó con una sonrisa y afirmó con la cabeza.

- No es por echarme flores, pero sí, están riquísimas.
- Muchas gracias por traerme unas cuantas.
- De nada. En realidad, han sido una excusa. Tenía curiosidad por conocerte. ¿No eres de aquí, verdad?
- No. Soy española.
- Lo sé por el nombre, porque tu italiano es impecable. Mucho mejor que el de algunas personas que conozco.
- Con el español pasa igual, hay mucha gente que destroza el idioma.
- Habrás venido aquí con una beca, imagino.
- Sí, estoy de Erasmus. Sólo estaré aquí este curso.
- A mí me quedan dos años de carrera, y estoy deseando terminar.
- ¿No te gusta?
- Sí, pero mis padres me presionan bastante. Yo también vivo sola… aunque mi piso es mucho más pequeño que este. Ya te lo he dicho antes, pero es precioso. Me encanta la decoración… aunque bueno, si estás estudiando arte no es raro que tengas tan buen ojo para esas cosas.
- Gracias.
- Si alguna vez tienes algún cuadro que te sobre, por falta de sitio o porque no te guste, o incluso por vender… avísame. A mí me sobra espacio en las paredes.
- Lo tendré en cuenta.
- Que simpática es nuestra vecina, ¿verdad?- comentó Mikäh, sentado a su lado.

Mila apuró la magdalena mojándola en el té y se puso en pie al terminar.

- No quiero abusar más de tu hospitalidad. Me da la sensación de haber interrumpido.
- Sólo estaba pintando, no te preocupes.- mintió Amiss.- Ha sido un placer conocerte.
- Lo mismo digo. Espero que me tengas en cuenta para cualquier cosa que necesites.
- Igualmente.

La acompañó a la entrada, se despidió con un gesto de la mano y cerró los ojos sintiéndose enormemente aliviada cuando cerró la puerta. Mikäh frunció el ceño.

- Eres una exagerada.
- No me gusta hacer amigos humanos fuera de mi horario estrictamente laboral.
- Tu horario laboral es a tiempo completo, no sé si te acuerdas.
- Es un asco, eso es lo que es. Menos mal que este finde nos vamos a la Capital… no aguanto más, estoy saturada.
- Antes de irnos tienes una tarde muy intensa por delante.
- Lo sé… y ya queda poco tiempo para tener que salir del apartamento. Colócate, que voy a seguir dibujando.

Mikäh obedeció y se repantingó sobre los cojines como un auténtico semidios griego, sonriendo con cierta presunción.

- Cuando tus obras sean famosas, yo apareceré en ellas. Y la humanidad se preguntará… ¿quién es ese apuesto joven vigoroso, de grácil figura y belleza deslumbrante?
- Mis obras no se harán famosas.
- No seas pesimista.
- Y tú no te hagas ilusiones.
- Por cierto… - su sonrisa desapareció.- No voy a acompañarte ahora. Amiss soltó de nuevo el carboncillo y lo miró con seriedad.
- ¿Por qué no? Precisamente hoy, tu ayuda me vendría que ni pintada. Voy a estar con… ¿cinco humanos o más? Puede que me muera otra vez.
- Yo confío plenamente en ti y sé que serás capaz de arreglártelas sin problemas.- respondió él, alentándola.- No te menosprecies.
- Vaya excusa mala.
- No es una excusa, es la verdad. Lo harás genial, y ya que tú no lo crees… tendré que demostrártelo.
- ¿Dejándome sola?
- Sí.
- ¿Y a dónde vas a ir?
- Haré algo de turismo. Me gusta mucho Cagliari, tiene mucho que ver. Iré fichando sitios, y cuando volvamos de la Capital te los enseñaré.

