jueves, junio 24

IASADE -22-

Aquel sueño era el primero que recordaba haber tenido desde su muerte. Y nada más despertar, lo odió.

Bostezó, echó la cabeza hacia cerrando los ojos y aspiró una bocanada de perfume a tabaco mientras suspiraba. Las nítidas imágenes se reproducieron tras sus párpados como una película, sin que ella pudiera detenerlas.
La habitación gris pobremente iluminada resultaba opresiva y triste. Había una camilla de sábanas blancas, vacía, junto a una máquina de la que salían multitud de cables de varios colores. Sentía su cuerpo pesado, su alma angustiada y su corazón dolorido.

- ¿Dónde está?- se oyó a sí misma preguntar. Su voz sonaba extraña, más... amable.
- Está de camino. Viene de la sala de pruebas.- le contestó un hombre, detrás de ella.
- ¿Ya saben lo que tiene?- preguntó desesperada, dándose la vuelta.

Su interlocutor, un hombre alto y fornido que llevaba una bata blanca, asintió con un gesto seco.

- Lo lamento mucho. Es cáncer.

Al oír aquellas palabras se había sentido atravesada de parte a parte y había gritado.
Y su propio grito, trasladado del sueño a la realidad, era lo que le había hecho abrir los ojos.

- ¿Se puede saber porqué diablos chillas?- preguntó entonces una voz susurrante.

Satzsa apareció sobre el alféizar de la ventana, agarrándose con manos y pies y balanceándose peligrosamente hacia delante y hacia atrás, moviendo su cola roja de un lado a otro con movimientos sinuosos. Sus ojos granates la estudiaron atentamente.

- He tenido un sueño.

La Diablesa frunció las cejas.

- ¿Un sueño, dices?
- Sí. Un sueño asqueroso, sobre sensaciones humanas muy reales.
- No le hagas ningún caso.
- De acuerdo.

Satzsa sonrió malévolamente.

- Vístete. He encontrado una víctima.

Y dicho aquello saltó, en un mortal hacia atrás, y desapareció con una áspera carcajada.
Cassia se incorporó mecánicamente y se vistió y preparó de forma automática. Sus prendas, rojas y negras, se adhirieron a su cuerpo como una segunda piel, y su cimitarra se amoldó a su vaina como si el arma y su receptáculo fueran uno. Con agilidad ella también se encaramó a la ventana, deleitándose con los olores urbanos que más placer le proporcionaban: polución, maldad, egoísmo, perversión, corrupción.

- Buenos días, mundo.- saludó en voz baja.- Prepárate a sufrir.


Cassia no sabía cuánto tiempo había pasado desde que abandonara el mundo de los vivos, pero si tenía alguna opinión al respecto lo único que pensaba es que lo había dejado atrás demasiado tarde. Para ella su muerte no había sido tal, sino todo lo contrario: muriendo había vuelto a nacer. No recordaba su identidad pasada, pero lo cierto es que lo prefería así; era libre y existía sin ningún tipo de ataduras. En su mente su objetivo y camino estaban claramente definidos y ninguna bruma ni remordimientos la acosaba ni perseguía.

Y sin embargo, todavía recordaba a la perfección los primeros instantes de confusión en su nueva vida. Al verse sola en mitad de la impenetrable oscuridad había sentido pánico y dolor. Náuseas, terror. Se había sentido extrañamente… incompleta y desolada. Pero aquellas emociones se habían extinguido igual que se extingue una llama a merced de un huracán, cuando de las tinieblas había surgido Satzsa, poderosa y atrayente. La Diablesa se había acuclillado a su lado y le había tendido la mano entre la negrura, sonriéndole. Y ella había aceptado el gesto, embriagada por su irresistible presencia, ya sin atisbo alguno de duda. Nada más verla había reconocido su naturaleza oscura y maligna y se había identificado con ella. Incluso aunque no se hubiera presentado allí para rescatarla la habría encontrado tarde o temprano atraída por su poder como un insecto es magnéticamente llamado a la luz.

Su rostro era ovalado y hermoso, su piel cobriza y sus ojos granates ardientes como el fuego. Sus labios gruesos y de color rubí solían estar tensos en una sonrisa perversa. Su cuerpo era divino, lleno de voluptuosas y llamativas curvas, una auténtica invitación al placer y la tentación. Su cola roja ondeaba peligrosamente y sus pequeños cuernos retorcidos apenas asomaban entre su espesa melena anaranjada. Para Cassia, en aquel momento, era una total desconocida. Y aún así, su aspecto le resultó familiar y tranquilizador.

- Ven conmigo, pequeña.- le susurró Satzsa, ayudándola a levantarse.- Te mostraré, no lo que debes hacer, sino todo lo que está al alcance de tu mano.

Y cumplió con su palabra.

Ahora Cassia era una Nocturna. Cuando preguntó a Satzsa el significado de dicho nombre, la Diablesa se echó a reír.

- Los Poderosos son muy poéticos.-comentó.- Os llaman Nocturnos porque traéis la oscuridad al mundo de los vivos. Aunque he decir que la oscuridad en la que lo sumís es mucho más aterradora que la noche.

Esa era su misión. Sembrar la semilla del mal y mimarla con dedicación hasta verla germinar, florecer y dar frutos. Se preguntó quién sería el desgraciado que había tenido la mala suerte de llamar la atención de Satzsa aquella mañana y sonrió.

1 comentario:

Carlos dijo...

Una Nocturna... Sí que son poéticos los Poderosos, sí que lo son xD Me gusta esta forma de narrar, cambiando el punto de vista de la protagonista a la antagonista; lo hace más... dinámico. Y como por regla general los malos me encantan, ni te imaginas lo que voy a disfrutar.
El sueño... Estoy pensando que, al final de la historia, ambas recordarán quiénes eran (Amiss y Cassia, digo). Es más, puede que hasta fueran la misma persona separada en dos, la maldad lejos de la bondad. ¿Tengo demasiada imaginación o es cosa mía? xD
Un beso enorme (: