lunes, enero 11

Nueva Nadia: Capítulo 6, parte 7

Iluna se levantó de la mesa con aire beligerante y se encaró con Erasto, que había empezando a caminar hacia la salida de la estancia.

- Majestad, os ruego que me dejéis colaborar en la búsqueda del responsable.
- Xisel...
- Yo soy la protectora de Nadia. Dejadme que me encargue de ello.
- No, Xisel.- dijo con firmeza.- Acompaña a Nadia y a los muchachos a sus dormitorios y vuelve con nosotros a la Sala del Consejo. Mis hombres son altamente capaces, hacen bien su trabajo. No admitiré ni una sola réplica más.

Iluna, con los ojos ardientes como brasas, asintió con un gesto seco y le dio la espalda al monarca. Agarró a Nadia por el brazo, con brusquedad, y tiró de ella. Aldren y Mielle la siguieron a paso ligero, un tanto consternados.

La rastreadora los arrastró por los pasillos del palacio sin mediar una sola palabra. Tenía un aspecto temible; la mirada airada, apretaba los dientes y los símbolos púrpuras que enmarcaban sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural. Sujetaba a Nadia del brazo con tanta fuerza que le hacía daño, pero la muchacha no se atrevió a pedirle que la soltara. Nunca había visto a Iluna de aquella forma, ni siquiera cuando se encontró con Garue en Taltha por primera vez.

Se detuvo en seco frente a una puerta blanca y ricamente decorada. Soltó a Nadia y esperó a que Mielle y Aldren las alcanzaran.

- Entrad.- les ordenó con aspereza.

Ellos obedecieron y Nadia se quedó sola con la rastreadora, que exhaló un prolongado suspiro y se pasó la mano por los ojos con ademán cansado. Cuando la miró de nuevo, gran parte de la ira había desaparecido. Apoyó sus manos sobre los hombros de la joven y agachó la cabeza hasta que sus ojos quedaron al mismo nivel.

- Escúchame bien. Hay un vaheri suelto y va a por ti, Nadia. Tienes que...
- ¿A por mí?- la interrumpió ella, confundida.- Yo pensaba que su objetivo sería Erasto. ¿Por qué viene a por mí?
- No es el mejor momento para hablar de ello, así que oyéme con atención. No puedo quedarme contigo, ya has oído a Erasto. Prométeme que os quedaréis aquí y que no saldréis de la habitación. Por favor, promételo.
- De acuerdo.

Iluna se irguió, observándola con la duda claramente reflejada en su rostro. Asintió brevemente, le dio un beso en la frente y se alejó corriendo por la misma dirección por la que habían venido.

La habitación era muy amplia y espaciosa. El suelo estaba cubierto por mullidas y gruesas alfombras blancas, y había braseros encendidos en las esquinas. Había tres camas con dosel y finas cortinas de gasa, con mantas suaves de color rojo oscuro. Una mesa y un armario, una estantería con algunos libros, y al final de la estancia una alargada balconada acristalada desde donde podía contemplarse el cielo estrellado. Mielle y Aldren estaban sentados a los pies de una cama; el muchacho rodeaba los hombros de su amiga y le hablaba en voz baja con tono reconfortante. Nadia se tiró en la cama más cercana, sin mirarlos si quiera. Estaba confusa, desorientada y sentía su mente embotada y cansada. No entendía nada. Alguien había intentado envenenarla con un veneno que no era mortal. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Y por qué a ella? Las dudas la corroían por dentro. Había intentado ser paciente y pronto había desistido de preguntar a su amigos porqué estaba allí, en Nerume, dado que ellos eran reacios a hablarle del tema. Pero ya no aguantaba más. Los interrogantes no hacían más que acumularse uno tras otro, atosigándola con sus incógnitas. Su vida estaba en peligro y no sabía porqué. Se sentó, dándole vueltas al colgante que Miira le había regalado, sin darse cuenta.

- Tengo que salir de aquí.- dijo entonces, y su propia voz le pareció lejana.
- ¡No! ¿Qué dices?- Mielle corrió a su lado, con los ojos muy abiertos.- No sabes lo que dices, Nadia. No podemos salir. Ya has oído a Iluna. El vaheri...
- Me da igual.
- ¿Te da igual? ¿Cómo te va a dar igual? ¿No recuerdas lo que hicieron en... en el fuerte?- dijo, dolorida.- Ya sabes de lo que son capaces.
- ¡Lo sé, pero no entiendo porqué!- exclamó, exasperada.- ¡No entiendo nada! ¡Estoy harta de tanto secreto, quiero saber la verdad!

