lunes, mayo 10

IASADE -6-

Podía ir a donde quisiera.

A cualquier lugar que se le antojase, porque nada estaba fuera de su alcance. Ni muros ni distancias, en otro momento insalvables, eran obstáculo alguno para ella, porque Ael tenía razón: tenía la consistencia de una sombra. Es decir... ninguna. De hecho, su consistencia era más ventajosa que la de una sombra, porque Amiss no proyectaba ningún reflejo oscuro cuando la luz se proyectaba sobre ella. Por el contrario era más semejante a un fantasma, silencioso e invisible a los ojos y oídos mortales de cualquier ser vivo. Podía atravesar paredes, saltar, trepar y escalar con una agilidad increíble que no parecía sujeta a las restricciones de su naturaleza torpe y patosa, y tal como había dicho el Ángel... incluso era capaz de volar. Si se dejaba, hasta el más leve soplo de aire podía levantarla en volandas y transportarla de un sitio a otro.

Pero Amiss no se engañaba a sí misma. Sabía que aquella libertad sin fronteras ni limitaciones de ningún tipo era algo meramente temporal, que terminaría cuando eligiera a su usuario. Entonces regresaría su problemática tendencia a meter la pata, junto con todas las responsabilidades que acarreaba el hecho de ser una Mediadora y ya no se sentiría tan afortunada. Ael, sin embargo, no le había impuesto ningún plazo para escoger y por unos minutos, Amiss fantaseó con la idea de excederlo indefinidamente, de quedarse allí y ser un fantasma libre, un alma errante... hasta que acabó sacudiendo la cabeza en un gesto negativo. No, no podía hacer eso, y tampoco estaba segura de desearlo de verdad. Era consciente de las consecuencias que implicaba para un alma el hecho de permanecer en el mundo de los vivos durante demasiado tiempo, y no quería padecerlas y acabar convertida en una cáscara vacía encadenada a un lugar por la pena y el sufrimiento.

Pero dejando de lado su exultante felicidad, se sentía decepcionada. A Coruña... el nombre, pronunciado por los labios de Ael, había tenido algún sentido y por unos segundos había acariciado la remota posibilidad de recordar algo de su vida anterior. Había estudiado la ciudad desde las alturas, observándola con atención e intentando encontrar algún tipo de pista, un lugar conocido o una cara familiar, sin éxito. No había ningún rastro en su memoria que pudiera seguir, no quedaba huella alguna de su pasado en su alma. Rememoró las normas que Falc, su breve mentor, le había enumerado: "No intentarás jamás buscar ningún vínculo de tu identidad pasada y si lo encuentras por azar, tienes prohibido cualquier interacción con él." Bueno... por eso no tenía que preocuparse.

Vio a la gente salir de sus casas para ir a trabajar. Coger el coche, o correr tras el autobús que se les escapaba dejando tras de sí una estela de humo sucio y gris. Vio cómo las madres abrochaban los últimos botones de los abrigos de sus hijos pequeños, a los que instaban a darse prisa para no llegar tarde al colegio. Observó a los jóvenes adolescentes caminar con las manos en los bolsillos y los auriculares en los oídos, prestó atención a los ancianos que bajaban a las cafeterías para desayunar mientras leían el periódico de la mañana y a las ancianas que acudían a las peluquerías para peinarse mientras intercambiaban chismorreos. A los limpiadores barriendo del suelo los envoltorios vacíos de chicle y cáscaras de pipa. A los obreros ajustándose bien los cascos protectores antes de aproximarse a la maquinaria. A los niños saludando con gritos jubilosos a sus compañeros de juegos antes de entrar en las aulas. Niños... Ael le había recomendado que escogiera a un infante como usuario y a ella no se le había pasado por la cabeza en ningún momento el hacer caso omiso a su sugerencia.

Decidió seguir a un padre que llevaba a dos niños pequeños, en un coche de color rojo brillante. Los infantes, calculó, deberían tener unos ocho o nueve años y eran mellizos: reían y se quitaban el uno al otro las respectivas bufandas, mientras que su padre, un hombre con cazadora vaquera, les regañaba con irritación. Sin esfuerzo, Amiss se encaramó al techo del vehículo y se agarró a la baca con las manos, sonriente cuando el aire le echó el cabello detrás de las orejas después de que el automóvil se pusiera en marcha.

El coche se detuvo en una calle atestada de vehículos ya aparcados, con el intermitente encendido. El hombre se bajó y abrió la puerta del asiento trasero, pidiéndoles a sus hijos con insistencia que salieran. Los niños obedecieron, aunque sin ninguna prisa; el juego había dado paso a la discusión y ambos se insultaban sin parar.

- ¡Parad ya y daos prisa, llegáis tarde!- exclamó el padre.- No quiero peleas, ¿me oís? Daos la mano para cruzar.- los niños lo ignoraron, demasiado ocupados dándose empujones. El padre resopló desesperado y los separó a ambos con los brazos.- ¡Daos la mano! Venga, vamos. ¡Hasta luego, sed buenos!

Aunque por su tono de voz no parecía que albergara demasiadas esperanzas al respecto. Los niños, de mala gana, se apretaron las manos quizá con más fuerza de la necesaria y cruzaron la calle a la carrera, de camino a un edificio alargado de tres plantas, de aspecto regio y antiguo con ventanas altas de color verde, en cuya puerta de entrada se congregaba una multitud creciente de padres, madres, hijos y profesores que colapsaba las calles cercanas. Amiss entrecerró los ojos, analizando a los bulliciosos infantes que se atropellaban para entrar en el colegio. Era hora de empezar la caza.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Pues yo sí que me quedaría como alma en pena, suena interesante xD Y, cuando tuviese ganas de ser humano, buscar un usuario y, al aburrirme, matarlo y empezar de cero :D Pero qué genio soy, ¿eh? xD
Me encanta la frase final: Era hora de empezar la caza. Pobres niños, como piezas de ganado xD Pero bueno, para ella sí que lo son en cierto modo xD
Un besazo

Samuel dijo...

Uhmmmm interesante, eso si, pobres niños, quien será el elegido? xDD