miércoles, enero 13

Homeless

[Imagen por ALBITAR]

Nunca había sentido esa sensación de pertenencia a un lugar que suele caracterizar a la gente. Ni siquiera cuando era pequeña.

Había vivido en dos casas diferentes. Tres, si contaba el coche en el que su madre la llevaba de una a otra. Y tal vez, de entre esos tres lugares el coche fuera el más parecido a un refugio para ella. Al menos allí no tenía porqué hablar si no lo deseaba o no tenía que forzar sonrisas que en realidad prefería no fingir. Y a pesar de esa seguridad temporal que el viejo Ford de su madre le ofrecía, Amy lo detestaba. Detestaba los interminables viajes de un extremo a otro del puente cuya finalidad no era otra que la de cambiar de escenario.
Ya que la historia seguía siendo la misma.

Como un caracol, Amy siempre llevaba a cuestas su propio hogar, y éste no era ni la casa de su madre ni tampoco la de su padre. Ni el automóvil que hacía de mediador entre ambas. Su hogar era el silencio, una segunda dimensión en la que podía cobijarse y alejarse de todo lo que le resultaba doloroso y desagradable.

Desde que tenía uso de razón, había pensado que odiaba ese continuo tránsito entre un lugar y otro. Pero ahora que llevaba ya dos semanas inmóvil en el mismo sitio empezaba a pensar que estaba equivocada. Al igual que un marinero que pasa la mayoría de sus noches abandonado al balanceo del mar y al volver a tierra firme se siente torpe y desamparado, Amy no sabía qué hacer. Las cuatro paredes de su nueva habitación eran para ella incluso más extrañas y frías que sus dormitorios anteriores. A menudo le daba por mirar el reloj y entonces descubría que llevaba un par de horas sentada en la cama con la mirada perdida y la mente en blanco.

Al contrario que a su madre, a ella le gustaba menos la zona este de la ciudad. Amy no tenía muy claro porqué se habían mudado allí. ¿Quizá era porque su padre se había marchado de una vez, porque había desaparecido? ¿Acaso su madre había estado esperando aquel momento para regresar? O tal vez sólo fuera una más de las consecuencias de cambiar de negocio. La muchacha abrió la ventana de par en par y apoyó los brazos en el alféizar. Se le puso la piel de gallina debido a la caricia gélida del viento, y la ligera llovizna le salpicó la cara. Bajo la luz mortecina, los tejados planos de los edificios parecían peldaños desgastados de una escalera gigante y polvorienta. Oyó un débil maullido y Greyash subió a la mesa de un salto. El animal, ronroneando, se le acercó y le rozó la mejilla con su fría nariz.

- ¿Amy?- la muchacha se giró y vio a su madre apoyada en el quicio de la puerta.- ¿Se puede saber qué haces con la ventana abierta? Ciérrala.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Pobre Amy... No me imagino lo mal que se debe pasar viajando de un lugar a otro toda la vida... Pero creo que entiendo esa sensación de echar de menos esos viajes. Ya estaba acostumbrada, y de pronto...
En fin... Me gusta Amy, mucho ^-^ Y Connor ^-^

Y a Kat... es que tiene poder con los vínculos, y ahora que además tiene a Vance que tiene poder físico... Como nunca ha sido una chica con demasiada infuencia, la cosa le viene grande xD
Y la oscuridad... Es la muestra física de ese desequilibrio interno.

Un besazoo!

Xit dijo...

Por fin la retomé y ahora me molesta porque me tengo que ir, y no volveré hasta dentro de un buen rato, quiero seguir leyendo!!!!