Amiss asintió en silencio, sin saber si enfadarse o alegrarse por las palabras de Mikäh. La tristeza que merodeaba en torno a ella dolía mucho más cuando el alma blanca se alejaba, pero en cierto modo incluso aquella melancolía resultaba reconfortante en comparación con la incertidumbre que la perseguía. Volvió a asentir, para sí misma en aquella ocasión. Tampoco era bueno para ella que Mikäh estuviera siempre a su lado. Se acostumbraba demasiado rápido a su presencia y tanto que, cuando se presentaba una separación aunque solo fuera temporal, se resistía a perderlo de vista y eso sólo le hacía más daño aún. Porque sabía que en algún momento, que ya no quedaba muy lejano, aquella separación sería definitiva.

- Vale. Sí, será positivo que lo haga yo sola… al menos ahora sé preparar un té. Voy a arrasar.

jueves, julio 11

Migrando

El calor había llegado de repente, acompañado de las golondrinas. Como siempre, la primavera apenas había durado un mes; el tiempo justo para que los agricultores plantaran las semillas de la futura cosecha y para que las mujeres guardaran los sayos y sacaran las camisas sin mangas. En el pueblo, el suelo estaba cubierto por el polvo abrasador del verano y la tierra que los carros procedentes del campo dejaban tras de sí. La mayoría de la gente evitaba pisar la calle desde el medio día hasta el ocaso, pero el viejo Timtiel permanecía el día entero en la Plaza Menor, resguardado del sol bajo su tenderete de lona.
Aunque ya era mayor, Timtiel seguía siendo un hombre recio y fuerte. Tenía la piel tostada y arrugada como el papel, las extremidades nervudas y el rostro adusto. El bigote tieso que tenía debajo de la nariz, sin embargo, lo hacía parecer amable, y todo el mundo sabía que se le daba bien escuchar. Timtiel era el confesor del pueblo, y también vendía empanadas, tortas y dulces.
Siane lo observaba sentada en los escalones de un portal cercano. Por mucho que se encogiera sobre sí misma, los dedos de los pies seguían quedando desprotegidos de la sombra del tejado y la suela de las sandalias le quemaba. En la plaza, los chicos de su escuela habían hecho un corro a su alrededor y le suplicaban comida gratis. El viejo Timtiel se hacía el duro, pero tanto los niños como él sabían que al final les daría un bollo a cada uno. La reticencia a abandonar su refugio la mantenía lejos del tenderete, a pesar de que ella también tenía hambre.
Después de unos minutos de lloriqueos, Timtiel cedió y les obsequió con una torta de maíz y mermelada. Los niños gritaron alborozados y saltaron, dándole las gracias. Uno de ellos, un chiquillo rubio y desgarbado, se acercó al portal para darle una dulce a Siane. Se sentó a su lado una vez que ella lo hubo aceptado y ambos comieron en silencio.

- Mi padre ha dicho que te diga que tú y tu familia estáis invitados a cenar mañana por la noche en mi casa.- dijo el niño, de carrerilla. Como si lo hubiera ensayado varias veces.

Ella asintió. Había varias cosas que Siane sabía sin necesidad de preguntar. Una de ellas era que había cosas que cambiaban a lo largo del tiempo dependiendo de las circunstancias y otra que, por por mucho que cambiara la vida, había cosas que permanecían inmutables pese a todo. El viejo Timtiel siempre era bondadoso con todo el mundo y nunca pedía nada a cambio de un favor. Pero había otras personas cuyo interés era migratorio y se cobraban los favores ritualmente. Siane era demasiado pequeña para intuir lo que sucedía en realidad, pero aún así era consciente de que algunas personas se interesaban por su bienestar y el de su familia a cambio de ella contestara a las preguntas que le hacían. Aquellas voces que escuchaba en su cabeza habían estado ahí desde que ella tenía uso de razón, y a pesar de su tierna edad Siane sabía con certeza que nunca mentían.
Lo que ignoraba por completo era que todas las riquezas que sus padres habían acumulado en el último año eran el pago por el don que ella poseía: la respuesta a cualquier pregunta.

