martes, mayo 5

Phantom Detective (capítulo uno)

Bueno, os traigo una nueva historia. Lo siento, no lo he podido evitar. El otro día me vino una idea genial a la cabeza y simplemente no he podido resistirme. No voy a dejar la de Ath y Thysa sin terminar, pero sinceramente no me gusta escribir sin motivación y últimamente todas las ideas que me vienen a la cabeza están relacionadas con esta nueva historia. Así que le daré una pausa, y mientras iré subiendo ésta.
Espero que os guste =)

Benjamin Archer, el jefe de Policía de Edimburgo, era un hombre de espalda y hombros anchos, rostro de facciones duras pero mirada afable. Sonrió a Leah, que aguardaba retorciéndose las manos, nerviosa, hundida en una butaca demasiado grande para ella.

- No te preocupes, Mark es un agente intachable.

Ella asintió, pero no dijo nada. El nudo que tenía tanto en el estómago como en la garganta se lo hubieran impedido, incluso en el caso de saber qué decir. El despacho del señor Archer era más acogedor de lo que había esperado. Las paredes estaban cubiertas por diplomas, medallas y fotografías antiguas. El escritorio estaba junto a una ventana desde la que se podía ver calles, plazas, y la gente al pasar, y el fondo de la habitación estaba ocupado por la mayor colección de archivadores que Leah había visto en su vida. Benjamin Archer dio otro pequeño sorbo a su taza humeante de café.

La puerta del despacho se abrió en aquel momento. El ruido de teléfonos sonando y gente hablando interrumpió la quietud reinante en la estancia cuando Mark Green entró y cerró tras él. Leah se puso de pie de un salto y él la miró, un tanto sorprendido. Mark Green era un hombre alto y corpulento, de mandíbula fuerte y nariz recta, atractivo, que hizo que se sintiera de repente cohibida e insegura.

- Perdone, Jefe… no sabía que estaba ocupado. Volveré luego.
- No, no. Pasa, Mark, te estábamos esperando.

Mark, con expresión contrariada, se detuvo frente al escritorio del señor Archer. Miró a la joven de nuevo, con el ceño fruncido.

- ¿Nos conocemos?
- No, no nos conocéis aún, pero estoy seguro de que os llevaréis muy bien.- interrumpió Benjamin, sonriendo.- Mark, te presento a tu nueva compañera, la señorita Leah Meyer.

Leah, sintiéndose un poco estúpida, extendió la mano para estrechársela. Pero Mark no respondió a su gesto; la contempló fijamente durante unos segundos y después se echó a reír. La joven sintió que las mejillas le ardían de vergüenza mientras bajaba el brazo. Sabía que iba a pasar algo así, ¿por qué se sorprendía entonces?

- Muy bueno, Jefe. Lo reconozco, por un momento casi me lo trago. Muy bueno, muy bueno…

Pero dejó de reír cuando observó que Benjamin no le seguía la broma. Su expresión era dura y reprobatoria. Mark miró de nuevo a Leah, con una mezcla de incredulidad e irritación.

- Tiene que estar bromeando.
- No, Mark, no estoy bromeando. Y creo que estás insultando a la señorita Meyer con tu actitud.
- ¿Va en serio?- preguntó, levantando un poco la voz.

Leah sabía lo que venía ahora: empezarían los gritos y las frases llenas de indignación, las protestas y luego las súplicas, y prefería no estar presente para entonces. Carraspeó tímidamente y dijo:

- Creo… creo que os dejaré discutir a solas. Esperaré fuera.
- Me parece muy acertado.- repuso Mark, casi con fiereza.
- Por favor, Leah, espera fuera. No tardaremos.- dijo Benjamin.

Leah intentó sonreír y salió de la habitación.

Había una pequeña sala de espera que separaba el despacho del Jefe de Policía del centro neurálgico de la Comisaría, el lugar donde se atendían y respondían llamadas y donde estaban las mesas de los agentes de policía, que revisaban papeles o firmaban órdenes, hablaban por teléfono o charlaban animadamente entre sí. Era un hábitat un tanto caótico y muy ruidoso, dos características que no eran muy de su agrado pero que en aquel instante agradeció de todo corazón. Tal vez tanto jaleo amortiguara los gritos de Mark Green.

Se sentó en una silla y enterró la cabeza entre las piernas. Suspiró. ¿A quién quería engañar? No podía sentirse ofendida por la reacción de Mark, estaba completamente justificada. Las voces en el interior del despacho del subieron de tono y ni siquiera el barullo de las oficinas consiguió ahogar los bramidos de los dos policías.

- ¡Pero si podría ser su padre, por el amor de Dios!
- Mark…
- ¡No puede hacerme esto, Jefe! ¿Se supone que también tengo que hacer de canguro, recogerla cuando salga de marcha por la noche y sostenerle el pelo mientras vomita, borracha perdida? ¿O le tengo que cantar una nana para que se duerma por las noches? ¡Esto no tiene ninguna seriedad! No puedo aceptarlo.
- Mark, lo siento pero es algo indiscutible. Será tu compañera. Y más te vale tratarla con el debido respeto. Tiene diecinueve años, no es una niña pequeña. Es muy responsable, y ha sido la mejor de su carrera, la número uno. Competente y eficiente.
- Me niego.
- No puedes negarte.
- ¿Sabe por qué no tengo el más mínimo interés en casarme y formar una familia, Jefe? Odio a los críos, se me dan fatal. No tengo tiempo ni ganas de cambiar pañales.
- Estás exagerando. Es perfectamente capaz de cuidarse sola, no tienes que protegerla más de lo que protegerías a cualquier otro compañero. Sabe cómo utilizar un arma y defensa personal.
- Jefe…
- Mark, no tengo porqué estar discutiendo esto contigo. Es algo inamovible. Leah Meyer será tu nueva compañera.

Lo siguiente que escuchó fue la puerta al abrirse y por un segundo, Leah no supo qué cara poner. ¿Debía sonreír, como si no hubiera escuchado nada? Pero la falsa sonrisa no llegó a tiempo a sus labios y se limitó a contemplar a Mark Green con cara de idiota y las mejillas ruborizadas. El agente de policía le tendió la mano sin mediar palabra, y cuando hubo estrechado la suya, se marchó a grandes zancadas. Leah se puso en pie cuando Benjamin Archer asomó la cabeza.

- Lo lamento mucho, Leah. Pero intenta comprender a Mark…
- Lo comprendo perfectamente, señor Archer.- dijo ella.
- Claro… En fin, bienvenida al Cuerpo de Policía, señorita Meyer.- dijo con tono formal.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una reluciente placa plateada, de forma ovalada, con el nombre de la policía de Edimburgo, y se al entregó con gesto solemne. Leah la aceptó con una sonrisa deslumbrante.

- Por hoy puedes retirarte, mañana empezarás a primera hora.
- Sí, señor. Gracias, señor.

La amable sonrisa que Benjamin le dedicó le subió un poco el ánimo, y cuando abandonó la Comisaría, había olvidado casi por completo las palabras de Mark Green.

Lo que más le gustaba a Leah del lugar donde vivía no era el barrio comercial donde se ubicaba el edificio de apariencia antigua donde residía, o el modesto pero suficientemente espacioso apartamento que ocupaba en la segunda planta de dicho edificio, o los amables vecinos que tenía y que ya se habían ofrecido a prestarle ayuda en caso de que necesitara algo, sino la cafetería que tenía justo debajo. Se llamaba “The Hiding Place” y era un local cuya ambientación imitaba a la que envolvía a la mafia italiana, con tenue iluminación y música de la época. Tenían un chocolate caliente y unos cafés deliciosos, por lo que cuando le apetecía sólo tenía que bajar las escaleras y girar la esquina. A veces disfrutaba de ellos en la propia cafetería, pero generalmente se los subía a su apartamento, donde podía dedicarse a sus notas y papeleo y a sus propias investigaciones.

Aquel día comió algo rápido junto a la Comisaría, y cuando llegó por la tarde a su casa compró un chocolate caliente que se subió al piso. Nada más cerrar la puerta a su espalda dejó las llaves sobre una mesita junto a la entrada, el bolso en el suelo y se dejó caer pesadamente sobre el sofá que estaba junto a una de las amplias ventanas del comedor, desde veía y escuchaba el tráfico de la hora punta en Edimburgo. Se quitó las botas y apoyó los pies descalzos sobre la mesa, junto a la taza de chocolate caliente, y suspiró satisfecha. Dejando a un lado los insultantes comentarios del agente Mark Green, había sido un buen día. Había conseguido lo que quería y ya formaba parte del cuerpo de policía. ¿Qué más daba que su compañero la tomara en serio o no?

- Te hará la vida imposible.- murmuró una voz detrás de su oído.
- Te equivocas, Simon.- respondió ella sin girarse.- Supongo que cuando vea de lo que soy capaz, entrará en razón.

Oyó un siseo molesto y una ráfaga de aire helado le puso la piel de la nuca de gallina. Simon se colocó frente a ella, flotando perezosamente por encima de sus pies, observándola con el entrecejo fruncido y expresión ofendida en su rostro blanquecino y transparente.

- Querrás decir cuando vea de lo que somos capaces, ¿no?
- Claro.- admitió ella.- Pero tampoco creas que todo el mérito de mi éxito se debe a ti, ¿eh? Que yo sepa, quien aprobó los exámenes fui yo, y por mi propia cuenta.
- Cierto. Pero reconoce que te soy de gran ayuda.
- Nunca lo he negado.- repuso ella, tomando un sorbo de chocolate.- Esto sabe a gloria.- dijo, relamiéndose.

El fantasma le dedicó una mirada amarga y un bufido, pero ella lo ignoró.

- ¿Qué has estado haciendo mientras yo estaba ocupada?- preguntó.
- He explorado la ciudad.- respondió él, mirando a través de la ventana.- Es una ciudad pintoresca, comparada con Boston. He visitado el cementerio… hay buena gente allí, creo que he hecho un par de amigos.
- Me alegro por ti, ya tienes más amigos que yo.
- ¿Cómo es ese tal Mark Green?

Leah frunció los labios, pensativa.

- Lo único que sé de él es que el matrimonio no entra dentro de sus planes de futuro, que no le gustan los niños pequeños y que puede ser muy grosero cuando se lo propone. Es de los que estrechan la mano con firmeza cuando conoce a alguien, por lo que deduzco que tiene una gran confianza en sí mismo, y tiene una nariz que a pesar de ser grande, le hace verdaderamente atractivo.
- ¿Acaso has asistido a un servicio de citas a ciegas?- replicó Simon, enarcando una ceja.

Ella rió y se hundió en el sofá hasta adoptar una posición totalmente horizontal. Suspiró de nuevo, feliz. Se sentía completamente feliz, con un mundo lleno de posibilidades abierto ante ella. Una nueva ciudad, un nuevo lugar donde vivir, nuevo trabajo, y nuevas personas que pronto conocería. Todo a su alcance; junto a Simon, el éxito estaba asegurado. Sacó la placa que Benjamin Archer le había entregado horas antes y la contempló entre sus dedos, extasiada.

Se desabrochó la camisa, terminó de beberse el chocolate de un tirón y dejó la placa al lado de la taza vacía. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño mientras iba quitándose los pantalones. Simon la observó con algo muy parecido a la indignación. Pronto se oyó música a todo volumen, el agua de la ducha y la voz de Leah, cantando. El fantasma puso los ojos en blanco, sacudió la cabeza con cierto pesar y se inclinó sobre la placa para estudiarla de cerca.

1 comentario:

Carlos dijo...

Ooh!
Me gusta tanto o más que la historia de Ath y Thysa.
Lo cierto es que, a pesar del título, no me imaginé lo de Simon hasta que apareció (reconozco ser un poco lento en ocasiones).
Continúala pronto, pero tampoco nos dejes la otra historia a medias, ¿eh?
Un beso
Carlos