jueves, agosto 12

IASADE -33-

- No sé porqué, pero la imaginaba a usted mayor.

Cassia le rió el comentario al señor Collins, que había tomado asiento en el sofá de cuero marrón en el que se sentaba su hija durante las sesiones. Era un hombre no demasiado alto, pero atractivo y corpulento, de mentón fuerte y mirada acerada.

- Me suele pasar. Muchos de mis pacientes, y muchos padres de pacientes, se asombran de conocer a una psicóloga tan joven. Ya me he acostumbrado. ¿Le apetece un café, señor Collins? ¿O quizá una taza de té?
- No, gracias. No tengo intención de demorarme mucho. Sólo quería hacerle una pregunta.
- Pues pregúnteme.
- La semana que viene es el cumpleaños de Samantha. Cumple dieciséis, como ya sabrá. Le gustaría celebrar una gran fiesta, aunque no tiene muchos amigos. La cuestión es... que quiere que tanto yo, como su madre, acudamos a la fiesta.
- Sí, me lo ha comentado.
- ¿Y qué opina usted, señorita Addams?- le preguntó seriamente Matthew Collins.- ¿Cree que es buena idea? La madre de Samantha y yo no estamos en buenos términos. Es posible que acabemos discutiendo y no me gustaría estropear la fiesta de mi hija.

Cassia sonrió para sus adentros ante aquella oportunidad. Sabía que Samantha deseaba ver a sus padres juntos en su fiesta de cumpleaños y también sabía que aquella era una ilusión en potencia de la que la luciérnaga podía sacar tajada. Tenía que eliminarla.

- Hablando francamente, señor Collins... no. No creo que sea una buena idea. Pero no por las posibles discusiones que puedan tener su mujer y usted, sino porque Samantha aún no ha aceptado el hecho de que no están juntos. Lo sabe, pero sigue albergando esperanzas de que se reconcilien. El hecho de que ambos estén en su fiesta de cumpleaños no hará sino fortalecer dichas esperanzas. Y eso no le hace bien.
- Comprendo.- se puso en pie.- Muchas gracias, señorita Addams.
- No tiene que dármelas, señor Collins. Ah... ¿podría decirle algo más?
- Por supuesto.
- Esa chica, la nueva amiga de Samantha...
- ¿Meryl?
- Sí, ella. Creo que influye demasiado en su hija. Últimamente me suele decir a menudo "Meryl dice esto", o "Meryl piensa que..." Y no creo que sea bueno para ella. Samantha tiene que aprender a tener un pensamiento independiente, y Meryl coarta demasiado sus opiniones e ideas. Estaría bien que se mantuviera un poco separada de ella.
- Muy bien, haré lo que pueda al respecto. Gracias de nuevo. Samy se ve... mucho más feliz desde que empezó la terapia.
- Me alegro enormemente de que así sea. Hasta la próxima, señor Collins, y siéntase libre de llamarme si necesita cualquier cosa.
- Adiós.

Cassia le abrió la puerta del apartamento y despidió al señor Collins y a su hija, que aguardaba fuera, con una sonrisa y un gesto de la mano. Después cerró la puerta y apagó las luces.

- Eso último ha sido bastante hábil.- murmuró una voz aterciopelada en la oscuridad.
- Gracias, Satzsa.
- Tengo información para ti.
- Dispara.
- La luciérnaga se llama Amiss, y su Ángel, Ael. Como ya sabíamos, es una Mediadora. Este es su segundo encargo. No lo tengo confirmado, pero al parecer va persiguiendo una ilusión.
- Ya me lo había imaginado.
- Ten cuidado con esa paloma, pequeña. Es peligrosa. Que no te vuelva a pillar desprevenida.
- No lo volverá a hacer.
- Bien. Ah, te he conseguido un modelito irresistible para la juerga de esta noche. Y he reservado mesa para cenar. Cámbiate ya, tenemos que atracar a alguien de camino al restaurante.

miércoles, agosto 11

IASADE -32-

En lo alto del cielo amanecía, pero en Nueva York aún era de noche. La única pista que hacía saber a la humanidad que el sol despertaba era la leve opalescencia de las nubes, rodeadas por un suave halo de luz grisácea. El alba era un momento del día que había dejado de existir para los habitantes de aquella ciudad.

