miércoles, octubre 14

Sueño del 13 de Octubre


Aquí os dejo un breve relato sobre el sueño que he tenido esta noche.

***

El viento frío azotaba las furiosas olas del mar y removía la arena grisácea de los kilómetros y kilómetros de playa monótona e ininterrumpida que se extendían frente a nosotros como un segundo horizonte. Bajo el cielo nublado, la espuma de las olas rompía con fuerza contra la tierra marrón, adquiriendo un tono azul oscuro que un poco más adelante se convertía en el turquesa brillante y turbio propio de la resaca. A lo largo de la playa permanecían de pie algunas personas, mirando el mar con una expresión indescifrable en el rostro.

Yo, junto a los demás, también me detuve a contemplarlo. Sentía dentro de mí una sensación extraña, expectante. Me parecía estar esperando algo sin saber muy bien el qué y sin comprender porqué. El mar parecía crecer y alzarse con voluntad propia, y pronto la arena que pisaba se convirtió en barro y se me mojaron los pies. Alguien me cogió de la mano y tiró de mí con urgencia, alejándome de la orilla, más cercana a cada minuto que pasaba.

- La marea está subiendo. Tenemos que irnos de aquí.

La atmósfera había cambiado. La sensación de expectación se había transformado en la anticipación de un peligro inminente que parecía estremecer el aire a modo de aviso. Todo el mundo empezó a retroceder hacia la seguridad que ofrecía el desierto gris que teníamos a nuestras espaldas, salpicado de grandes y puntiagudas rocas de piedra que sobresalían entre las dunas. De aquí y allá aparecían personas de distintas razas y culturas que se unían a nosotros huyendo del agua, con el miedo pintado en sus rostros y caminando en silencio delante de un mar que no cesaba en su avance, pisándonos los talones.

Por mucho que corriera, el mar era mucho más rápido. El fango nos entorpecía la marcha y pronto el agua nos encharcó las zapatillas y nos cubrió los tobillos, tirando de nosotros. Las rocas enterradas en la arena ahora parecían pequeños y lejanos islotes solitarios en mitad de un océano hambriento cada vez más grande y aterrador, habitadas por una o dos personas que se habían encaramado a ellas con la esperanza de quedar lejos del alcance de las olas.

A pesar de que no me detuve mis pies no me llevaron mucho más lejos antes de que el agua me llegara a las rodillas. Fue entonces cuando delante de nosotros vimos una alta torre de madera, con techo puntiguado, elevándose por encima de las montañas de arena y tapando el sol, que pese a estar en su cénit su débil luz apenas conseguía alumbrarnos. Quien guardaba mi mano entre la suya me apretó y tiró de mí hacia aquella gigantesta estructura. Una súbita esperanza prendió en mi interior alejando al miedo.

La torre estaba desierta y parecía llevar mucho abandonada. La madera era vieja y estaba ajada por el paso del tiempo, pero aquello era mejor que nada. Subimos los interminables escalones hasta llegar a la parte más alta, donde una balconada cuadrada con una barandilla dorada nos ofrecía una visión panorámica del incontenible avance del mar, que lo devoraba todo a su paso. Olvidando mi miedo a las alturas me encaramé a la barandilla, aferrándome a una de las cuatro columnas que soportaban el peso del techo picudo que coronaba la torre y apoyando mis pies mojados con firmeza para procurar no resbalar.

Abajo la gente era arrastrada por la corriente. Sus gritos teñidos de pánico se elevaban hacia el cielo como un huracán, únicamente sofocados por el furioso oleaje verde y marrón. Delante de la torre se extendía un ancho camino de piedra pulida al que, curiosamente, el agua no llegaba. Las personas luchaban brazada a brazada por nadar hasta allí. El aire me daba de lleno en la cara, haciéndome entrecerrar los ojos y apartándome el cabello del rostro. El fuerte olor a salitre y a humedad subía en vaharadas desde el mar hasta lo más alto de la torre, dónde yo me encontraban observando la catástrofe que tenía lugar a nuestros pies. Justo entonces vi en el margen izquierdo de mi visión un aleteo de color, y me giré para observar a cuatro grandes mariposas de tonalidades carmesí, naranja y púrpura, volando contra el cielo opaco y gris. Asustada, me bajé rápidamente de la barandilla de la torre.

La estructura empezó a moverse. Las olas parecían dispuestas a derribarla, estrellándose contra sus cimientos una y otra vez. La torre se balanceaba lentamente de un lado a otro, levemente al principio pero de forma precaria conforme el agua seguía subiendo. Yo me aovillé en el suelo y me abracé a mis propias rodillas.

En una de aquellas veces en las que la torre se inclinó hacia la izquierda... no acabó por recuperar el equilibrio y la estructura se torció y cayó. A mi alrededor todo se tornó negro mientras sentía mi cuerpo precipitándose al vacío. Grité, aterrada, y mi chillido se confundió con los gritos de quienes estaban a mi lado, a un mismo tiempo y como uno solo. Sin embargo, pronto dejé de chillar. ¿Para qué gritar si la caída era inevitable de todas formas? Así que permanecí en silencio escuchando los chillidos desgarradores de los demás, liberándome del miedo. Un apacible y reconfortante sentimiento de paz me inundó por dentro, llenándome de esperanza. Sabía que no iba a morir. Era demasiado pronto para mí, todavía tenía muchas cosas por hacer. Tenía a una persona muy importante en mi vida con la que esperaba pasar mis días y a la que me negaba a abandonar. Era imposible que muriera, aquel no podía ser mi final.

Un gran estruendo ahogó los gritos por unos segundos, en el mismo instante en que noté cómo mi cuerpo se estrellaba contra el suelo, consciente de cada golpe y de cada piedra que se me clavó en la piel. Durante lo que me pareció un tiempo interminable boqueé en busca de aire con el que llenar mis pulmones, y cuando al fin logré exhalar y expirar, dolorosamente, comprobé que seguía viva.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Dios, que sueños más agobiantes tienes, cielo. Me has tenido toda la historia con el corazón en un puño, pensando qué sucedería, aunque no llegué a imaginármelo (es lo que tienen los sueños, que son poco previsibles xD).
Y no es solo lo que narras, sino cómo lo narras. Tan perfectamente detallado que en algunos momentos hasta me pareció estar allí mismo, en el desierto gris y con el mar tratando de engullirme.
Genial, como siempre.
Y yo también me alegro de que exista gente con tanta paciencia, no solo para el amor, sino para las amistades, porque soy taan dado a las cagadas... xD
Un beso
Carlos

Carlos dijo...

Es que hoy estaba graciosete xD Y lo único que conseguí escribir fue eso, con un montón de chistes malos (y suerte habéis tenido de que no haya hecho mis juegos de palabras MUY malos xD). Y ya veo que sí que os interesa la historia, así que entran ganas de seguir escribiendo ^^
Un beso!
Carlos