miércoles, septiembre 15

IASADE -44-

Amiss pronto se habituó a su nueva rutina. Los miércoles por la tarde se reunía con Olli en el parque para charlar con él mientras que el resto de su tiempo lo dividía en dos tareas clave: vigilar y averiguar más cosas sobre su usuario y entrenarse.

La primera no daba grandes resultados; Olli era un anciano sencillo y apacible que pasaba los días en la residencia sin demasiada agitación. Se despertaba temprano, desayunaba tranquilamente, se retiraba al invernadero o al jardín para leer y volvía a la hora del almuerzo. Después, algunos días, tomaba café. Y también, algunos días, tras el café se reunía con los demás residentes para jugar a algo. Sino, volvía a refugiarse en su soledad para revivir los recuerdos que le mostraban sus cartas viejas y fotografías. Olli no tenía familiares, o al menos ninguno que lo visitara o le escribiera, y debido a su personalidad huraña pocas veces aceptaba la compañía de alguien que no fuera Nicté o la señora Gwen. Por las noches, en sueños, murmuraba siempre el mismo nombre: Izel. Amiss supuso que se trataba de su esposa, y más tarde el mismo Olli confirmó sus sospechas.

Si el esfuerzo que invertía en la primera de sus obligaciones no le compensaba mucho, el que gastaba en la segunda no le reportaba beneficio alguno. El miedo que Cassia le inspiraba y la certeza de que la localizaría, tarde o temprano, la empujó a practicar con la espada que Ael le había dado. Entrenaba tanto en estado etéreo como en imagen humana, agotándose a sí misma con sus patéticos e inútiles intentos por mejorar en algo su destreza. No tenía ni idea y la autodidáctica no se le daba nada bien. Por ello acabó llamando al Ángel, que aceptó en bajar al mundo de los vivos para ayudarla al menos un par de horas todos los días.

Así pasaron las dos primeras semanas. A pesar de la extrema cortesía y amabilidad del anciano, Olli seguía protegiéndose empecinado tras las barreras que había creado alrededor de sus vivencias más dolorosas. Amiss había conseguido inflingir alguna que otra grieta en ellas, pero aún así todavía quedaba mucho trabajo por hacer. Olli se había acostumbrado a su presencia y ya no sólo la toleraba, sino que le agradaba. Las negativas y los rodeos que daba para evitar temas de los que no quería hablar eran cada vez más automáticos y menos premeditados, pura rutina. La Mediadora sabía que antes o después, el anciano terminaría por abrirse a ella.

- Éste sabor de helado está bastante bueno. Gracias por la recomendación, Julia.
- Me alegra que te haya gustado.
- Oh, ahí está Gwen. ¿Nos veremos la semana que viene?
- Por supuesto. Tengo que hacer un pequeño viaje, pero para el miércoles ya estaré de vuelta.
- ¿A dónde, sino es mucho preguntar?

Amiss le sonrió al anciano con afecto.

- Vuelvo a casa por unos días.
- Te deseo un buen viaje.
- Gracias.

La señora Gwen, con su ritual sombrero de paja de ala ancha y aquel día con un vestido blanco que contrastaba con su piel morena, se acercó a ellos a paso ligero. Aquella mujer siempre tenía mucha energía.

- Buenas tardes, señora Summers.- le dijo a modo de saludo.
- Señora Gwen.
- Eh... señora Summers... ¿podría preguntarle algo?- inquirió, un tanto ansiosa.

Amiss parpadeó asombrada por el cambio de actitud. Normalmente la señora Gwen se limitaba a saludarla cuando traía o se llevaba a Olli y de momento jamás había intercambiado otra palabra con ella. En aquel instante, sin embargo, parecía nerviosa e insegura.

- Claro.
- No he querido preguntarle a Olli al respecto porque me parecía más acertado comentárselo a usted directamente. ¿De dónde es?
- Nací en Canadá, si es eso lo que quiere saber.
- Oh.- dijo con cierta desilusión, antes de esbozar una pequeña sonrisa triste.- Ya veo.
- ¿Por qué le interesa?
- Desde la primera vez que la vi, me ha recordado muchísimo a mi madre.- confesó, todavía con la pena reflejada en la cara.- No se hace usted una idea del enorme parecido. El color del pelo, la forma de la cara y el verde de sus ojos. Pensé... que tal vez habría algún tipo de relación. Pero mi madre nació en Nueva York y toda mi familia ha residido allí siempre. Yo fui la primera en marcharme.
- Ah.

Amiss bajó la mirada sin quererlo, sin saber exactamente cómo reaccionar a aquello. La señora Gwen amplió su sonrisa.

- Bueno, gracias por contestar a mi pregunta, señora Summers. Hasta la próxima. Vamos, Olli.

Y dicho aquello agarró la silla de ruedas del anciano y la empujó por el camino de tierra que salía del parque. Amiss se sentó en el banco, pensativa. Y algo turbada. La señora Gwen le había llamado la atención desde un primer momento sin saber exactamente porqué. Le resultaba... vagamente familiar. ¿Era posible que hubiera alguna relación entre ambas? ¿Cuál, exactamente?

2 comentarios:

Carlos dijo...

Hum... Galicia, Nueva York... La pobre Amiss ya no sabe de dónde ha salido xD Los ancianos, sobre todo cuando han perdido mucho a lo largo de los años, se cierran como ostras y es difícil conseguir que vuelvan a abrirse. Pero parece que a "la señora Summers" se le da bien, así que seguro que acabará consiguiéndolo.
Aunque, ahora que lo pienso... Cuando adopta forma corpórea, y mientras Olli sea su usuario, siempre parecerá una anciana, ¿no? Lo digo porque sería divertido ver a una anciana con la espada en la playa practicando xD
Un beso enorme

bixitoluminoso dijo...

me gusta este mundo de nerume...

Te sigo, vale? :)