miércoles, junio 2

Somos uno

Una mano, que siento como propia y ajena al mismo tiempo a pesar de saber con certeza que no me pertenece. Mis ojos no ven mucho más aparte de unos dedos largos y bonitos, pero a través de los suyos puedo traspasar la piel y las líneas que la cruzan, para descubrir allí claramente plasmadas las huellas indelebles de personas a quien no conozco y las consecuencias de acciones que no están registradas en mi expediente.
Para mí es como un mapa nuevo y desconocido, pero ella sin embargo se lo sabe de memoria: dos milímetros al norte hasta el antiguo campo de batalla ya sin rastro de cicatrices ni heridas, tres al oeste para alcanzar el viejo emplazamiento de una astilla clavada y un centímetro al noreste para llegar al trono en ruinas del último beso recibido, que aún sigue implorando otro más con lamentos fantasmales.

En la habitación en penumbra brillaba incandescente el extremo de una vara de incienso que se consume lentamente, deshaciéndose en volutas de humo juguetón. Para mi gusto, su olor es demasiado penetrante, pero a ella le gusta, y más que la fragancia aromática lo que de verdad le encanta es el perfume a fuego y humo, a quemado. Dilata las fosas nasales para aspirar mejor el aroma y suspira, suspiramos, de placer. Se mira la mano una vez más, obligándome a mi también a desviar mi atención, estira los dedos y la cierra en un puño con fuerza. Humedece sus labios con la lengua y se muerde con los dientes el inferior. Yo hago lo mismo, inevitablemente, puesto que sus labios son ahora los míos, al igual que su lengua y los dientes. Unos labios que deseo besar, una lengua que deseo atrapar con la mía. Y sé en ese momento que ella lo sabe, que es plenamente consciente de lo deseables que pueden llegar a ser. Y no sólo para mí.

Se levanta y me levanto con ella. Es una sensación realmente extraña, porque todo es diferente en el cuerpo de una mujer. Por un lado, ahora que es mi cuerpo también, siento su peso y formas tan naturales para mí como si hubiera nacido con ellas, pero por otro son tan incómodas que casi me impiden disfrutar de la experiencia. Entre sus piernas no se encuentra el peso de mi miembro viril y por el contrario, en su pecho sí que me pesan sus senos, bien formados y de pezones firmes. La parte de mi mente que no está ligada a la suya no puede evitar un ardiente impulso que sin duda, de haber estado en mi propio cuerpo, me habría provocado una erección... al fantasear acerca de cómo sería, y qué se sentiría, al acariciarle el clítoris con sus propios dedos y al imaginarme masajeando sus pechos con aquellas manos.

Pone un pie en el soporte de la cama, apoya las manos en la mesa y salta para darse impulso y sentarse sobre ella, junto a la ventana abierta de par en par. Desde el ordenador portátil, zumbante a su izquierda, surgía una melodía acompasada de música celta tocada por una gaitas y una flauta travesera. A mí siempre me ha agradado ese tipo de música, pero me quedé atónito al darme cuenta del efecto que tenía sobre ella. Le llegaba al alma. Calmaba su estado de ánimo llevándola a una serenidad que no debía estar muy lejos del nirvana, la conmovía y alegraba, la estremecía hasta ponerle el vello de punta, esclarecía sus pensamientos y la reconfortaba. No pude, ni quise, evitar el contagio de la tranquilidad en la que se había sumido, mecida por la música, mientras contemplaba el paisaje que había más allá de la ventana.

El cielo estaba nublado y gris, pero hacía calor. Tanto, que al respirar lo que entraba en los pulmones no era aire, sino oxígeno ardiente. Ella estaba acostumbrada, pero por un instante yo pensé que me asfixiaba. Hacía viento, un viento de fuego que agitaba las hojas de los pinos y de los álamos. Levantó la cabeza para detectar el aroma dulce de la lluvia y volvió a relamerse los labios, como una gata. El olor húmedo de la lluvia tenía para ella un sabor diferente que para mí, mucho más delicioso. Aguardó impaciente al primer relámpago que iluminó el cielo, y con el primer trueno volvió a suspirar. Su disfrute era inmenso y se me antojó casi infantil, pero tampoco me importó contagiarme de él. Las primeras gotas no tardaron mucho en caer, aliviando un poco la temperatura abrasadora. Extendió sus manos, nuestras manos, y dejó que el agua las limpiara.

En parte con la extraña esperanza de que borrara todas las huellas y le permitiera empezar de cero.

1 comentario:

Carlos dijo...

Ains... ¿Es cosa mía, o has llevado en este texto lo de las mitades naranjas al extremo? Es como si fuesen dos piezas de un puzle y encajasen perfectamente... Me recuerda un poco a cómo escribía San Juan de la Cruz, solo falta que escribas un par de glosas para que el mundo no le vea nada de polnográfico* y vamos, la nueva representante del Renacimiento xD
Qué decir salvo que me encanta, como ya es costumbre. Y respecto a Iasade, Sara es demasiado perspicaz y desconfiada. Con razón, pero desconfiada a pesar de todos xD
Un beso (: