viernes, febrero 12

Nueva Nadia: Capítulo 10, parte 1

Con el ascenso del sol, Nadia abrió los ojos.
La puntualidad de aquel hecho la dejó atónita; fue como si alguien, invisible y silencioso, le hubiera soplado detrás de la oreja con la única intención de hacerla despertar en el mismo instante en que los primeros y débiles rayos de luz atravesaban la ventana y se colaban a través de las cortinas.

Se levantó sigilosamente y sin molestarse en calzarse, se acercó a la ventana. La abrió y se asomó, mirando primero al cielo y luego hacia abajo, al patio donde se encontraba el corral de los animales. Tres gallinas marrones picoteaban grano en el suelo y un par de caballos se removían inquietos tras una valla de madera. Aspiró, encantada, el olor a heno húmedo. Dirigió los ojos al mar, todavía una masa de agua oscura con reflejos opalescentes, y después al interior de la habitación donde Mielle y Iluna aún dormían.

Un ruido extraño, similar a un quejido ahogado, volvió a llamar su atención. Se asomó de nuevo y vio a un hombre en el patio, encorvado sobre sí mismo y sujetándose la cabeza con las manos, gimiendo de dolor. Por un instante Nadia pensó en preguntarle si se encontraba bien o si necesitaba ayuda, pero al abrir la boca se quedó paralizada, incapaz de pronunciar palabra. Entonces el hombre levantó la mirada y la vio. Le sonrió. Nadia sintió un escalofrío y sin devolverle la sonrisa, se apartó del alféizar con brusquedad.

Tras vestirse y despertar a Iluna y a Mielle, la rastreadora acordó encontrarse con ellos cerca del muelle y salió volando por la terraza convertida en vencejo. Las dos muchachas recogieron sus bolsas de viaje y salieron a reunirse con Aldren, que las esperaba en el pasillo. Los tres juntos bajaron al salón común de la posada, donde la dueña limpiaba las mesas en ese instante, canturreando para sí. Levantó la cabeza y al verlos aproximarse les sonrió cariñosamente. Tenía las mejillas vivamente sonrosadas y los ojos extrañamente brillantes.

- ¡Buenos días, jovencitos!- les saludó con energía.- ¿Qué queréis para desayunar?
- Muchas gracias, pero no vamos a desayunar. Ya nos marchamos.- contestó Aldren.
- ¿Me pagásteis ayer, verdad?
- Sí, pagamos por adelantado.
- Bueno, en ese caso... que tengáis mucha suerte.- les dijo, con buen humor.- Y tened cuidado, las cosas están muy feas ahí fuera.- de repente su semblante se entristeció.- Oh... con lo peligroso que es el mundo hoy en día, y los tiempos que nos está tocando vivir... Y vosotros, que sois sólo tres niños... viajando solos... Por los dioses...

La mujer se acercó a Nadia y la abrazó, sollozando en voz baja. La joven, inmóvil y presa de la incomodidad, dirigió a sus amigos una mirada de auxilio. Estos, sin saber que hacer, no pudieron más que encogerse de hombros. Se oyó una puerta al abrirse y la posadera se enjugó las lágrimas para saludar amablemente al hombre que acababa de salir de la cocina. Era el mismo hombre que Nadia había visto por la ventana: tenía el cabello oscuro, lacio y caído sobre la frente, y unos ojos grandes y hundidos, casi incoloros. Vestía una camisa blanca y pantalones marrones, y tenía entre las manos un manojo de redes de pescar.

- ¿Hacia dónde os dirigís?- preguntó entonces la mujer, muy interesada.
- Hacia el puerto. Vamos a tomar un barco...
- ¿Hacia el puerto?- repitió ella, con una gran sonrisa.- ¡Magnífico! Isar podrá acompañaros, él también tiene que bajar allí para comprar unas cuantas cosas, ¿verdad, Isar? ¿No te importa ir con ellos? El puerto es un sitio tan peligroso...

El llamado Isar les sonrió y asintió con un gesto. Nadia sintió algo frío y pesado en el estómago... una desagradable sensación vagamente familiar.

- Por supuesto que no me importa.- dijo, cogiendo unas bolsas de trapo que había sobre el mostrador.- Volveré en un momento, Caira.
- ¡Tened mucho cuidado, por favor! ¡Adiós!- les gritó la posadera desde la puerta, mientras los veía bajar la calle.

***

El cielo estaba cubierto por unas delgadas y blancas nubes que eran empujadas por la misma brisa fresca y húmeda que arrastraba desde el mar el olor a sal. También hacía un poco de frío y Nadia tenía la piel de gallina, aunque no estaba segura de si se debía a la temperatura o a la turbadora proximidad de aquel hombre que se llamaba Isar, que caminaba a su lado mirando al cielo y silbando entre dientes. Nada en su aspecto podría hacer que alguien sospechara de él, pero Nadia sentía algo raro al observarlo... como si una espina se retorciera dentro de ella. Sin embargo, parecía ser la única que no se encontraba a gusto, ya que tanto Aldren como Mielle se sentían agradecidos de que Isar pudiera acompañarlos.

Al girar en la esquina de la última avenida amplia antes de que diera comienzo la maraña de estrechas y malolientes callejas del puerto, Isar se detuvo. A pesar de que ni siquiera había dicho una sola palabra durante todo el camino, Nadia suspiró aliviada cuando se separó de ellos.

- Yo me quedo aquí, muchachos.- dijo. Su voz era suave y calmada.- Tened un buen viaje y que los dioses os protejan.
- Muchas gracias.- asintió Aldren, con un gesto de cabeza.- Hasta la vista.

Mielle también dijo algo y agitó la mano a modo de despedida. Nadia, por el contrario, se limitó a mirarlo fijamente a los ojos, intentando descubrir alguna pista o signo delatador en ellos. Isar le devolvió la mirada impasible y dibujó una sonrisa, tras lo que se dio la vuelta y entró en el interior de un edificio ruinoso que tenía las ventanas cegadas con tablones de madera.

- ¿Nadia?

La muchacha se giró y vio que sus amigos seguían caminando calle abajo sin ella. Dedicó un último vistazo a la puerta del edificio y echó a correr detrás de Mielle y Aldren.

1 comentario:

Carlos dijo...

¿Por qué se pone tan sentimental la posadera? ¿Y por qué a Nadia le da tanto yuyu Isar, si parece buen chaval? Demasiadas dudas, pocas respuestas >.<
Jo, pues espero que se vayan resolviendo. Pronto (jo, me propongo dejar de morderme las uñas y me dejas tanta intriga ¬¬).
En fin... Espero ansioso ^^
Un besazo