viernes, diciembre 18

Nueva Nadia: Capítulo 4, parte 1

Los párpados se le cerraban en contra de su voluntad. A pesar de su fuerte resolución a permanecer despierta y alerta, la modorra que se había apoderado de ella iba ganándole la batalla sin que pudiera hacer gran cosa por frenar su avance.

Habían salido de la ciudad y se habían refugiado en la caseta de guardia donde Sorwel y sus dos compañeros aguardaban la llegada de los soldados... o eso se suponía. Los tres hombres pasaban el rato junto a la chimenea, jugando ociosamente a un curioso juego con piezas de madera y tres dados de piedra, al que Mielle se sumó con entusiasmo dispuesta a vencer sus apuestas. A pesar de que en un primer momento los guardias se habían burlado de ella, las caras largas con que la miraban ahora demostraban que la muchacha les estaba dando una buena paliza. La joven sonreía satisfecha y recaudaba sus ganancias de forma despiadada. Nadia, por su parte, se había encaramado a una silla, escondida bajo una gruesa y cálida manta, e intentaba mantener a raya el sueño.

De repente, creyó adivinar una forma imprecisa sobre el horizonte blanco. Poco a poco, conforme se iba agrandando, aparecieron más puntos marrones que se sumaban a ella creciendo a un mismo tiempo. Nadia se puso en pie al mismo tiempo que el corazón le daba un salto en el pecho. Entrecerró los ojos y pasados unos segundos reconoció a la primera mancha como un caballo con jinete. Detrás de él avanzaba el resto del ejército de Taltha.

- ¡Mielle, los soldados!- gritó, impaciente.

La joven levantó la mirada, con un brillo esperanzado en los ojos. Nadia se desprendió de la manta y tras calzarse las botas de nuevo, abrió la puerta de la caseta y echó a correr hacia ellos. Mielle, alarmada, le gritó algo, pero ella no le hizo caso.

- ¡Nadia, espera!- chilló, desde el interior de la caseta.

Pero Nadia no quería esperar. La ya conocida ansiedad tiraba de ella y la muchacha no quería resistirse a su empuje. Echó a correr tan rápido como le permitieron sus doloridas piernas, ignorando a su tobillo izquierdo, que se resentía cada vez que se hundía en la nieve. Su avance era lento y torpe, y no tardó en verse superada por los propios jinetes a los que luchaba por llegar. Los soldados eran pocos, o al menos a Nadia se lo parecieron. Tan sólo cinco hombres montados en caballos que se acercaban a todo galope a la entrada de la ciudad. Cuando el primero de ellos alcanzó a la joven, se detuvo en seco. Nadia ni siquiera miró al guerrero; su atención se desvió completamente al muchacho inmóvil que montaba delante del soldado, con los ojos cerrados.

- ¡Aldren!- gritó, aliviada.

El joven tenía muy mal aspecto. Estaba mortalmente pálido, y tenía unos cortes muy feos en la ceja y en el labio. La cabeza le temblaba, y no dio señales de escucharla.

- ¡Tengo que llevarlo de inmediato a la curandería!- exclamó el soldado, bruscamente.- Si en algo te interesas por su vida, no me entretengas.

Y dicho aquello tiró de las riendas de su montura y se dirigió a las puertas de la muralla, que Sorwel y sus compañeros ya habían abierto. Nadia vio cómo los demás guerreros pasaban de largo delante de ella, llevando también a personas gravemente heridas. Cerró los puños, impotente, y reanudó su camino hacia la caseta de guardia.

***

La curandería era edificio de aspecto extraño, y aunque Nadia apenas le prestó atención, no pudo evitar fijarse la enorme cúpula de cristales azules que resplandecía en la techumbre de la planta más alta antes de atravesar sus grandes puertas. Una vez dentro, una mujer de pelo rizado vestida con una túnica de color turquesa les indicó amablemente dónde podían encontrar a Aldren y Mielle y ella se dirigieron hacia allí a paso ligero. El interior bullía de actividad: hombres y mujeres, vestidos idénticas túnicas turquesas, iban de un lado para otro preparando habitaciones, llevando cajas de madera de un lado a otro, y transportando unos curiosos cristales azules y brillantes. Ninguno de ellos les hizo ningún caso, por lo que nadie las detuvo y tras unos minutos, ambas se detuvieron jadeantes ante una puerta de madera cerrada.

