lunes, octubre 24

Los sueños mueren en la estación

Era difícil averiguar si la penumbra procedía de la noche o de las nubes de tormenta que, como una cortina azul oscuro agitada por el viento, ondulaba sobre el cielo dejando ver a ratos la luz, poco más clara, de la mañana que atisbaba tímidamente sobre el horizonte. La humedad de la atmósfera se adhería al paladar, vaticinando un chaparrón para el que se había dejado el paraguas olvidado en casa. Nadia miró las nubes y la puerta del edificio, alternativamente, dudando si volver a por él o no. Luego le dedicó una ojeada al reloj y echó a andar, arrastrando tras de sí la maleta, rogando que las gotas le concedieran unos cuantos minutos de ventaja.
Había llovido durante toda la noche y las calles estaban anegadas de charcos enormes, concentrados a menudo encima de las alcantarillas ahogadas por la tormenta. El agua gris estaba surcada por rastros multicolores de aceite, sobre el que navegaban parsimoniosamente las hojas broncíneas caídas de los árboles.
Al detenerse bajo la parada de autobús, las ruedas de su equipaje habían atropellado y destrozado ya unas cuantas.
El vehículo escarlata no la hizo esperar demasiado y se presentó pronto ante ella con las puertas abiertas y la calefacción encendida. El jirón del vaho que se le escapó de la boca desapareció en el instante en que subió los escalones para pasar su bonobús por la máquina, antes de cruzar el pasillo flanqueado de asientos vacíos hasta uno individual junto a la ventana. Se acomodó la maleta entre las piernas, pegándose al radiador plano, y el autobús se puso en marcha a tiempo de embestir las primeras gotas de lluvia. Nadia suspiró y observó de nuevo el reloj: el segundero bailaba al son de la música clásica que sonaba a través de la radio, bajo la semiesfera del artilugio.
A pesar de la acuciante sensación que la invadía y de su miedo a llegar tarde, por muchas vueltas y vueltas que diera el danzante segundero, el tiempo no parecía avanzar lo suficiente como para preocuparla. Todavía disponía de una ventaja temporal considerable antes de la hora de salida.

El autobús iba apagando las farolas en dirección a la estación, quitándole a los charcos de la carretera luces que reflejar aparte del rojo, ámbar y verde intermitente. La gente deambulaba bajo los paraguas abiertos saboreando todavía el último sorbo del café matutino, absortos en no desviarse de su acostumbrado trayecto marcado por un número exacto de pisadas, canciones de mp3 y por esas personas que como iguales, como vecinos de camino, les eran familiares por cruzárselos todos los días y ajenos por no haber intercambiado ni una palabra con ellos.
Para cuando Nadia bajó del vehículo, la lluvia había cobrado intensidad y amenazaba con ametrallearle las gafas. Salvó la distancia entre la parada y las puertas automáticas de la estación con una carrera resbaladiza y un traqueteo de ruedas mojadas sobre los adoquines hasta llegar a la parte cubierta de la entrada. Se detuvo y se sacudió las gotas que como perlas se habían quedado prendadas en la sudadera sin llegar a calar la tela, se ajustó bien el nudo del pañuelo en torno al cuello y se limpió rápidamente los cristales. Junto a la puerta, había un par de vagabundos todavía metidos en sacos de dormir, bostezando somnolientos al lado de botellas vacías de cerveza, que la miraron con ojos vidriosos, como fantasmas. O como si el fantasma fuera ella.
El ambiente dentro de la estación era más tranquilo y despejado de lo habitual; poca gente, abajo en las hileras de bancos, esperaba leyendo algún periódico, escuchando música, o calentando la silla en la barra de la cafetería. Nadia se quedó bajo el panel luminoso de llegadas y salidas, buscando el número de andén del que salía su autobús. Escuchó un tintineo metálico sobre el suelo y se giró para ver a un hombre, de ropa sucia y vieja, mal afeitado, arrastrando una correa de perro (pero sin perro), mientras buscaba incansablemente con la mirada a su alrededor. La muchacha tembló por culpa de un escalofrío que se le coló bajo la ropa y apartó los ojos de él.

