martes, agosto 24

IASADE -39-

Coruña le había parecido una ciudad dinámica y curiosa, llena de recovecos y con un encanto difícil de describir mientras que Nueva York había causado en ella una profunda impresión con sus enormes rascacielos y sus millones y millones de inquilinos. Belmopán, en cambio, le gustaba más que ambas. A orillas del Mar Caribe, de intenso turquesa y apariencia acristalada, la capital de Belice se extendía a lo largo de kilómetros y kilómetros de playa, llenando la isla con multitud de edificios pequeños, algunas excepciones de altas construcciones como complejos hoteleros y bloques de apartamentos, parques y unos pocos restos de la antigua selva salvaje, ya en las afueras de la ciudad. Eran, en su mayoría, de colores claros: blancos, amarillentos, celestes, anaranjados, grises y marrones. El verde abundaba en los árboles y los jardines, bajo un cielo normalmente despejado y azul.

- ¿Por qué este lugar?- preguntó Amiss, mientras Ael y ella descendían juntos hacia la inmensa ciudad.
- Órdenes, no sé más.

Amiss frunció el entrecejo, no muy segura de que aquello fuera del todo cierto. El Ángel sobrevoló el océano cristalino a ras del agua; la Mediadora extendió los dedos de las manos y acarició el mar provocando ondulaciones en su superficie. Y en aquel instante supo, sin atisbo alguno de duda, que le encantaba el mar. Es decir... que en su vida anterior le había encantado. Se llenó el pecho de aire salobre y esbozó una pequeña sonrisa que le duró poco más de dos segundos al preguntarse si Cassia la buscaría allí.

Ael la llevó a una playa pequeña, de arena color beige, uniforme hasta llegar a donde las olas lamían la orilla. Las cadenas que la sujetaban a las muñecas y a los tobillos del Ángel desaparecieron y Amiss pudo moverse con libertad. Se agachó y tocó la arena suavemente, cogió un puñado y la dejó caer con lentitud mientras observaba cómo se la llevaba el viento marino.

- No pierdas demasiado el tiempo.- le aconsejó Ael, mirándola con una ceja enarcada.
- Lo intentaré.
- Cassia no es como tú, Amiss. Ella no puede transformar su imagen, así que podrás reconocerla si aparece. A su Diablesa también la conoces ya.
- Hay una cosa que no entiendo, Ael.- dijo ella, incorporándose y limpiándose las manos en la falda del vestido.- Cassia sabía que yo era un alma blanca y además una Mediadora, pero yo sin embargo fui incapaz de darme cuenta de su naturaleza. No noté nada extraño en ella, y ni siquiera estas gafas que me diste me ayudaron a ver que mentía, cuando se hizo pasar por Nina Addams. ¿Por qué?
- Yo tampoco lo comprendo.- admitió el Ángel.- La Bondad es mucho mas evidente que la Malignidad, pero por regla general todas las almas blancas reconocen a los exiliados a la primera. No sé porqué tú... no lo hiciste. Indagaré, es posible que averigüe algo.
- Gracias.
- Si Cassia te encuentra... defiéndete con esto.

Ael le tendió una larga espada, fina y envainada en una funda blanca nacarada, con gesto serio. Amiss dudó un instante si aceptarla o no: sabía que con lo torpe que era, si intentaba defenderse con ella probablemente se autolesionaría facilitándole la tarea a su persecutora. Pero el recuerdo de la horrible maldad que anidaba en los ojos de la Nocturna la estremeció de pies a cabeza y la aferró con fuerza.

- Aunque ambos sabemos, - prosiguió el Ángel.- que si Cassia te encuentra lo mejor que puedes hacer es correr tanto como puedas y llamarme para que te saque de aquí.
- Sí, esa será sin duda mi primera opción.

1 comentario:

Carlos dijo...

Vale, definitivamente tengo que desaparecer más a menudo, porque esto de leer varios capítulos de una sentada es genial *_*
Lo único malo es la intriga que se te queda al leer. Queda el misterio del odio de Cassia, y por qué los sabios no la hicieron empezar de cero, y por qué no reconoció a la Nocturna...
Espero que no nos dejes ninguna duda cuando se acabe la historia, ¿eh? ¬¬
En fin... Hasta las revelaciones finales, seguiré leyendo con ansias.
Un beso :)