lunes, septiembre 21

Gatos Negros (1)

Esta este es un cuento corto que he terminado ya, pero lo iré subiendo poco a poco ^^
Espero que os guste.

PRIMERA PARTE

- ¿Esa es la ciudad, Duma?

La pequeña bruja señaló con un dedo la ciudad, que en la lejanía, se veía asentada en un diminuto y fértil valle rodeado de espesas arboladas de pinos oscuros y extensos pastizales salpicados de motas blancas. El sol se estaba poniendo detrás de las montañas que delimitaban el valle tiñendo el cielo de carmesí y violeta mientras el frío viento otoñal empujaba las nubes hacia el sur.
Duma se arropó aún más en su capa oscura y asintió con un gesto.

- Sí, esa justamente.
- ¿Cómo se llama?- preguntó la bruja, con interés, mientras ambas descendían por el sendero.
- No lo sé, ¿qué más da? Es tan sólo una ciudad más entre las muchas que hay y además, pronto dejará de existir y nadie recordará su nombre.

La pequeña se mordió el labio mientras estudiaba las casas amarillentas de tejados rojos.

- Es triste que nadie sepa su nombre ahora que todavía sigue en pie…

Sus capas negras eran inútiles contra el aire gélido que les soplaba a la cara y ambas sentían el frío aguijoneando la tela de sus ropas para arañarles la piel. La pequeña bruja, sin poder evitarlo, estornudó ruidosamente y el viento se llevó el eco del sonido. Duma se giró para mirarla con severidad y reproche, llevándose un dedo a los labios para pedirle silencio.

- No deben saber que estamos aquí, Inari.
- Lo siento, Duma, no me lo pude aguantar.
- Intenta hacerlo la próxima vez.
- Aunque… ¿no sé supone que no hay nadie que pueda identificarnos?
- De eso no estamos seguras. Ahora silencio.

Inari obedeció y cerró la boca. Duma la guió a través del sendero descendente y serpenteante, acechado por matorrales y zarzas, que llevaba hasta la ciudad, caminando con tal rapidez que parecía que llegaran tarde a algún sitio. La pequeña tropezó un par de veces y a punto estuvo de caerse de bruces en la tierra pedregosa en cierta ocasión.

Con las mejillas encendidas, y ligeramente jadeante, por fin se detuvo detrás de Duma, que se había apartado del camino y se había plantado delante de un pequeño bosquecillo de pinos enormes, zarandeados y a merced del viento sin más alternativa. La mujer estudiaba el lugar con ojo crítico.

- ¿Qué te parece, Inari?
- ¿No está un poco lejos de la ciudad?- preguntó la pequeña, poniéndose de puntillas para atisbar más allá.
- No necesitamos estar cerca.
- Oh, entonces supongo que está bien.

Duma se adentró en el bosquecillo abriéndose paso con las estocadas de su largo bastón, apartando las malezas de su camino. Inari la siguió, observándolo todo con curiosidad. Los altos pinos parecían inclinarse ligeramente sobre el suelo y sus negras copas proyectaban largas sombras en el suelo oscurecido por la noche creciente. Sus ramas se agitaban como movidas por dedos invisibles y se escuchaban susurros, cuchicheos ininteligibles, que surgían de aquí y allá. Con los ojos y la boca muy abiertos, la pequeña bruja extendió su mano y tocó la áspera corteza de uno de los árboles. Sintió un estremecimiento de frío y miedo que no procedía de sí misma.

- Inari, no es momento para jugar. Date prisa.
- ¡Voy!- gritó ella, alejándose del árbol y corriendo para alcanzar a Duma.

Duma se había parado en el centro de un pequeño claro y miraba al cielo despejado, ya de color añil pálido y punteado de débiles estrellas que comenzaban a brillar. Había dejado su bolsa de viaje sobre el suelo y sostenía el Libro en una mano mientras que con la otra pasaba las páginas sin mirarlas siquiera. Inari también soltó su bolsa, se sentó sobre ella y tras calarse más su sombrero de ala ancha, se dispuso a prestar atención a la lección que estaba a punto de recibir.

- ¿Estás atenta, Inari?
- Sí, Duma.
- ¿Cuáles serían los más adecuados para empezar?

Inari miró con atención cada uno de los árboles en la primera línea del claro, estudiándolos cuidadosamente para no equivocarse. Si fallaba, casi con seguridad, Duma la dejaría sin cena.