El niño se levantó y se marchó sin despedirse. El resto de chiquillos también se dispersó después de la merienda, pero ella se quedó en los escalones hasta que su padre apareció en la plaza subido al carro. Antes de llegar hasta él se detuvo junto al puesto de Timtiel para darle las gracias. El viejo le contestó con un gesto seco de cabeza y la siguió con la mirada mientras se alejaba, resguardado del sol bajo la lona de su tenderete.

[Imagen por theumbrella]

Siane es uno de los personajes clave de un proyecto que tengo entre manos desde que asistí al curso de novela. Aún no tiene título, pero como es posible que suba algún relato más sobre ella o sobre otro de los personajes, lo etiquetaré con el nombre de We Are Broken (canción que me inspiró la idea). 


sábado, junio 22

IASADE -115-

Otra rutina que se había impuesto a sí misma era la de fingir los tiempos mortales para guardar mejor las apariencias, y por eso cuando llegaba al apartamento de Ángela después de las clases se ponía a pintar durante lo que, aproximadamente, Amiss pensaba que podría tardar en almorzar y hacer un poco de la habituada sobremesa humana. No le preocupaba el hecho de no tener vigilado a Isaac durante ese tiempo, porque después de comer su usuario dedicaba ritualmente una hora a conectarse al ordenador para hablar con sus familiares y amigos, y tras los primeros días de observación decidió que aquella información no le resultaba esencial para su tarea. También se había acostumbrado a poner música de fondo para romper aquel silencio opresor que invadía el piso y para evitar las sospechas que sus vecinos pudieran tener sobre ella, ya que nunca hablaba por teléfono, no veía la tele ni recibía visitas. Aquel viernes no fue distinto, y lo primero que la Mediadora hizo tras entrar en el apartamento fue encender la radio y subirle el volumen. Se quitó la ropa humana y la dejó sobre el brazo del sofá, abrió la mochila y sacó de nuevo la caja de carboncillos y sanguinas junto con la paleta y los acrílicos. Mikäh se tumbó a su lado, cómodamente atrincherado entre varios cojines, tarareando entre dientes la canción que sonaba y cuya letra se sabía ya de memoria. Amiss se enfrentó al caballete, que sostenía uno de los pocos tablones que le quedaban del cargamento que había traído Mikäh la semana anterior, con las manos de nuevo ennegrecidas por el carboncillo que había elegido para continuar el boceto, y se dejó llevar. Al contrario que dentro del aula, en el apartamento no se veía acosada por la preocupación de que alguien estuviera supervisando sus dibujos por encima del hombro juzgando sus habilidades, y podía limitarse sin más a dejarse guiar por sus propios instintos, sin distracciones. Aquel era el segundo dibujo que hacía con aquellos materiales, y cada vez le gustaban más. Eran herramientas débiles, que se desgastaban con facilidad y se partían más fácilmente aún, pero versátiles a la hora de trazar líneas y manchas. Su modelo, a falta de otra cosa, era Mikäh. El falso ángel, recostado lánguidamente sobre el sofá, fingía un bostezo de vez en cuando para irritarla y arrancarle una mirada asesina. Amiss contempló la escena analizando la luz y giró el carboncillo para usar su lado más plano y dar una sombra más extensa. Fue entonces cuando llamaron a la puerta. El brazo se le quedó paralizado sobre el tablón, pero Mikäh sólo se encogió de hombros ante su expresión de pánico absoluto.

- Recuerda que tienes música.- le dijo.- Y el objetivo de ponerla era concienciar indirectamente a tus vecinos de que no eres un personaje ficticio, sino una humana real que respira, se alimenta y todas esas cosas. La buena noticia es que está funcionando.

Amiss no respondió. Dejó la caja de carboncillos en la batea del atril y se retorció las manos con nerviosismo.

- ¿No vas a abrir?- preguntó el alma blanca.
- Puedo fingir que con la música no he oído el timbre…
- No seas cobarde.