Mielle se acercó con la intención de llamar en el mismo momento en que la puerta se abrió y por ella salió el guerrero que había llevado a Aldren hasta allí. Al ver a Nadia enarcó una única ceja y cerró la puerta a su espalda.

- Has sido muy rápida, jovencita.
- ¿Está bien?- preguntó Nadia.- ¿Podemos pasar a verle?
- Calma, calma.- dijo el soldado.- Está fuera de peligro, de momento, pero no podeís entrar ahora. El sanador está haciéndole un reconocimiento.

Nadia suspiró, aliviada. Mielle se mordió un labio y le preguntó al soldado:

- ¿Qué ha pasado con el resto de la gente?
- Cuando llegamos al fuerte, no encontramos a nadie con vida allí.- contestó el hombre.- Pero hicimos una barrida de los alrededores, y descubrimos que algunas personas habían conseguido escapar y sobrevivir. Estaban todos muy malheridos, y casi congelados. No se habían atrevido a regresar al fuerte. Trajimos a caballo a los que estaban en peor estado, los demás se dirigen a paso más lento hacia aquí.
- ¿Cuántos... han... sobrevivido?
- Doce.

Mielle asintió lentamente, clavando la mirada en el suelo. El soldado se irguió.

- Si no me necesitáis para nada más, iré a ayudar a mis compañeros.

Las chicas asintieron y el guerrero se marchó tras hacer una leve inclinación de cabeza. Nadia apoyó la espalda contra la pared y se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. Mielle la observó con reprobación.

- Esa carrera por la nieve no ha sido una buena idea, Nadia.
- No me importa.
- ¿Estás bien?
- Sí.

La joven le puso la mano en la frente con gesto experto, pero Nadia se la apartó, molesta.

- ¡Estoy bien!

En ese momento Mielle dio un respingo y retrocedió sobresaltada. Un par de gatos habían saltado ágilmente desde el alféizar de la ventana hasta el suelo, sentándose sobre sus patas traseras con gran dignidad. Nadia reconoció a uno de ellos, una gata gris de ojos añiles, pero el otro le resultaba desconocido. Era negro como la noche y tenía los ojos azules.

Ambos animales comenzaron a brillar con aura propia, violeta y azul respectivamente. Cuando el resplandor se desvaneció, Iluna apareció ante ellas acompañada del misterioso hombre con la que lo habían visto discutir en la taberna. Ahora tenía la capucha echada hacia atrás y Nadia pudo verle el rostro. Era muy atractivo, con el cabello ondulado y negro, ojos azules y piel morena, un par de años mayor que la rastreadora.

- ¿Y Aldren?- preguntó Iluna.
- Ahí.- contestó Nadia, señalando la puerta y sin apartar los ojos del desconocido.
- El sanador está con él.- añadió Mielle.
- ¿Cómo está?- inquirió el extraño, con cortesía.
- Mal.

Él la descubrió mirándolo y le sonrió. Nadia se ruborizó un poco y bajó la mirada.

- ¿Puedo ya presentarme a las pequeñas damas?- le preguntó a Iluna, con la voz cargada de sarcasmo.

1 comentario:

Carlos dijo...

Aish! Yo quiero que se presente yaaa! -...-
Y el soldado, coña, que es la Edad Media (más o menos), pero podía ser un poco educado con la pobre Nadia, que estaba preocupada xD
Con lo maja que es... No preguntaré si sobrevivirá Aldren porque si lo pregunto es que dudo, y respecto a esto no hay que dudar. Sobrevive sí o sí.
Y de Kat... Sí, avisé xD La tía, poco a poco, se convierte en una mala persona de aúpa xD Pero tú dale tiempo, ¡anda que no le queda transformación! Probablemente acabes odiándola xD
Un besazo!
Carlos