- Esos de ahí.- dijo, señalándolos con el dedo, a su izquierda.
- ¿Por qué?
- Están más juntos y será más fácil unirlos para hacer uno de los muros.
- Muy bien.

Inari sonrió, feliz. Duma leyó algo en el Libro y señaló con un dedo a los pinos indicados por Inari y luego a los circundantes. Dejó el Libro en el suelo, con las páginas abiertas, y tarareando para sí se inclinó sobre sus bártulos para sacar una gran olla y unos leños de madera seca. Inari contempló cómo, del interior de las páginas del Libro, una mota veloz y brillante de luz blanca salía de entre las hojas de quebradizo papel y se introducía en el interior de los árboles que Duma había señalado. Éstos, pasados unos segundos, empezaron a responder a la orden. Los más cercanos se unieron entre sí, creando con sus gruesos troncos la pared trasera de la cabaña. Los que estaban a ambos lados extendieron sus raíces, sacándolas de la tierra y hundiéndolas de nuevo metros más adelante, y se fundieron para crear el resto de los muros.

- ¡Inari!- la llamó Duma, con urgencia.- ¿Quieres entrar, niña?
- ¡Voy!

Inari cogió su bolsa y corrió justo a tiempo de entrar en la cabaña antes de que los árboles terminaran de crear las paredes del lugar. Las copas de los pinos se inclinaron sobre ellas y sus ramas se entretejieron creando un sólido techo de ramaje trenzado y hojas aglomeradas.

- Ayúdame, venga, venga.

La pequeña bruja comenzó a sacar el resto de los muebles y a colocarlos cada uno en su lugar. A pesar de las muchas veces que Duma y ella cambiaban de casa, el mobiliario y el sitio que le correspondía a cada pieza era siempre el mismo. No importaba que la casa fuera una cabaña de madera, que estuviera metida en una cueva, o que las paredes estuvieran formadas por granos de arena dorada y desértica; la olla y el hoyo para el fuego siempre ocupaban el centro de la habitación, las camas estaban a la izquierda, mesas y sillas a la derecha y el atril para el Libro lo más cerca posible de los dedos de Duma.

Una vez encendido el fuego, la cabaña empezó a caldearse gradualmente. Inari se desabrochó la capa negra dejándola sobre las mantas de su camastro. Se sentó sobre él y se quitó las botas manchadas de barro, para luego extender las piernas y acercar sus pies descalzos, con los calcetines rotos, a las llamas. Una sonrisa de satisfacción se le dibujó en los labios y dejó escapar un suspiro de felicidad. Duma la miró de reojo mientras comprobaba la temperatura del agua, pero decidió darle a la pequeña unos minutos de reposo. Añadió unos ingredientes más a la sopa y removió sin quitarle los ojos de encima.

La casa de pinos tenía chimenea, pero sin embargo, el humo del fuego que Duma había encendido para hacer la cena no traspasó el límite que marcaban las copas del resto de los árboles del bosquecillo. Después de beberse la sopa y de sentir su estómago agradablemente lleno, Inari miró con cierto pesar a través de la pequeña y única ventana de la cabaña, hacia la noche oscura y ventosa.

- No te acomodes, niña. Nos tenemos que ir ya.
- Sí, Duma.- acató ella, de forma inmediata.

Se calzó de nuevo las botas, todavía un poco húmedas, y se puso en pie con presteza. En el exterior, el viento seguía soplando cada vez con más intensidad, bajo un cielo negro de estrellas palpitantes e inmutables. A lo lejos, del norte, venían nubarrones oscuros que prometían tormenta y el olor de la lluvia próxima se podía apreciar en el aire helado. Duma le puso una mano sobre el hombro, haciéndola girarse. Inari miró los ojos almendrados y anaranjados de la mujer, que parecían brillar con un fulgor acerado.

- ¿Crees que eres capaz de hacerlo sin ayuda esta vez?
- Sí.- dijo la niña, con firmeza.
- Muy bien. Pero primero, obsérvame a mí.

Duma se separó de ella retrocediendo unos pasos. Cerró los ojos y apretó los labios. Inari, mirando con atención, vio cómo se llevaba a cabo la transformación, con avidez para no perderse detalle. La piel clara de la mujer se volvió tan negra como la propia noche al mismo tiempo que se cubría de suave pelaje animal, y su rostro, suavemente redondeado, se aplanó y adquirió una ligera forma triangular. Su cuerpo empezó a encoger, su espalda a arquearse y sus manos a alargarse hasta apoyarse en la tierra como patas delanteras dotadas de garras en lugar de uñas.

