domingo, enero 3

Nueva Nadia: Capítulo 5, parte 4

Tras dedicarle un guiño cómplice a su amigo, Iluna reunió a los muchachos ordenadamente y los instó a cruzar las puertas. Nadia acercó su yegua al caballo de la rastreadora, y bajando la voz, le preguntó en un susurro:

- ¿Quién era ese?
- Un viejo amigo.- respondió Iluna con afecto.- Lo conocí en mi primer viaje a través del canal de Bríada. Corrían rumores sobre horribles y terribles criaturas que infestaban el canal haciendo naufragar cualquier embarcación, así que el capitán había contratado a Kinro para que le brindara protección. Kinro no hizo otra cosa que rascarse la barriga durante todo el viaje, pero una vez en puerto mintió al capitán y le hizo creer que había mantenido a raya a todas las bestias. El ingenuo hombre lo cubrió de oro mientras que él se había limitado a tumbarse ociosamente a contemplar el paisaje. Nos hicimos amigos, y después trabajamos juntos durante un tiempo.
- ¿Cómo pudo mentir tan descaradamente?- preguntó Mielle, asombrada.
- Corrían tiempos difíciles.
- Parece un buen tipo.- comentó Aldren.
- Lo es.
- ¿Cómo se partió la nariz?- quiso saber Nadia, con morbosa curiosidad.
- Se lo hice yo.- dijo entonces la voz de Garue, detrás de ellos.

Nadia giró la cabeza para mirar al rastreador, cuyo rostro permanecía impasible. Su voz había sonado desapasionada e indiferente, como si hubiera comentado que hacía frío o que la nieve era blanca. ¿Cuánta sangre fría debía tener para declarar aquello de forma imperturbable? La joven empezó a entender porqué Iluna desconfiaba de él. La rastreadora lo observaba con una mirada extraña y distante.

- Es verdad, lo había olvidado.- murmuró, casi para sí.
- Xisel, ¿a qué vino esa carrera alocada? Corrías como una yegua desbocada.- preguntó Garue seguidamente, cambiando de tema.- A veces pareces una cría.
- Oh, Garue, para de quejarte de una vez. Eres como una vieja con los huesos fríos.- le espetó ella, sin dignarse a mirarlo.

Nadia, que en ese momento estaba dedicando toda su atención al ninpou, observó como su expresión se endurecía visiblemente. Entonces él se dio cuenta de que estaba siendo estudiado y borró su irritación esbozando una sonrisa misteriosa. La muchacha le dio la espalda con el entrecejo fruncido; ella tampoco acababa de fiarse de aquel hombre.

A ambos lados del camino adoquinado, recto y sin final, ya no había granjas ni campos nevados. Junto a la avenida se extendía un auténtico laberinto de edficios grises de techos bajos, sin ventanas, apiñados al borde de las estrechas callejuelas que serpenteaban hasta perderse de vista en la maraña de construcciones. Nadia observó los tejados, mayoritariamente planos, y contó muy pocos que contaban con una chimenea y menos aún aquellos cuyas chimeneas expulsaban humo. Había poca gente en las calles y las pocas personas que deambulaban por allí vagaban con expresión ausente, demacrados y tristes, perdidos. Mielles los miraba con gesto abatido.

- ¿Por qué están así?- musitó Nadia.
- Estamos en las periferias de la ciudad.- explicó Garue.- Aquí sólo hay almacenes de comerciantes y también es la peor zona de la ciudad. Los vagabundos, la gente que no tiene nada o que huye de algo o alguien, se refugia en estas calles, donde tienen su guarida los negocios más sucios.

No toda la gente parecía desdichada. En algunas de las esquinas más sombrías se escondían figuras siniestras que inspiraban desconfianza y que miraban con fijeza, casi con voracidad, a todo el que pasaba. También era posible ver a algún niño de ojos enormes y opacos, delgado y descalzo. Nadia sintió un escalofrío.

- Nadie merece vivir así.- susurró Mielle con la voz quebrada.

A medida que avanzaban tomaron un desvío hacia la derecha y callejearon en esa dirección durante unos largos minutos hasta que torcieron nuevamente a la izquierda y regresaron al camino principal. Pero todo era completamente distinto entonces. Los edificios, con tejados de teja oscura a dos aguas, eran mucho más espaciosos y atractivos. Las viviendas eran de dos pisos, con ventanas tras las que brillaba la luz cálida del hogar, construidas con un ladrillo rojizo y resistente. Las calles eran amplias y estaban limpias, y a ambos lados había algunos bancos y teas altas, prendidas, que alumbraban los adoquines. Había poca gente en la calle, pero aquellas personas no parecían sospechosas y tan miserables como las que habían dejado atrás. Llevaban ropas coloridas y de buena calidad, y los observaban con curiosidad e interés evidente, sonriendo ligeramente.

Siguieron aquel camino, que continuaba hacia delante sin interrumpciones de parques u otras avenidas, hasta que llegaron a una enorme plaza al pie de una suave colina. La plaza estaba plagada de puestos y tenderetes que empezaban a cerrar mientras sus propietarios recogían y guardaban sus mercancías a la luz de los inmóviles fuegos que iluminaban el suelo. En el centro había una hermosa fuente que representaba a una mujer sosteniendo un cántaro de agua en sus manos. La luna, que resplandecía con fuerza en el cielo, hacía brillar al agua haciéndola parecer de cristal. Le hubiera gustado preguntar si aquella mujer era alguien importante o si, simplemente, se la conocía por algún nombre en especial, pero fue incapaz de articular palabra. Había algo en la atmósfera... una prohibición silenciosa, que le impedía hablar. La admiró con los ojos muy abiertos y después siguió a sus compañeros por el camino que ascendía a lo alto de la colina.

1 comentario:

Carlos dijo...

Garue es tonto... pero me encanta xD No sé por qué, si es porque los malos me encantan o porque estoy loco, pero no puedo evitar adorarle xD
Me dan penita los de la periferia, sobre todo el niño ese... Mielle tiene razón, nadie debería vivir así.
Y la mujer de la fuente... ¿Es importante? ¿Alguna diosa? xD Luego resultará que no era nada y me estoy haciendo ilusiones solito xD
Un besazo!!