sábado, enero 9

Nueva Nadia: Capítulo 6, parte 5

Antes de llegar a la puerta abierta por la que escapaba la luz, escucharon los murmullos de una gran multitud de voces que charlaba en voz baja. El pasillo, iluminado por la temblorosa voz de las antorchas, desembocaba en una pequeña sala cuadrada donde aguardaba un niño de unos catorce años, vestido de verde y plateado. El niño los miró, pero no dijo nada y tampoco se movió. Aldren se detuvo.

- Aquí es. ¿Queréis entrar... o esperamos a Iluna?
- ¿Cuántas personas hay ahí dentro?- preguntó Nadia, un poco acobardada.
- Pues... bastantes.- respondió él.- Todos los altos cargos de Noorod. Calculo que... doce personas, quizá alguna más.
- ¿Quiénes?
- Nobles, jefes del ejército, del comercio... los cinco primeros hechiceros de la jerarquía mágica, entre los cuales se encuentra mi Maestro..., el Sumo Sacerdote de Írtaco... Muchos títulos que desconoces. Aunque si quieres, podemos preguntarle a ese paje. Seguro que te informa con mucha más precisión que yo.
- No, no es necesario.

Mielle, nerviosa, se echó el pelo detrás de las orejas. Desde el salón de banquetes les llegó el ruido de risas y más voces, que subían un poco de tono. Nadia se giró al otro lado del corredor por el que habían venido y vio que Iluna se acercaba a paso ligero. Sonrió. La rastreadora llegó hasta ellos y apoyó sus manos sobre los hombros de Nadia.

- ¿Qué? ¿Dándole lecciones de sociedad a nuestra pequeña novata?
- No soy una novata.- se quejó ella.- No soy de aquí, es normal que no tenga ni idea de las normas de cortesía y todo eso.
- No te preocupes, Nadia. No te van a comer y creo que serán magnánimos si cometes algún error. Vamos a entrar, nos estarán esperando.

Iluna la empujó con suavidad y los cuatro se plantaron delante del paje, que tras mirarlos una sola y vez y asentir casi para sí con la cabeza, se colocó a un extremo de la puerta y dijo, con voz alta y clara, sus nombres. Todos los presentes en la sala callaron y levantaron la mirada para observarlos con una mal disimulada curiosidad.

La sala de banquetes era muy amplia y de forma circular. Estaba techada por una gigantesca cúpula de cristal en cuya parte más alta resplandecía una diáfana y blanca luz que iluminaba toda la estancia. Las paredes estaban decoradas con cenefas de madera sobre las que había dibujos y símbolos intrincados de color nacarado, atractivos y completamente desconocidos para ella. En un lateral había una plataforma con una pequeña escalinata donde tres mujeres tocaban unos instrumentos plateados similares a flautas, que se retorcían en su extremo final como caracolas de mar. La música que producían era muy relajante y armoniosa, parecida al sonido del viento. En el centro de la habitación había una mesa baja, llena de platos y copas vacíos de cristal vidriado de colores y rodeada por amplios y confortables cojines azules, naranjas, verdes y marrones sobre los que aguardaba impacientemente el resto de los invitados.

Incluso la música se detuvo por instante cuando hicieron acto de presencia y cruzaron la sala en dirección a la mesa. Nadia se sintió verdaderamente extraña ante el atento escrutinio de las personas allí reunidas, como si fuera alguien completamente distinto. ¿Acaso ella merecía todas aquellas miradas de estupor, esperanza y respeto? Era la primera vez que la veían, no la conocían... ¿por qué la miraban de esa forma? Avergonzada, clavó los ojos en sus pies y apenas los levantó del suelo.

Erasto se puso en pie y abrió los brazos a modo de bienvenida, luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Les pidió que se sentaran y entonces procedió a las presentaciones él mismo. A Nadia le pareció una pérdida de tiempo aquel tedioso recital de títulos y nombres: eran complicados, demasiados para memorizarlos todos de una sola sentada, y en cuanto Erasto hubo pronunciado el último de ellos ya se le habían olvidado todos los anteriores. Cada uno de los presentes la miró e inclinó la cabeza ante ella, haciendo que su turbación no hiciera más que aumentar. Estaba deseosa de que Erasto se callara, la comida llegara y la gente dejara de prestarle atención.

Irio, el maestro de Aldren, estaba sentado a la derecha del rey. Contemplaba a Nadia con expresión comprensiva. Aldren había ocupado el asiento contiguo al suyo y sonreía, feliz. Mielle sonreía nerviosa, jugueteando con el extremo del mantel entre sus dedos, y Garue e Iluna sentados a la izquierda del monarca llevaban sendas y perfectas máscaras de cordialidad neutral. Junto a la rastreadora había una mujer que le había llamado particularmente la atención. Erasto la había presentado como una druida, y aunque no recordaba su nombre al escucharlo le había parecido hermoso. Tenía la piel pálida y suave, tersa, un rostro ovalado enmarcado por un largo cabello ensortijado y tan claro que parecía blanco, y los ojos verdes y almendrados. Aunque su aspecto era el de una mujer joven que rondaba la veintena, su mirada sabia y profunda delataba que era bastante mayor de lo que aparentaba. Ella, al igual que el resto de los invitados a la cena, también la observaba. Pero lo hacía fijamente, sin fingir disimulo y sin pestañear, con una leve sonrisa en los labios.

- Ah, la cena.- escuchó decir a alguien con alivio.

1 comentario:

Carlos dijo...

Pobrecita Nadia, que por poco muere de vergüenza xD Y los nombres... ¿Tan difícil era llamarlos Pepe, Luis y María? xD Tanto título nobiliario sobra, coincido con Nadia xD
También me he leído la anterior entrada (ayer no pude porque este es el ordenador de mi madre y tengo poco tiempo para usarlo xD), y debo decir que me encanta, pero... ¿Connor es ciego? Hum...
Un besazo!!