miércoles, febrero 9

IASADE -63-

Cassia saltó del techo del coche y se refugió tras el espeso seto y el parterre de flores junto a un solitario y espigado edificio, al notar que la mujer aminoraba la velocidad del automóvil y se dirigía al bordillo para aparcar. Era un bloque bonito, de color crema con puertas oscuras y ventanas con plantas, de cuatro pisos y con terraza en la segunda y la cuarta. Desde fuera se escuchaba una canción de piano.

Claudia salió del vehículo, sacó del bolso un manojo de llaves y entró al edificio por la puerta principal. Cassia se coló en el interior como una sombra invisible, inaudible, y se escondió en el hueco bajo las escaleras que llevaban al piso superior, tras echar un vistazo analítico y rápido al resto del apartamento. A la derecha, una cocina amplia y luminosa junto a un corto pasillo con dos puertas más, y a la izquierda un espacioso comedor con biblioteca, todo exquisitamente decorado en colores suaves y alegres a la vista. Si aquella realmente era su vivienda, era obvio que Claudia no padecía insuficiencias económicas. Se la veía una chica de buen vivir, guapa, sofisticada y alegre. ¿Qué ocultaba, de dónde nacían aquellos sentimientos turbios que le oscurecían el alma? ¿Y por qué la luciérnaga la había elegido como su próxima usuaria?

La joven dejó el chaquetón rojo sobre una percha y sonrió ensimismada mirando al techo, moviendo rítmicamente la cabeza al son de la melodía de piano que procedía de arriba. Se dirigió a la cocina y cogió una pequeña regadera azul de un mueble superior, con la que empezó a dar de beber a las múltiples plantas que adornaban el interior del piso. Mientras lo hacía, su sonrisa se fue desvaneciendo poco a poco hasta convertirse en una mueca de gran angustia, que desembocó en un sollozo ahogado y después en un llanto desenfrenado que le hizo soltar la regadera y caer al suelo de rodillas, temblando descontroladamente. La música se interrumpió de repente y una voz masculina llamó, preocupado.

- ¿Claudia? ¿Eres tú?

Se oyeron unos pasos que bajaban las escaleras deprisa, y Cassia se pegó aún más si cabe a la pared, dejando de respirar, cuando un muchacho apareció en el comedor y corrió hasta Claudia, agachándose a su lado y abrazándola estrechamente. Ella lloró con más fuerza.

- Shhhh, tranquila, venga. No llores más, por favor. Respira lentamente, ¿vale? Intenta respirar, Claudia.

Él era un hombre joven de aproximadamente unos treinta años, con el pelo castaño, largo y rizado y los ojos grises, vestido de negro de pies a cabeza. No había rastro en él de sentimientos desgraciados, sino que apestaba a felicidad, y tampoco llevaba consigo ni una pizca del olor del Ángel... lo que quería decir que aquel individuo no era importante para el palomo. Claudia se aferró a él como si se le fuera la vida en ello, haciendo verdaderos esfuerzos por dejar de llorar y respirar con calma.

- Supongo... que no ha ido muy bien.- comentó él, en voz baja.
- No, no ha ido nada bien. No sé qué hacer, Gabri, no tengo ni idea...
- De momento podrías dejar de llorar, ¿vale? Me estás poniendo la camiseta perdida.

Ella rió entrecortadamente y se separó de él, inspirando profundamente y conteniendo las últimas lágrimas. Gabriel se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

- Viene alguien.- dijo, mirando por la ventana.- Creo que es... aquella chica de la reunión... ¿cómo se llamaba?
- ¿Anaid?
- Eso. ¿Tienes ganas de recibirla? Por que si no quieres, puedo decirle que estás enferma y en cama.
- ¿Harías eso por mí? La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar ahora mismo del tema... la llamaré mañana. Me voy a acostar un rato.
- De acuerdo, no te preocupes que yo me encargo. Descansa. Intenta no volver a ponerte a llorar.- añadió, dándole un beso en la frente.
- Lo intentaré.- respondió, forzando una sonrisa que pretendió ser tranquilizadora antes de marcharse escaleras arriba.