La Mediadora le hizo un gesto obsceno antes de acercarse a la puerta despacio y de puntillas, sin querer hacer ruido, para asomarse ligeramente a la mirilla. Al otro lado, y distorsionada por la curvatura del cristal, había una figura con pelo largo y algo en las manos que volvió a llamar al timbre haciéndola retroceder debido al sobresalto.

- Parece una chica.- susurró.- ¿Le abro?
- Desde luego… pero antes te sugeriría que te vistieras.

Amiss maldijo entre dientes y volvió sobre sus pasos para ponerse la ropa con prisas. Tan apresuradamente que la torpeza se le enredó en las piernas al intentar ponerse el pantalón y se cayó de culo en el suelo, propiciando las carcajadas de Mikäh. Furiosa y avergonzada, la Mediadora le dio la espalda y acudió nuevamente a la puerta. Cerró los ojos, tomó aire para empezar a fingir la respiración, y abrió a su desconocido visitante. Una chica, más bajita que ella, la esperaba al otro lado. Tenía el pelo castaño y ensortijado, recogido en una coleta a un lado que le caía sobre el hombro derecho, una sonrisa temblorosa y unos ojos grandes y expresivos que le recordaron a Samy, y que por un segundo la confundieron. La muchacha sostenía en las manos una bandeja de magdalenas que olían muy bien.

- Hola… ¿interrumpo algo, o vengo en mal momento?

Amiss se tragó el “sí” que le hubiera encantado decirle, y con una sonrisa forzada sacudió la cabeza en una negación.

- Claro que no.
- Menos mal. Me llamo Mila… soy tu vecina de al lado. Verás… ya te he visto alguna que otra vez pasar por el portal, y bueno… pensé que sería buena idea venir a presentarme. De paso, te he traído estas magdalenas. Me he puesto a hacer dulces y sin querer he hecho más de los que pretendía… Espero que te gusten.

Amiss cogió la bandeja que le ofrecía sin saber muy bien qué decir ni qué cara poner.

- Lo suyo sería que la invitaras a pasar.- comentó Mikäh.

Asintiendo a sus palabras sin darse cuenta, abrió la puerta un poco más.

- Yo me llamo Ángela. ¿Quieres entrar?
- Oh… ¡claro, gracias!

jueves, junio 20

Don't look back in anger


Slip inside the eye of your mind
Don't you know you might find a better place to play
You said that you'd never been

- But all the things that you've seen will slowly fade away...

El parabrisas se movía rítmicamente limpiando las gotas de lluvia, pero el parpadeo frenético de Ainara, casi desesperado, no conseguía apartar las lágrimas que le empañaban la mirada. Detrás del cristal de la ventanilla, el paisaje estaba doblemente emborronado debido a la tormenta y a su propio llanto. El cielo estaba negro y los árboles quedaban rápidamente atrás a ambos lados de la carretera. Una débil voz en su cabeza no paraba de decirle que conducir de esa manera era una locura y le pedía que se detuviera, invocando a una sensatez que sabía ausente. Tenía tanto el ánimo como el juicio tan desbordados como nublados sus ojos y la tristeza le anulaba por completo la prudencia.

So I start a revolution from my bed
'Coz you said the brains I had went to my head
Step outside the summertime's in bloom

- Stand up beside the fireplace, take that look from off your face. You ain't ever gonna burn my heart out...

Su voz era un susurro quebrado por la pena en un inútil intento de canción. Sujetó con aún más fuerza el volante a través de una carretera borrosa por el chaparrón y sus sollozos. El reloj del salpicadero indicaba que debía estar amaneciendo, pero aquellos nubarrones oscuros no dejaban pasar el sol. Un relámpago iluminó por un segundo el relieve abultado de las nubes y Ainara sintió la tierra temblar bajo su coche. Se mordió el labio y continuó cantando.

- So Sally can wait, she knows it's too late as we're walking on by. Her soul slides away... "But don't look back in anger" I heard you say.

