A Saúl todavía le costaba ubicarse en la calle durante la noche, a pesar de que ya había pasado una semana desde que lo echaran del circo. No estaba acostumbrado a la oscuridad sino a las luces, a luces intensas, de colores, focos cegadores que seguían sus pasos de un lado a otro conforme él se deslizaba como un fantasma sobre el escenario, como si fuera el único ente en la faz de la tierra, borrando el resto del mundo a su alrededor.
Eran precisamente aquellas, las luces parpadeantes que colgaban en hilera desde la segunda planta del motel, las que le habían llamado en voz baja para que se acercara a las ventanas empañadas para echar un vistazo al interior. La planta baja estaba ocupada por un bar restaurante y tenía una pequeña chimenea donde crepitaban alegres las llamas, en torno a la cual se apiñaban un grupo de niños revoltosos cuyos padres charlaban y fumaban en la barra, acompañados por sus inseparables jarras de cerveza. Saúl se frotó las manos en un intento por desentumecerlas, dividido entre el deseo por entrar y calentarse el cuerpo y su poca amistad hacia los desconocidos.
Un enorme goterón de la lluvia caída pocas horas atrás cayó en picado desde el saliente del tejado hasta su frente, decidiendo por él inmediatamente.
Al contrario de lo que pensaba, nadie se giró para observarlo al cruzar la puerta y agradeció haber sido bendecido con un aspecto tan anodino; sin pinturas, pelucas ni maquillaje, sus ordinarios rasgos no llamaban la atención. Era algo que a pesar de ser considerado por la mayoría de la gente como un defecto, para él siempre había sido una gran ventaja. Pasar desapercibido era algo realmente útil para alguien que ha sido ladrón más de la mitad de su vida.
Aprovechándose de su inadvertida aparición, atravesó la sala alejándose de las lámparas de camino a los aseos. Se introdujo presuroso en el baño y vació su vejiga entrecerrando los ojos debido al tremendo alivio. E incluso canturreó un poco y en voz baja, por si hubiera alguien esperando fuera. Tras subirse los pantalones y abrocharse la cremallera, salió tirando de la cisterna y se observó a sí mismo en el espejo.
También le costaba acostumbrarse a verse la piel desnuda, sin nada encima. El pelo sucio y despeinado apenas parecía rubio y bajo los pómulos tenía huecos marcados, más que antes. Se sacó un peine pequeño del bolsillo, se atusó el cabello para intentar concederle algo de decencia y después de guardarlo, se sacó la navaja de la abertura interior de la chaqueta y se puso a juguetear con ella con habilidad.
El arma blanca danzaba entre sus dedos, ofreciéndole su filo hiriente con docilidad, sin dejar de bailar. Saúl volvió a imaginarse sobre el escenario, deleitando al público con sus arriesgados y mortíferos malabares de cuchillos. No podía ver los rostros admirados de la gente, pero sí escuchar sus vítores y gritos.
El baile de la navaja cobraba velocidad, saltando ahora de una mano a otra. Volaba, volaba y refulgía bajo la relampagueante luz encima del espejo. Saúl la agarró en lo alto, se dio media vuelta y lanzó el cuchillo a la rueda giratoria...
En el mismo instante en que se abría la puerta.
También se abrió una boca en la que un grito se quedó a medias, antes de que el hombre cayera muerto de espaldas sobre el suelo con la navaja clavada entre los ojos.
[Imagen por VanitiumForma]
viernes, noviembre 11
domingo, noviembre 6
Atrapa-sueños
Tengo la sensación de que ya nos hemos visto antes, de que me he pasado incontables horas en incontables días observando la ciudad a través de tus cristales húmedos y sucios, desvaídos unos y coloreados otros con las pesadillas de los vecinos del barrio. Eres un atrapa-sueños disfrazado que también caza, casi por diversión, esa clase de deseos secretos, impronunciables, teñidos con un ligero matiz de perversión y de placer inmoral. Te los quedas para ti, los introduces dentro de tu piel transparente y los encarcelas para siempre. Te resulta deliciosa ese tipo de maldad casera, amateur, que todo ser humano alberga en mayor o menor medida y te deleitas en saborearla despacio mientras se descompone lentamente, agonizando.Todas esas intenciones bullen, palpitan, anhelantes de ser algo más que sólo eso... intenciones.
He intentado fotografiarlas, pero son tan huidizas como la lluvia y se me escapan con descarada facilidad justo delante del objetivo. He intentado dibujarlas en vano, porque se vuelven invisibles en la punta del lápiz y no hay manera de darles forma alguna. He intentado leerlas, pero se mezclan unas con otras conformando auténticos y misteriosos galamatías imposibles de comprender lógica o ilógicamente. He intentado tocarlas... pero todas poseen el mismo tacto gélido sobre tu superficie de cristal.
"Ojalá tenga un accidente", "Ojalá pudiera matarlo", "Ojalá se endeude hasta las orejas", "Ojalá no le den el préstamo", "Ojalá se le despinte ese jersey que tanto le gusta", "Ojalá se quede embarazada", "Ojalá no encuentre jamás a nadie que lo quiera", "Ojalá le sucediera a él", "Ojalá que le haya sucedido a otro..."
E infinidad más de Ojaláses que deseamos en nuestro fuero interno, en nuestra imaginación, y que nos permitimos porque sabemos que allí es el único sitio seguro en el que pueden hacerse realidad sin convertirnos en malas personas.
[Imagen por sullivan1985]
jueves, noviembre 3
Leyendas como pan nuestro de cada día
Hace años, Euterpe inspiró y mimó a un chico que vivía en el piso de arriba, en el cuarto, y que empezó a tocar el piano tempranamente. Los de abajo pudimos seguir de cerca su evolución (desastrosa al comienzo y sublime al final) y lamentamos su marcha cuando abandonó el bloque, con la musa de la música metida en el bolsillo.
Desde hace ya tiempo, al salir del portal del edificio, no es extraño encontrar a la camada de la diosa gata, los hijos desperdigados de Bastet, que aguardaban aquí, entre bandejas de cartón con pienso húmedo y merodeando cerca de los comensales del bar de al lado, a que alguna bruja solitaria sobrevuele los pisos a lomos de su escoba dispuesta a adoptar a un fiel compañero de embrujos y maleficios.
Éste es el querido barrio de Deméter, cuajado de plantas, árboles y flores que en primavera alcanzan su máximo esplendor, llenándolo todo de verde y colores vivos, olores dulces y frutos, ya que no en vano es llamado Cercado de Miraflores. Cuando hay tormenta y el cielo se torna negro, absorbiendo todos los demás colores y entumeciendo su naturaleza cantarina y vibrante, me pregunto si habrá echado ya en falta la ausencia de su hija Perséfone o si Poseidón habrá dejado los mares para ir en su busca.
De todas formas, pienso siempre, no tienen que recorrer un camino demasiado largo para regresar a casa, ya que el Olimpo lo tenemos justo enfrente.
Dejado ya atrás el barrio vecino se puede disfrutar del más rico paté a la pimienta en la cafetería Atenas, mientras se contempla la visión iluminada del Obelisco de cristal, que sólo brilla de noche, donde Maat se asienta en equilibrio a modo de balanza universal.
