viernes, marzo 12

La orquesta de la vida

- No veo nada.
- Bueno, es lógico. Aún no hemos empezado.
- Pero...
- ¡Shh! Los primeros movimientos los marcaré yo y después te enseñaré cómo hacerlo.

El niño se esforzaba en mantener los ojos tan abiertos como le era posible, intentando captar alguna chispa de luz en aquella completa oscuridad. Sintió un movimiento a su izquierda y a lo lejos, en mitad de la negrura, apareció un leve resplandor grisáceo sobre la espesa niebla, iluminando su redondeado y abultado relieve. A su lado, su maestro sostenía en alto la batuta con los ojos fijos en el horizonte.

- Ahora haz lo mismo que yo.

Con una elegante y pausada floritura de su brazo, elevó la batuta en el aire con dos golpes rítmicos de muñeca. El resplandor se intensificó y pronto asomó la coronilla del astro rey entre las nubes, rodeado por una hermosa y pálida aureola. Dejó allí suspendido al sol para girarse y observarlo con ojo crítico.

- ¿Lo has entendido?
- Creo que sí.
- Prueba tú ahora.

El niño sujetó bien su pequeña batuta entre sus dedos sudorosos e imitó los movimientos esforzándose por hacerlo con total perfección. El disco solar se alzó un poco más en el cielo como si alguien hubiera tirado de una cuerda para hacerlo subir. Una gran sonrisa, satisfecha y orgullosa, se extendió por sus labios.

- Muy bien. Lo has hecho muy bien. Ahora sólo mira.

El chico se quedó boquiabierto al contemplar el baile de los brazos de su maestro, sus giros de muñeca, el suave y armonioso deslizarse de un lado a otro en el aire de la batuta, la cadencia rítmica y ascendente de la música con la que hacía renacer al mundo frente a sus propios ojos. El niño podía escuchar claramente la melodía en sus oídos, inundando su cabeza y haciendo latir más deprisa a su corazón mientras la tierra florecía obediente a los acordes que marcaba el director de su orquesta.

- La luz es muy importante, recuérdalo siempre. Sin luz y sin calor no puede existir la vida.

El niño bajó la vista a sus pies, donde las plantas abandonaban perezosamente su letargo. Emergían de la tierra sacudiéndose el polvo de sus verdes tallos y saludaban al sol con sus hojas desperezadas. Dejándose llevar por el ritmo y la música, movió su propia batuta al compás de la de su maestro, y de repente... el pequeño brote explotó y creció, cambiando de color, hundiendo sus raíces en el suelo e impulsando su troco y sus ramas a lo alto del cielo, haciendo brotar de golpe miles de hojas de distintas tonalidades de verde, ofreciendo sus prontos frutos de aspecto maduro y delicioso a aquel que fuera lo suficientemente alto para alcanzarlos. El niño, tan asustado como sorprendido, se cayó de culo con la mirada atónita clavada en aquel gigante arbóreo que acababa de surgir ante sus ojos.

El maestro lo observó con severidad y comenzó a regañarle por su descuido.

1 comentario:

Carlos dijo...

Qué metáfora más curiosa nos dejas, como si alguien pudiese dirigirlo todo y la naturaleza fuese una melodía en perfecta armonía que debe ser dirigida.
¿De dónde sacas la inspiración para pensar cosas así? xD
Un besazo