Take me to the place where you go
Where nobody knows if it's night or day
Please don't put your life in the hands
Of a Rock 'n' Roll band who'll throw it all away

Sacudió la cabeza con amargura ante aquellas palabras. Sí, ella también había puesto su vida en manos de alguien que la había tirado por la borda. Una lágrima se desprendió por fin de sus pestañas y pudo saborearla; su gusto salado fue como una confirmación para sus pensamientos. El recuerdo venenoso de los buenos momentos le apuñalaba el corazón una y otra vez, haciéndole apretar los dientes con rabia. El asco y la compasión por sí misma la ahogaban, impidiéndole sentir con claridad. Dolor, tristeza, alegría, miedo, esperanza... ya no había vuelta atrás. Lo había dejado, se había marchado y sabía que no volvería nunca. Que no se iba a dejar engañar otra vez. Buscaba angustiada los motivos que la habían obligado a irse, pero todos estaban ocultos por las risas, los besos y las noches en vela entre sábanas insomnes. Otro relámpago incendió el cielo y la lluvia arreció. Con una mano se limpió los ojos.

Gonna star the revolution from my bed
'Coz you said the brains I had went to my head
Step outside 'coz summertime's in bloom
Stand up beside the fireplace, take that look from off your face
You ain't gonna burn my heart out

Cogió un desvío y abandonó la autovía. Recorrió una carretera rural llena de baches y piedras hasta detenerse por fin. El siguiente relámpago dejó ver un rayo distante, y el saber que la tormenta se alejaba la hizo sentir algo mejor. Como si se tratase de una metáfora, de un buen presagio. Subió el volumen de la música y continuó cantando.

- So Sally can wait, she knows it's too late as we're walking on by. Her soul slides away... "But don't look back in anger" I heard you say...

So Sally can wait
She knows it's too late as we're walking on by
Her soul slides away
"But don't look back in anger" I heard you say

Ainara salió de coche dejando la puerta abierta tras de sí. La lluvia todavía caía, pero a ella no le importaba. Tal vez el agua pudiera llevarse consigo parte de la pena y la decepción. Unos metros por delante de ella había un barranco y aunque desde allí no se podía ver, Ainara sabía que estaba allí. Avanzó hasta el borde casi corriendo y gritó hasta quedarse sin voz. Para purgarse a sí misma.

- So Sally can wait, she knows it's too late as we're walking on by. My soul slides away... "But don't look back in anger, don't look back in anger"... I heard you say... at least not today...


miércoles, mayo 29

IASADE -114-

Las dos semanas siguientes estuvieron dominadas por una rigurosa rutina que Amiss (y Mikäh) se aseguraba de cumplir a rajatabla, intentando no tener en cuenta el agotamiento, el miedo o las preocupaciones. Aquel, sin duda alguna, era la tarea más dura y difícil de la que se había hecho cargo hasta el momento, ya que debía estar siempre alerta, siempre fingiendo y desempeñando su papel. Convivir con los humanos de forma plena exigía mantener unas apariencias permanentes de forma paralela a su trabajo como Mediadora. Por las mañanas, de lunes a viernes iba a la Facultad de forma religiosa para atender a sus clases y socializarse como una mortal más. Aquel era un hábitat completamente nuevo para ella, un campo de juego distinto, peligroso y amenazador. Parecido a una jungla llena de depredadores, trampas e inclemencias tan fieras como un enemigo armado, que pretendía tragársela y masticarla con lentitud. No podía evitar asustarse de su propia sombra y era incapaz de dejar de buscar hostilidad en los ademanes de los humanos que la rodeaban.