Aquí al lado, el Cosmos está siempre a reventar por las mañanas. De la puerta, al abrirse y cerrarse, se escapa el agradable olorcillo a café, chocolate caliente y churros recién hechos que hace rugir los estómagos de aquellos que pasan por delante camino de sus clases o trabajos a pesar de que acaban de desayunar hacer nada.
Yo, de camino a la facultad, siempre paso por el pabellón militar de los Mondragones, donde se encuban huevos de dragón que se cuidan con esmero hasta que eclosionen. Si alguna vez habéis escuchado un ruido en el cielo y alzar la mirada buscando un avión o un helicóptero os habéis encontrado con las nubes vacías, aquí tenéis la respuesta a dicho misterio. No todo el mundo es sabedor de que el ejército entrena dragones como monturas de alta velocidad.
Y a pesar de que ya han transcurrido bastantes años desde el cierre del antiguo psiquiátrico y su reconversión en Facultad de Bellas Artes, todavía siguen escuchándose historias de fantasmas. Los más supersticiosos continúan con miedo al bajar a los pasillos del sótano oscuro, y hay quien dice que se oyen voces, gemidos y lamentos.
Es curioso el ahínco con que defendemos hoy en día la razón y lógica como piedras para crear nuestro mundo y la cantidad de pedacitos de mito y leyenda que todavía lo pueblan.
[Imagen por Ninjatic]
Desde hace ya tiempo, al salir del portal del edificio, no es extraño encontrar a la camada de la diosa gata, los hijos desperdigados de Bastet, que aguardaban aquí, entre bandejas de cartón con pienso húmedo y merodeando cerca de los comensales del bar de al lado, a que alguna bruja solitaria sobrevuele los pisos a lomos de su escoba dispuesta a adoptar a un fiel compañero de embrujos y maleficios.
Éste es el querido barrio de Deméter, cuajado de plantas, árboles y flores que en primavera alcanzan su máximo esplendor, llenándolo todo de verde y colores vivos, olores dulces y frutos, ya que no en vano es llamado Cercado de Miraflores. Cuando hay tormenta y el cielo se torna negro, absorbiendo todos los demás colores y entumeciendo su naturaleza cantarina y vibrante, me pregunto si habrá echado ya en falta la ausencia de su hija Perséfone o si Poseidón habrá dejado los mares para ir en su busca.
De todas formas, pienso siempre, no tienen que recorrer un camino demasiado largo para regresar a casa, ya que el Olimpo lo tenemos justo enfrente.
Dejado ya atrás el barrio vecino se puede disfrutar del más rico paté a la pimienta en la cafetería Atenas, mientras se contempla la visión iluminada del Obelisco de cristal, que sólo brilla de noche, donde Maat se asienta en equilibrio a modo de balanza universal.
Aquí al lado, el Cosmos está siempre a reventar por las mañanas. De la puerta, al abrirse y cerrarse, se escapa el agradable olorcillo a café, chocolate caliente y churros recién hechos que hace rugir los estómagos de aquellos que pasan por delante camino de sus clases o trabajos a pesar de que acaban de desayunar hacer nada.
Yo, de camino a la facultad, siempre paso por el pabellón militar de los Mondragones, donde se encuban huevos de dragón que se cuidan con esmero hasta que eclosionen. Si alguna vez habéis escuchado un ruido en el cielo y alzar la mirada buscando un avión o un helicóptero os habéis encontrado con las nubes vacías, aquí tenéis la respuesta a dicho misterio. No todo el mundo es sabedor de que el ejército entrena dragones como monturas de alta velocidad.
Y a pesar de que ya han transcurrido bastantes años desde el cierre del antiguo psiquiátrico y su reconversión en Facultad de Bellas Artes, todavía siguen escuchándose historias de fantasmas. Los más supersticiosos continúan con miedo al bajar a los pasillos del sótano oscuro, y hay quien dice que se oyen voces, gemidos y lamentos.
Es curioso el ahínco con que defendemos hoy en día la razón y lógica como piedras para crear nuestro mundo y la cantidad de pedacitos de mito y leyenda que todavía lo pueblan.
[Imagen por Ninjatic]
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Cosecha propia,
Personal
viernes, octubre 28
IASADE -91-
Cassia cerró los ojos y gritó mentalmente con todas sus fuerzas, en una vana invocación para Mikäh, o para el Ángel. Si quería quedar libre, tenía que decirle a Satzsa lo que esperaba oír.
- ¿De verdad?
- Claro que sí. La eliminaremos en un abrir y cerrar de ojos y nos largaremos de aquí, a donde tú quieras. Volveremos a Nueva York, o Japón. Donde tú digas.
Suspiró y se mordió la lengua justo antes de responder.
- Claro que sí... Lo estoy deseando. Es lo que llevo deseando desde hace mucho.
Era una mentira burda y descarada, tan arriesgada y peligrosa como haber confesado la verdad. Satzsa, sin embargo, asintió fervorosamente a sus palabras sin inmutarse.
- Lo sé, pequeña, y lo siento. Pero ahora podremos volver a estar juntas de nuevo.- respondió, con una sonrisa. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios manchados de tierra.- Luxor, desátala.
- Pero...- el Diablo vaciló, mirando a la Nocturna con extrañeza. Cassia giró la cabeza todo lo que pudo para dirigirle un vistazo de reojo, y supo que su mentira no había funcionado con él.- No... ¿Seguro que...?
- ¿Acaso no me has escuchado? Que la sueltes.
- Pero si está...
- ¡Suéltala, joder!
Los ojos del Diablo se contrajeron al encontrarse con los de Cassia mientras obedecía, reacio, las órdenes de Satzsa. Las ligaduras desaparecieron y, poco a poco, la sensibilidad regresó a ella acompañada de un ligero dolor en las articulaciones, otorgándole una libertad física precaria y temporal que no podía permitirse desaprovechar. La mente de la Nocturna trabajaba a toda velocidad, intentando asimilar lo que acababa de suceder: no comprendía porqué la Diablesa no se había dado cuenta del engaño. Con dificultad, apoyó las manos en el suelo y se dio impulso para ponerse en pie. Antes de que pudiera afianzar sus pies y su equilibrio, Satzsa la abrazó cálidamente, sin resquicio alguno de desconfianza, mientras Luxor, a su espalda, le enseñaba los dientes en una mueca hostil. Escapar no era viable; el Diablo estaba más que predispuesto a responder a sus movimientos y no dudaría en atacarla a la mínima oportunidad. Mientras esperaba refuerzos, su única esperanza de sobrevivir radicaba en seguir interpretando su papel para que Satzsa se mantuviera de su lado y así usar su influencia para contrarrestar a Luxor.
