martes, septiembre 22

Gatos Negros (2)

SEGUNDA PARTE

- ¡Muchacho, ponte manos a la obra! Llevas toda la mañana ahí sentado sin hacer nada.
- Pero señor Eira… he visto un animal rarísimo, fuera.
- Me da igual. No te pago para que te pases el día mirando por la ventana, Dio.
- Ya lo sé, señor Eira, pero… ¡nunca antes había visto un animal como ése! No he podido evitar quedarme mirándolo.
- ¿Sigue ahí?
- No… se escondió en el callejón…
- Déjate de cuentos, Dio, y empieza a limar esas patas de ahí. No quiero que se quede ninguna astilla.

El pálido rostro del muchacho, enmarcado por una mata de rizos rubios, que estaba asomado a la ventana, desapareció tras dedicar un último vistazo anhelante al oscuro rincón de la calleja donde Inari se había escondido. Duma, a su lado, bostezó perezosamente.

Todavía no entiendo porqué nos presentamos así, Duma. Pensó Inari, con los ojos fijos en la ventana del taller.
Todo el mundo sabe reconocer a una bruja cuando la ve, niña. Si nos presentáramos tal cuales, nos echarían.
Pero… así no saben lo que somos. ¿No deberían temernos?
Lo desconocido inspira temor, ciertamente, pero también fascinación.
¿Y cuál es más intenso?
Eso depende de la persona.
¿Entonces… cómo podemos asegurarnos de que él no se dejará llevar por el miedo?
La naturaleza de su espíritu es afín a la nuestra en algunos aspectos. La atracción es inevitable.

Inari asintió, aunque no muy convencida.

El callejón estaba sumido en la sombra que proyectaba el edificio a su derecha sobre las piedras planas que adoquinaban el suelo. Había un enorme tonel de madera vacío, en una esquina, tras el cual Duma e Inari permanecían al resguardo de miradas indiscretas. Donde comenzaba el sol también lo hacía la calle principal, que todavía a aquellas tempranas horas estaba desierta. Del interior del taller que tenían enfrente les llegaba el sonido de una lija raspando una y otra vez la madera y de alguien clavando clavos a golpe de martillo. De algún sitio no muy lejano escapaba un delicioso olor a leche fresca y huevos.

Tengo hambre, Duma.
Yo también. Sígueme.

A Inari le resultó difícil apartar los ojos de la ventana del taller, pero la necesidad de llenar el agujero que el hambre había cavado en su estómago era mucho más urgente, por lo que dio media vuelta y fue en pos de Duma, que se adentraba en la penumbra del callejón.
Salieron por la parte de atrás y cruzaron otra calle más en dirección a una pequeña vivienda, de paredes grisáceas y tejado de teja roja, situada junto a una acequia de agua verdosa que regaba un amplio jardín de tierra removida. La casa tenía un porche de madera adornado con plantas rodeadas de insectos que zumbaban. Inari ladeó la cabeza y sintió la tentación de saltar sobre alguno de ellos, pero la mirada reprobatoria que Duma le dirigió le hizo cambiar de idea. Su olfato captó entonces un olor mucho más interesante y apetitoso, que le hizo olvidar por completo los juegos. Vio que Duma había saltado con agilidad a lo alto del alféizar de una de las ventanas y que tenía entre los dientes una gorda salchicha de carne de cerdo.

Como no te des prisa, nos descubrirán y te quedarás sin nada que comer.
¡Ya voy!

Duma se alejó con su desayuno e Inari se apresuró a imitarla. Subió al alféizar sin ningún problema y se deleitó con el sabroso olor a carne cruda. Al inclinar la cabeza para coger una de las salchichas, sus orejas giraron alertadas por un ruido procedente del interior de la casa, avisándole. Sus ojos, de forma automática, se desviaron en esa misma dirección y descubrieron a un niño, de unos siete u ocho niños, observándola con la boca abierta. La pequeña bruja pudo leer con total claridad el miedo y la curiosidad en sus ojos oscuros, pudo advertir el deseo de acercarse a ella pero también la urgencia de dar media vuelta y salir corriendo. Su boca parecía aún mismo abierta de asombro y a punto de dejar escapar un grito atemorizado.

Tras unos segundos de inmovilidad, el miedo venció y el niño, asustado, huyó llamando a su madre entre lloriqueos. Inari decidió que era momento de marcharse de allí.
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Dio soltó la lija, que cayó al suelo, al clavarse en el dedo una gruesa astilla de madera. El señor Eira levantó la mirada al escuchar su quejido y lo observó con el entrecejo fruncido.

- Eres demasiado torpe, muchacho.- sentenció.- ¿Cuántas astillas te has clavado ya? ¿Es que eres incapaz de hacer algo bien? Anda, deja eso y cúrate la herida. Luego me harás un recado.