Él la observó hasta desaparecer, y luego suspiró pesadamente. Se atusó un poco el pelo y se plantó frente a la puerta a la espera de que la visitante tocara el timbre para abrir.

- Hola, buenas tardes.

Cassia apretó los puños con ira al verla en el umbral de la puerta y se agachó de forma inconsciente, deteniendo su respiración. Amiss se había vuelto a disfrazar para interpretar su nuevo papel, ésta vez con el cuerpo de una mujer joven, en forma, de cabello rubio oscuro y largo que llevaba recogido de un moño informal, vestida con vaqueros y camisa de media manga.

- ¡Buenas! Soy Anaid... vengo a ver a Claudia. ¿Está en casa?
- Yo soy Gabriel... Claudia y yo compartimos el apartamento, encantado. Ella está en casa, pero se encuentra mal y se ha acostado hace un rato, así que ahora no puede recibir a nadie, posiblemente esté durmiendo.
- Oh, vaya. Pues... pues nada. Dile de mi parte que se mejore.
- Lo haré, le diré que has venido a verla. Seguro que se alegra de saberlo.
- Muchas gracias, Gabriel.- sonrió ella.- Hasta luego.
- Hasta la próxima.

Y antes de que él cerrara la puerta, Cassia escapó del dúplex como un suspiro, en un pestañeo, y volvió a esconderse detrás del seto para observar cómo la luciérnaga desandaba el camino que llevaba hasta el apartamento y giraba en la esquina de la calle.

El Ángel ya no estaba en su mente, y poco le importaba que pudiera estar rondando cerca protegiendo a su gota de leche. Sus ansias de venganza, su hambre de matar, su deseo de hacerla desaparecer de la forma más dolorosa posible y de recrearse en cada segundo de la tortura a la que tenía planeado someterla antes de borrarla del mapa... eran demasiado grandes, demasiado fuertes como para permitirle pensar en otra cosa. Desenvainó la cimitarra y corrió pegada a la pared hasta llegar a la esquina, por la que atisbó antes de lanzarse sobre el alma blanca.

Pero al mirar, se quedó helada. Paralizada, asustada, confusa. Amiss estaba a unos pocos metros de distancia, hablando en voz baja con otra alma blanca que llevaba colgando de la espalda un par de alas de Ángel falsas y que caminaba a su lado. "¿Por qué no soy capaz de moverme? ¿Qué diablos me pasa?" Gritó Cassia en su fuero interno, apretando los dientes, frustrada por aquella inmovilidad sin explicación. El alma blanca que acompañaba a la luciérnaga se detuvo un instante, giró la cabeza a ambos lados y se dio media vuelta para mirar hacia atrás. Cassia sólo tuvo una milésima de segundo para captar un plano de perfil y retirarse de la vista para evitar que la descubriesen, pero fue lo suficiente para acelerarle la respiración y hacerle recordar cómo era tener un corazón vivo latiendo a mil por horas entre sus costillas.

"¿Quién es ese... y qué demonios me ocurre?"

2 comentarios:

Anaid Sobel dijo...

DIOOOOOOOOOOOOS
Como echaba este cachito de mundo, y a ti especialmente, juntamente con tu historia.
=)
Me alegro de que ya estés mas tranquila de exámenes... yo empiezo el jueves otra vez, a darlo todo.

Por cierto, ¡¡¿cómo puedes escribir tan deliciosamente bien?!!
Quiero más y más y más...

Carlos dijo...

Hum... ¿Qué le pasará a Claudia? ¿De dónde viene esa desesperanza? A lo mejor tiene algún problema de fertilidad o algo... Supongo que nos enteraremos en nada xD
Tranquila, que la bloggosfera no creo que la queme, aunque provocar un simulacro de incendio no vendría mal :P
Pues nada más, que espero con ansia otro trozo más de esta historia.
Un beso enormísimo :)