jueves, junio 2

IASADE -74-

La residencia principal de Kinzoku, el cabeza de los Kusari, era una inmensa vivienda construida a modo de antiguo palacio japonés. El gigantesco recinto constaba de tres grandes naves en torno a un patio central de forma cuadrangular, rodeados por jardines de ámbito privado. El yakuza no escatimaba en la ostentación de lujos a la hora de evidenciar su riqueza y poder, imprescindibles para mantener la posición líder que poseía. La Mansión estaba envuelta en una extraña atmósfera de serenidad tensa e inmóvil, de calma contenida que parecía susceptible de explotar en cualquier momento como una frágil burbuja de jabón. Era un refugio a presión.

La verja de entrada se abrió sola para dejar paso a la furgoneta, que se detuvo en el patio casi inmediatamente. Cassia bajó del vehículo con la mirada fija en el suelo de grandes losas de piedra, que se extendía medio kilómetro hasta llegar a las altas puertas que daban acceso al interior del primer edificio. No había nadie a la vista, ni se escuchaba el menor sonido. Aiso le sonrió fríamente.

- Espero que no le incomode demasiado el hecho de que uno de mis hombres nos acompañe hasta la entrada.- dijo, señalando a uno de los indivudos armados, que de nuevo volvía a apuntarla con el arma.- Son simples medida de seguridad. Protocolo, ya me entiende.
- En absoluto. Si eso le hace sentir algo mejor, adelante.- respondió con una sonrisa impecable.

El trayecto hacia la puerta se le hizo eterno, y no debido a la impaciencia o inseguridad; se sentía extrañamente expuesta caminando en terreno llano, sin ningún lugar tras el cual esconderse. No pudo evitar mirar al cielo con temor, imaginándose a Satzsa descendiendo implacable sobre ella. Algo le picaba en la nuca, haciéndola sentirse observada. Un mal presentimiento se le asentó en el estómago al mirar a su alrededor, a pesar de que todo estaba despejado. De reojo echó un vistazo al hombre que la apuntaba y tuvo el impulso casi irresistible de meterle el cañón del arma por la boca y apretar el gatillo.

En el recibidor del edificio, de suelo y paredes de madera, sonaba una suave música instrumental tradicional. Una mujer, ataviada con un yukata blanco y sencillo sin estampados los observó en silencio mientras Aiso y ella se descalzaban. Cassia se deleitó con el fuerte hedor a miedo que de repente invadió aquella habitación, también procedente del guardia que no había dejado de apuntarla ni un instante.

- El señor Kinzoku los espera en el jardín interior.- dijo la mujer, antes de darse media vuelta y desaparecer.
- Señorita, me temo que antes de proseguir debe desarmarse.- comentó Aiso, enarcando una ceja.

La Nocturna le dio el arma de la que se había apoderado durante la lucha anterior, la daga que había recuperado de la muñeca del japonés y dos pequeños cuchillos más que guardaba alrededor del muslo. Entonces el hombre bajó el fusil. Hizo una reverencia y salió del edificio principal.

2 comentarios:

Anaid Sobel dijo...

¡¡Cómo tienes el valor de dejarme así!!
¡Justo ahora!
Tengo unas ganas INSANAS de este encuentro, dios!

Carlos dijo...

Dios, ¡cuánto echaba de menos pasarme por aquí!
Siento el retraso, he tenido dos meses sin la más mínima inspiración, de ese tipo que escribes diez palabras y borras nueve porque no te gusta el resultado.
Me ha llevado un ratito ponerme al día, pero la verdad es que, después de hacerlo, creo que adoro a Cassia cada vez un poco más. Ese punto frío y calculador... Lo adoro xD
Intentaré no volver a desaparecer tanto tiempo, aunque sea para no perderme cómo continua esto :)
Un besazo