viernes, agosto 6

Pesadilla

La melodía era exquisita. La espléndida y exacta secuencia de notas, que se seguían unas a otras en perfecto orden, rebotaba en cada centímetro cuadrado de la bóveda, de las paredes de la sala y del suelo de apariencia acuosa.
Cada uno de los músicos se dedicaba por completo a su propia partitura, poniendo el alma desnuda en cada movimiento de sus habilidosos dedos, tejiendo entre todos un glorioso tapiz de canciones, una sinfonía armónica de melodías acompasadas y sincronizadas que estremecía a cualquiera en lo más profundo de su ser.

Las partituras trazaban un mapa a seguir, pero cada músico tenía la libertad de alterarlo e improvisar a voluntad, por lo que las canciones siempre eran distintas a las que llevaban tocándose durante toda una eternidad por aquel ejército de liras, charangos, koras y kotos, violines, violas, laúdes, guitarras, balalaikas, bandurrias, arpas, cítaras, chelos y contrabajos, mandolinas, sitares, shamisen y demás instrumentos de cuerda. Sus propietarios los acariciaban con infinita ternura, aunque también con pasión y falso descuido, en arriesgadas piruetas y juegos de manos que no siempre parecían augurar un buen final.

Y mientras los artistas tocaban, las notas dibujaban obedientemente imágenes fabulosas en los espejos que adornaban la estancia. Historias de amor, aventuras fantásticas, intrigas peligrosas y misiones en las que uno podía llegar a ser el elegido sobre el que recaía la inmensa responsabilidad de salvar al mundo. Pinceladas de color daban vida a los personajes y los escenarios donde se desarrollaban los millones y millones de sueños de toda la humanidad.

Sin embargo, había una melodía que desentonaba. Una canción siniestra, tétrica, que creaba un remolino de oscuridad en su espejo correspondiente. El director de la orquesta se acercó al joven músico, de cabellos negros y ojos fríos, que rasgueaba las cuerdas del violín arrancándoles acordes lastimeros y quejumbrosos. La música era un grito torturado fruto de los movimientos retorcidos de los dedos, un llanto desgarrador.

- ¿Qué haces?- preguntó el director, observando horrorizado cómo el cuento que la música pintaba en el espejo cambiaba su rumbo para transformarse en un abismo de terror, sangre, persecución y muerte.

El joven sonrió sin levantar la mirada. Sus ojos de ónice estaban clavados en la espeluznante y macabra historia. Suspiró. Y fue un suspiro de placer.

- El miedo y la oscuridad también son necesarios, director.- contestó el muchacho, incrementando los lloriqueos de su violín y aumentando la angustia de las imágenes. Alzó la cabeza por un instante para mirar directamente al hombre que sostenía la batuta, y su sonrisa satisfecha se trocó triste.- No le pido que me entienda, sé que soy un artista imcomprendido.
- ¿Cómo te llamas?
- Pesadilla.- susurró, bajando la mirada hacia su instrumento.- Me llamo Pesadilla.

2 comentarios:

Anaid Sobel dijo...

¡¡Oh dio mío!!
Te superas por segundos cariño!! A parte de que amo la música con cada fibrade mi ser, este relato me ha dejado heladísima!
Fantástico, por no perder costumbres

Carlos dijo...

La pesadilla, como la oscuridad, es necesaria para justificar la existencia de los sueños. Sin la angustia de las pesadillas, ¿cómo valorar lo relajante de los buenos sueños?
Como dice Anaid, cada día te superas, así que un día llegarás y nos soltarás que te largas a ser escritora profesional y que abandonas la blogosfera xD
Hasta entonces, sin embargo, seguiré leyendo todo lo que escribas siempre que pueda :D
Un besazo