Cassia fue muy cuidadosa al aproximarse al hogar de Meryl, el escondite de la luciérnaga. Se trataba de un barrio residencial pequeño y de modesto estatus, construido en base a un plano cuadrado que rodeaba un parque con un estanque, columpios y árboles, muchos árboles. Sabía que las almas blancas no dormían y no quería cruzarse con ella por error.

No le resultó difícil rastrear sus pasos; su huella luminosa destacaba en mitad de la atmósfera sucia, tan llamativa o más que un cartel de neón de vivos colores en una noche cerrada. Cassia trepó sigilosamente a lo alto de un roble, camuflándose entre el denso follaje, para contemplar un sauce llorón que se inclinaba melancólicamente sobre el estanque de aguas quietas y oscuras. Ése era el lugar que la Mediadora había escogido. Y a su alrededor no sólo estaba el rastro del alma blanca, sino también el del Ángel, mucho más sutil y casi imperceptible. Al parecer, la paloma no se fiaba de dejar solo a su polluelo.

La vio. La Mediadora estaba sentada sobre una rama gruesa, en su forma etérea. Su vestido verde se ondulaba empujado por una brisa invisible, al igual que su cabello. Su expresión era distraída, ausente, como si escuchara algo que nadie más era capaz de oír. El odio comenzó a bullir dentro de ella y debido a ello, inevitablemente, sus dedos volaron a la empuñadura de su cimitarra para aflojarla dentro de la vaina. Aquella sonrisa pacífica en sus labios debería estar prohibida. "No se la merece", pensó con amargura.

Y ese pensamiento la sorprendió de tal forma que el odio menguó repentinamente. Todavía no sabía nada acerca de la Mediadora, ni siquiera el nombre por el que respondía. ¿Qué más le daba a ella si sonreía o no? ¿Y porqué no se lo iba a merecer? Era un alma pura, alguien que durante su vida había obrado bien y que se había ganado un sitio en la Ciudad de la Luz. Podía sonreír hasta morirse de asco, estaba en su derecho.

Un movimiento de hojas en el sauce llorón le hizo volver a concentrar sus pensamientos, agudizando sus sentidos. La Mediadora bajó grácilmente hasta el suelo, adoptó un disfraz humano y Meryl apareció junto al estanque. La chica se puso de puntillas para alcanzar con esfuerzo la mochila que colgaba de una de las ramas más bajas y se la puso sobre los hombros. Se agachó un instante en la orilla, rozó con ternura las aguas y se irguió para marcharse de allí atravesando el parque por la hierba húmeda. Cassia la observó alejarse, completamente inmóvil.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que decidió moverse por fin, saltando del árbol. Ajustó bien la cimitarra en su funda y se la colgó a la espalda. Impulsada por la curiosidad, se aproximó al estanque y estudió su propio reflejo en el agua. Su pelo blanco, a la altura de las orejas, no se movía agitado por ningún viento fantasmal. Su ropa negra y roja, pegada a su cuerpo, la identificaba inmediatamente ante cualquier ser sobrenatural como una Nocturna. Sus ojos verdes, en aquel instante, estaban tan apagados como una vela sobre la que alguien acababa de soplar, extinguiendo su llama. El espejo líquido no la engañaba: era una maldita, una repudiada. Por unos actos y una vida que no recordaba. Excepto aquel fragmento, aquel primer sueño...

- No te muevas.- dijo una voz melodiosa detrás de ella.

Cassia cerró los ojos y apretó los dientes con ira, maldiciéndose a sí misma por semejante descuido. La frustración y la rabia se le quedaron atascadas en la garganta, ahogando sus palabras.

- ¿Puedo girarme, por lo menos?
- Muy lentamente. Y si haces algún movimiento sospechoso, despídete de tu existencia.

La Nocturna se giró para encararse con el Ángel de ojos añiles. En sus pálidas manos sostenía con habilidad una espada delgada y plateada que brillaba como si los rayos del sol cayeran directamente sobre ella.

- ¿Qué hay, jefe?- preguntó Cassia, fingiendo despreocupación.- Bonita mañana, ¿eh? Esto está muy limpio.
- ¿Qué haces aquí, maldita?
- No hay porqué faltar al respeto, ¿eh? Que yo me he mordido la lengua para no llamarte paloma.
- Contesta.
- Como he dicho, esto está muy limpio. Vine a husmear un poco. No me gusta la limpieza. A lo mejor tú puedes satisfacer mi curiosidad.
- Lárgate.
- Si no fuera porque en este momento no me conviene demasiado... me reiría de los Ángeles y su inútil y estúpida piedad. Pero como no creo que sea buena idea, tranquilo jefe. Me largo pitando ahora mismo.
- No vuelvas por aquí, Nocturna. Si vuelves, o presiento tu rastro, te seguiré, daré contigo y te destruiré.
- Puedes intentarlo, desde luego.- repuso Cassia, encogiéndose de hombros.- Pero no creas que te resultará tan fácil. No estaré sola.
- Contaba con ello. Los vástagos del Mal nunca están solos, ¿y sabes por qué?
- No, la verdad es que no me interesa lo más mínimo.
- Porque hay que cuidar del Mal para que siga siendo el Mal. Si os dejaran solos, quién sabe... lo mismo vuestra conciencia despertaría o vuestra alma, si es que os queda, se rebelaría. Y el Mal perdería adeptos. Ahora márchate.

Cassia siseó furiosa y por un segundo se sintió tentada de desenfundar su arma. Pero sabía que era un suicidio. La primera regla de Satzsa era "No te dejes ver", y la segunda "No te dejes matar". Así que escupió a los pies del Ángel y se alejó de allí tan rápido como pudo.

martes, agosto 10

IASADE -31-

El sabor de la sangre era uno de sus preferidos.
Metálico, caliente, intenso... Vida. Vida en su paladar. La vida que la había abandonado en algún punto de su anterior existencia, ahora estaba en sus manos, completamente a su merced. Cassia se relamió los dedos manchados de sangre, saboreándola despacio y disfrutando de los gemidos y lloriqueos de Nina Addams, que atada sobre la mesa no dejaba de rogar a un Dios que no la escuchaba. Eso la hizo sonreír.

Su teléfono móvil empezó a sonar. Cassia se terminó de lamer los dedos, dejándolos limpios, y se metió la mano en el bolsillo para alcanzar el aparato. Miró el número con atención y se levantó. Se acercó a Nina, cuyos ojos descoloridos estaban anegados en lágrimas, y la amordazó concienzudamente. Se llevó un dedo a los labios y le pidió silencio.

- ¿Sí, dígame? Soy yo. ¡Ah, hola! Encantada de poder hablar con usted al fin, señor Collins. ¿Qué quiere? ¿Sobre Samantha? Claro... sin problema. ¿Cuándo le viene bien? ¿Mañana, después de la consulta con su hija? Perfecto, no tengo ningún compromiso en ese momento. De acuerdo. Hasta mañana, señor Collins.

Cassia colgó y sonrió a la pobre Nina, que estaba pálida y ensangrentada. Los cortes de sus mejillas aún no habían parado de sangrar. Relamiéndose, Cassia se inclinó sobre la mujer y le dio un beso allí por donde corría el delicioso líquido carmesí.

- No se preocupe, señora Addams. Estoy cuidando muy bien de su consulta. Incluso le limpio el polvo todos los días antes de que venga mi paciente, y no he destrozado absolutamente nada. La música es demasiado calmada para mi gusto, pero es la adecuada para las sesiones. Sólo necesito tomar prestada su identidad un poquito más, y luego...- Cassia se llevó un dedo a los labios manchados de rojo, pensativa.- Luego ya veremos. Es posible que la deje vivir, quién sabe. En fin.- suspiró.- He de marcharme, tengo cosas que hacer. Volveré a visitarla pronto, no se preocupe. Satzsa la mantendrá con vida hasta entonces. Adiós, señora Addams.

