miércoles, diciembre 2

Nueva Nadia: Capítulo 3, parte 1

Nadia sintió que alguien la zarandeaba suavemente, despertándola. Se aovilló más aún sobre sí misma y escondió la nariz debajo de la manta; estaba cansada y quería seguir durmiendo.

- Buenos días.

La voz de Mielle llegó acompañada de otro apretón de hombros, un tanto más insistente. Nadia gruñó y entreabrió los ojos. Miró por encima de la manta y vio los restos de la fogata de la noche anterior y el campamento recogido. Mielle estaba a su lado, observándola desde arriba. Su respiración se convertía en vaho al salir de su nariz y boca.

- Venga, tenemos que irnos.- la urgió.

A regañadientes, se puso en pie. Se abrazó a sí misma para intentar calentarse un poco, pero fue inútil. No sólo estaba helada de pies a cabeza sino que además le dolía cada músculo de su cuerpo. Y nunca habría dicho que tenía tantos. Los dientes empezaron a castañearle.

- Toma.- dijo Mielle, dándole otra manta y ayudándola a ponérsela por encima. Luego miró al caballo de forma calculadora.- ¿Quieres montar delante tú hoy?
- De acuerdo.- contestó ella, con la esperanza de que el asiento delantero fuera algo más cómodo que el de atrás.

Mielle la ayudó a subir y con algo menos de dificultad que la vez anterior, montó sobre el animal. Éste echó hacia atrás las orejas y relinchó suavemente, pero no se movió. La joven subió tras ella y tomó las riendas para dirigir al animal lejos del bosquecillo.

Las nubes que habían cubierto el cielo el día anterior estaban algo más dispersas aquella mañana y a través de ellas se podía entrever el pálido cielo del amanecer. A pesar de que el sol no era visible, una extraña luz cuya procedencia Nadia fue incapaz de localizar iluminaba el radiante manto de nieve inmaculada que se extendía delante de ellas.

- ¿Dónde está Iluna?- preguntó con voz ronca.
- Ahí arriba.- respondió Mielle, señalando al cielo.

Sobre sus cabezas, un ave oscura de grandes alas volaba en círculos. Nadia sonrió.

- La prefiero en forma de gata, pero así también está guay.
- ¿Guay?- repitió Mielle.
- Chulo.
- ¿Chulo?
- Hmm... genial. Cuando algo te gusta y piensas "¡vaya, es genial!", eso significa guay.
- Y chulo.- dedujo Mielle.
- Eso, y chulo también.
- Qué complicado.

Hacía mucho frío, el aire era cortante como un cuchillo y era difícil de respirar. Nadia se estremeció, aún llevando dos mantas de lana y una capa forrada de piel. Los pies le dolían, tenía las botas encharcadas.

- ¿Cuánto falta para llegar? Necesito llegar a un lugar caliente cuanto antes... a este paso no tardaré mucho en congelarme del todo.
- Aún quedan un par de horas.
- ¿Un par de horas?- se quejó Nadia.
- No es mucho.
- ¿Qué no es mucho, dices?- gimió.- Tengo mucha hambre.- añadió con un lloriqueo.
- Pues tendrás que esperar.

Ambas guardaron silencio. Iluna seguía volando encima de ellas, siguiéndolas de cerca. El amodorramiento de Nadia había desaparecido por completo y se sentía despierta, aunque no por ellos menos dolorida. Las imágenes de la noche anterior volvieron a su mente, atormentándola con su violencia. Tembló al recordar a Aldren y sintió que el corazón le latía en la garganta. Alzó los ojos al cielo en una muda súplica, rogando que estuviera bien. Una poderosa ansiedad se apoderó de ella y se removió inquieta en el caballo. Tenía ganas de salir corriendo.

- ¿Tú conoces Taltha?- preguntó Nadia, más por hablar y distraerse que por verdadero interés.
- Muy bien. Nací allí.
- ¿Ah, sí?
- Mi padre era comerciante, y vivíamos en una casa pequeña y modesta en la ciudad. Sin embargo... llegaron malos tiempos para el negocio y entre unas cosas y otras mi padre se vio obligado a abandonar su profesión. Nos marchamos de Taltha y fuimos al bosque, donde mi padre empezó a ganarse la vida como leñador. El hechicero Irio nos compraba leña y substíamos gracias a ello. Un invierno muy frío... hizo que mis padres enfermaran y murieran a los pocos meses. Yo tenía diez años entonces. El señor Irio me acogió en el fuerte y me dio trabajo.

Mielle había contado su triste historia con voz calma. Y el hecho de que aceptara como normales las tragedias que le había tocado vivir sólo hizo que Nadia se sintiera más apenada todavía.

- Lo siento mucho, Mielle.- dijo con voz ahogada.
- No importa.- dijo ella con una sonrisa.- Son cosas que suceden, la vida es dura. El señor Irio siempre ha cuidado muy bien de mí y nunca he tenido nada de qué quejarme.- hizo una breve pausa y luego preguntó con timidez.- ¿Cómo se llama la ciudad en la que vives?
- Granada.- contestó ella.- Es una ciudad pequeña, pero a mí me gusta mucho.- afirmó con orgullo.- Tiene cosas bonitas, y nunca he sentido la necesidad de vivir en otro lugar.
- ¿Vivías con tu familia?
- Sí, con mis padres y mi hermano mayor. Aunque suelo quedarme sola bastante a menudo. A mis padres ahora les ha dado por viajar... y mi hermano a veces está un mes sin aparecer por casa.

Mientras continuaban la cabalgata hasta Taltha, las dos muchachas se confiaron sus vivencias mutuamente. Nadia le explicaba cosas de su mundo a la asombrada de Mielle, que no podía dar crédito a las palabras de su nueva amiga, mientras que la doncella le revelaba los secretos de aquel mundo desconocido llamado Nerume. De esa forma Nadia consiguió librarse de sus preocupaciones y las dos horas que Mielle había predicho se le hicieron sorprendentemente cortas.

1 comentario:

Carlos dijo...

Aish, pobre Mielle TT
Si yo hubiera perdido a mis padres a los 10 años... No creo que pudiese hablar de ello como si tal cosa, aunque también es cierto que era otra época...
Y sin duda la doncella debía estar flipando con lo de aviones, coches, televisiones... xD
Me ha encantado cuando la pobre Mielle no entendía a Nadia, muy divertido xD
Un besazo
Carlos