domingo, febrero 7

Nueva Nadia: Capítulo 9, parte 5

El puerto de Sasuel era enorme... o al menos el más grande y extraño que Nadia había visto nunca. Los muelles se extendían a lo largo de los kilómetros y kilómetros de playa, que estaba plagada de barcos de toda clase; desde el más modesto de los botes hasta el más opulento de los navíos. La muchacha no podía dejar de mirar fascinada a su alrededor. Muy lejos del aire civilizado y ordenado del que gozaban los puertos en las ciudades de su mundo, allí reinaba el caos. La atmósfera ruidosa y salvaje cobijaba a rudos marineros de aspecto casi brutal, con sus barbas y descuidados cabellos salpicados de sal, que apestaban a alcohol. Su pintoresco lenguaje y sus ademanes torpes y agresivos le resultaban graciosos a pesar de ser consciente de que eran el tipo de gente con la que no se podía bromear.

Abundaban las tabernas baratas y malolientes, los hostales de mala reputación y los establecimientos siniestros cuya función Nadia ni siquiera podía alcanzar a imaginar. Se sentía intimidada por aquel panorama peligroso, regido por leyes y normas que desconocía, pero Aldren, a su lado, caminaba con porte firme ignorando deliberadamente las miradas socarronas o las carcajadas burlonas que les dedicaba la gente. Aferrada a su brazo, se dejaba guiar.

- ¿A dónde vamos?- preguntó en un murmullo apenas audible.
- A una taberna que conozco.
- ¿Habías estado aquí antes?
- Sí, aunque hace ya mucho tiempo.

El lugar al que Aldren se refería estaba ubicado junto a un muelle de descarga comercial, por lo que tuvieron que sortear el flujo constante de hombres que transportaban cajas de un lado a otro para cruzar el sombrío umbral del local. La taberna no era del otro mundo: el suelo estaba cubierto de paja y unas cuantas lámparas de aceite colgaban desde las vigas del techo, arrojando débiles charcos de luz. Olía mal... a cerveza agria y a orina. Había bastante barullo en el interior; varios grupos de hombres bebían y reían ruidosamente en un rincón, mientras que otros murmuraban en tono confidencial y unos pocos dormitaban roncando sobre sus mesas con la única compañía de sus jarras ya vacías.

Aldren se encaminó directamente a la barra, donde el tabernero limpiaba unos vasos con un trapo húmedo. Nadia lo siguió de cerca, cohibida de repente al sentir sobre ella las sucias miradas de aquellos hombres borrachos.

- Buenas tardes.- dijo el muchacho.- Ponme una cerveza. Y... ¿sabes, amigo, si hay por aquí algún capitán que esté dispuesto a llevar unos viajeros a Vass?

El tabernero, un hombre delgado con una rala barba rubia y ojos hundidos, lo estudió atentamente mientras le servía.

- Pues hoy estás de suerte, porque sí que lo hay. Y eso que últimamente es muy difícil encontrar a alguien que tenga el valor suficiente para viajar a Vass.
- ¿Por qué?
- ¿No estás enterado?- preguntó el hombre, sorprendido.- Corren rumores de que en Vass hay un ejército vaheri que ha convocado remolinos marinos que arrastran a los barcos hasta los arrecifes para hacerlos naufragar.
- ¿Quién ha dicho eso?
- Un grupo de marineros comerciantes, banulanos creo, que volvieron de la isla hace dos semanas han dado testimonio de ello. Prueba de ello también es que no nos llegan barcos desde Vass: el comercio se ha suspendido.
- Esas no son buenas noticias.- musitó Aldren con tono sombrío.
- Y que lo digas, amigo.- asintió el locuaz tabernero.- Pero como te he dicho, puede que estés de suerte.- añadió.- ¿Ves a ese tipo de la casaca azul, en la mesa del fondo? Es el capitán D'airos. - de repente, bajó la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible.- Se dice de él que tiene la bendición de una ninfa marina que se enamoró de él y es uno de los marinos más atrevidos de los diez tronos. Tal vez, si le ofrecéis un buen precio, acceda llevaros a Vass.
- ¿Es un hombre fácil de tratar?
- ¿Fácil? No lo sé, nunca he hecho negocios con el. Pero si le ponéis por delante una generosa cantidad...
- Gracias, amigo.- dijo Aldren, depositando unas monedas sobre la mesa.
- Ha sido un placer.- respondió el hombre, cogiendo el pago con una sonrisa de gratitud.

Nadia había estado observando atentamente al capitán D'airos desde la barra, que a simple vista parecía un hombre normal y corriente. Su ropa no estaba muy cuidada, como demostraba su casaca azul, desgastada y algo manchada. Tenía las botas sobre la mesa, y reclinado sobre su silla bebía lentamente una jarra de cerveza. Su cabello castaño y rizado, sus rasgos afilados y su tez morena lo convertían en un hombre atractivo. Se fijó, con cierta satisfacción, en que tenía los ojos ligeramente vidriosos. Le dio un codazo a Aldren para llamar su atención.

- Déjamelo a mí.
- ¿Estás segura?- preguntó Aldren, mirándola con expresión dudosa.

1 comentario:

Carlos dijo...

A ver qué pretende hacer Nadia con el capitán... Aishh! xD
La verdad es que yo no entraba en tugurio así ni aunque me dieran el viaje gratis xD Creo que antes me vuelvo con Erasto y que me maten, porque me estoy imaginando la taberna y... Menudo lugar nos pintas xD
Y luego el dinero, que me pregunto de dónde lo sacan xD Porque los cuatro parecen de la generación ni-ni xD
Un besazo ^--^