miércoles, febrero 17

Nueva Nadia: Capítulo 10, parte 4

La mañana del día siguiente trajo consigo malos presagios. Nadia asomó la cabeza por las escaleras y tras ver cómo se presentaba el día, corrió a esconderse de nuevo en su habitación, dispuesta a no salir de allí. El cielo, cubierto por espesos nubarrones negros, amenazaba tormenta, y el mar se agitaba y se oscurecía, enfurecido. El Iriak se balanceaba peligrosamente a un lado y a otro, pero D'airos no parecía preocupado en absoluto por el temporal. La fe ciega que tenía en la bendición de Nécore lo liberaba por completo de la duda, pero por lo visto también de toda prudencia.

Mielle y Nadia tomaron el desayuno en el interior del barco, pero Aldren comió deprisa y subió a cubierta con el pretexto de que seguramente necesitarían su ayuda allí arriba. Nadia, que iba a objetar algo al respecto, se vio con la puerta en las narices antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. La joven fulminó a la inocente puerta que Aldren acababa de cerrar, con el ceño fruncido. Mielle, que estaba terminándose su vaso de leche con Iluna ronroneando felizmente en su regazo, dijo sin levantar la vista:

- Tranquila, estará bien. Aldren sabe cuidarse solo.

Nadia se giró, dispuesta a pelear. Pero al darse cuenta de que no contaba con algún argumento bueno a su favor, se sentó enfurruñada en la cama deshecha. Iluna abrió los ojos, levantó la cabeza y saltó de las rodillas de Mielle para acurrucarse en el regazo de Nadia, ronroneando con más fuerza que antes tras dedicarle un suave maullido. Mielle la observó con tristeza y suspiró. Garue, que estaba tumbado perezosamente a los pies de uno de los camastros, se le acercó en silencio y apoyó la cabeza sobre la pierna de la muchacha, agitando el rabo.

- Gracias.- le dijo ella con una sonrisa, mientras le rascaba las orejas.

Nadia le dirigió a su amiga una mirada cautelosa. Sabía que Mielle se estaba haciendo una idea equivocada de la situación. Carraspeó y dijo titubeante:

- Mielle... no vayas a creer que...
- Claro que no.- repuso ella, con la voz cargada de sarcasmo.
- ¡No!
- ¿No?- preguntó, mirándola directamente a los ojos.- Sé honesta contigo misma, Nadia.

Nadia lo había intentado. ¿Aldren le gustaba? Sí. Le atraía, y no podía evitarlo. Pero... no quería que las cosas fueran a más. Había muchos factores en contra. Se mordió un labio.

- Por favor, no se lo digas.
- No pensaba hacerlo.- replicó, ofendida.- Pero no sería tan malo que lo supiera.

Nadia clavó la mirada en el suelo mientras continuaba acariciando a Iluna con aire distraído, dándole vueltas al mismo asunto sin sacar nada en claro. De repente, entre el brusco vaivén del barco, se escucharon unos gritos desde cubierta y el ruido de unas pisadas precipitadas que se acercaban. La puerta se abrió violentamente de par en par y Aldren apareció en el umbral, empapado de pies a cabeza, jadeante y pálido.

- ¡El torbellino!- exclamó.
- ¿Qué torbellino?- preguntó Mielle, con una brusquedad poco habitual en ella.
- ¡Los rumores eran ciertos! Hay enormes torbellinos que nos arrastran a los arrecifes y D'airos ya no está tan seguro de poder controlar la situación.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Uh-oh... Tormenta, torbellinos... ¿Cómo se las apañarán para librarse de todo esto? Porque me da en la nariz que Nécore no va a poder ayudarles a pesar de su poder. Y Aldren, vale que le guste el mar, pero no tiene muchos conocimientos sobre dirigir una nave así que ya suponía que no iba a servir de mucho arriba xD
Un besazo ^^

Anaid* dijo...

Los viajes sencillos nunca son interesantes, ¿cierto? Nada como un buen torbellino que ponga a prueba a tus fantásticos personajes*


Besos :)