domingo, octubre 18

Hacia atrás en el tiempo (16)

No podía dejar de mirar a mi alrededor, con curiosidad.
Aquello no se parecía en nada a la escena que yo tenía en mente.
Yo esperaba ver paredes pintadas de morado con símbolos esotéricos, cubiertas de pósters astrológicos de las constelaciones, paneles de información kármica y horóscopos zodiacales. Atmósfera cargada por el humo de algún incienso floral y música instrumental.
Pero no.

Me parecía encontrarme en un mundo monocromático. Todo en aquella estancia estaba en blanco y negro y era muy impersonal. El suelo, cuyas losetas eran blancas, reflejaba, como un espejo, la luz que aportaban las altas y delgadas lámparas dispuestas en las cuatro esquinas de la habitación, iluminando así las paredes de la habitación, pintadas de negro. El centro de la sala lo ocupaba un gran escritorio negro que tenía encima un teléfono inalámbrico, un archivador y un estilizado jarrón desprovisto de flores, todo en blanco. Yo me sentaba en una cómoda butaca de cuero negro junto a la puerta, esperando nerviosa e impaciente a un mismo tiempo. No había música, y el opresivo silencio sólo me hacía desperar a cada minuto que pasaba.

Me miré las manos y las entrelacé. Durante un instante luché contra la urgencia de marcharme de allí cuanto antes. Me estaba dejando en manos de algo que siempre había considerado una estafa y un timo, poco fiable e incierto, una ciencia que se alimentaba del engaño en pos de una ganancia económica. Pero... ¿qué alternativas tenía en aquel momento? Situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas. Lo que me había ocurrido no tenía ningún sentido, así que tal vez no fuera una mala idea recurrir a algo ilógico para explicarlo. Ese era el razonamiento que había seguido y que me había llevado a aquella consulta privada sobre el destino. Una especie de tarot, llamado Oráculo, que encontré buscando en Internet.

Y que era bastante caro.

Miré mi reloj y vi que eran las cinco en punto; la hora a la que me habían concedido la cita. Pero allí, sin embargo, no había nadie.

Me levanté con intención de estirar un poco las piernas y recorrer la estancia. Para curiosear un poquito. Cuando se oyó una puerta al abrirse y una mujer apareció en la sala, mirándome fijamente. No logré estimar su edad, aunque supuse que rondaría los treinta y cinco o cuarenta. Iba vestida con un traje de un blanco impecable, compuesto por una chaqueta y una falda recta, llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta en la nuca y sus ojos castaños me estudiaban tras unas gafas rectangulares. Me puse nerviosa con sólo verla.

- ¿Ana Rodríguez?
- Sí, soy yo.
- Pase por aquí, por favor.- me indicó, señalando la puerta abierta por la que había aparecido.

Asentí con la cabeza y obedecí. Entré en otra sala, casi igual a la anterior excepto porque era algo más pequeña y porque además tenía, pegado a la pared, un sillón de piel reclinable. La mujer, sin decir nada, se sentó tras el escritorio y me hizo un gesto para que ocupara asiento frente a ella, sin quitarme los ojos de encima. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que mi cuerpo se zarandeaba a su compás.

Cruzó las manos sobre la mesa y se reclinó en su butaca.

- Dígame. ¿Cuál es su consulta?
- ¿Alguna vez... ha encontrado algún caso relacionado con viajes en el tiempo?- pregunté, sin saber muy bien cómo empezar.

La mujer parpadeó.

- No puedo dar información privada de otros clientes.- respondió.- ¿Ha viajado usted en el tiempo?
- Sí.
- ¿Puede ser un poco más específica?

1 comentario:

Carlos dijo...

Wow!
¿Recurrir a un Oráculo? Soprendente... Aunque en el fondo tiene su lógica, si lo miras bien xD
A ver si esta señora aclara un poco el porqué de este viaje en el tiempo, que hay ganas de saber por qué.
Menuda intriga eres capaz de dejar en el cuerpo, Energeia, simplemente única.
Un beso
Carlos