miércoles, junio 23

IASADE -21-

A pesar de que Ael no debería haberla acompañado otra vez al mundo de los vivos, quería estar presente.

Las alas blancas y extendidas del Ángel proyectaban una sombra invisible al ojo humano sobre la piedra vieja enverdecida por el musgo y la tierra húmeda aplastada bajo el peso de los miles de zapatos que habían pasado por allí antes que ella. El cielo lloraba y la lluvia convertía la tierra en barro y mojaba la piedra de las tumbas, tornándolas de un color más oscuro.

El camino empedrado serpenteaba colina abajo, en cuya loma cubierta de hierba se alzaba la tumba simbólica de Pablo Máiquez Ferreiro. Su cuerpo no descansaba allí, puesto que había sido incinerado y las cenizas descansaban en la urna de cerámica verde que Sara guardaba en su habitación, pero su padre había querido que el nombre de su hijo, grabado en piedra, reposara junto a la lápida de su difunta esposa. Sara sólo había estado allí una vez y de eso ya hacía un año. Ahora aferraba la bolsa de canicas con fuerza en una mano, mirando la lápida coronada por una cruz blanca, mientras las lágrimas se confundían con las gotas de lluvia que le corrían por las mejillas.

- Mi prima está por allí.- le dijo Amiss a la niña, señalando el sendero que se alejaba en dirección opuesta.- Así que os dejaré a solas a tu hermano y a ti.- y le sonrió de forma alentadora.

Sara se limitó a asentir con un gesto y a soltarse de su mano, un tanto temerosa. Amiss la observó un instante antes de desaparecer de la vista para transformarse en alma y regresar rauda, etérea e invisible, al lado de la niña, que pálida no dejaba de sollozar quedamente. Sara se acercó casi tambaleante a la tumba, deteniéndose frente a ella para mirarla en silencio y presa de la congoja. El agua de lluvia le goteaba por el extremo del paraguas y le mojaba las puntas de las zapatillas.

- Pablo… lo siento muchísimo. De verdad. Fui una mala hermana… Quería que estuvieses aquí y me olvidé de que lo mejor para ti era subir al cielo para estar con mamá y cuidar de papá desde allí arriba…Perdóname…

Y rompió a llorar desconsoladamente, haciendo resonar su llanto en la quietud del cementerio.

La niebla que pendía de las ramas de los árboles aquella mañana se empezó a condensar, a pesar de que el viento soplaba con fuerza, arrastrando la lluvia. Con la aparición de Pheal, al otro lado de su propia tumba, a Amiss le pareció escuchar el tañido cristalino de una campana. La apariencia del Inocente no era la misma. Aparentaba los ocho años con los que había dejado el mundo de los vivos, y vestía un pantalón de peto roto muy similar al que Amiss le había visto llevar a Sara en más de una ocasión. Sonreía…aunque su sonrisa era un poco vacilante, y tenía el pelo despeinado.

Al verlo, Sara gritó y dio un salto hacia atrás. El color huyó de sus mejillas, y con los ojos como platos dejó caer la bolsa de canicas a la tierra mojada y comenzó a temblar. Por un segundo pareció tentada de salir corriendo, pero afianzó los pies y se quedó quieta.

- Sara.
- ¿Pablo…?
- Eso creo.

Ambos se observaron mutuamente en silencio y con cautela. Sara extendió una mano hacia él para tocarlo… pero la apartó rápidamente, sin atreverse. Pheal rió.

- Estoy muy frío, no te lo recomiendo. Creo que se te ha caído algo.

Sara bajó la vista y vio la bolsa de canicas, que se había manchado de barro. Se agachó para recogerla y la apretó en un puño.

- Perdona, Pablo. Se ha manchado la bolsa… He cuidado de tus canicas lo mejor que he podido. Una vez una niña de la clase me las quitó, y me peleé con ella para que me las devolviera.
- ¿Mis canicas…?
- Sí. Mira.

Sara abrió la bolsa y dejó que las canicas brillaran en su mano. Era cierto que eran preciosas. Una de ellas era roja como el fuego y resplandecía con un fulgor anaranjado, otra era celeste y plateada, otra de color verde intenso. Cada una era distinta a la anterior pero todas parecían rodeadas por una aureola mágica.
Pheal las contemplaba atónito, con la boca abierta y las manos extendidas hacia ellas. En sus ojos abiertos de par en par asomaba una incredulidad creciente.

