lunes, junio 11

Ojos de sirena

Había noche en la mar picada, que rizaba las olas en la orilla y regaba la arena gris de luna con espuma batida y salada. Recortado sobre el firmamento nocturno se alzaba un peñón completamente negro que cercaba la playa con un solo brazo, en cuya punta, sobre las aguas, se levantaba un viejo faro ya extenuado y carcomido por el tiempo, la sal y la marea furiosa. Sobre las cabezas de marineros rendidos, las débiles estrellas habían dejado de dar rumbo y un cielo desconocido los traicionaba.
Tres canciones rompían el silencio aquella noche. La primera, que existe desde que el mundo es mundo, era del propio océano: rugiente y atronadora, su húmeda y salvaje melodía se estrellaba contra roca, piedras y suelo salpicando sus notas profundas y su eco grave entre los guijarros brillantes. La segunda era el gemido del propio barco, que armonizaba sus sollozos hasta acompasarlos al vaivén de las olas: crujiente, lastimera y chirriante, su sonata triste todavía intentaba mitigar el dolor de las cicatrices de la última tormenta. Y la tercera era un llanto convertido en música, una llamada de auxilio sin destinatario soplada a través de una armónica ya desgastada por el uso en boca de un grumete insensato. Las anclas tocaron fondo y las luces del barco se encendieron, mecidas y emborronadas por el movimiento. Un bote cargado con la mitad de la tripulación comenzó a alejarse del navío a golpe de remo, que el mar amenazaba quitarles a los hombres de las manos con un solo bocado, alejándose de esta forma la tercera canción de la segunda y la primera.

La sal le escocía en los ojos y se le metía en la nariz y entre los dientes, ahogándole el aliento y quitándole la fuerza para seguir tocando. El grumete guardó la armónica en el único bolsillo intacto de su remendado pantalón e intentó, en vano, ensanchar un poco los hombros para hacerse hueco entre los curtidos marineros que le acompañaban. La Scotia se balanceaba sobre el vivo oleaje y sus luces se hacían más difusas y pequeñas a medida que los remos avanzaban, mientras el océano luchaba por no dejarse navegar. El muchacho se apartó el pelo mojado de la frente y clavó la mirada en sus manos vacías, recientemente encallecidas y un poco más sabias que antes.
Alguien en el bote murmuró, y su susurro levantó las cabezas de todos los demás. El grumete entrecerró los ojos y buscó con ellos en el horizonte, que se perdía en la oscuridad del cielo y del mar, hasta localizar, con cierta dificultad, un resplandor broncíneo que coronaba las olas y que se aproximaba hacia ellos. Los remos, al igual que la respiración de los marineros, se detuvieron, y el muchacho se metió de nuevo la mano en el bolsillo para sujetar con fuerza su vieja armónica. En ese instante, otra canción nueva se unió a las anteriores. Una canción con voz de mujer, con la voz de mujer más seductora y bella que había escuchado jamás cualquiera de los hombres a bordo, y que resonó sobre el océano, bajo el océano, y llegó a oídos de los que se habían quedado en la Scotia y a las piedras del fantasma vacío en que se había convertido el faro inerte del peñón.
Una cabeza asomó entre las aguas. Su cabello era dorado como el oro al sol, sus ojos enormes y cristalinos de un azul más intenso que el propio cielo y su boca de labios carnosos, apetecibles y entreabiertos, eran una llamada carmesí irresistible a un placer sin límites. El grumete se rascó los ojos para ver mejor, y el resto de los marineros se irguió sobre el bote de forma inconsciente. Sólo uno de ellos se atrevió a mencionar aquella palabra que todos estaban pensando pero que nadie quería creer: "sirenas". La criatura lo escuchó, y sonrió hasta hacerles temblar las piernas.
Una a una fueron asomándose más cabezas, y cada una más hermosa que la anterior. Ellas reían y cantaban al mismo tiempo, se aproximaban al bote enseñando sus torsos desnudos y sus senos anhelantes, extendiendo las manos tímidamente para acariciar la piel ajada de los marineros, sus duras barbas y sus labios resecos. Sin hablar, sin pedir nada... ofreciéndolo todo. El grumete, en mitad de su arrobación, pudo ver que la Scotia se alejaba. Sus luces se habían apagado y sus velas rotas ponían el viento a sus órdenes para llevársela de allí. Pero también, debido a su arrobación, aquel abandono no le importó absolutamente nada... ni a él, ni a ningún hombre de la tripulación.
Todo lo demás sucedió demasiado rápido para su entendimiento. De repente, todas las canciones callaron y súbitamente, la conmovedora y atractiva belleza de las náyades se convirtió en hambre e ira. El brillo de los ojos en pupilas rasgadas, las bocas sumisas en dientes afilados e impacientes. Las manos que segundos antes acariciaban y hechizaban se transformaron en garras y zarpas que se hundían en la carne, que la arrancaban y que se llevaban sus presas a los reinos abisales del fondo del océano. Los marineros gritaban y se resistían en un amasijo de golpes al aire, y el grumete, en aquel frenesí de sangre y muerte, sólo pudo sacar su armónica y ponerse a tocar.
Para cuando fue consciente del silencio a su alrededor, no quedaba ni un solo hombre con él en el bote. La luna hacía que la sangre negra tuviera un fulgor rojo, y el perfume salino del mar le robaba el óxido a su olor característico. El muchacho levantó la cabeza, con el cuello dolorido y agarrotado, y vio a nueve sirenas preciosas observándolo sin decir nada. Sus rostros angelicales de sonrisa cálida le hicieron dudar momentáneamente de su cordura, pero no había lugar a dudas de que estaba solo, únicamente acompañado de la huella de una matanza. Una de las criaturas le arrebató la armónica y la tiró al agua.
- ¿Sabes cantar?- preguntó en un siseo casi imperceptible.
- Tiene ojos de sirena.- comentó otra, tocándole la mejilla con un dedo gélido y suave.
- Canta.- ordenó la primera, con tono autoritario.
Y el grumete cantó. Se quitó la gorra, empapada, y la apretó entre sus puños mientras lo hacía. Ya no quedaba ninguna luz más que el resplandor de la luna, plena y redonda en el cielo.
Cantó todas las canciones que había aprendido a lo largo de su vida, desde las nanas que le había cantado su madre cuando era pequeño a las soeces letras que abundaban en las tabernas, desde las más finas melodías de cortejo a las sonatas de versos más enrevesados. Las sirenas lo escuchaban embelesadas, y él siguió cantando hasta que el alba pintó el horizonte de gris perla, rosa nacarado y naranja amanecer, hasta que la garganta, enferma de sal y cansada por la brisa húmeda del mar, se negó a seguir cantando.
Los ojos lloraron al ser incapaz de pronunciar una sola palabra más, pero las sirenas no son criaturas compasivas. Y en cuanto el muchacho calló, su belleza volvió a tornarse en pesadilla. Entre las nueve lo agarraron a la vez, y no pudo ni chillar antes de que lo ahogaran las fauces del océano... ya tranquilo.