El segundo día fue incluso peor que el primero, y el tercero lo fue sólo un poco menos. Pero para el jueves, Amiss se había forjado una segunda piel con resignación y aquel miedo constante que parecía indeleble. Sin embargo, a pesar de su pánico, el inicio del curso fue bastante relajado. Comenzaron con ejercicios de recuerdo que tenían como objetivo desempolvar la imaginación y quitar el óxido veraniego a los dedos perezosos, y que sumados a sus prácticas nocturnas hasta el amanecer ayudaron a menguar el terror que había experimentado al conocer las metas finales de las asignaturas. Tanto el lápiz como el pincel le vacilaban en las manos, pero ningún profesor la machacó por eso. La corregían, como a todo el mundo, y criticaban constructivamente su trabajo, como a todo el mundo, pero justamente de eso se trataba: nadie en clase se salvaba de un consejo, un análisis de errores o de una reprobación por parte de los profesores, porque todo el mundo tenía todavía mucho por aprender. Y gracias a aquello, y a la gran ayuda que le suponía el tener a Mikäh con ella en la Facultad, el último día de la primera semana Amiss se fue a su piso con mucho mejor ánimo y la certeza de que no era una nulidad sin remedio. El tema social, en las clases, era en cambio harina de otro costal. Era obvio a ojos de cualquiera que Isaac y ella se habían hecho amigos y casi inseparables. Isaac tenía don de gentes y hablaba con todos: saludaba indiscriminadamente, ayudaba a quién lo necesitaba, respondía preguntas de buenas maneras, bromeaba con quién tenía a su lado y entablaba conversación sin ningún tipo de problemas, tanto con los profesores como con el resto de los alumnos. Pero siempre que había un descanso u hora libre, Isaac se sentaba a su lado a charlar o ambos se iban un rato a pasear por la Facultad o a la cafetería. Y aquello, de entrada, le granjeó a la Mediadora unas cuantas enemigas.

Amiss no compartía la facilidad de Isaac para hablar con los demás, y casi siempre estaba junto al muchacho participando escasamente en las conversaciones que él mantenía con otros compañeros. No tomaba nunca la iniciativa, y si Isaac no estaba presente solía quedarse en su asiento sin hablar con nadie. La mayoría de los humanos de su clase eran simpáticos, y en general se percibía un intento por parte de todos por llevarse bien y generar una complicidad común, exceptuando un grupo de cinco chicas italianas que desde el segundo día parecían haber fundado una coalición “secreta” en su contra y cuya actitud consistía en mirarla mal en todo momento y pronunciar su nombre con el más profundo desprecio, entre otras muestras diversas de desdén. A Amiss, toda aquella parafernalia le divertía, y Mikäh, que no se tomaba absolutamente nada con la seriedad necesaria, solía pasarse las horas en torno a ellas mofándose y riéndose de sus inútiles declaraciones de odio. Isaac, por otro lado, se había dado cuenta rápidamente de su “timidez y reserva”, y como buen amigo, se esforzaba por incluirla en las charlas con los otros compañeros, animándola a relacionarse con los demás. Se quedaba a su lado, le sonreía para darle fuerzas y de vez en cuando se preocupaba por sacar temas de los que ambos ya habían hablado con anterioridad para que tuviera algo más que decir. “Imagina que todos son usuarios”, se decía a sí misma una y otra vez en un intento por liberarse del miedo, pero estar pendiente de tantos factores, tonos, caras, bromas e hilos temáticos en una conversación de más de dos personas era demasiado para ella, que sólo estaba acostumbrada al trato individual.

- No te agobies.- le había recomendado Mikäh.- Tómatelo con calma. Observa y aprende, y ya te irá saliendo solo.

Y aunque tenía bastantes dificultades, la segunda semana ya saludaba a algunas personas al entrar a clase, sabía quienes podrían prestarle algún material sin verla como una gorrona y algún que otro humano le sonreía de vez en cuando. Entre Isaac y ella, después de haber aceptado el ofrecimiento del muchacho para unirse al alquiler del bajo que quería conseguir su compañero de piso, se hicieron eco de la oportunidad al comentarlo a los demás chicos y chicas de la clase. La mayoría la rechazó alegando que no tenía dinero suficiente como para pagar un alquiler extra aparte de su alojamiento, pero dos de los estudiantes Erasmus se unieron gustosamente: el estadounidense, de nombre Malick Fowler, y Emma Cunningham, la chica escocesa. Isaac le había dicho esa mañana que Florian ya había encontrado sitio, por lo que quedaron esa misma tarde para ir a echarle un ojo.

