viernes, octubre 23

Hacia atrás en el tiempo (23)

Atravesé el parque, que tenía altos y verdes árboles dispersos aquí y allá, y luego una plaza entre varios bloques de edificios, por la que pasó un chico en bicicleta, en dirección a la esquina de una de las calles, donde se levantaba un gran edificio marrón. El corazón me dio un vuelco de forma tan brusca que noté un doloroso pinchazo en el pecho. Sentí que el aire se me escapaba y que no había a mi alrededor el suficiente para llenar mis pulmones. O me calmaba de una vez o pronto entraría en estado de shock o algo por el estilo. Me detuve, mientras la fina lluvia me mojaba la cabeza y la ropa, para expirar y exhalar varias veces hasta que logré tranquilizarme un poco.

No recordaba exactamente qué letra era pero sí sabía que era un séptimo, así que me planté en la puerta del portal y tras tomar aire, apreté letra por letra preguntando si estaba Daniel. Al tercer intento me contestó una voz femenina que, después de haber formulado yo mi pregunta, me dijo:

- Sí, ¿quién eres?
- Soy una compañera suya de la facultad.- contesté, procurando que no me temblara la voz.- Vengo a traerle una cosa que se ha dejado hoy en clase.
- ¿Quieres subir?
- ¡No...! No hace falta. Lo esperaré aquí abajo.
- Ahora baja en un momento.
- Gracias.

Suspiré de forma exagerada y sentí una flojera en las rodillas que me hizo pensar que era capaz de caerme al suelo de un momento a otro. Me apoyé contra la pared, apartádome de la puerta para que Daniel no me viera antes de salir del portal. Y después me puse a contar cada segundo que pasaba.

Sabía que sería diferente al Daniel que yo conocía, físicamente hablando. Había visto algunas fotos suyas antiguas y sabía que antes estaba más rellenito y que había adelgazado bastante. Pensé que, tal vez, al verlo me sentía extraña o distinta, pero me equivocaba. Cuando salió por la puerta mirando a su alrededor, vestido con un chandal azul marino y blanco cuya parte de arriba, que se abrochaba con cremallera me había puesto yo misma en una ocasión, y con aquel pelo suyo oscuro y rebelde, tuve que reprimir el impulso de correr a abrazarlo. Dejé de respirar cuando él se giró para observarme, un tanto desorientado. Con sus ojos marrones. De un marrón profundo... un marrón muy marrón. Un marrón tan marrón... Un marrón precioso, en definitiva.

- Hola.- me dijo, aunque yo en realidad apenas lo escuchaba.- ¿Tú estás en mi clase? Es la primera vez que te veo.
- No estoy en tu clase.- repuse, negando con la cabeza.

Me estudió con curiosidad durante unos minutos y finalmente una chispa de entendimiento brilló en sus ojos. Enarcó las cejas primero y después las frunció. Sin ser consciente de mis propios movimientos, avancé un paso hacia él.

- Eres Ana.- dijo.
- Sí.
- Y eres de verdad de Granada, o al menos del sur.- añadió.

Por suerte, mi acento me delataba.

- Ya te lo dije. ¿No me creíste?
- No sabía qué creer.
- Lo comprendo.

Se hizo un silencio un tanto tenso entre los dos. Me acerqué un poco más, pero él no se movió.

- ¿Para qué has venido?
- ¿Para qué crees tú?- le dije, sonriendo.- Para verte.
- Para... ¿reafirmar tus lazos con el presente?
- Exactamente.
- No parece que funcione.
- Ya.- admití, aunque yo sabía que con sólo verle no iba a ser suficiente.- Todavía sigo aquí.
- ¿Es verdad?
- ¿El qué?
- Lo que me dijiste.
- Sí. Sé que es difícil de creer, yo tardé lo mío en asimilarlo... pero... ¿cómo podría saber todas las cosas que sé sobre ti si estuviera mintiendo? Soy de Granada, ya me estás escuchando.

Daniel bufó y se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo todavía más.

- Eh... digamos que te creo. ¿Y ahora qué?
- Necesito que me ayudes a volver.- respondí, dando por último el último paso que me colocó frente a él.

Por un momento me dio la sensación de que Daniel iba a retroceder y a apartarse de mí, pero si lo pensó terminó por no hacerlo y no se movió del sitio. Sus ojos me evitaban. Estaba nervioso.

- ¿Cómo?
- Es fácil.- dije, intentando que mi voz no traicionara mi aparente aspecto calmado.- Y te lo voy a poner más fácil todavía. Extiende tu mano y cierra los ojos.

Él me frunció el ceño con desconfianza.

- Por favor.- le pedí.

Resopló de nuevo, pero hizo lo que le había dicho. Alargó hacia mí su mano derecha, con la palma hacia arriba, y cerró los ojos.

Un escalofrío me recorrió la espalda hasta llegar al cuello, haciendo que se me pusiera la carne de gallina. Y a continuación, sin tentar más a la suerte, le cogí la mano y me impulsé hacia arriba poniéndome de puntillas para besarlo en los labios.

1 comentario:

Carlos dijo...

Aish! Mira que dejarnos con un final tan intrigante todo el fin de semana... Tenías razón, ahora SÍ puedo decir que eres malvada y cruel ¬¬ xD
Anda, disfruta del finde y aprovecha para relajarte tú que puedes, que yo tengo deberes para entretenerme un mes entero -.-''
Un besazo!
Carlos