- Las recuerdo… ¡las recuerdo! Tienen nombres. Esa de ahí es Cárabo, y aquella Azafrán. Jade, y Purpuralina.
- Y Fénix. Tiniebla, Niebla de Mar e Invisible.
- Sara…- musitó, casi jadeante.- Sara… Eres tú. He... he estado perdido. Y lo había olvidado todo. También había olvidado lo mucho que duele…- añadió, sonriendo tristemente.
- ¿Te duele?- preguntó la niña, asustada.- ¿Es por mi culpa, Pablo? Ha sido culpa mía…
- No, no ha sido culpa tuya. Eh, no… no llores. Escúchame, Sara. Tú me has hecho libre y te doy las gracias. Te quiero muchísimo. No temas por mí, porque a mí ya no puede pasarme nada malo. Cuídate a ti misma y cuida de papá, que te necesita. Necesita que estés alegre y seas feliz, y yo también. ¿Me lo prometes? ¿Me prometes que serás feliz?

Sara se sorbió los mocos y contuvo las lágrimas por un segundo antes de volver a empezar a llorar con fuerza. Asintió con la cabeza mientras dejaba salir al llanto, que se alzaba desgarrador por encima del repiqueteo de la lluvia sobre la piedra. Pheal sonrió intentando parecer alegre.

- Así me gusta, muy bien. Me pasaré a menudo para comprobar que cumples tu promesa, ¿eh? Y te tiraré de la cama por las noches como vea que no lo haces.

El fantasma se colocó justo delante de la niña y le dio un beso en el pelo húmedo con sus labios espectrales, haciéndola callar al instante.

- Adiós, Sara. Nos volveremos a encontrar, pero sinceramente… espero que tardemos mucho en hacerlo. Disfruta de la vida por mí, hermanita.

Y dicho aquello Pablo desapareció, como un banco de niebla deshecho por el viento.
Amiss oyó las últimas palabras de Pheal, pronunciadas en silencio sólo para sus oídos y los del Ángel.
“Gracias por devolver a Sara a mi memoria. Velaré por ella y la seguiré recordando por siempre aunque me sea doloroso su recuerdo. Te debo una, Amiss.”

Algo, muy cerca de donde Sara tenía su palpitante y vivo corazón, comenzó a brillar con luz intensa y cegadora. Amiss cerró los ojos, invadida por una inmensa sensación de satisfacción y felicidad, y sintió cómo aquella luz ardiente penetraba en ella, encendiéndola como una llamarada.

- Deseo del usuario complacido.- murmuró entonces Ael con voz átona.

Sobre una suave colina, un tanto alejada, en la que se erguía la antigua estatua de un ángel arrodillado en actitud pesarosa, alguien observaba la escena fríamente a través de sus ojos verdes. La chica aferraba con fuerza la empuñadura negra y fina de su arma, reclinada sobre la piedra enmohecida.

- Para una novata, y una tan patética, no está nada mal.- comentó.
- Ha tenido suerte.- musitó una voz femenina y sibilante, cerca de su oído.
- Quizá. Pero ha cumplido un Deseo.
- Ese Ángel la ha ayudado mucho.- disintió la voz, desdeñosamente.- Le ha hecho la mayoría del trabajo difícil y le ha facilitado mucha información.
- Para eso están los guías.- observó la chica.
- No creo que tenga tanta suerte en su próxima tarea.
- Ni yo. Sobre todo… si nos tenemos en cuenta a nosotras.- añadió, sonriendo perversamente.

1 comentario:

Carlos dijo...

...
Creo que solo hay una palabra para este texto, y es: Ooooooooh *_*
Ay, Pablo... Mira que amenazar a Sara con tirarla de la cama si no se porta bien... ¿Y tú eras un Inocente? Porque de inocente te veo poco xD
¿Y la chica esta de los ojos verdes? ¿Qué es? Una Anti-Mediadora, o algo por el estilo, supongo... La verdad es que se echaba de menos un malo en esta historia.
En fin... Que un beso muy grande, y que la historia es tan adictiva como Nadia (: