martes, diciembre 15

Nueva Nadia: Capítulo 3, parte 7

La diversión terminó súbitamente cuando a un niño se le escapó una bola de nieve que impactó en la espalda de un anciano que tuvo la desgracia de pasar por allí en aquellos instantes. El hombre, un viejo arrugado, delgado y con expresión huraño, los echó de allí gritándoles "asaltadores", "ladrones" y "bandidos" mientras bamboleaba peligrosamente su bastón. Los niños, temerosos de recibir algún golpe, echaron a correr dejando a Nadia y a Mielle tendidas en el suelo y con nieve hasta las orejas, y se despidieron de ellas con gritos y saludos desde la otra punta de la calle.

Nadia estaba agotada, y empezó a sentirse resentida del resfriado que había cogido y que no se había curado del todo todavía. Seguramente, aquella aventura la haría empeorar, pero le daba igual. Hacía muchísimo tiempo que no se reía tanto y lo que era aún mejor, incluso Mielle parecía haberse olvidado momentáneamente de los vaheri y sonreía abiertamente. Nadia apoyó la cabeza en el suelo y miró hacia el cielo blanco. Había dejado de nevar.

- No siento mi cuerpo.- dijo.- Estoy helada.

Mielle se levantó y se sacudió como pudo la nieve de la ropa y del cabello. Tanto su pelo como su vestido estaban completamente empapados. Nadia pensó que ella debía ofrecer un aspecto semejante, a excepción de las manos. Mientras que Mielle las tenía a salvo debajo de sus guantes, ella las tenía enrojecidas y doloridas. Aunque empezaba a hacer más frío y el aire comenzaba a ser más difícil de respirar, se sentía extrañamente feliz, con una cálida sensación cosquilleándole en el interior. Mielle le tendió una mano y la ayudó a incorporarse.

- Ven, iremos al mercado.
- ¿Mercado?- repitió Nadia, con los ojos brillantes.
- Sí. Creo que será mejor que te compre unos guantes. Si se te congelan los dedos, habrá que cortártelos.
- ¡¿Qué dices?!- exclamó ella, asustada.

Mielle sonrió débilmente y comprendió que estaba bromeando. O intentándolo... al menos.

El mercado estaba situado en una enorme plaza en el centro de Taltha. No se parecía a nada que Nadia hubiera visto antes, y la dejó completamente boquiabierta. Había puestos que ofrecían mercancías de cualquier tipo y tiendas con toda clase de servicios. Los tenderetes, apiñados unos a otros, creaban un confuso entramado de pasillos que se asemejaba a una ciudad en miniatura. La gente se movía a través de aquellas callejuelas a un ritmo frenético, entrando y saliendo de los establecimientos y mirando en unos puestos y en otros, comprando, vendiendo o intercambiando. Nadia se sintió de repente como una niña pequeña en una tienda de juguetes nuevos, sintiéndose completamente fascinada por todo lo que veía, señalando todo cuanto le llamaba la atención y preguntándole a Mielle sin ser capaz de frenar el inagotable torrente de preguntas que acudían a sus labios.

Allí no sólo se podían conseguir alimentos y ropas, sino también libros (unos de aspecto nuevo y otros tan viejos y amarillos que parecían esconder antiguos y poderosos secretos), perfumes embotellados en delicados frascos de cristal, medicinas de colores y olores desconocidos para ella y también armas, bellamente talladas o de apariencia mortífera. También había allí una herrería, cuyos hornos irradiaban oleadas de calor que derretía la nieve a sus puertas. Un muchacho de más o menos su edad, muy ocupado sacándole brillo a unas espadas colocadas en un muestrario de madera, las miró de reojo de vez en cuando, sonriéndoles. Mielle se detuvo con aire pensativo junto a un establo donde varios caballos deambulaban tranquilamente. El propietario, un hombre fornido que estaba sentado en una silla, fumando en pipa, les guiñó un ojo.

- Puede que tengamos que comprar otro caballo.- murmuró la joven, para sí.
- ¿Para qué?- repuso Nadia.- Si de todas formas yo no sé montar.
- Eso no puede seguir así.- replicó su amiga, con firmeza.- Sé que las cosas son distintas en el lugar del que provienes, pero aquí todo el mundo sabe montar a caballo y tú también tendrás que aprender.

A medio día la nieve comenzó a caer otra vez, en mayor cantidad y con más fuerza. Los mercaderes recogieron sus mercancías, cerraron sus puestos y abandonaron la plaza en dirección al calor que les aguardaba en sus casas. Mielle miró a su alrededor, indecisa.

- Imagino que tendrás hambre.- le dijo a Nadia.
- Sí, bastante. ¿Volveremos a la posada para comer?
- Se me había ocurrido... que podríamos ir a almorzar a algún lugar cerca de las puertas de la ciudad. Cuando acabemos podemos ir hasta allí y esperar el regreso de los soldados.
- Me parece una idea genial.- asintió Nadia, conforme.
- ¿Guay?- sonrió ella.
- Muy, muy guay.- rió.

1 comentario:

Carlos dijo...

Jajaja La gente se queda así en mi instituto después de las guerras de nieve xD
Y a mí también me encantaría ir a un mercado medieval real, debía de ser genial... Aunque creo que libros, hasta bastante después del siglo XV... Sea como sea, es un mundo alternativo, ¿no? Pues eso xD
Y tienes razón, esa frase tiene muchísima razón. Hay que aprender a comedirse en los sueños. Y respecto a Abbise... Créeme, tender a desconfiar es lo mejor, en esta historia todos tienen bastante de cabrones... Pero por ahora disfruta de Klaus, que aún es buen tío xD
Un besazo!
Carlos