- Nos vemos a las seis y media en Piazza d’Armi esta tarde, ¿os parece bien?- preguntó su usuario a los extranjeros, al terminar la última clase del viernes de la segunda semana.- ¿Sabéis dónde está?

Ellos asintieron y con un gesto de despedida dirigido también hacia ella, se marcharon juntos. Isaac sonrió.

- Florian se alegrará de tener nuevos reclutas, porque al final el bajo va a salir más caro de lo que él pensaba…
- Sí, mejor para todos.- asintió Amiss.
 - Por cierto… quería advertirte sobre Florian. No hagas caso de lo que te diga, ¿vale? No tiene muy claro el límite entre las bromas y la realidad.
- Lo tendré en cuenta.- dijo, con más seguridad de la que sentía.
- Bien. Pues nada… nos vemos esta tarde allí, ¿no? Voy a esperar a que salga Florian para ir con él de vuelta al piso.
 - Claro. Luego nos vemos.

Isaac le dijo adiós con la mano y se quedó viéndola marchar mientras se alejaba.

- Espero que al final no seamos muchos en ese bajo… - masculló Amiss entre dientes.- O al final me acabaré asustando allí más que en las clases.

martes, mayo 28

Condenado

Todavía te veo, tanto en mis sueños más hermosos como en las más horribles pesadillas. Y al abrir los ojos estás a mi lado, tumbada junto a mí, observándome en silencio. Con esa mirada ardiente y profunda que amenaza con atraparme para siempre, en una promesa de placeres infinitos y maldiciones inimaginables para cualquiera que se atreva a rechazarla. Todavía al amanecer me despierto bañado en un sudor frío que me quema la piel, poseído por el deseo enfermizo que abrasa a este cuerpo anhelante del tuyo. Todavía puedo evocarte sin error, oler de nuevo la fragancia seductora de tu cabello negro como la tormenta, contar los lunares de tu pálida tez bajo la luz de la luna, perderme en la llamada de tu boca entreabierta y en las insinuaciones de tu desnudez. Y aún no puedo dejar de delirar imaginando todo lo que una vez me ofreciste. Condenado a recordarte cada día de la vida inmortal con la que me obsequiaste como castigo a la negativa que te di como respuesta a tus regalos.

[Imagen por hoooook]

lunes, mayo 13

IASADE -113-

El anochecer estaba cerca cuando Amiss regresó por fin a su apartamento. Se había pasado la tarde entera refugiada en la sombra de Isaac, siguiéndolo incansable en el horrible laberinto burocrático que había resultado ser el sistema administrativo de la Universidad de Cagliari. Dispuesto a empezar pisando fuerte en el mundillo, su usuario había ido a la Universidad con el objetivo de reunir información sobre las iniciativas educativas y profesionales que ofertaba la Universidad a los estudiantes, sobre talleres y actividades, posibles empleos y formas de conseguir exponer a lo largo del curso. Pero sus pesquisas habían resultado ser mayoritariamente infructuosas y el joven se había visto obligado a ir mendigando una respuesta de puerta en puerta, sin éxito. En Secretaría le habían dicho que aquello era competencia del Decanato de la Facultad y allí, que todo aquello no era responsabilidad de Bellas Artes sino del Consejo de Estudiantes, cuya sede estaba en el complejo administrativo en el centro de la ciudad. Isaac había llamado por teléfono, y un operador con bastantes malas pulgas le había pedido su e-mail para enviarle la información cuando pudiera, después de decirle que sobre el tema de exposiciones ellos no tenían nada que ver y que para eso debería llamar a las galerías de Cagliari. Por eso, cuando el reloj de la Facultad estaba a punto de dar las ocho, el ánimo del muchacho estaba más negro aún que la tormenta, todavía lejana, que se aproximaba por el oeste.

