miércoles, mayo 12

IASADE -7-

Todos los niños le parecían iguales: pequeños, ruidosos, de atención fácil de distraer, curiosos y desobedientes. Durante las clases garabateaban ociosamente en sus libretas o se escribían mensajes secretos que se pasaban con disimulo unos a otros. Alguno hacía aviones de papel y otro había abierto su merienda de media mañana y se comía migas de pan, escudándose de la mirada del profesor con el libro de texto.

Amiss paseaba entre los pupitres sin ser vista, parándose a menudo para observar a los usuarios con más detenimiento, en busca de algún rasgo que le pareciera significativo a la hora de decidirse a elegir. Una vez probó a soplarle a un chico, que hacía una bola de papel para tirársela a su compañero de delante, detrás de la oreja. Pero el niño no dio señales de haber notado nada y siguió enfrascado en la fabricación de su arma. Las clases, en general, eran tranquilas. Algunos niños incluso se quedaban dormidos sobre sus mesas, mientras las voces de sus maestros sonaban arrulladoras en sus oídos. Amiss las visitó todas y cada una y después de terminar su inspección, resignada, volvió a comenzar de nuevo por la primera.

Aburrida, se sentó en el filo de una ventana abierta y contempló cómo la lección tenía lugar. La profesora, una mujer menuda y con cara aniñada, de rostro redondo y los azules, leía en voz alta una lista de nombres que sostenía en las manos. Los alumnos guardaron silencio mientras ella pronunciaba sus nombres uno a uno. Se agarró con las manos al alféizar y dejó caer hacia atrás, columpiándose suavemente. Desde el aula contigua se escuchaba a los niños cantando una canción en inglés, amortiguada por el rugido de los coches en el exterior del edificio. Dentro de la clase, oyó el chirriar de una silla contra el suelo.

Se trataba de una niña a la que ya había estudiado antes. Era alta para sus diez años, desgarbada y delgada. Tenía una corta melena castaña, que llevaba despeinada y echada detrás de las orejas. Vestía una camiseta azul que le quedaba un tanto holgada y unos pantalones cortos que delataban unas rodillas desolladas. Clavó la mirada en la profesora mientras daba vueltas a algo diminuto entre los dedos. Movida por la curiosidad, Amiss dio un salto y se aproximó a ella, por encima de los pupitres. Se agachó y entrecerró los ojos, en un intento por agudizar su vista y averiguar de qué se trataba.

- ¿Qué te ha pasado en la rodilla, Sara?- preguntó la maestra, observándola con severidad.
- Me he caído.- contestó la niña, con cierto deje de desafío en la voz.
- ¿Y cómo te has caído?

La niña hizo un mohín con los labios, evidentemente reacia a hablar. Las manos le temblaron y algo redondo y brillante cayó al suelo con un repiqueteo de cristal. Roja como un tomate, Sara se acuclilló con torpeza para recogerlo junto a la pata de la mesa y volverlo a esconder en un puño cerrado, pero Amiss ya había conseguido descubrir de qué se trataba. Una canica transparente con un remolino de colores anaranjados, rojos y violetas, semejante a una llama de fuego, encerrado en el interior. Con las mejillas encendidas, la niña sacudió la cabeza para apartarse el rebelde y largo flequillo de los ojos grisáceos.

- Sonia me empujó.
- ¿De verdad? Eso no es lo que me ha contado a mí. Dice que intentó apartarte para que no le pegaras y que luego tú la tiraste al suelo. Se ha dado con el bordillo en la frente y se ha partido una ceja.
- ¡Me quitó todas mis canicas!- estalló la niña, rabiosa.- No tenía ningún derecho a cogerlas y lo hizo. Y cuando se las pedí no me las quiso devolver.
- Eso no es razón para empujar a nadie, Sara. Las cosas se solucionan hablando y no con una pelea, creo que eso ya te lo he dicho en más de una ocasión. Hablaré con tu madre cuando venga a recogerte. Siéntate, vamos a comenzar la clase.

Con los dientes apretados, Sara volvió a sentarse. Miró un momento la canica que tenía en la mano y después la posó con delicadeza sobre la mesa para coger el bolígrafo y apuntar en la libreta lo que la profesora escribía en la pizarra. Amiss se quedó a su lado, mirándola con fijeza. Era zurda. Tenía una pulsera de hilo de colores en la muñeca derecha, y los codos raspados. Las heridas de la rodilla no eran muy graves, pero se había manchado las zapatillas de deporte de barro. Se mordisqueaba el labio inferior con los dientes mientras escribía. Y la canica era preciosa.

Se deslizó con habilidad entre las mesas del aula, salió por la ventana, se encaramó a la pared del edificio y trepó por él hasta llegar a lo más alto del tejado. El viento salino empujaba a las nubes, instándolas a competir y a adelantarse unas a otras. Amiss cogió el broche que le había dado el Ángel y se lo llevó a los labios.

- Ael.- susurró.

1 comentario:

Carlos dijo...

Hum... Pues a ver cómo salen las cosas con Sara. Desde luego, parece una buena pieza para empezar, a pesar de los problemas que tiene. Ya se verá cómo se desarrollan las cosas con el tiempo, ¿no? :)
Un beso enorme
PD. Volvía a empezar a echarte de menos xD