Al salir al exterior advirtió que la tormenta había escampado un poco. De la lluvia de antes sólo quedaban unas pocas gotas errantes y perezosas, aunque pequeñas y frías como agujas. Las nubes en el cielo viajaban a toda velocidad, más rápidas que el segundero de su reloj, causándole mareo si andaba y miraba hacia arriba al mismo tiempo. El autobús ya esperaba a los pasajeros en el andén correspondiente y el revisor aguardaba a los pies de la escalera con gesto adusto y despierto. Nadia dejó su resfriada maleta en el compartimento del equipaje y se acercó al hombre, billete en mano, con el escalofrío de antes todavía enganchado debajo del jersey.
El revisor comprobó religiosamente su nombre y su carnet de identidad con la lista de pasajeros y le permitió subir haciéndose a un lado. La joven, mucho más calmada, entró buscando el número de asiento en las ventanas del vehículo. Antes de localizarlo ubicó a unas cinco personas ya acomodadas en el autobús, todas ensimismadas en sus propios asuntos: una señora mayor ojeaba una revista, un chaval de su misma edad tecleaba algo en su blackberry, una madre y su hijo hablaban en voz baja, un hombre trajeado encendía un ordenador portátil y una adolescente se repasaba el pintalabios con la ayuda de un espejo de mano. Nadia se sentó, se quitó las gafas para volver a limpiarlas y se dispuso a esperar.

El tiempo parecía haberse quedado dormido dentro de la semiesfera del reloj, ajeno totalmente al baile del segundero. Los minutos pasaban y pasaban y la hora no parecía estar más próxima a la salida del autobús. A través de la ventana, Nadia vio al revisor alejarse en dirección a la cafetería de la estación y al poco rato, el hombre del portátil le siguió sin decir nada.
La muchacha se quitó el pañuelo y lo guardó en el bolso. Una ráfaga de perfume penetrante la incitó a levantar la cabeza para darse cuenta de que la señora mayor, sentada un par de filas por delante de ella, también se había marchado. Entrecerró los ojos para escudriñar más allá del cristal y vio que el cielo se había ennegrecido tapando los huecos de azul temprano y que los bancos de espera de la estación estaban vacíos.
Nadia abrió el bolso y sacó el móvil para comprobar que la hora de su reloj era correcta. La madre, cogiendo de la mano a su hijo, se levantó de su asiento y bajó del autobús entre murmullos.
Un extraño desasosiego empezó a apoderarse de ella, como si el escalofrío anterior se le hubiera introducido en la columna vertebral envenenándole el cuerpo con una intranquilidad viscosa. Giró la cabeza hacia atrás y se dio cuenta de que sólo la chica del pintalabios quedaba en el autobús, rebuscando en la mochila morada que tenía en el regazo.
Nadia se esforzó por calmarse y volver a respirar con normalidad. Se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó con suavidad, cerrando los ojos para serenarse. Lo primero que vio al abrirlos de nuevo fueron los tacones azul eléctrico de la chica cruzando la línea de las puertas automáticas y perdiéndose de vista.

Su ritmo cardíaco empezó a danzar al ritmo del desesperado segundero al descubrirse sola no sólo en el autobús, sino en toda la estación. Se puso en pie con dificultad, ya que el cuerpo no le respondía, y avanzó con pies de plomo hasta la escalera del vehículo... sin atreverse a bajar el último escalón.
El viento ululaba con pena, ahuyentando a las palomas y gorriones mañaneros que dormitaban sobre las vigas del techo, haciendo volar a las hojas de periódico sueltas y esparcidas por el asfalto húmedo y brillante. Los demás autobuses parecían llevar siglos abandonados en aquellos andenes desiertos.
Delante de ella, su maleta la esperaba sobre la acera.
Y frente a sus ruedas forradas de hojas pisoteadas, yacía la correa metálica del perro inexistente.
Un soplo de aire tibio le acarició la nuca.

Despierta.

[Imagen por Chema Madoz]

2 comentarios:

InfusionDeLotoNegro dijo...

Otra magistral historia de melancolía otoñal con tintes sobrenaturales y oníricos.
Y, ¡por dios!, Que no sea la última…

Se me ocurre pensar, si no fuera por él despierta del final, que había llegado a su destino incluso antes de salir. Propongo que hagas una segunda parte, ¿Qué ocurre en el siguiente sueño, o no, donde Nadia sale por las puertas de la estación?

Gracias, una vez más. Hoy mi café sabe a tus palabras, susurros de tus labios diría yo. Y si, el café así sabe infinitamente mejor.

Anaid Sobel dijo...

Como puedes escribir tan deliciosamente bien?¿
*_*


Ya deberías saber que me vuelves loca