miércoles, septiembre 23

Gatos Negros (3)

TERCERA PARTE

- Escupe.

Inari obedeció y escupió en el cuenco de barro que Duma le había dado. La mujer se lo quitó de las manos y vertió su contenido, de sangre y saliva, en la olla cuya agua borboteaba en el centro de la habitación.

- Me quema la boca.
- Toma.

Duma le dio un vaso de agua e Inari bebió con avidez. El agua fresca alivió el ardor que le había entumecido la lengua y suspiró aliviada.

- ¿Realmente era necesario que le mordiera?- preguntó, apenada.
- Necesitamos su sangre, niña.

Al contrario que cuando había matado a aquel conejo la noche interior, la sangre del muchacho no le había sabido bien ni le había hecho sentir esa fiera euforia que había experimentado durante la cacería. Al morderle, Inari sabía que estaba haciendo algo malo, muy malo. Y había sido toda una tortura retener la sangre en su boca hasta llegar a la cabaña.

El olor del conejo asado hizo que se sintiera mucho mejor. Estaba hambrienta de nuevo y sus tripas protestaban en voz alta para hacerse escuchar. Duma, a su lado, curtía la piel del animal de forma concienzuda.

- ¿La utilizaremos para protegernos?
- Sí.- asintió la mujer.
- Era muy peligroso.
- Más peligroso de lo que tú crees, pequeña.
- ¿Qué hace aquí?
- Su trabajo, al igual que nosotras.
- Pero él quiere justo lo contrario, ¿verdad?
- Justamente.

Inari hizo un mohín de desagrado, frunciendo los labios. Aquel ser le repugnaba. No era la primera vez que veía a uno de su especie, pero nunca había estado tan cerca de ninguno. Y jamás había sentido tal maldad procedente de un objeto prohibido. Dio había estado cerca, demasiado cerca. Y ellas también, de fracasar.

Fuera de la cabaña, el aire era ya una ventisca helada e incontrolada que levantaba la tierra del bosque y partía las ramas de los pinos. Inari escuchaba y sentía el lamento de los árboles, el miedo palpitante que estremecía sus raíces.

- Tienen miedo.
- Saben lo que se avecina.
- Morirán… ¿verdad?
- Sí, niña.

Inari suspiró con tristeza y apartó la vista de la ventana. Rodeó la olla y atisbó dentro; el agua era ahora de color púrpura intenso.

- No le queda mucho.- observó.
- No. Pero come, Inari. Se va a enfriar.
- ¡Voy!

La pequeña bruja cogió su plato y se sentó a la mesa para dar cuenta del almuerzo.

- El tiempo apremia.- comentó Duma, que con la piel de conejo curtida estaba diseñando unas anchas pulseras.- Tengo que decirte algo, niña.
- ¿El qué?

La mujer detuvo el trabajo de sus dedos y levantó la cabeza para mirarla fijamente. Inari se estremeció; Duma jamás la había mirado de aquella forma.

- Cuándo él venga, el monstruo también aparecerá. Pase lo que pase, tu objetivo es llevarte al muchacho de aquí. Busca la luz, y corre hacia ella con él.
- Eso ya lo sé, Duma.- replicó la bruja.- ¿Porqué me lo repites?
- Porque si yo no te acompaño, no debes esperarme.

Inari dejó de masticar, y parpadeó, comprendiendo. Sacudió la cabeza con vehemencia mientras una negativa rotunda acudía a sus labios.

- ¡No, no, no!
- ¡Calla!- ordenó Duma, serena. Y ella calló, sin opción.- Harás lo que te digo sin rechistar, niña. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.- musitó ella, vencida.
- Muy bien. Y ahora sigue comiendo.
- No tengo ham...
- ¡Come!

E Inari comió.

Cuando Duma terminó de coser las pulseras y de pintar sobre ellas un símbolo de protección, le dio una a Inari y le ordenó que se la pusiera alrededor de la muñeca. Ella, tras hacer lo mismo, se dirigió a la olla y llenó del líquido humeante, ahora de color rojo sangre, un pequeño frasco de cristal soplado que tapó con un corcho. Luego, tomando a la pequeña bruja de la mano, salió de la cabaña.

Inari abrió su mano y Duma depositó en ella el frasco caliente. Lo miró fijamente, asaltada de igual forma por el miedo, la impaciencia y su insaciable curiosidad. Sabía lo que tenía que hacer, así que no hizo ninguna pregunta más. Apretando los dientes para intentar mitigar el dolor, Inari cerró la mano en un puño y apretó con todas sus fuerzas hasta que el frasco se rompió y se deshizo en añicos de afilado cristal, derramando la pócima ardiente que se mezcló con su propia sangre y cayó a gotas sobre la tierra removida por el creciente huracán.

Abrió la mano de nuevo y la lluvia limpió los restos de su sangre y la de él.

1 comentario:

Carlos dijo...

No sé por qué, pero creo que el tal Malium no es trigo limpio. Llámame loco xD
Muy interesante, en serio, y dejas la intriga justa para querer seguir leyéndolo ^^
Continúa pronto esta historia (es decir, mañana xD) y vuelve con Hacia atrás en el tiempo, que me dejaste con la intriga. Y no olvides al Phantom Detective xD Empiezas muchas historias, y luego me dejas con la curiosidad xD
Un beso
Carlos
PD: Por mi mente pasan muchas cosas, pero eso fue un sueño, y Pablo era yo :S xD Tranquila, ya he bajado el nivel de sadismo.