lunes, noviembre 30

Nueva Nadia: Capítulo 2, parte 6

El caballo atravesó el patio y cruzó una arcada de piedra que daba a una plaza mucho más amplia. Debido al estruendo reinante justo frente a ellas el animal se inquietó y se encabritó relinchando nerviosamente. Mielle tiró de las riendas con firmeza y le hizo deternerse durante un instante. Fueron tan sólo unos minutos antes de reemprender la huida, pero fue lo suficiente para que Nadia observara la carnicería que tenía lugar delante de sus ojos.

El corazón dejó de latirle al mismo tiempo que dejaba de respirar con un jadeo ahogado mientras se llevaba la mano a la boca, espantada. Un grupo de soldados luchaba salvajemente contra unos guerreros armados con corazas de color blanco y negro. Hacían entrechocar sus espadas con gritos inhumanos y luchaban a muerte, clavando los filos de sus armas en el cuerpo de sus enemigos y cortando los miembros que se interponían en su trayectoria. La nieve a sus pies estaba teñida de rojo y salpicada de cuerpos sin vida. Nadia, horrorizada, era incapaz de apartar los ojos de la batalla. Lo que veía la asqueaba y sentía náuseas en el estómago y en la garganta. Tenía ganas de llorar. Aquello no era ningún montaje, ninguna película, sino real. Completamente real. La distancia que la separaba de aquellos hombres aniquilándose entre sí era mínima y casi podía oler el aroma metálico de la sangre. Era... monstruoso.

Mielle hizo girar el caballo hacia la izquierda, huyendo de una repentina lluvia de flechas prendidas con fuego que empezó a caer súbitamente sobre sus cabezas, abatiendo a los soldados. Se dirigió a un pequeño edificio de techo bajo tras el cual había un estrecho pasadizo cubierto de hojarasca mojada y resbaladiza que daba a una portezuela en la muralla que pasaba desapercibida. Mielle detuvo al animal, abrió los cerrojos y entonces instó al caballo a galopar para alejarse de allí tanto como fuera posible.

***

Nadia era incapaz de estimar cuánto tiempo había transcurrido desde que abandonaron el fuerte, aunque le parecía una eternidad. Su cerebro no funcionaba; desbordada por los recientes acontecimientos su mente sólo repetía una y otra vez aquellas horribles imágenes que había presenciado antes de su huida. No podía evitar pensar en Aldren y en Iluna. El joven se había sacrificado para que ellas pudieran escapar y su gatita... con un poco de suerte habría conseguido esconderse y sobrevivir a la matanza. Se encontraba fatal, tanto física como psicológicamente. Sentía náuseas y le dolía todo el cuerpo, desde las puntas de los dedos hasta los pelos de la cabeza. Además, estaba furiosa consigo misma. Todo parecía ser culpa suya. ¿Cómo se había permitido creer que le habían regalado unas relajantes vacaciones en el mundo de la fantasía? ¿Cómo podía haber sido tan ingenua? Según había visto... había bastante gente interesada en ella en aquel mundo. ¿Por qué? Estaba aterrada; nunca había sentido tantísimo miedo en toda su vida. Se mareó, y todo se convirtió en un vertiginoso remolino delante de ella. Giró la cabeza a un lado y sin poder evitarlo vomitó sobre la nieve. Mielle detuvo el caballo en seco y echó un vistazo por encima del hombro para observar a la pálida y desvalida Nadia.

- ¿Te encuentras bien?
- Oh... sí. De lujo.
- Hablo en serio.
- Yo no, ¿acaso no se nota?

Mielle se puso una mano sobre los ojos para intentar ver mejor a través de los copos que no cesaban de caer. A Nadia la nieve empezaba a parecerle triste y deprimente. Al cabo de unos minutos la muchacha desvió al caballo del camino invisible que había estado siguiendo, en dirección a la derecha.

- ¿A dónde vamos?
- ¿Ves aquella mancha blanca de allí, a lo lejos?
- Todo me parece igual de blanco.
- Es un bosquecillo. Pararemos a descansar un momento. No podemos cabalgar durante toda la noche teniendo en cuenta tu estado. No sé cómo haremos para refugiarnos de la nevada... pero ya pensaré en algo.

El bosque no era muy tupido, pero los árboles eran altos y bajo sus ramas no había tanta nieve. Mielle bajó del caballo, lo ató a un tronco y ayudó a Nadia a desmontar. Nadia se aferró al caballo con fuerza, sintiéndose muy débil y mareada y con ganas de vomitar otra vez. Mielle sacó una gruesa manta de una de las bolsas y la extendió sobre el suelo. Nadia se dejó caer sobre ella al instante. Estaba incómoda y le resultaba imposible dejar de castañear los dientes, pero tras tanto rato balanceándose encima del caballo agradecía el estar inmóvil otra vez. Mientras Mielle desempaquetaba algunas cosas, Nadia miró a su alrededor, un poco intimidada por las siluetas oscuras de los árboles. Sus ramas estaban coronadas de blanco níveo y los matorrales que nacían junto a sus raíces estaban cubiertos de escarcha. Fue entonces cuando captó un movimiento que llamó su atención. Más allá de la hierba aplastada y helada del suelo apareció la silueta borrosa de algo que se aproximaba despacio. Nadia contuvo el aliento y se preparó para gritar, justo en el momento en que la figura se volvió nítida y un animal apareció junto a la base de un árbol cercano. Se levantó de un salto al mismo tiempo que exclamaba:

- ¡¡Iluna!!
- ¡Nadia, detente!- chilló entonces Mielle, mortalmente pálida y mirando a la gata como si se tratara de un demonio.
- ¿Qué pasa? ¿No ves que es...?
- No puede ser Iluna. Hubiera sido incapaz de seguirnos hasta aquí y le hubiera resultado más imposible aún alcanzarnos tan pronto. Hubiera muerto bajo la nieve y mírala... ni siquiera tiene el pelaje mojado.

1 comentario:

Carlos dijo...

Y si no es Iluna... ¿qué es?
Ay, cielo, menuda intriga me dejas en el cuerpo, ¡leñe!
Creo que yo actuaría como Nadia en ese tipo de situación. Me da penilla, enfermita, huida, triste por haber tenido que abandonar a Iluna y Aldren, y además muerta de miedo en un mundo que no conoce para nada.
En fin, espero que continúes pronto ^^
Un besazo
Carlos