Avergonzado por las palabras del señor Eira, Dio recogió la lija, la dejó sobre la mesa y se levantó del taburete en dirección a la trastienda del taller, donde se guardaban los medicamentos. Encendió una lámpara de aceite para iluminar la oscura habitación y rebuscó hasta encontrar unas pinzas afiladas con las que extraer la astilla. La sangre brotó de la herida y él se llevó el dedo a los labios para lamerla y limpiarla. Se sobresaltó cuando el viento, fuera, golpeó los cubre ventanas contra la pared, y colándose a través de una pequeña rendija apagó la lámpara que había dejado sobre la mesa. Un tanto temeroso, se dio prisa en salir de allí y cerró la puerta de la trastienda a sus espaldas.

- ¿Ya?- preguntó el señor Eira al verlo salir.- Ten. Es para Malium.
- ¿Qué es?- inquirió Dio, cogiendo el paquete envuelto en papel marrón.
- Eso no es asunto tuyo.- replicó el hombre con brusquedad.- Limítate a llevárselo y no hagas preguntas, ¿me oyes?

Dio asintió y con el paquete en los brazos, salió del taller.

Fuera hacía mucho frío y el joven enseguida se arrepintió de no haber cogido su capa aquella mañana antes de salir de casa. El viento, con furia, agitaba los toldos, zarandeaba los árboles y barría las hojas caídas. Negros y espesos nubarrones cubrían por completo el cielo gris y el aire estaba cargado; sin duda, una tormenta estaba próxima.

Dio se detuvo un instante junto al callejón en el que había visto a aquel extraño animal, pero tras escrutar las sombras durante unos minutos sin conseguir ver nada, se marchó decepcionado. Las calles estaban desiertas. Nadie parecía tener ganas de hacer frente al mal temporal y la gente de la ciudad prefería quedarse en sus casas al abrigo del fuego y de sus cuatro paredes. Dio, se dijo, también habría hecho lo mismo de haber estado en su mano el elegir. No entendía porqué el señor Eira se empeñaba en trabajar incluso los días festivos, y a él no le quedaba más remedio que acudir también al taller a cumplir con lo que se le mandara.

La casa de Malium no estaba muy lejos del taller. La vivienda del hombre se levantaba junto al puente que pasaba sobre el río que cruzaba la ciudad, procedente de las altas y nevadas montañas que delimitaban el valle en dirección norte. Era un sitio que los demás habitantes del lugar solían rehuir pero que, desde siempre, había inspirado en Dio una inexplicable atracción. Al contrario que la mayoría de los edificios de la ciudad, ni tenía las paredes blancas o grises ni el tejado rojo. Era una extraña estructura de dos pisos, con una torreta en la planta superior y formas arquitectónicas esbeltas y delicadas, construida en una rara piedra oscura, casi negra, que parecía absorber la luz del sol para luego reflejarla en un suave resplandor.

Dio advirtió, al acercarse, que la puerta estaba abierta. Malium estaba sentado, en los escalones, como si lo estuviera esperando. Era un hombre que, aunque tenía rasgos jóvenes y hermosos, parecía increíblemente viejo. Tenía el cabello largo y gris y un rostro pálido de ojos hundidos y labios finos. Solía vestir de negro y aquel día no era una excepción. Llevaba una larga capa que le cubría por entero y sonreía, en apariencia ajeno al frío y a los fuertes vientos que asolaban la ciudad.

- Buenos días, Dio.- saludó el hombre, amistosamente.- ¿Traes algo para mí?
- Buenos días.- dijo el muchacho.- Le traigo un paquete de parte del señor Eira.
- Eira es muy cumplidor, tal vez demasiado.- comentó Malium.- No debería trabajar con este tiempo. Va a coger un catarro, y tú también.
- Dígaselo usted a él, a mí ni siquiera me escucha.
- Has de ser más insistente, Dio.- le aconsejó el hombre.- Tienes una muy buena estrella, sólo tienes que esforzarte un poco.

Dio no supo a qué se refería Malium cuando dijo buena estrella, pero asintió de todas formas. Le tendió el paquete al hombre, que lo cogió con cuidado. Lo observó durante unos minutos, sin abrirlo.

- ¿Sabes lo que es esto, Dio?
- No.- negó el muchacho.- El señor Eira me dijo que no era asunto mío y que no hiciera preguntas.
- ¿Te interesa saberlo?

Malium empezó a desenvolver el paquete. Dio, que tenía mucha curiosidad al respecto, asintió con entusiasmo. El hombre sonrió de forma extraña cuando dejó a la vista una pequeña caja de madera oscura y brillante que parecía no tener forma de abrirse ni cerrarse. Sobre una de las caras tenía unos grabados en marfil, unos raros símbolos que el joven no pudo descifrar.

- Esto es una caja mágica, muchacho.
- ¿Una caja mágica?- repitió él, interesado.
- Sí.
- ¿Y para qué sirve?
- Para guardar secretos.
- ¿Cómo se abre?
- Eso tienes que descubrirlo tú mismo. ¿Quieres probar?- le ofreció, acercándole la caja.