Cassia cerró la puerta a su espalda y en la oscuridad reinante de la habitación vio los ojos brillantes de Satzsa, semejantes a dos faros ardientes.

- Quítale las ataduras y déjale comida para dos días.
- No me gusta hacer de niñera de nadie, pequeña.
- No te supondrá mucho esfuerzo.
- De acuerdo... pero con una condición.
- ¿Cuál?- preguntó Cassia, frunciendo ligeramente el ceño.
- Esta noche nos iremos de fiesta y cacería tú y yo. Y no pienso aceptar un no por respuesta.
- Me parece buena idea.- dijo la Nocturna, sonriendo.- Hace mucho que no cazamos juntas.
- Me gusta que te guste. ¿A dónde vas ahora?
- He descubierto dónde se esconde la luciérnaga. Voy a echar un ojo.
- No te dejes ver.
- No temas, Satzsa. Me has enseñado bien.

lunes, agosto 9

IASADE -30-

El débil humo que salía de las alcantarillas mal atornilladas se mezclaba con el que dejaban escapar los cigarrillos al quemarse, creando una nebulosa de polución hedionda y contaminante que ahogaba el callejón en penumbra. Era medio día, y aunque las nubes no estuvieran ocultando el sol, el resplandor del astro rey tampoco hubiera sido capaz de abrirse paso entre los inmensos rascacielos para tocar tierra firme en aquel lugar dejado de la mano de Dios.

Cassia, sentada un contenedor de basura, daba brillo a su cimitarra mientras Satzsa, la Diablesa, la interrogaba con los ojos cerrados. Era algo que le gustaba hacer. Las palabras salían de su boca, pero Cassia estaba convencida de que detrás de sus párpados prestaba atención a algo muy diferente.

- ¿Qué has averiguado?
- Es una niña triste.- respondió la Nocturna.- Tiene quince años, está acomplejada y a veces se odia a sí misma. Sus padres se separaron hace un año y no lo lleva nada bien. La ignoran bastante y apenas si se interesan por su vida, que no es que le vaya de lujo. Siente que no le importa a nadie y probablemente sea verdad. Me habló de la luciérnaga, también. Se está haciendo su amiga y por lo que me contó, no le está costando mucho.
- ¿Qué pretendes hacer?
- Seguiré con la fachada de ser su psicóloga e intentaré ponerla de mi lado. Tiene un alto potencial autodestructivo que tal vez pueda utilizar a mi favor. Quiero saber... porqué la Mediadora ha elegido a esa chica.

La Diablesa abrió los ojos y clavó en ella su mirada roja y abrasadora.

- ¿Por qué tanto interés?
- No lo sé.- admitió Cassia, enfundando el arma y bajándose del contenedor.- Pero... deseo conocer sus motivaciones.
- Eso es algo que debería traerte sin cuidado.
- Lo sé.
- No me gusta.- murmuró, sacudiendo la cabeza.- No me gusta nada.
- No tienes porqué preocuparte. Sabes que la odio.
- Sí, pero sigue sin gustarme. Y te advierto una cosa, Cassia... si veo que tu interés por esa luciérnaga pone en peligro tu... esencia... Yo me ocuparé de ella y la eliminaré completamente. ¿Comprendes?

Cassia asintió con un gesto seco. Satzsa la imitó, reafirmando sus intenciones.

- Me largo. Debo estar en la consulta dentro de diez minutos.
- Está bien. Te localizaré más tarde. Creo que nuestra psicóloga de verdad te echa de menos.- añadió, con los ojos brillantes y una sonrisa cruel.

***

El timbre sonó y Cassia se apresuró a abrir la puerta a través del portero automático. Encendió las luces del apartamento y encendió el equipo de música. Una canción de piano, tranquila y apaciguadora, empezó a fluir a través de los altavoces, inundando la amplia habitación.