Para entrar en su piso, la Mediadora se deslizó por la ventana de su habitación, que llevaba abierta todo el día. En el dormitorio, cerrado al pasillo, olía a polvo y a sol tardío, y las sombras se alargaban lentamente comiéndose la luz crepuscular. Amiss observó la estancia, desnuda en comparación con la de Isaac, sin fotografías ni memorias que dieran pista alguna sobre su vida. Todos los recuerdos estaban encerrados en su interior, y cada vez eran más, creciendo sin detenerse. ¿Cuánto tardarían en desbordarla…?
Abandonó, con el mismo pesar de siempre, su forma etérea, y avanzó con los pies descalzos hasta el comedor. También allí el ocaso se entretenía oscureciendo los muebles, pintándolos de los minutos previos a la desaparición del sol, sin que nadie se preocupase por encender una luz. El silencio también escalaba la madera, y la soledad se dejaba caer lánguida sobre los ya no tan vistosos cojines del sofá. Pero aquellos fueron los únicos recibimientos obtenidos. Un pánico asfixiante se le anudó alrededor de la garganta al no ver a Mikäh por ninguna parte, y como alma que lleva el Diablo salió a la terraza y se aferró a la barandilla, buscando un batir de alas en el cielo, a franjas de un color rojo incandescente y negro tormentoso. Desde el balcón, las luces empezaban a prenderse detrás de los cristales contiguos.

- ¡Eh, tú! Quita de ahí.

Amiss levantó la mirada para descubrir al falso ángel descendiendo desde el tejado con varios tablones de madera y cartones cargados a su espalda. Su preocupación se esfumó al instante, remplazada por un enfado repentino.

- ¿Estás mal de la cabeza? ¡Alguien puede verte!
- Y a ti escucharte. ¿Te quieres apartar de una vez?

Resoplando entre dientes Amiss se apartó y ayudó a Mikäh a bajar su cargamento e introducirlo dentro rápidamente antes de que a algún vecino le diera por asomar la cabeza o salir a la terraza.

- Espero de verdad que nadie te haya visto, porque unos cuantos chismes voladores llaman bastante la atención…
- Me ofendes.- replicó él, molesto.- Me he esperado expresamente a que oscureciera para venir, y me he asegurado de que no me viera ni un alma.
- Más nos vale.- Amiss se cruzó de brazos y miró los tablones y el montón de cartón con una mueca.- ¿Para qué se supone que es todo esto?
- Es un regalo.- contestó Mikäh, sonriendo de oreja a oreja.

Su mueca se convirtió en un gesto de sorpresa.

- Pues no le encuentro finalidad.
- Tienes más problemas de lo que yo pensaba.- meneó la cabeza.- Son maderas y cartones para que puedas practicar los ejercicios de clase en casa. Es decir… pinta tú por tu cuenta, experimenta, y así a lo mejor consigues ganar un poco más de confianza para estar más tranquila en la Facultad.

Al volverlos a mirar, ya no eran desperdicios ni basura rescatada, sino paletas y lienzos a su disposición que no iban a musitar una sola queja si acababa transformándolos en la antítesis de una obra de arte. Una tímida sonrisa comenzó a bailar por fin en sus labios.

- Gracias. La verdad es que… - titubeó, insegura. Quería hacerle saber que se había preocupado mucho por él, pero le daba vergüenza y las palabras terminaron por no acudir a su llamada.- te lo agradezco mucho.
- De nada. Mikäh se sentó en el borde del sofá, con las alas plegadas al cuerpo. Se desperezó largamente a pesar de no tener ninguna necesidad.
- ¿Y tú qué? ¿Has sacado algo de provecho?
- Más o menos.
- Cuéntame.
- Vale, pero espera un segundo.- Amiss se frotó las manos, impaciente. Los ojos le brillaban.- Antes quiero empezar con esto… para ir probando. Voy a por los materiales, no tardo nada.