sábado, mayo 8

IASADE -4-

El aire le azotaba el rostro con fuerza, despeinándole el cabello oscuro y convirtiendo su vestido verde en algo similar a un paracaídas hinchado por el viento. Amiss sentía el borde del precipicio bajo los dedos de los pies y el vacío, a poco menos de un centímetro, en la boca del estómago. Estaban en el punto más alto y todo lo demás estaba a una caída en picado desde allí.

- Es muy probable que cuando lleguemos te sientas extraña: confusa, mareada, "saturada"...
- ¿"Saturada"?
- Por los colores, olores, sonidos, movimientos, emociones, sensaciones...
- Vale, vale. Me hago una idea.
- Ven aquí. ¿Te daban miedo las alturas?
- Creo que no, pero no podría asegurártelo.
- Extiende los brazos y separa un poco las piernas. No, un poco más. Así.

Ael se colocó detrás de ella, muy cerca. También extendió los brazos y separó las piernas a la misma distancia. Una cadena plateada unió sus muñecas a las suyas y ató de igual forma los tobillos de ambos. El Ángel avanzó un paso, obligándola a poner la mitad de la planta del pie sobre el inconsistente vacío.

- Puedes gritar, pero no demasiado o después me pitarán los oídos.
- Mentiroso. Pero si tú no...
- Ya, pero a ti sí que te dolerá la garganta. No tengas miedo.

Era muy fácil decirlo.

Ael volaba, probablemente, desde hacía siglos. Y seguramente, durante su primera experiencia ni siquiera había tenido miedo, puesto que era un ser perfecto. Cuando extendió las alas y saltó, sonrió. Amiss, sin embargo, no pudo evitar gritar. Se alegró de estar muerta porque pensó que, de haber estado viva, se habría muerto tan solo del susto. Agradeció no tener que alimentarse porque sabía que habría vomitado sin remedio. Y menos mal que su corazón ya no latía porque, incluso en el milagroso caso de que no se hubiera detenido en el acto, habría dado un vuelco tan brusco que le hubiera hecho daño en el pecho.

No tenía ningún control sobre sus movimientos. Ael era como un titiritero y ella su marioneta, a la que manejaba a voluntad. Durante unos metros, las alas del Ángel permanecieron plegadas a su espalda, convirtiéndolo en una bala que atravesaba el cielo. A tanta velocidad el viento era afilado y cortante, le hacía daño en la cara y se le clavaba en los ojos, que era incapaz de cerrar. En su estómago no había mariposas ni nada por el estilo; el miedo lo había barrido completamente todo. Ael se carcajeó al sentir el pánico que le atenazaba las entrañas y Amiss deseó con todas sus fuerzas propinarle un puñetazo en aquel rostro precioso y arrogante.

Cuando el Ángel abrió las alas, la vertiginosa celeridad de la caída disminuyó y Amiss consiguió relajarse un tanto y prestar algo de atención a lo que veían sus ojos. El azul y el blanco los envolvían por completo y el aire carecía de olor. Cruzaban bancos de nubes como una estela fugaz, como un meteorito cuyo rastro no era de llamas, sino de plumas blancas. Traspasaron cúmulos algodonosos, nubecillas vaporosas y grises que se deshacían con su contacto, láminas planas que dibujaban franjas en el cielo, y húmedas y hermosas tormentas en las que su cara se impregnaba del agua de la lluvia y donde podía contemplar cómo los relámpagos iluminaban rápidamente el relieve abultado de las nubes negras y hendían el aire como cegadoras espadas de pura energía atronadora.

- ¿Estás disfrutando del viaje?- le preguntó Ael, con sus labios rozándole la oreja.
- Ahora sí.- admitió.
- Vamos a mucha más velocidad de la que puedes imaginar. La única razón de que sigamos intactos es que tú eres un alma y yo soy un Ángel, porque incluso un objeto del material más resistente del mundo de los vivos se habría desintegrado ya.

Dicho mundo no tardó mucho en aparecer bajo ellos, formado a partir de manchas confusas y abstractas en distintos tonos de marrón, verde, azul y gris. Las nubes se agrisaron y Amiss captó el olor a polvo, a suciedad y contaminación. Empezó a distinguir el relieve de la tierra, los picos nevados de las montañas más altas, cordilleras, colinas, lagos, bosques espesos y frondosos y árboles dispersos, mares, golfos, y finalmente ciudades. Los aromas, incluso desde aquella altura, se mezclaron en un remolino de variadas fragancias que la sacudió como un huracán descontrolado, haciendo que su mente diera vueltas y vueltas.

- ¿A dónde me llevas?- consiguió preguntar, con esfuerzo.
- A una ciudad que se llama A Coruña. ¿Te resulta familiar?

Y la sensación de desequilibrio que experimentó en aquel instante no tuvo nada que ver con la caída, con la velocidad, ni con los olores y visiones que la atacaban. Sí, aquel nombre le resultaba familiar.

3 comentarios:

Carlos dijo...

O.O
...
Me encanta, simplemente eso. Y Ael... Supongo que para un "pájaro" volar es algo simplemente maravilloso. Pobre Amiss, sufriendo el viaje de esa manera... Hay que tener mala pata xD
Ains... Me gusta, mucho. ¿No has pensado presentarlo a algún certamen? Hay varios online, y estoy seguro de que podría ganarlos (:
A ver cómo continúa, y por qué le suena A Coruña.
Un besazo
PD. Mwhahaha Sabía que no podrías con Abbise, 70 páginas de ese petardazo de historia en una semana te mataría xD

Genn Greymane dijo...

vaya vaya , asi que hoy tambien historia, que interesante esta quedando, aunque no quieras hacerme Spoilers ;_;

Héctor Paúl dijo...

Mierda, tu personaje acaba de lamer la realidad española. Sí, ya sé, era inevitable.

Pero me han gustado mucho tus relámpagos.