Llamaron a la puerta. Cassia giró el picaporte mientras componía su mejor sonrisa... una sonrisa que se heló por unos segundos cuando vio quién había tras la puerta. Samantha no había venido sola a la consulta. A su lado había una chica de su misma edad y ataviada con el mismo uniforme de instituto, que constaba de camisa blanca, falda a cuadros burdeos y grises y medias marrones. Tenía el pelo corto y castaño y unos amables ojos verdosos. Sin embargo, la imagen que la Nocturna vio no sólo se ajustaba aquellas características. Superpuesta a su falsa identidad humana, Cassia vio una melena larga color azabache y ojos de un intenso verde sobrenatural, del mismo color que su vestido. La luciérnaga sonreía ingenuamente.

Cassia tuvo que hacer gala de todo su autocontrol para no abalanzarse sobre ella y estrangularla allí mismo. A pesar del vivo e inexplicable interés que sentía por la Mediadora, el odio irracional que la poseía cuando la tenía delante le era igualmente desconcertante. No era la primera vez que se enfrentaba a un alma blanca. Había eliminado a unas cuantas y había hecho desgraciadas a muchas más, pero el único sentimiento que la había embargado entonces había sido el desprecio y también la venganza. Nunca antes el odio había hecho acto de presencia, y mucho menos con tal intensidad.

- Buenas tardes, Nina.- dijo Samantha, sonriente también.
- Me alegro de verte. ¿Quién es tu amiga?
- Es Meryl, te hablé de ella el otro día. Ha insistido en acompañarme hasta aquí.
- Oh, ya veo. Encantada de conocerte, Meryl.
- Lo mismo digo.

Al mirarla directamente a los ojos, Cassia se preguntó qué tipo de emoción estaría experimentado la luciérnaga. ¿La odiaría, igual que ella? ¿O por el contrario no sentiría nada especial? Esa posibilidad le pareció injusta. Pero por mucho que ansiara una respuesta, nada en la expresión de la Mediadora le dio ni siquiera una pista.

- Yo me marcho ya.- dijo Meryl.- Nos vemos mañana en clase, Samy. Adiós, señorita Addams.
- Hasta la próxima... Meryl.

viernes, agosto 6

Pesadilla

La melodía era exquisita. La espléndida y exacta secuencia de notas, que se seguían unas a otras en perfecto orden, rebotaba en cada centímetro cuadrado de la bóveda, de las paredes de la sala y del suelo de apariencia acuosa.
Cada uno de los músicos se dedicaba por completo a su propia partitura, poniendo el alma desnuda en cada movimiento de sus habilidosos dedos, tejiendo entre todos un glorioso tapiz de canciones, una sinfonía armónica de melodías acompasadas y sincronizadas que estremecía a cualquiera en lo más profundo de su ser.

Las partituras trazaban un mapa a seguir, pero cada músico tenía la libertad de alterarlo e improvisar a voluntad, por lo que las canciones siempre eran distintas a las que llevaban tocándose durante toda una eternidad por aquel ejército de liras, charangos, koras y kotos, violines, violas, laúdes, guitarras, balalaikas, bandurrias, arpas, cítaras, chelos y contrabajos, mandolinas, sitares, shamisen y demás instrumentos de cuerda. Sus propietarios los acariciaban con infinita ternura, aunque también con pasión y falso descuido, en arriesgadas piruetas y juegos de manos que no siempre parecían augurar un buen final.

Y mientras los artistas tocaban, las notas dibujaban obedientemente imágenes fabulosas en los espejos que adornaban la estancia. Historias de amor, aventuras fantásticas, intrigas peligrosas y misiones en las que uno podía llegar a ser el elegido sobre el que recaía la inmensa responsabilidad de salvar al mundo. Pinceladas de color daban vida a los personajes y los escenarios donde se desarrollaban los millones y millones de sueños de toda la humanidad.

Sin embargo, había una melodía que desentonaba. Una canción siniestra, tétrica, que creaba un remolino de oscuridad en su espejo correspondiente. El director de la orquesta se acercó al joven músico, de cabellos negros y ojos fríos, que rasgueaba las cuerdas del violín arrancándoles acordes lastimeros y quejumbrosos. La música era un grito torturado fruto de los movimientos retorcidos de los dedos, un llanto desgarrador.

- ¿Qué haces?- preguntó el director, observando horrorizado cómo el cuento que la música pintaba en el espejo cambiaba su rumbo para transformarse en un abismo de terror, sangre, persecución y muerte.

El joven sonrió sin levantar la mirada. Sus ojos de ónice estaban clavados en la espeluznante y macabra historia. Suspiró. Y fue un suspiro de placer.

- El miedo y la oscuridad también son necesarios, director.- contestó el muchacho, incrementando los lloriqueos de su violín y aumentando la angustia de las imágenes. Alzó la cabeza por un instante para mirar directamente al hombre que sostenía la batuta, y su sonrisa satisfecha se trocó triste.- No le pido que me entienda, sé que soy un artista imcomprendido.
- ¿Cómo te llamas?
- Pesadilla.- susurró, bajando la mirada hacia su instrumento.- Me llamo Pesadilla.

miércoles, agosto 4

IASADE -29-

La niña era más bien poca cosa. Tenía quince años y se llamaba Samantha. Samy, como le decían su mamaíta y su papaíto de forma cariñosa. Sentada en uno de los sofás de la sala de espera aguardaba con la cabeza gacha y las manos entrecruzadas sobre el regazo de su falda a cuadros, parte del uniforme del instituto. La larga melena color caoba, lisa, le caía en cascada sobre el hombro izquierdo a modo de escudo, ocultándole parte del rostro redondeado. Cassia frunció los labios en un gesto de desagrado antes de dejar de mirar por la ventana interior de la sala.

- Dan ganas de comérsela, ¿eh?- ronronéo Satzsa a su espalda, relamiéndose.- Tan carnosa, tan blanquita, tan indefensa y vulnerable...
- Ya te puedes largar.- le dijo la Nocturna a la Diablesa, girándose hacia ella.- Voy a hacerla pasar.
- Pequeña...
- No, Satzsa, ya lo hemos discutido. No pienso dejar que te acerques a la niña. Tal vez la luciérnaga no detecte tu aroma ni teniéndolo a menos de un palmo de su naricilla paliducha, pero el Ángel es otra cuestión. Lo reconocerá, y se preguntará qué tipo de interés tiene una Diablesa en una criaja por la que no se preocupan ni sus propios padres. Sería muy problemático.
- ¿No decías que querías un reto? ¿No te quejabas de que fastidiarle los planes al alma blanca iba a ser pan comido? Así podemos añadirle cierta dificultad a...
- ¡Que no, joder!

La Diablesa le sostuvo la mirada con sus intensos y ardientes ojos rojos de pupila rasgada, torciendo los labios.

- ¿No querías matarla? Pude sentir tu odio, Cassia. Fue... extasiante. Nunca había sentido algo parecido.
- Eso fue entonces. Quiero hacer las cosas así, ¿tan difícil te resulta de comprender?
- Sí.- asintió ella.- De hecho, no lo comprendo en absoluto. Pero tú sabrás lo que haces. Me voy.

Y dicho aquello, con un salto de gracilidad felina saltó por la ventana y desapareció tragada por el bullicioso ruido del tráfico neoyorquino. Cassia rechinó los dientes, furiosa con Satzsa y también consigo misma. La Diablesa tenía razón. ¿Por qué mierda estaba rebajándose a tal nivel? ¿Por qué no se limitaba a atravesar el alma pura de la luciérnaga con su cimitarra?

Sacudió la cabeza, se ajustó bien la blusa blanca y encendió las luces de la consulta, que con un suave parpadeo iluminaron todas a un mismo tiempo la habitación exquisitamente decorada. Compuso una sonrisa cálida y profesional y abrió la puerta que daba a la sala de espera. La niña levantó la cabeza tímidamente para observarla. Tenía los ojos grises y las mejillas sonrosadas.