Estudió rápidamente el cielo, todavía en brazos de la Diablesa. Ya había amanecido, aunque el sol no se veía por ninguna parte. Nubes cargadas de más lluvia se movían pesadamente empujadas por el viento, y era poca la luminosidad que lograba abrirse camino entre las ramas y hojas de los árboles perennes. Satzsa la soltó, le sujetó la cara entre las manos y volvió a besarla en la boca, con más intensidad. Aquello le pareció más doloroso e insoportable que la inmovilización a la que la había sometido Luxor, y al escuchar el bufido de éste deseó que la Diablesa no percibiera la repulsión que le inspiraba.
- Sé que tienes a la luciérnaga fichada.- dijo Satzsa, guiñándole un ojo.- Te vi antes merodeando cerca de ella. Ve tú primero, nosotros te seguimos.
- No sé si es buena idea hacerlo justo ahora. La luciérnaga no está sola... el Ángel, y...
- Somos tres contra dos, porque Amiss no cuenta. El palomo es cosa mía, Luxor se ocupará de la otra alma blanca y podrás dedicarte exclusivamente a la gota de leche. No nos esperan, contamos con el factor sorpresa.
El miedo le dio un latigazo por dentro al oír la referencia a Mikäh, y Luxor sonrió deleitándose con su temor. El Diablo sacudió su rabo de reptil y se relamió los labios. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejarse dominar por el pánico y sonreír a Satzsa.
- Por supuesto. Ella es mía... solo mía.
- Desde luego, pequeña, no se me ocurriría estropearte tu momento. ¿Vamos?
- Sí, Cassia...- dijo Luxor, aproximándose a ellas y agarrándole un brazo con fuerza sin que la Diablesa lo viera.- Me muero de ganas por despellejar a ese ángel falso de mierda. Seguro que te encanta verlo, ¿verdad?
Reviviendo aquel momento de debilidad, en el callejón al matar al vagabundo, sus manos volvieron a actuar sin pedirle permiso, acudiendo involuntariamente a Corazón como si respondieran obedientemente a la llamada silenciosa de la espada. Se soltó de Luxor y en un movimiento fugaz empuñó su arma, saltó por encima de la cabeza del Diablo para colocarse a su espalda, y se la atravesó de parte a parte con el filo ardiente de Corazón. Él rió sin alegría.
- Mira que eres estúpida, Nocturna. Si es que se te puede llamar así... porque es un apelativo que no te mereces. Descubres tu tapadera y encima me atacas, a sabiendas de que no me puedes destruir.
- ¿Cassia...?- preguntó Satzsa, parpadeando perpleja.- ¿Qué haces...?
- ¡Te ha mentido! ¡Y tú eres tan imbécil como ella, porque no te has dado ni cuenta!- el Diablo giró la cabeza para mirarla y agarró el filo de Corazón con la mano, sonriendo cruelmente. Cassia ahogó un gemido jadeante, repelida por el contacto de Luxor sobre su arma.- En realidad tú no tienes toda la culpa de haberte desviado tanto de tu camino, teniendo por tutora a una Diablesa con instinto maternal... Lo que me faltaba por ver...
Cassia tiró de Corazón y la sacó del cuerpo del Diablo para apartarla de él. La katana brillaba rodeada de un halo incandescente, siseando a modo de protesta, como recién sacada de la forja.
- ¿Qué vas a hacer?- preguntó Luxor, sonriendo con desprecio.- Ya te he dicho que no puedes destruirme, por muy benigna que sea tu arma.
- Ella no puede... pero yo sí.
- ¿De verdad?
- Claro que sí. La eliminaremos en un abrir y cerrar de ojos y nos largaremos de aquí, a donde tú quieras. Volveremos a Nueva York, o Japón. Donde tú digas.
Suspiró y se mordió la lengua justo antes de responder.
- Claro que sí... Lo estoy deseando. Es lo que llevo deseando desde hace mucho.
Era una mentira burda y descarada, tan arriesgada y peligrosa como haber confesado la verdad. Satzsa, sin embargo, asintió fervorosamente a sus palabras sin inmutarse.
- Lo sé, pequeña, y lo siento. Pero ahora podremos volver a estar juntas de nuevo.- respondió, con una sonrisa. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios manchados de tierra.- Luxor, desátala.
- Pero...- el Diablo vaciló, mirando a la Nocturna con extrañeza. Cassia giró la cabeza todo lo que pudo para dirigirle un vistazo de reojo, y supo que su mentira no había funcionado con él.- No... ¿Seguro que...?
- ¿Acaso no me has escuchado? Que la sueltes.
- Pero si está...
- ¡Suéltala, joder!
Los ojos del Diablo se contrajeron al encontrarse con los de Cassia mientras obedecía, reacio, las órdenes de Satzsa. Las ligaduras desaparecieron y, poco a poco, la sensibilidad regresó a ella acompañada de un ligero dolor en las articulaciones, otorgándole una libertad física precaria y temporal que no podía permitirse desaprovechar. La mente de la Nocturna trabajaba a toda velocidad, intentando asimilar lo que acababa de suceder: no comprendía porqué la Diablesa no se había dado cuenta del engaño. Con dificultad, apoyó las manos en el suelo y se dio impulso para ponerse en pie. Antes de que pudiera afianzar sus pies y su equilibrio, Satzsa la abrazó cálidamente, sin resquicio alguno de desconfianza, mientras Luxor, a su espalda, le enseñaba los dientes en una mueca hostil. Escapar no era viable; el Diablo estaba más que predispuesto a responder a sus movimientos y no dudaría en atacarla a la mínima oportunidad. Mientras esperaba refuerzos, su única esperanza de sobrevivir radicaba en seguir interpretando su papel para que Satzsa se mantuviera de su lado y así usar su influencia para contrarrestar a Luxor.
Estudió rápidamente el cielo, todavía en brazos de la Diablesa. Ya había amanecido, aunque el sol no se veía por ninguna parte. Nubes cargadas de más lluvia se movían pesadamente empujadas por el viento, y era poca la luminosidad que lograba abrirse camino entre las ramas y hojas de los árboles perennes. Satzsa la soltó, le sujetó la cara entre las manos y volvió a besarla en la boca, con más intensidad. Aquello le pareció más doloroso e insoportable que la inmovilización a la que la había sometido Luxor, y al escuchar el bufido de éste deseó que la Diablesa no percibiera la repulsión que le inspiraba.
- Sé que tienes a la luciérnaga fichada.- dijo Satzsa, guiñándole un ojo.- Te vi antes merodeando cerca de ella. Ve tú primero, nosotros te seguimos.
- No sé si es buena idea hacerlo justo ahora. La luciérnaga no está sola... el Ángel, y...
- Somos tres contra dos, porque Amiss no cuenta. El palomo es cosa mía, Luxor se ocupará de la otra alma blanca y podrás dedicarte exclusivamente a la gota de leche. No nos esperan, contamos con el factor sorpresa.
El miedo le dio un latigazo por dentro al oír la referencia a Mikäh, y Luxor sonrió deleitándose con su temor. El Diablo sacudió su rabo de reptil y se relamió los labios. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejarse dominar por el pánico y sonreír a Satzsa.
- Por supuesto. Ella es mía... solo mía.
- Desde luego, pequeña, no se me ocurriría estropearte tu momento. ¿Vamos?