Aldren se acuclilló frente a ella, serio y preocupado.

- Nadia, no es para tomárselo a la ligera. No debes salir. Si tienes alguna pregunta, nosotros...
- ¿Ah, sí?- repuso ella, con amargo sarcasmo.- ¿Vosotros vais a responderme? ¿En serio? ¿Vais a decirme porqué estoy aquí, o porqué me persiguen los vaheri? ¿Por qué todo el mundo me trata como si fuera alguien importante, si ni siquiera me conocen? ¿Vais a a decírmelo?

Ambos bajaron la cabeza para esconder su culpabilidad.

- Ya imaginaba que no podríais hacerlo.
- Nadia, entiendo que te sientas así.- repuso Mielle, acaloradamente.- Lo comprendo, de verdad. Y creo que has demostrado tener una gran paciencia. Pero... pero es demasiado peligroso, ¿entiendes? Además... ¿a dónde irías? ¿A espiar al Consejo? ¿A espiar al rey?
- No es mi rey.
- Por favor.- suplicó Aldren.

Nadia miró hacia la balconada de cristal. Hubiera dado cualquier cosa por poder sentarse allí y limitarse a contemplar la belleza que la rodeaba, deleitándose con ella. Pero no podía. Su cabeza iba de una pregunta a otra intentando buscar una respuesta que mitigara la ansiedad, y no la encontraba. Necesitaba saber qué sucedía y cuál era su papel en todo aquello. Ya se había cansado de esperar. Sus dedos, inquietos, no dejaban de darle vueltas a su colgante.

- Tenéis razón.- dijo al fin, y Mielle y Aldren suspiraron con alivio.- No puedo obligaros a que espiéis a vuestro rey, así que iré yo sola.

- ¡No puedes ir sola!- gritó Mielle, perdiendo la compostura.- ¡No puedes ir!

Pero Nadia no la escuchaba. Estaba absorta en la contemplación del colgante: la luz de las llamas arrancaba destellos rojizos a la esfera transparente, que relucía como un auténtico rubí.

- ¿Qué es eso?- chilló entonces Mielle, con una nota de pánico en la voz.

Nadia levantó la mirada a regañadientes a tiempo para ver cómo, delante de ella, un remolino que arrastraba la imagen que lo rodeaba, desaparecía. No era la primera vez que veía algo así. Aldren se giró hacia ella, con el ceño fruncido.

- ¿Cómo has hecho eso?
- ¿Yo?
- Sí.

Nadia se encogió de hombros, pensativa. ¿Había sido cosa suya? ¿Había sido gracias al colgante? Lo giró entre sus dedos.

- Vuelve a hacerlo.
- Pero si no sé...
- Haz lo que sea que hayas hecho antes.

Ella asintió y se concentró en la forma, el brillo y el color de la esfera roja. Y entonces escuchó a Mielle, y levantó la mirada con cuidado de no perder la concentración. Delante de ella giraba un torbellino absorbente, una espiral de colores brillantes.

- ¿Qué es eso?
- Es un portal.- contestó Aldren, observándola con atención.- A través de él puedes viajar a otros lugares. ¿Sabías cómo hacerlo?
- No. Simplemente... estaba pensando. En el Consejo.
- Entonces debe llevar hasta allí.

Nadia no necesitó que le dijeran más nada. Se puso en pie de un salto y se colocó frente al portal.

- Pues entonces hasta luego.
- ¡No, espera!- exclamó Aldren, cogiéndola de la mano.- No puedes ir sola. Te acompaño.
- ¡Aldren!- repuso Mielle, en tono reprobatorio.- No podemos salir...
- O dejamos que vaya sola o la acompañamos, pero no vamos a poder detenerla.

Mielle se cruzó de brazos y durante unos segundos pareció a punto de negarse. Pero finalmente suspiró, derrotada, y cogió la mano libre de Nadia. La joven le sonrió agradecida. Los tres avanzaron un paso y el portal se los tragó.

1 comentario:

Carlos dijo...

Huuuum... ¿No será este colgante el camino al mundo real y no al Consejo? No vale dejarme así T_T Yo soy el único con derecho a torturaros dejándoos con dudas ¬¬
Al menos espero que mañana también actualices y me respondas a algunas cuestiones, que yo ya he resuelto algunas ¬¬
En fin... Me encanta! ^-^
Un besazo!