- ¿Samantha?
- Sí.- dijo ella, poniéndose de pie y cogiendo la mochila que tenía a los pies.
- Hola, Samantha. Pasa.

La niña obedeció y entró en el interior de la consulta. Siguiendo las indicaciones de Cassia tomó asiento en un cómodo sofá de cuero marrón oscuro con cojines blancos y se descalzó. La Nocturna, por su parte, se sentó en una enorme y confortable butaca giratoria, armada de un cuaderno y una pluma que sostenía en su mano derecha. La sonrisa no abandonó su boca ni por un instante.

- Bueno, Samantha. Ya sabemos porqué estás aquí, pero sin embargo no quiero que me hables de ello por ahora. Cuéntame cosas de ti. Cuántos años tienes, a qué colegio vas, cómo son tus amigos, cuáles son tus asignaturas favoritas y cuáles las que detestas... No quiero ser únicamente tu psicóloga, sino también tu amiga. Puedes llamarme Nina.

Samy sonrió levemente y empezó a hablar.

martes, agosto 3

IASADE -28-

La luciérnaga había abandonado los barrios residenciales, no encontrando nada de su agrado... al parecer, y se había dirigido de nuevo al núcleo urbano de la ciudad, todavía buscando. Su luz corrompía la contaminación y la oscuridad natural en la que se sumía Nueva York.

Paseaba cerca de los colegios e institutos, observando a niños y adolescentes, asomándose a las ventanas de las aulas y espiando sin disimulo ninguno en los recreos, mezclándose entre los vivos sin ser vista ni oída. Invisible para todos... excepto para Cassia. La Nocturna estudiaba cada movimiento suyo, cada rasgo, memorizando y archivando toda clase de información que pudiera recopilar. Era menuda y de baja estatura. Llevaba un vestido corto tan verde como sus ojos y su cabello largo y oscuro ondeaba suavemente, como si fuera de seda. Y sonreía a menudo.

Ya la había visto en acción, en España. Era torpe, patosa, demasiado ingenua y muchas veces actuaba sin pensar lo suficiente en su siguiente movimiento. De no ser por la ayuda del Ángel que la había acompañado probablemente no habría conseguido ayudar a aquella pequeña mortal. O tal vez le habría costado años y años. Satzsa tenía razón: no entendía porqué los altos cargos del Cielo habían investido Mediadora a una criatura tan penosa como aquella. Pero así era y allí estaba, en su ciudad, amenazando con imponer orden en el caos que con tanto esmero se había esforzado en causar.

La luciérnaga se sentó en el lomo de un Pegaso alado de hierro que subido a un pedestal se encabritaba con las alas extendidas y listo para levantar el vuelo. Apoyó la cabeza sobre las crines forjadas del animal mitológico y cerró los ojos. El sol, que se dejaba ver con poca frecuencia en Nueva York debido a la masa de nubes y polución casi perenne que amurallaba el cielo de la ciudad, se abrió paso y dejó caer algunos de sus rayos dorados sobre la multitud de viandantes que atestaban las calles. Uno de ellos tocó delicadamente la cabeza de la chica blancucha, depositando un beso cálido en su cabello negro. Ella, todavía con los ojos cerrados, volvió a sonreír.

De haber tenido sangre en las venas Cassia sabía que habría bullido con rabia ardiente e intensa. Cegada por un odio irracional que no recordaba haber sentido nunca antes, desenvainó la cimitarra y se aproximó a ella silenciosa y veloz como una sombra. Pero unos segundos antes de que pudiera alcanzarla, la luciérnaga pronunció un nombre en voz baja y aquella paloma apareció a su lado con las alas extendidas, a imagen y semejanza del propio Pegaso. El Ángel la envolvió en un abrazo y ambos desaparecieron, dejando a Cassia jadeante de dolor y de furia, rodeada de un montón de humanos miserables.