- Sí, Cassia...- dijo Luxor, aproximándose a ellas y agarrándole un brazo con fuerza sin que la Diablesa lo viera.- Me muero de ganas por despellejar a ese ángel falso de mierda. Seguro que te encanta verlo, ¿verdad?
Reviviendo aquel momento de debilidad, en el callejón al matar al vagabundo, sus manos volvieron a actuar sin pedirle permiso, acudiendo involuntariamente a Corazón como si respondieran obedientemente a la llamada silenciosa de la espada. Se soltó de Luxor y en un movimiento fugaz empuñó su arma, saltó por encima de la cabeza del Diablo para colocarse a su espalda, y se la atravesó de parte a parte con el filo ardiente de Corazón. Él rió sin alegría.
- Mira que eres estúpida, Nocturna. Si es que se te puede llamar así... porque es un apelativo que no te mereces. Descubres tu tapadera y encima me atacas, a sabiendas de que no me puedes destruir.
- ¿Cassia...?- preguntó Satzsa, parpadeando perpleja.- ¿Qué haces...?
- ¡Te ha mentido! ¡Y tú eres tan imbécil como ella, porque no te has dado ni cuenta!- el Diablo giró la cabeza para mirarla y agarró el filo de Corazón con la mano, sonriendo cruelmente. Cassia ahogó un gemido jadeante, repelida por el contacto de Luxor sobre su arma.- En realidad tú no tienes toda la culpa de haberte desviado tanto de tu camino, teniendo por tutora a una Diablesa con instinto maternal... Lo que me faltaba por ver...
Cassia tiró de Corazón y la sacó del cuerpo del Diablo para apartarla de él. La katana brillaba rodeada de un halo incandescente, siseando a modo de protesta, como recién sacada de la forja.
- ¿Qué vas a hacer?- preguntó Luxor, sonriendo con desprecio.- Ya te he dicho que no puedes destruirme, por muy benigna que sea tu arma.
- Ella no puede... pero yo sí.
lunes, octubre 24
Los sueños mueren en la estación
Era difícil averiguar si la penumbra procedía de la noche o de las nubes de tormenta que, como una cortina azul oscuro agitada por el viento, ondulaba sobre el cielo dejando ver a ratos la luz, poco más clara, de la mañana que atisbaba tímidamente sobre el horizonte. La humedad de la atmósfera se adhería al paladar, vaticinando un chaparrón para el que se había dejado el paraguas olvidado en casa. Nadia miró las nubes y la puerta del edificio, alternativamente, dudando si volver a por él o no. Luego le dedicó una ojeada al reloj y echó a andar, arrastrando tras de sí la maleta, rogando que las gotas le concedieran unos cuantos minutos de ventaja.
Había llovido durante toda la noche y las calles estaban anegadas de charcos enormes, concentrados a menudo encima de las alcantarillas ahogadas por la tormenta. El agua gris estaba surcada por rastros multicolores de aceite, sobre el que navegaban parsimoniosamente las hojas broncíneas caídas de los árboles.
Al detenerse bajo la parada de autobús, las ruedas de su equipaje habían atropellado y destrozado ya unas cuantas.
El vehículo escarlata no la hizo esperar demasiado y se presentó pronto ante ella con las puertas abiertas y la calefacción encendida. El jirón del vaho que se le escapó de la boca desapareció en el instante en que subió los escalones para pasar su bonobús por la máquina, antes de cruzar el pasillo flanqueado de asientos vacíos hasta uno individual junto a la ventana. Se acomodó la maleta entre las piernas, pegándose al radiador plano, y el autobús se puso en marcha a tiempo de embestir las primeras gotas de lluvia. Nadia suspiró y observó de nuevo el reloj: el segundero bailaba al son de la música clásica que sonaba a través de la radio, bajo la semiesfera del artilugio.
A pesar de la acuciante sensación que la invadía y de su miedo a llegar tarde, por muchas vueltas y vueltas que diera el danzante segundero, el tiempo no parecía avanzar lo suficiente como para preocuparla. Todavía disponía de una ventaja temporal considerable antes de la hora de salida.
El autobús iba apagando las farolas en dirección a la estación, quitándole a los charcos de la carretera luces que reflejar aparte del rojo, ámbar y verde intermitente. La gente deambulaba bajo los paraguas abiertos saboreando todavía el último sorbo del café matutino, absortos en no desviarse de su acostumbrado trayecto marcado por un número exacto de pisadas, canciones de mp3 y por esas personas que como iguales, como vecinos de camino, les eran familiares por cruzárselos todos los días y ajenos por no haber intercambiado ni una palabra con ellos.
Para cuando Nadia bajó del vehículo, la lluvia había cobrado intensidad y amenazaba con ametrallearle las gafas. Salvó la distancia entre la parada y las puertas automáticas de la estación con una carrera resbaladiza y un traqueteo de ruedas mojadas sobre los adoquines hasta llegar a la parte cubierta de la entrada. Se detuvo y se sacudió las gotas que como perlas se habían quedado prendadas en la sudadera sin llegar a calar la tela, se ajustó bien el nudo del pañuelo en torno al cuello y se limpió rápidamente los cristales. Junto a la puerta, había un par de vagabundos todavía metidos en sacos de dormir, bostezando somnolientos al lado de botellas vacías de cerveza, que la miraron con ojos vidriosos, como fantasmas. O como si el fantasma fuera ella.
El ambiente dentro de la estación era más tranquilo y despejado de lo habitual; poca gente, abajo en las hileras de bancos, esperaba leyendo algún periódico, escuchando música, o calentando la silla en la barra de la cafetería. Nadia se quedó bajo el panel luminoso de llegadas y salidas, buscando el número de andén del que salía su autobús. Escuchó un tintineo metálico sobre el suelo y se giró para ver a un hombre, de ropa sucia y vieja, mal afeitado, arrastrando una correa de perro (pero sin perro), mientras buscaba incansablemente con la mirada a su alrededor. La muchacha tembló por culpa de un escalofrío que se le coló bajo la ropa y apartó los ojos de él.
Al salir al exterior advirtió que la tormenta había escampado un poco. De la lluvia de antes sólo quedaban unas pocas gotas errantes y perezosas, aunque pequeñas y frías como agujas. Las nubes en el cielo viajaban a toda velocidad, más rápidas que el segundero de su reloj, causándole mareo si andaba y miraba hacia arriba al mismo tiempo. El autobús ya esperaba a los pasajeros en el andén correspondiente y el revisor aguardaba a los pies de la escalera con gesto adusto y despierto. Nadia dejó su resfriada maleta en el compartimento del equipaje y se acercó al hombre, billete en mano, con el escalofrío de antes todavía enganchado debajo del jersey.
El revisor comprobó religiosamente su nombre y su carnet de identidad con la lista de pasajeros y le permitió subir haciéndose a un lado. La joven, mucho más calmada, entró buscando el número de asiento en las ventanas del vehículo. Antes de localizarlo ubicó a unas cinco personas ya acomodadas en el autobús, todas ensimismadas en sus propios asuntos: una señora mayor ojeaba una revista, un chaval de su misma edad tecleaba algo en su blackberry, una madre y su hijo hablaban en voz baja, un hombre trajeado encendía un ordenador portátil y una adolescente se repasaba el pintalabios con la ayuda de un espejo de mano. Nadia se sentó, se quitó las gafas para volver a limpiarlas y se dispuso a esperar.
El tiempo parecía haberse quedado dormido dentro de la semiesfera del reloj, ajeno totalmente al baile del segundero. Los minutos pasaban y pasaban y la hora no parecía estar más próxima a la salida del autobús. A través de la ventana, Nadia vio al revisor alejarse en dirección a la cafetería de la estación y al poco rato, el hombre del portátil le siguió sin decir nada.
La muchacha se quitó el pañuelo y lo guardó en el bolso. Una ráfaga de perfume penetrante la incitó a levantar la cabeza para darse cuenta de que la señora mayor, sentada un par de filas por delante de ella, también se había marchado. Entrecerró los ojos para escudriñar más allá del cristal y vio que el cielo se había ennegrecido tapando los huecos de azul temprano y que los bancos de espera de la estación estaban vacíos.
Nadia abrió el bolso y sacó el móvil para comprobar que la hora de su reloj era correcta. La madre, cogiendo de la mano a su hijo, se levantó de su asiento y bajó del autobús entre murmullos.
Un extraño desasosiego empezó a apoderarse de ella, como si el escalofrío anterior se le hubiera introducido en la columna vertebral envenenándole el cuerpo con una intranquilidad viscosa. Giró la cabeza hacia atrás y se dio cuenta de que sólo la chica del pintalabios quedaba en el autobús, rebuscando en la mochila morada que tenía en el regazo.
Nadia se esforzó por calmarse y volver a respirar con normalidad. Se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó con suavidad, cerrando los ojos para serenarse. Lo primero que vio al abrirlos de nuevo fueron los tacones azul eléctrico de la chica cruzando la línea de las puertas automáticas y perdiéndose de vista.
Su ritmo cardíaco empezó a danzar al ritmo del desesperado segundero al descubrirse sola no sólo en el autobús, sino en toda la estación. Se puso en pie con dificultad, ya que el cuerpo no le respondía, y avanzó con pies de plomo hasta la escalera del vehículo... sin atreverse a bajar el último escalón.
El viento ululaba con pena, ahuyentando a las palomas y gorriones mañaneros que dormitaban sobre las vigas del techo, haciendo volar a las hojas de periódico sueltas y esparcidas por el asfalto húmedo y brillante. Los demás autobuses parecían llevar siglos abandonados en aquellos andenes desiertos.
Delante de ella, su maleta la esperaba sobre la acera.
Y frente a sus ruedas forradas de hojas pisoteadas, yacía la correa metálica del perro inexistente.
Un soplo de aire tibio le acarició la nuca.
Despierta.
[Imagen por Chema Madoz]
Había llovido durante toda la noche y las calles estaban anegadas de charcos enormes, concentrados a menudo encima de las alcantarillas ahogadas por la tormenta. El agua gris estaba surcada por rastros multicolores de aceite, sobre el que navegaban parsimoniosamente las hojas broncíneas caídas de los árboles.
Al detenerse bajo la parada de autobús, las ruedas de su equipaje habían atropellado y destrozado ya unas cuantas.
El vehículo escarlata no la hizo esperar demasiado y se presentó pronto ante ella con las puertas abiertas y la calefacción encendida. El jirón del vaho que se le escapó de la boca desapareció en el instante en que subió los escalones para pasar su bonobús por la máquina, antes de cruzar el pasillo flanqueado de asientos vacíos hasta uno individual junto a la ventana. Se acomodó la maleta entre las piernas, pegándose al radiador plano, y el autobús se puso en marcha a tiempo de embestir las primeras gotas de lluvia. Nadia suspiró y observó de nuevo el reloj: el segundero bailaba al son de la música clásica que sonaba a través de la radio, bajo la semiesfera del artilugio.
A pesar de la acuciante sensación que la invadía y de su miedo a llegar tarde, por muchas vueltas y vueltas que diera el danzante segundero, el tiempo no parecía avanzar lo suficiente como para preocuparla. Todavía disponía de una ventaja temporal considerable antes de la hora de salida.
El autobús iba apagando las farolas en dirección a la estación, quitándole a los charcos de la carretera luces que reflejar aparte del rojo, ámbar y verde intermitente. La gente deambulaba bajo los paraguas abiertos saboreando todavía el último sorbo del café matutino, absortos en no desviarse de su acostumbrado trayecto marcado por un número exacto de pisadas, canciones de mp3 y por esas personas que como iguales, como vecinos de camino, les eran familiares por cruzárselos todos los días y ajenos por no haber intercambiado ni una palabra con ellos.
Para cuando Nadia bajó del vehículo, la lluvia había cobrado intensidad y amenazaba con ametrallearle las gafas. Salvó la distancia entre la parada y las puertas automáticas de la estación con una carrera resbaladiza y un traqueteo de ruedas mojadas sobre los adoquines hasta llegar a la parte cubierta de la entrada. Se detuvo y se sacudió las gotas que como perlas se habían quedado prendadas en la sudadera sin llegar a calar la tela, se ajustó bien el nudo del pañuelo en torno al cuello y se limpió rápidamente los cristales. Junto a la puerta, había un par de vagabundos todavía metidos en sacos de dormir, bostezando somnolientos al lado de botellas vacías de cerveza, que la miraron con ojos vidriosos, como fantasmas. O como si el fantasma fuera ella.
El ambiente dentro de la estación era más tranquilo y despejado de lo habitual; poca gente, abajo en las hileras de bancos, esperaba leyendo algún periódico, escuchando música, o calentando la silla en la barra de la cafetería. Nadia se quedó bajo el panel luminoso de llegadas y salidas, buscando el número de andén del que salía su autobús. Escuchó un tintineo metálico sobre el suelo y se giró para ver a un hombre, de ropa sucia y vieja, mal afeitado, arrastrando una correa de perro (pero sin perro), mientras buscaba incansablemente con la mirada a su alrededor. La muchacha tembló por culpa de un escalofrío que se le coló bajo la ropa y apartó los ojos de él.
Al salir al exterior advirtió que la tormenta había escampado un poco. De la lluvia de antes sólo quedaban unas pocas gotas errantes y perezosas, aunque pequeñas y frías como agujas. Las nubes en el cielo viajaban a toda velocidad, más rápidas que el segundero de su reloj, causándole mareo si andaba y miraba hacia arriba al mismo tiempo. El autobús ya esperaba a los pasajeros en el andén correspondiente y el revisor aguardaba a los pies de la escalera con gesto adusto y despierto. Nadia dejó su resfriada maleta en el compartimento del equipaje y se acercó al hombre, billete en mano, con el escalofrío de antes todavía enganchado debajo del jersey.