Finalmente Duma se sentó tranquilamente sobre sus cuartos traseros y giró la cabeza para contemplar su largo y flexible rabo. Luego miró a la pequeña bruja y maulló apremiante.
Inari, un tanto nerviosa, asintió con un gesto y también cerró los ojos, a la vez que empezaba a concentrarse. Negro como la noche, suave como el terciopelo... olfato implacable, orejas picudas y oído infalible, dientes afilados… balanza de equilibrio. Pequeño y huidizo… agilidad, flexibilidad… ¿cuatro extremidades, veloces e incansables? Garras, peligrosas. Visión nocturna… ¡ojos de media luna!

La pequeña abrió los ojos y sus delgadas pupilas rasgadas recogieron la débil luz de la noche, iluminando un mundo que, aunque seguía siendo el mismo, se presentaba ante ella como uno completamente nuevo a través de sus ahora más agudizados sentidos. Inari aspiró la humedad del aire, el frío, el aroma de la tierra y de los árboles, el rastro todavía caliente de los animales salvajes que habían pasado por allí recientemente… y que hizo que se le acelerara el corazón con una extraña euforia que no había sentido nunca antes. A su espalda, Duma gruñó, y su pensamiento se proyectó en el de ella.

Ahora tampoco es momento para jugar, Inari. En marcha.
¡Voy!

Duma echó a andar internándose entre los troncos de los árboles, que ahora parecían verdaderos titanes vegetales gimiendo de forma lastimera. Inari la siguió, sintiendo el calor de la tierra húmeda bajo sus patas almohadilladas, y con los ojos muy abiertos para no perderse nada. Reconoció, de forma instintiva, las huellas de otros animales, casi todos más pequeños que ella, así como los inconfundibles rastros que llevaban a sus madrigueras. Cuando levantó la cabeza, distinguió arriba en las ramas, nidos de diversas aves. Sintió entonces la imperiosa necesidad de clavar sus garras en el tronco de un árbol para trepar por él.

Al bajar de nuevo los ojos al suelo, buscando a Duma delante de ella, advirtió que por fin había dejado atrás el bosque y que, sorprendentemente, habían regresado al camino que llevaba a la ciudad, cuyo comienzo ahora tenían sólo a unos cuantos metros. Duma se había detenido y sentado junto al borde del sendero, con la cola tiesa y las orejas alerta. Inari se colocó a su lado y también observó la ciudad con curiosidad y actitud cautelosa.

Una muralla, no demasiado alta, de bloques de piedra gris azulada, cobijaba las casas y edificios que ahora bajo el resplandor del creciente astro nocturno que coronaba el cielo, parecían envueltas en un halo tétrico y sombrío. Inari era capaz de escuchar, a pesar de la distancia, lo que estaba teniendo lugar en el interior de las viviendas. Sabía que debía concentrarse y buscar una voz muy particular… pero la gran cantidad de sonidos que llegaban a sus agudizados oídos, evocadores de insólitas imágenes, la distrajo por completo de su tarea: voces que daban órdenes, manos que las acataban, el ruido de cazos y otros instrumentos de cocina, agua y alguien picando alimentos, el crepitar de un fuego y el tintineo de los vasos y cubiertos, risas y murmullos, conversaciones privadas…

Lo he encontrado. Susurró Duma, en su mente.
Oh. Contestó Inari, con cierta desilusión. ¿Tenemos que volver ya?
Creo que será lo mejor. Mañana debemos empezar.
Está bien… pero… ¿Duma, puedo…?
Sí. ¡Pero no te entretengas!

Inari esbozó una sonrisa felina al mismo tiempo que ronroneaba, contenta. Se levantó de un salto y miró a su alrededor, notando las ansias de ir de caza creciendo dentro de ella, buscando una presa a la que atrapar…

No nos vendría mal un conejo, niña. Lo comeremos mañana a medio día y así podremos utilizar su piel.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Es un cuento interesante, pero espero que no dejes abandonada "Hacia atrás en el tiempo", que ya estoy enganchado xD
Me cae bien Inari, me parece que va a ser el foco de bastantes sucesos divertidos xD
Actualiza cuando puedas, que me encanta todo lo que escribes.
Un beso
Carlos

Anaid* dijo...

El momento de la transformación es una descripción impresionante.
Y me encanta esa personalidad de Inari de inocencia y obediencia ciega. Al mismo tiempo, Duma me produce un gran respeto y cierto cosquilleo helado por la espalda.


Besos grises*