Dio ardía en deseos de intentarlo. La caja era fascinante y misteriosa, pero algo muy dentro de él le advirtió de que tenía que tener cuidado, y eso le hizo dudar. Vaciló, y Malium se dio cuenta de ello. Sus ojos verdosos brillaron con impaciencia. Justo entonces, a su espalda, Dio escuchó un bufido siseante que lo sobresaltó y le hizo girarse. Pero detrás de él no había nada. De repente empezó a llover, y las gotas de agua helada mojaron el suelo de la calle y le besaron la cara. Dio se volvió hacia Malium.

- Señor, creo que será mejor que me vaya o de verdad cogeré un resfriado.
- Vete, muchacho.- dijo el hombre, que sonreía de forma siniestra.- En verdad tienes muy buena estrella… veamos por cuánto tiempo.

Dio regresó corriendo al taller y al llegar a la puerta, encontró al señor Eira saliendo del edificio, farfullando y maldiciendo entre dientes. El furioso azote del viento amenazaba con arrastrarlo y le enredaba la capa entre las piernas.

- ¿Cierra el taller, señor?- preguntó Dio, casi gritando para hacerse oír por encima del rugido del aire.
- ¿Acaso no lo ves, mentecato?- replicó el hombre, de mal humor.- ¿Le has llevado eso a Malium?
- Sí, señor.
- Vete a casa, Dio. ¡Pero vuelve mañana! ¿Me oyes?
- ¡Sí, señor! ¡Hasta mañana!

Sin más dilación, y sintiéndose bastante afortunado a pesar de la gélida lluvia y el mal temporal, el muchacho atravesó el callejón corriendo de nuevo, en dirección a su casa.

El lugar que habitaba era una casucha pequeña y destartalada cerca del templo de la ciudad. Era muy vieja y estaba en bastante mal estado, pero Dio no se quejaba al respecto. Con el dinero que ganaba trabajando para el señor Eira ya había conseguido reparar el tejado y ahora ya no tenía goteras. No sabía a quién había pertenecido la vivienda antes de que le permitieran vivir allí, pero eso no le importaba mucho. Ahora era suya, y a pesar de sus desconchones y sus agujeros aquí y allá, era mejor que no tener una casa en la que vivir.

El muchacho entró sacudiéndose el cabello húmedo, que se le había quedado pegado a la cara, y se encaminó directamente a la cocina. Allí puso agua en un cazo a calentar y después se dejó caer pesadamente en una silla. Se descalzó, dejó la ropa mojada tendida sobre la cuerda de la colada y se fue a su habitación a por una muda limpia y seca.

Comió un guiso de carne y verduras un tanto aguado, sentado en el sillón frente a la ventana y a la puerta principal, en silencio. Estaba tiritando, así que decidió echarse una manta por los hombros en cuanto terminara de comer. Pensó que el próximo cambio que haría en la vivienda sería instalar una chimenea, y así poder pasar el invierno sin morirse de frío. El viento gemía y soplaba con tanta fuerza que parecía querer echar la casa abajo. Aquella idea le hizo estremecerse.

Oyó entonces que algo arañaba su puerta y se puso en pie al instante. Guiado por un impulso, sin ni siquiera preguntarse si estaba haciendo lo correcto o no, se acercó a la puerta y la abrió. A sus pies estaba aquel extraño animal que había visto desde el taller del señor Eira y por un momento se sintió aliviado de ver que era real y que no se lo había imaginado. Era pequeño, de pelaje negro, orejas puntiagudas y cola larga, que se movía de un lado para otro. El animal estaba empapado y lo miraba fijamente con unos grandes ojos naranjas de pupila rasgada.

- Hola, pequeño, ¿qué haces aquí?- le dijo.- ¿Tienes frío, quieres pasar?

El animal inclinó la cabeza para atisbar en el interior de la casa y después, con movimientos elegantes y sinuosos, se deslizó por la rendija de la puerta entreabierta hacia el interior. Allí se sacudió, salpicándolo todo de agua, y saltó con agilidad envidiable a uno de los brazos del sillón donde Dio estaba sentado. El muchacho se acercó a él observándolo con intriga.

- ¿Qué eres?- preguntó, pensativo, extendiendo una mano vacilante para acariciarlo.

El animal se dejó tocar de buen grado. Su pelaje estaba húmedo, pero era suave. Del interior de la garganta le brotó un sonido rítmico, ronco y sordo.

- Eres más pequeño que un perro… y te pareces ligeramente a un zorro, aunque no eres ninguna de las dos cosas… ¡Ay!

Dio apartó la mano rápidamente al sentir un dolor agudo en el dorso. El animal arqueó el lomo y en un abrir y cerrar de ojos, bajó del sillón, saltó a la ventana y huyó de la casa. El muchacho se miró la zona dolorida y vio que tenía una mordedura. Sangraba y tenía la marca de los dientes del animal claramente definida sobre la piel enrojecida. Maldijo entre dientes y corrió al fregadero para limpiarse la herida con agua.

1 comentario:

Carlos dijo...

...
A mi gusto, solo le falta una cosa... "¡Creo que he visto un lindo gatito!" xD
Fuera bromas, está genial, escribes como pocos y la historia es absorbente y engancha con fuerza. Me encanta, simple y llanamente.
Un beso
Carlos