El revisor comprobó religiosamente su nombre y su carnet de identidad con la lista de pasajeros y le permitió subir haciéndose a un lado. La joven, mucho más calmada, entró buscando el número de asiento en las ventanas del vehículo. Antes de localizarlo ubicó a unas cinco personas ya acomodadas en el autobús, todas ensimismadas en sus propios asuntos: una señora mayor ojeaba una revista, un chaval de su misma edad tecleaba algo en su blackberry, una madre y su hijo hablaban en voz baja, un hombre trajeado encendía un ordenador portátil y una adolescente se repasaba el pintalabios con la ayuda de un espejo de mano. Nadia se sentó, se quitó las gafas para volver a limpiarlas y se dispuso a esperar.
El tiempo parecía haberse quedado dormido dentro de la semiesfera del reloj, ajeno totalmente al baile del segundero. Los minutos pasaban y pasaban y la hora no parecía estar más próxima a la salida del autobús. A través de la ventana, Nadia vio al revisor alejarse en dirección a la cafetería de la estación y al poco rato, el hombre del portátil le siguió sin decir nada.
La muchacha se quitó el pañuelo y lo guardó en el bolso. Una ráfaga de perfume penetrante la incitó a levantar la cabeza para darse cuenta de que la señora mayor, sentada un par de filas por delante de ella, también se había marchado. Entrecerró los ojos para escudriñar más allá del cristal y vio que el cielo se había ennegrecido tapando los huecos de azul temprano y que los bancos de espera de la estación estaban vacíos.
Nadia abrió el bolso y sacó el móvil para comprobar que la hora de su reloj era correcta. La madre, cogiendo de la mano a su hijo, se levantó de su asiento y bajó del autobús entre murmullos.
Un extraño desasosiego empezó a apoderarse de ella, como si el escalofrío anterior se le hubiera introducido en la columna vertebral envenenándole el cuerpo con una intranquilidad viscosa. Giró la cabeza hacia atrás y se dio cuenta de que sólo la chica del pintalabios quedaba en el autobús, rebuscando en la mochila morada que tenía en el regazo.
Nadia se esforzó por calmarse y volver a respirar con normalidad. Se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó con suavidad, cerrando los ojos para serenarse. Lo primero que vio al abrirlos de nuevo fueron los tacones azul eléctrico de la chica cruzando la línea de las puertas automáticas y perdiéndose de vista.
Su ritmo cardíaco empezó a danzar al ritmo del desesperado segundero al descubrirse sola no sólo en el autobús, sino en toda la estación. Se puso en pie con dificultad, ya que el cuerpo no le respondía, y avanzó con pies de plomo hasta la escalera del vehículo... sin atreverse a bajar el último escalón.
El viento ululaba con pena, ahuyentando a las palomas y gorriones mañaneros que dormitaban sobre las vigas del techo, haciendo volar a las hojas de periódico sueltas y esparcidas por el asfalto húmedo y brillante. Los demás autobuses parecían llevar siglos abandonados en aquellos andenes desiertos.
Delante de ella, su maleta la esperaba sobre la acera.
Y frente a sus ruedas forradas de hojas pisoteadas, yacía la correa metálica del perro inexistente.
Un soplo de aire tibio le acarició la nuca.
Despierta.
[Imagen por Chema Madoz]
martes, octubre 18
IASADE -90-
Confiando en estar siendo vigilada por Ael o Mikäh, Cassia se dirigió a las afueras de la ciudad con la intención de alejar a la Diablesa de Amiss tanto como le fuera posible. Eligió un bosquecillo frondoso apartado de las carreteras principales que comunicaban la capital con las aldeas y pueblos cercanos, de tupidos abetos, sombrío y húmedo.
Después de detenerse, no pasaron ni cinco segundos antes de que Satzsa hiciera su aparición delante de ella. El fuerte olor a lluvia, más intenso por haberse quedado impregnado en la vegetación circundante, disfrazó completamente la fragancia a podredumbre y maldad que la caracterizaba. Cassia se agazapó sobre la hierba, sintiéndose algo aliviada y más segura al notar la tierra mojada bajo sus pies y manos, lista para defenderse en caso necesario. La Diablesa no hizo ademán de ocultarse o de pillarla desprevenida, sino que se abrió paso entre los árboles con andares despreocupados, provocativos, exhibiendo una sonrisa radiante. Hermosa y atemorizante a un mismo tiempo, grandiosa. La Nocturna se estremeció ante su sonrisa fría y desapasionada. Entreabrió los labios y observó el terreno que las separaba, se aproximó a ella contoneando las caderas con un suave balanceo seductor. Cassia tuvo que hacer acopio de voluntad para mantenerse clavada en el sitio y no retroceder ante su avance.
- Esperaba poder alabar tu buen aspecto, pero tienes una imagen espantosa, pequeña.
- Lástima que yo no pueda decir lo mismo de ti.
- No seas aduladora, Cassia.- murmuró, a pesar de ser evidente la satisfacción con la que había recibido el comentario.
- No lo soy... realmente lamento verte tan pletórica.
- Vaya.- dijo Satzsa con voz contenida, chasqueando la lengua.- Hubiera deseado poder hablar un poco por las buenas antes de ir al grano, pero ya veo que no estás por la labor.
Antes de que pudiera reaccionar, Cassia sintió que unas ligaduras la inmovilizaban sujetándola fuertemente por las muñecas y los tobillos, apretando su cuerpo contra el suelo y haciéndole tragar tierra húmeda. Aquellas ataduras, grises y sinuosas, adormecían su cuerpo allí donde lo tocaban, entumeciéndolo y callándolo por completo. Gritó y se revolvió intentando liberarse, cuando una risa familiar interrumpió su concentración. Vio unas botas negras y sucias y después la cara risueña de Luxor, que le escupió el humo de un cigarrillo a la cara.
- Cometiste un error al pensar que él podría ser tu aliado. Debiste darte cuenta de que no puedes engañar a nadie, por muy bien que sepas fingir.
- Ni siquiera ella misma es consciente de lo defectuosa que es.- comentó el Diablo, incorporándose.
- Yo creo que sí lo es.- dijo Satzsa, agachándose a su lado, para mirarla a los ojos. El cabello leonado ondeaba como una bandera flamígera agitada por el viento de tormenta. Le acarició la frente y le apartó el pelo.- ¿Verdad, pequeña? ¿Por eso escapas de mí? Eres poco más que una sombra de lo que eras antes, pero... no tienes que avergonzarte, ni preocuparte, porque yo tengo la solución. Puedo conseguir que todas tus dudas desaparezcan.
- ¡Suéltame!
- No puedo. Sé que huirías y no quiero hacerte daño.
Cassia gruñó, retorciéndose. Las ligaduras la desposeían de toda sensibilidad y fuerza, y cada vez le resultaba más difícil sentir y mover su propio cuerpo, que no le respondía.
- Esto no es más que algo pasajero. Te voy a contar mi plan... estoy segura de que te va a encantar.
- ¡Que me sueltes, joder!
- Luxor.
El Diablo se acuclilló y le agarró el cuello con las manos, asfixiándole la voz.
- Sé que te has sentido atraída, en cierto modo, por esa luciérnaga. Es normal, dado que por naturaleza es tu enemiga y contraria, y el fallo ha sido mío por desatender tus instintos. Pero podemos arreglarlo. Podemos destruirla, las dos juntas. ¿Qué dices, Cassia? Si Amiss deja de existir, serás libre.
La Nocturna sabía que, meses atrás, aquellas palabras habrían sido música para sus oídos y que no habría pensado su respuesta ni un segundo. Pero ahora... todo era distinto, porque ella era distinta. Su odio por Amiss era la única constante natural en su existencia, una permanencia que necesitaba para no perder el juicio completamente y para poder mantenerse en el mundo de la Oscuridad, aunque fuera de puntillas sobre un límite que apenas estaba definido ya. Si lo perdía, se quedaría vagando en mitad de ninguna parte, para siempre.
También entraba en juego su otra constante: Mikäh y la promesa que le había hecho. Satzsa estaba convencida de que su obsesión por Amiss era la debilidad que la había corrompido... y aquel era el único motivo por el que no la había destruido ya. La Diablesa la observaba con algo muy cercano a la angustia mientras ella se debatía en vano, torturada por la inmovilidad e insensibilidad. Le hizo un gesto a Luxor para que la dejara hablar.
- ¿Eh, pequeña? ¿Quieres? Podemos ir a por ella ahora mismo, sólo tienes que decir que sí.
Después de detenerse, no pasaron ni cinco segundos antes de que Satzsa hiciera su aparición delante de ella. El fuerte olor a lluvia, más intenso por haberse quedado impregnado en la vegetación circundante, disfrazó completamente la fragancia a podredumbre y maldad que la caracterizaba. Cassia se agazapó sobre la hierba, sintiéndose algo aliviada y más segura al notar la tierra mojada bajo sus pies y manos, lista para defenderse en caso necesario. La Diablesa no hizo ademán de ocultarse o de pillarla desprevenida, sino que se abrió paso entre los árboles con andares despreocupados, provocativos, exhibiendo una sonrisa radiante. Hermosa y atemorizante a un mismo tiempo, grandiosa. La Nocturna se estremeció ante su sonrisa fría y desapasionada. Entreabrió los labios y observó el terreno que las separaba, se aproximó a ella contoneando las caderas con un suave balanceo seductor. Cassia tuvo que hacer acopio de voluntad para mantenerse clavada en el sitio y no retroceder ante su avance.
- Esperaba poder alabar tu buen aspecto, pero tienes una imagen espantosa, pequeña.
- Lástima que yo no pueda decir lo mismo de ti.
- No seas aduladora, Cassia.- murmuró, a pesar de ser evidente la satisfacción con la que había recibido el comentario.
- No lo soy... realmente lamento verte tan pletórica.
- Vaya.- dijo Satzsa con voz contenida, chasqueando la lengua.- Hubiera deseado poder hablar un poco por las buenas antes de ir al grano, pero ya veo que no estás por la labor.
Antes de que pudiera reaccionar, Cassia sintió que unas ligaduras la inmovilizaban sujetándola fuertemente por las muñecas y los tobillos, apretando su cuerpo contra el suelo y haciéndole tragar tierra húmeda. Aquellas ataduras, grises y sinuosas, adormecían su cuerpo allí donde lo tocaban, entumeciéndolo y callándolo por completo. Gritó y se revolvió intentando liberarse, cuando una risa familiar interrumpió su concentración. Vio unas botas negras y sucias y después la cara risueña de Luxor, que le escupió el humo de un cigarrillo a la cara.
- Cometiste un error al pensar que él podría ser tu aliado. Debiste darte cuenta de que no puedes engañar a nadie, por muy bien que sepas fingir.
- Ni siquiera ella misma es consciente de lo defectuosa que es.- comentó el Diablo, incorporándose.
- Yo creo que sí lo es.- dijo Satzsa, agachándose a su lado, para mirarla a los ojos. El cabello leonado ondeaba como una bandera flamígera agitada por el viento de tormenta. Le acarició la frente y le apartó el pelo.- ¿Verdad, pequeña? ¿Por eso escapas de mí? Eres poco más que una sombra de lo que eras antes, pero... no tienes que avergonzarte, ni preocuparte, porque yo tengo la solución. Puedo conseguir que todas tus dudas desaparezcan.
- ¡Suéltame!
- No puedo. Sé que huirías y no quiero hacerte daño.
Cassia gruñó, retorciéndose. Las ligaduras la desposeían de toda sensibilidad y fuerza, y cada vez le resultaba más difícil sentir y mover su propio cuerpo, que no le respondía.
- Esto no es más que algo pasajero. Te voy a contar mi plan... estoy segura de que te va a encantar.
- ¡Que me sueltes, joder!
- Luxor.
El Diablo se acuclilló y le agarró el cuello con las manos, asfixiándole la voz.
- Sé que te has sentido atraída, en cierto modo, por esa luciérnaga. Es normal, dado que por naturaleza es tu enemiga y contraria, y el fallo ha sido mío por desatender tus instintos. Pero podemos arreglarlo. Podemos destruirla, las dos juntas. ¿Qué dices, Cassia? Si Amiss deja de existir, serás libre.
La Nocturna sabía que, meses atrás, aquellas palabras habrían sido música para sus oídos y que no habría pensado su respuesta ni un segundo. Pero ahora... todo era distinto, porque ella era distinta. Su odio por Amiss era la única constante natural en su existencia, una permanencia que necesitaba para no perder el juicio completamente y para poder mantenerse en el mundo de la Oscuridad, aunque fuera de puntillas sobre un límite que apenas estaba definido ya. Si lo perdía, se quedaría vagando en mitad de ninguna parte, para siempre.
También entraba en juego su otra constante: Mikäh y la promesa que le había hecho. Satzsa estaba convencida de que su obsesión por Amiss era la debilidad que la había corrompido... y aquel era el único motivo por el que no la había destruido ya. La Diablesa la observaba con algo muy cercano a la angustia mientras ella se debatía en vano, torturada por la inmovilidad e insensibilidad. Le hizo un gesto a Luxor para que la dejara hablar.
- ¿Eh, pequeña? ¿Quieres? Podemos ir a por ella ahora mismo, sólo tienes que decir que sí.
lunes, octubre 17
Metamorfosis obligada
Las hojas caen en otoño y alfombran las calles para las cientos de botas mojadas que pisan las aceras en invierno. En primavera, la vegetación renace de la noche a la mañana; los capullos explotan, las flores se abren sonriéndote y contagiándote el alma con sus colores, perfumándote las manos y el cabello. Las orugas se metamorfosean en bellas mariposas de existencia efímera.
La joven apartó la mirada de sus propios ojos reflejados en el espejo y giró la cabeza para observar el cristal empapado sobre el que se estrellaban las gotas de lluvia, escandalosamente, antes de caer dejando rápidos surcos de agua sobre la superficie. Ella suspiró, cabizbaja. El grifo goteaba persistentemente, el lavabo estaba mojado y las lágrimas le emborronaron la vista antes de desaparecer alejadas con rabia por el dorso de su mano, al igual que la lluvia transformaba las luces en manchas amorfas encima de la pequeña ventana del cuarto de baño. Al notar que el labio inferior le temblaba se lo sujetó con los dedos, para darle calor y que no tiritara.
Haciendo acopio de valor levantó la mirada para enfrentarse a sí misma, a sus ojos marrones, otra vez.
Pero no era primavera.
Y si quería una metamorfosis tenía que crearla ella misma.
La mano vaciló al coger las tijeras, que de repente parecían pesar una tonelada. Por debajo del repiqueteo de la lluvia, al otro lado de la pared, se escuchaba la música pop de su hermana, ajena a su indecisión en su mundo burbuja de primero de bachillerato. El móvil, junto a la jabonera, permanecía mudo, tentándola a cogerlo y a revisar los registros de las últimas llamadas y mensajes recibidos. Con otro suspiro, más forzado, cogió de nuevo las tijeras.
"Un centímetro por todas las veces que te dije te quiero. Otro por todas las veces que me lo dijiste tú a mí. Uno por todas esas noches en vela sin poder dormir debido a la emoción y los nervios. Otro por esos largos momentos mirándonos a los ojos sin decir nada, pudiendo apreciar mi propio reflejo en tu mirada. Uno por todos los jadeos gritados mientras hacíamos el amor y otro por todas las veces en las que lloré de felicidad. Uno por todos los momentos en los que me sentí la mitad de un todo contigo. Otro por todas las promesas y juramentos.
Un centímetro por todas las mentiras que me dijiste. Otro por todos los aspectos que tuve que cambiar de mí para facilitarte las cosas. Uno por todas las discusiones. Otro por todos los llantos a escondidas. Uno por la desconfianza y otro por la culpabilidad inmerecida. Uno a mí salud, por lo estúpida que he sido. Otro por lo mal que te has portado conmigo. Y el último, porque lo que más te gustaba de mí era mi pelo largo."
Alguien llamó a la puerta con impaciencia y entró sin esperar una contestación. Su hermana pequeña, con un auricular puesto y el otro descolgado, la bufanda mal colocada alrededor del cuello y los cordones de las zapatillas sin abrochar.
- Oye, ¿tienes tú por casualidad mi lápiz de...? - la chica calló de repente, mirándola con los ojos abiertos de par en par y expresión de espanto.- ¿Te has cortado el pelo?
- ¿Tú que crees?
- Mmm... ya veo. Pues... no te queda mal.
- ¿Y a qué viene esa cara de susto, entonces?
- Tía, estás rara, creo es la primera vez que te veo con el pelo corto. Bueno, que te iba a decir yo... mi lápiz de ojos.
- No sé dónde está. Largo.
- Pero...
- Que te pires.
La joven empujó a su hermana fuera del baño y le cerró la puerta en las narices. Regresó frente al espejo pero no se atrevió a mirarse a sí misma. En su lugar, centró su atención en los mechones de pelo cercenados, que yacían sobre el papel de periódico completamente inertes. Ya no jugarían a ser banderas en el viento, no cambiarían de tonalidad con la luz del sol, no serían peinados, trenzados ni acariciados nunca más, ni atraparían las pequeñas hojas de otoño que caen ahora de los árboles.
Cada uno de ellos simbolizaba algo que necesitaba dejar atrás, y al suspirar otra vez se sintió mucho más liviana.
Casi como si flotara.
Como si se hubiera metamorfoseado en una mariposa.
[Imagen por hparker07]
La joven apartó la mirada de sus propios ojos reflejados en el espejo y giró la cabeza para observar el cristal empapado sobre el que se estrellaban las gotas de lluvia, escandalosamente, antes de caer dejando rápidos surcos de agua sobre la superficie. Ella suspiró, cabizbaja. El grifo goteaba persistentemente, el lavabo estaba mojado y las lágrimas le emborronaron la vista antes de desaparecer alejadas con rabia por el dorso de su mano, al igual que la lluvia transformaba las luces en manchas amorfas encima de la pequeña ventana del cuarto de baño. Al notar que el labio inferior le temblaba se lo sujetó con los dedos, para darle calor y que no tiritara.
Haciendo acopio de valor levantó la mirada para enfrentarse a sí misma, a sus ojos marrones, otra vez.
Pero no era primavera.
Y si quería una metamorfosis tenía que crearla ella misma.
La mano vaciló al coger las tijeras, que de repente parecían pesar una tonelada. Por debajo del repiqueteo de la lluvia, al otro lado de la pared, se escuchaba la música pop de su hermana, ajena a su indecisión en su mundo burbuja de primero de bachillerato. El móvil, junto a la jabonera, permanecía mudo, tentándola a cogerlo y a revisar los registros de las últimas llamadas y mensajes recibidos. Con otro suspiro, más forzado, cogió de nuevo las tijeras.
"Un centímetro por todas las veces que te dije te quiero. Otro por todas las veces que me lo dijiste tú a mí. Uno por todas esas noches en vela sin poder dormir debido a la emoción y los nervios. Otro por esos largos momentos mirándonos a los ojos sin decir nada, pudiendo apreciar mi propio reflejo en tu mirada. Uno por todos los jadeos gritados mientras hacíamos el amor y otro por todas las veces en las que lloré de felicidad. Uno por todos los momentos en los que me sentí la mitad de un todo contigo. Otro por todas las promesas y juramentos.
Un centímetro por todas las mentiras que me dijiste. Otro por todos los aspectos que tuve que cambiar de mí para facilitarte las cosas. Uno por todas las discusiones. Otro por todos los llantos a escondidas. Uno por la desconfianza y otro por la culpabilidad inmerecida. Uno a mí salud, por lo estúpida que he sido. Otro por lo mal que te has portado conmigo. Y el último, porque lo que más te gustaba de mí era mi pelo largo."
Alguien llamó a la puerta con impaciencia y entró sin esperar una contestación. Su hermana pequeña, con un auricular puesto y el otro descolgado, la bufanda mal colocada alrededor del cuello y los cordones de las zapatillas sin abrochar.
- Oye, ¿tienes tú por casualidad mi lápiz de...? - la chica calló de repente, mirándola con los ojos abiertos de par en par y expresión de espanto.- ¿Te has cortado el pelo?
- ¿Tú que crees?
- Mmm... ya veo. Pues... no te queda mal.
- ¿Y a qué viene esa cara de susto, entonces?
- Tía, estás rara, creo es la primera vez que te veo con el pelo corto. Bueno, que te iba a decir yo... mi lápiz de ojos.
- No sé dónde está. Largo.
- Pero...
- Que te pires.
La joven empujó a su hermana fuera del baño y le cerró la puerta en las narices. Regresó frente al espejo pero no se atrevió a mirarse a sí misma. En su lugar, centró su atención en los mechones de pelo cercenados, que yacían sobre el papel de periódico completamente inertes. Ya no jugarían a ser banderas en el viento, no cambiarían de tonalidad con la luz del sol, no serían peinados, trenzados ni acariciados nunca más, ni atraparían las pequeñas hojas de otoño que caen ahora de los árboles.
Cada uno de ellos simbolizaba algo que necesitaba dejar atrás, y al suspirar otra vez se sintió mucho más liviana.
Casi como si flotara.
Como si se hubiera metamorfoseado en una mariposa.
[Imagen por hparker07]
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