[Imagen por sandara]

3 comentarios:

Carlos dijo...

El comienzo me suena, se da un aire a los tres silencios que describe Rothfuss en el prólogo "El nombre del viento" (por si no está claro, es un halago, me gusta mucho cómo escribe este tipo). Si a eso le sumas lo mucho que me gustan los relatos de fantasía, y más concretamente las sirenas, es obvio que la entrada me ha encantado, y eso es quedarse corto.
¿Pensaste en incluir un fragmento así en Nerume? No la recuerdo muy bien porque tengo una memoria pésima y hace tiempo que no la releo, pero tengo la sensación de que esto quedaría genial en algún lado (que, por cierto, sigue extrañándome que no terminases de subirla, y más aún que no intentases publicarla).
Por cierto, ahora que me acuerdo: ¿sabías que las sirenas, en sus orígenes más puros dentro de la mitología griega, eran pájaros con rostros de mujer y hermosas voces? La crueldad también era un rasgo típico, rasgo que has plasmado genial, aunque en este caso quizá me habría gustado más que le dejasen vivo. Matar a tanta gente es divertido si dejas a alguien con un trauma de por vida, convirtiéndole en el típico vejete de aldea que todos toman por loco y que cuenta a quien quiera escucharle lo que les sucedió a sus compañeros.

Bueno, creo que me he enrollado un poco y me he ido por las ramas, así que aquí paro.
Un beso enormísimo desde la capital ^^

InfusionDeLotoNegro dijo...

Como de costumbre, magnifico relato.
Solo una cosa, ¿Las Náyades no son de agua dulce?
Por lo demás, como sueles hacer, dibujando suave en la retina intangible de la imaginación a medida que vas narrando y transportándonos a los desenlaces.
A mi me gusta ese final, se saciaron de toda la música que podían sacarle al tipo y luego-emulando a los vampiros y su ganado humano- lo mataron.
Un abrazo realmente intenso, de verdad A , muy intenso.

Anaid Sobel dijo...

Nada mejor que tus textos para evadirme de los estudios durante un rato.
Me vuelves completamente loca