domingo, enero 3

Nueva Nadia: Capítulo 5, parte 5

A la derecha del sendero se levantaba una imponente edificación que atrapó la mirada anonadada de Nadia, intimidándola. Era de planta cuadrangular y estaba construida por grandes bloques de piedra roja, decorada con altos paneles de madera oscura y hermosamente tallada con grabados intrincados. Tenía portones altos y dorados, sobre los que se reflejaba el danzarín brillo del fuego que ardía con intensidad y fiereza en los braseros de cobre que flanqueaban el camino, ondulándose sobre su pulida superficie. Como vigías a la orilla del mar, delante de las puertas se alzaban dos enormes y retorcidas columnas de mármol rojo veteado de blanco. A su lado, y como dos titanes que custodiaban la construcción, había dos impresionantes estatuas. Una de ellas representaba a un fénix, encogido sobre sí mismo y con sus magníficas alas extendidas, como lenguas de fuego, con el pico entreabierto y en uno de sus ojos, posada una lágrima. La otra era la imagen del mismo fénix, pero esta vez pequeño y entre volutas de humo, renaciendo de sus propias cenizas. Nadia era incapaz de apartar la mirada, sobrecogida por la belleza y el poder que irradiaban, estremecida por el aura sobrenatural que emanaba de ellas.

- El Templo de Írtaco.- dijo Aldren, con reverencia.- Y el hogar del Sumo Sacerdote del dios fénix.
- ¿El dios fénix?- repitió Nadia.
- Cada una de las bestias míticas existentes está asociada a un dios, convirtiéndose en su imagen.- explicó Mielle.- Bueno..., todas menos una.- rectificó, mirándola con cierta aprensión.
- Hay once razas de bestias míticas en Nerume.- prosiguió Aldren, observándola tan fijamente que se ruborizó sin saber muy bien porqué.- Diez de ellas están, por decirlo de alguna forma, sometidas a los dioses. Pero hay una, la última y más poderosa de todas, que está libre de cualquier atadura, divina o mortal.
- ¿Cuál es?- preguntó, vacilante.
- Los dragones.- contestaron Garue e Iluna al unísono.

Nadia, al advertir que estaba adentrándose en un tema delicado, optó por mantener su curiosidad a raya y no preguntar nada más. Intuía que había algo malo en todo aquello y la solemnidad y temor con el que habían hablado la acorbardó enseguida. Iluna había pronunciado aquellas palabras con una seriedad que jamás utilizaba al dirigirse a ella. Y ni ella, ni Garue, se habían dedicado una sola mirada de reproche... lo que era habitual cuando ambos coincidían en algo. Generalmente solían sentirse avergonzados y discutían con el único propósito de acabar defendiendo ideas opuestas, pero en aquella ocasión ninguno de los dos musitó una sola palabra al respecto.

Sin embargo no le dio importancia a aquel asunto, puesto que sobre la colina apareció algo que eclipsó por completo toda su atención. Un palacio... un palacio maravilloso. Colosal. Se trataba de un complejo de varias edificaciones, rodeados por una muralla propia y alternando con complicados y bellos jardines. El edificio principal era de mármol rojo y las construcciones adyacentes, de mármol blanco. Tenía esbeltos y delicados torreones y cúpulas tan brillantes que parecían albergar el resplandor de la luna en su interior, que estaba llena aquella noche y cubría todo con un destello opalescente y nacarado.

Soplaba un viento helado que obligó a la muchacha a arroparse en su capa. A unos treinta metros por delante del camino había un elegante arco junto al que esperaba un destacamento de quince hombres, vestidos con largas cotas de malla sobre las que lucían sobrevestes rojas con el escudo de un fénix en el pecho. Llevaban antorchas en mano y las mantenían alzadas para ver quién se aproximaba. El viento ondulaba sus capas y agitaba las llamas. Las nubes escondieron por un momento la luna y todo quedó mucho más oscuro. A Nadia le sorprendió que la luz del astro nocturno fuera tan luminosa.

Garue les hizo una señal para que se detuvieran y él solo avanzó hasta llegar a los soldados. De forma inconsciente, Nadia se giró para mirar a Iluna. La rastreadora estaba envuelta en su capa gris, con el rostro pálido y el corto cabello despeinado por el viento caprichoso. Se abrazaba así misma como si intentara protegerse del frío... o del miedo. Los soldados hicieron unos rápidos gestos y tres hombres abandonaron enseguida el destacamento camino del palacio. Garue levantó una mano, invitándolos a acercarse, y reanudaron la marcha cruzando el arco, de aspecto muy antiguo. Atravesaron las murallas del palacio y se apearon en una espaciosa plaza de losetas blancas y tan brillantes que parecían cubiertas de agua. Un grupo de muchachos jóvenes vestidos de gris aparecieron de entre las sombras, solícitos y dispuestos para coger las riendas de sus monturas y llevárselos a los establos. Ellos entonces esperaron a los pies de la escalinata de mármol, iluminados por el tenue resplandor que escapaba de los portones entreabiertos.

Nadia empezó a ponerse nerviosa. Miró a Iluna en busca de consuelo y la rastreadora le correspondió con una sonrisa reconfortante y alentadora. Aldren le puso una mano en el hombro y se lo apretó con confianza. Mielle, a su lado, estaba pálida y parecía muerta de miedo. Garue subió un escalón, y luego otro, y los demás lo imitaron. Entraron.

1 comentario:

Carlos dijo...

¿Por qué tanto miedo? Es muy raro xD Pero de todas formas me gusta, las descripciones son sorprendentes y me encanta ese aire de misterio que rodea a los dragones... Por cierto, ¿Garue no había convocado un fénix en su día? Pues debería ser el sumo sacerdote de ese templo JUM xD
Y bueno, Alice/Alicia no pudo decidir qué mundo imaginar, solamente estaba explicándose a sí misma la muerte de su familia (los asesinatos) y una forma de curarse (las joyas de los deseos) xD
Un besazoo!